Hay preguntas que no envejecen.
Se repiten como la tos en la madrugada de una sala de emergencias: insistentes, incómodas, inevitables.
¿Estamos cerca del fin?
¿Está ya entre nosotros el anticristo?
Cada siglo ha jurado que sí. Cada guerra ha sido “la última”. Cada pandemia ha sido “la definitiva”. Y sin embargo, la humanidad sigue levantándose al día siguiente, con los ojos hinchados y las manos aún temblorosas, pero levantándose.
Se repiten como la tos en la madrugada de una sala de emergencias: insistentes, incómodas, inevitables.
¿Estamos cerca del fin?
¿Está ya entre nosotros el anticristo?
Cada siglo ha jurado que sí. Cada guerra ha sido “la última”. Cada pandemia ha sido “la definitiva”. Y sin embargo, la humanidad sigue levantándose al día siguiente, con los ojos hinchados y las manos aún temblorosas, pero levantándose.
Yo no creo en un anticristo de carne y hueso caminando por nuestras calles con un nombre y una dirección verificable. No hay evidencia de ello. No hay un expediente clínico, ni una placa, ni una historia documentada que nos permita señalarlo como se señala una fractura o una arritmia.
Pero eso no significa que lo que esa figura simboliza no exista.
Porque existe.
Y lo vemos todos los días.
Se ve cuando alguien miente sabiendo que hace daño.
Se ve cuando alguien se aprovecha de otro.
Se ve cuando dejamos de sentir lo que le pasa al de al lado.
Se ve cuando la vida de una persona vale menos que el interés de alguien más.
Ese es el verdadero rostro de lo oscuro: la pérdida de humanidad.
Se presenta sin cuernos ni profecías, sino con formas más cotidianas: la indiferencia que pasa de largo frente al sufrimiento, la mentira que se disfraza de verdad conveniente, la corrupción que compra silencio, la violencia que se normaliza, la deshumanización que reduce a las personas a números o estorbos.
Ese “anticristo” no necesita templos ni símbolos.
Le basta con el cansancio de la gente buena.
Pero hay otra parte de la historia que también es real, y esa casi nunca se menciona.
Se ve cuando alguien se detiene a ayudar a un desconocido.
Cuando una madre se desvela cuidando a su hijo.
Cuando un trabajador hace bien su trabajo aunque nadie lo esté viendo.
Cuando un médico, una enfermera, un maestro, un vecino… decide no rendirse con otro ser humano.
Mientras eso exista… el mundo sigue.
Así que no, no creo que estemos cerca del final.
Creo que estamos en lo de siempre:
una humanidad que a veces se pierde…
y muchas otras veces se encuentra.
Y en cada amanecer, alguien —quizá usted, quizá yo, quizá quien lea estas líneas— tendrá la oportunidad de decidir, una vez más, de qué lado quiere estar.
No del lado del miedo.
No del lado de la indiferencia.
Sino del lado que mantiene la luz encendida… aunque el mundo, a ratos, parezca empeñado en apagarla...
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