DE
LA MANO DEL TIEMPO
Cada cual habla de la vida desde su perspectiva
personal. Querer desprenderse de ella
para hacer una narrativa desprovista del propio ser, equivaldría a arrancarse la piel y seguir caminando así
–desnudo—, de cara al sol.
Para el nuevo ciclo de taller literario me propuse ir organizando un cúmulo de textos escritos durante más de cuarenta años,
y que a la fecha no tienen una clasificación precisa. Comencé por la mitad más
sencilla, la electrónica, contenida en un par de discos duros externos. Ya más delante intentaré hacer algo con la
otra mitad, que comencé a escribir a
partir de los años de secundaria, en una sucesión de máquinas Olivetti, hasta que la computadora vino a sustituirlas.
Es muy interesante explorar –a través de la palabra
escrita—distintas etapas de mi vida; estados de ánimo personales y escenarios
externos que los propiciaron.
Reencontrarme con frases afortunadas que desearía rescatar, y al lado de
lo anterior sentir el bochorno de haber publicado escritos que ahora, con mayores elementos de juicio para calificarlos,
encuentro reprobables.
De todo ello me queda una reflexión que deseo compartir en este espacio: A mi edad es
más el tiempo vivido que el que me resta por vivir. En ese tenor me pregunto dónde quedaron los
momentos que no aparecen plasmados en las líneas que hoy reviso; tantos
pensamientos que me habrán movido en uno u otro sentido. Tantas emociones despertadas y reprimidas, o
que hayan dado lugar a acciones, algunas afortunadas, otras no tanto, pero que
a fin de cuenta constituyen mi trayectoria a lo largo del tiempo y del espacio.
Lo único inaprensible en esta vida es el tiempo. Ni el hombre más rico sobre el planeta, así
invierta toda su fortuna en ello, podrá
comprar un solo segundo del mismo. Avanza para todos, y del mismo modo como la
vida tuvo un principio, llegará a su final.
¿Cuándo…? Imposible predecirlo.
Hallarme revisando carpetas con documentos de muy
diverso orden, que he escrito a lo largo de estos años, es como apostarme
frente a un montón de álbumes fotográficos
en cuyas imágenes voy descubriendo pedazos olvidados de mi vida. Y ahora que lo hago pienso que hubiera
querido escribir más acerca de ciertas
etapas, en particular aquellas vividas al lado de seres queridos que se han
adelantado en el camino. Así mismo,
quisiera haber dejado constancia de más
detalles que circundaron el nacimiento de mis hijos, cada uno de sus logros escolares,
cumpleaños, navidades o vacaciones. Pero
bien dice el refrán popular, el “hubiera”
no existe.
Heme aquí, pues, frente a las memorias de dos terceras
partes de mi vida capturadas mediante la palabra escrita, y aun así
preguntándome dónde quedó tanto tiempo que ahora quiero imaginar como grandes
oquedades entre el registro de un acontecimiento y el
siguiente.
Posterior a ello viene otra larga lista de reflexiones: Cuánta vida
desperdiciamos mientras avanzamos rumbo a una meta, asumiendo que cuando la
alcancemos comenzaremos a ser felices, de este modo dejando de vivir tantas cosas a lo largo del camino. Los sentidos concentrados en el horizonte,
incapaces de gozar el cielo, el trino de las aves o el aroma de la entrante
primavera. Sin contacto con la suavidad
de la fina hierba bajo las plantas ni el frescor del agua que cosquillea conforme rodea nuestros tobillos en su avance.
¿Qué es la vida? ¿Qué hacemos con ella mientras
acompasa cada latido de nuestro corazón…?
¿Tenemos un propósito por cumplir, o vamos simplemente sorteando las
horas como si nuestra existencia fuera eterna?
Tal vez mucho del desperdicio de tiempo que sufrimos,
se deba a nuestra negativa por enfrentar el hecho de que un día vamos a morir.
“Si no lo pienso, no existe”, y es a partir de este enunciado que volvemos la
vista para otro lado. Lamentable, al hacerlo desaprovechamos un tiempo que nunca ha de volver.
Cualquier momento
es bueno para revisar nuestro plan de vuelo, hacer los ajustes
necesarios, y poner a volar la nave de los sueños. Máxime si ya llevamos recorrida buena parte
de la vida. Hacer un proyecto personal,
estudiar la forma de cumplirlo, y lanzarnos con todo, decididos a verlo cristalizado.
Se ha puesto de moda una sentencia que me parece
iluminadora: “Al final del día no digamos un día más, sino un día menos”. La
noche representa la terminación de un lapso de tiempo que ojalá hayamos
aprovechado, pues de cualquier manera se ha
ido para siempre.
Viene a mi mente un fragmento de las coplas a la muerte de su padre, de Jorge
Manrique: “Recuerde el alma dormida/avive el seso y despierte/contemplando/
como se pasa la vida/como se viene la muerte…”
Mantener la mente viva, los sentidos despiertos. Que
nos sorprenda cada amanecer con una nueva historia por escribir.