DESDE LA COCINA
Cada día se presentan sucesos tecnológicos que generan,
tanto sorpresa como simpatía, al descubrir la forma en que los algoritmos identifican
nuestras preferencias y nos presentan contenidos que finalmente nos atrapan.
Apareció en mi espacio personal un podcast en el que dos
jóvenes entrevistan a Manuel Sans Segarra, médico cirujano, respecto a las
experiencias cercanas a la muerte y otros temas afines. Hallé cosas que coinciden plenamente con mi
forma de pensar, y otras que tomo con reserva, como es la reencarnación.
La idea de lo que Sans Segarra denomina “supraconciencia” me
hizo mucho sentido, en particular porque es un tema al que le vengo dando
vueltas en las últimas semanas. Hallo,
como ha sucedido en otros momentos, que es tal mi afán por enriquecer un
concepto, que termino atrayendo hacia mi campo sensorial hechos, contenidos y personas
que contribuyen a cuestionarme, revisar y profundizar tales ideas.
Hace escasos días pensé en cenar huevo. Saqué una pieza del
refrigerador, y al momento de quebrar el cascarón tuve una experiencia así de intensa
como desagradable. Seguramente ese huevo
era de una producción muy anterior al resto.
Lo colocaron en el cartón con los nuevos, cuando estaba totalmente
echado a perder. Al momento de vaciar su
contenido en una vasijita, lo primero que llegó a mí fue un olor pútrido
penetrante, seguido de un aspecto blanco grisáceo de la clara y un aspecto
“ponchado” y gris oscuro de la yema. De
inmediato lo deseché, limpiando y desinfectando a profundidad todas las
superficies que tuvieron contacto con ese producto caduco. Aun así, la mañana siguiente seguía sintiendo
que el hedor no se había desterrado por completo de mi cocina.
Coincidió esta desagradable experiencia con una lectura
respecto a la caducidad de nuestro sistema nervioso, lo que va provocando
enfermedades neurodegenerativas como el Alzheimer. Eso que en la juventud fue un cableado de
gran precisión para captar estímulos y reaccionar ante ellos, con el paso del
tiempo y daños oxidativos va perdiendo rapidez y precisión, hasta llevarnos a
niveles muy primarios de función nerviosa.
Los seres humanos vamos atravesando, desde etapas de fallas mínimas a
otras de desconexión de ciertas esferas de cognición, hasta derivar en limitaciones
de gran escala. Las facultades que
alguna vez aprendimos se van “desaprendiendo”, hasta niveles muy elementales.
La naturaleza se vale de recursos materiales para el
desarrollo de la vida sobre el planeta.
Son medios que siguen una curva de desarrollo y declive, por más que
nuestra voluntad humana quisiera que esos procesos no avanzaran y se
cumplieran.
Pasemos ahora al concepto de la “supraconciencia” sugerido
por Sans Segarra, con todo lo que implica: Conciencia superior que se
manifiesta mediante una vida que trabaja de forma activa en el fomento de los
grandes valores humanos como son el altruismo, la empatía y la bondad. Hemos
venido a este mundo a cumplir con un propósito, uno tan específico para cada
uno, que nadie más podría ejecutarlo. Para ello se parte del principio
aristotélico que señala que el pensamiento genera la acción; las acciones
generan comportamientos. El
comportamiento repetido da lugar a hábitos y estos últimos forjan el carácter,
para que –finalmente—el carácter sea el modelador del destino de un ser humano,
desde el nacimiento hasta la muerte.
Vista de esta manera, nuestra vida adquiere un significado
muy particular. Entendemos que no es
cualquier vida y que no podemos estar desperdiciando el tiempo, cuando tenemos
una tarea que cumplir. Nos corresponde
cuidar mente y corazón para conseguir ser la mejor versión de nosotros
mismos. Compararnos con otros no
funciona, puesto que cada ser humano tiene su propia encomienda que cumplir.
A partir de estos conceptos desaparece el miedo a la
muerte. Entendemos que nos corresponde
cuidar nuestra vivienda temporal llamada “cuerpo”, como un vehículo dentro del
cual avanza nuestro espíritu en esta vida, pero nada más. Lo material es un medio para lograrlo, nunca
un fin hacia el cual orientar todos nuestros afanes.
La contraparte de la supraconciencia, es el egoísmo. Esa parte orientada hacia nosotros mismos,
que se nutre desde el exterior, a partir de lo que otros dicen de nosotros, por
cómo nos vemos, qué poseemos y qué ostentamos, muy al margen de los
sentimientos que nos hacen trascender.
Se orienta a la consecución de fama, poder y reconocimiento. Nos vuelve esclavos de las riquezas y de
nuestro propio afán de dominio. Nunca
nos deja satisfechos, pues siempre habrá allá afuera algo más que ambicionar.
Trabajar con todo el empeño por un fin superior, a través de
una actividad apasionante, más allá de la remuneración económica: Elevado ideal
por alcanzar.