domingo, 23 de agosto de 2026

CONTRALUZ por María del Carmen Maqueo Garza

 LECTURA: NUESTRA PIEDRA FILOSOFAL

En mis exploraciones acerca del libro y la lectura que imagino como la moderna piedra filosofal que desde el Medioevo generó grandes investigaciones, tanto en Asia como en Europa, hallé esto que me resultó maravilloso. Aquel elixir de la vida que prometía iluminación y vida eterna hoy se sitúa en otros planos al alcance de nuestras manos, pero que tantas veces, afectados por la ceguera de la costumbre, omitimos ver. El “Ánima mundi” de tiempos pasados hoy se insinúa de muy distintas maneras a nuestros sentidos, y una de ellas es la lectura.

“En esta vida soy lo que pienso”: una de las conclusiones a la que llegan los trabajos de la filósofa francesa Françoise Béchet, fundadora de una escuela de filosofía denominada Nouvelle Acropole. Ella recorre los libros que nos dejaron los sabios de la Grecia Antigua para invitarnos a entender la lectura como un ejercicio espiritual. Al margen de la religiosidad, como un trabajo de introspección personal a partir de vivir el momento presente. Seguramente influenciada por la filosofía oriental, ella propone que, partiendo de la realidad ineluctable de que todos vamos a morir, emprendamos a partir de ese punto una revisión de nuestro proceder en esta vida, y qué tanto este nos acerca a alcanzar, en su momento, el compendio de una vida que se vivió con virtud.

Béchet plantea que la lectura de textos impresos constituye un extraordinario medio para lograr esa concentración requerida, como se podría hacer también mediante la meditación trascendental. Contribuye a la creación de un mundo interior propio, a partir del cual se consigue percibir todo lo que nos rodea de un modo más incluyente.

Lo interesante en muchos sentidos es lo siguiente: La filósofa considera que la lectura en papel estimula la imaginación de un modo único. Nos permite recrear en nuestra mente de modo muy subjetivo aquello que estamos leyendo. Contrario a ello, el cine o la televisión proporcionan al público creaciones propias de los autores fílmicos. No permiten a cada espectador echar a volar la imaginación propia para hacer realmente suyos los entrañables personajes que se presentan. Ya están hechos y hay poco qué agregar.

Algo así parece suceder con el estreno de “Odisea” de Christopher Nolan. Ofrece la interpretación que él y su equipo creador han hecho de un poema muy antiguo atribuido a Homero. La producción nos dice “esto ocurrió así”, o “tal personaje hizo aquello”. Y tal vez, una gran mayoría del público de por sentado que de esta manera se escribió la obra literaria original.

De lo anterior deriva otro concepto que me pareció de enorme valor: La diferencia de percepción entre una persona que adquiere sus conocimientos a través de medios electrónicos, contra una persona que lo hace mediante la lectura de libros físicos es muy diferente; lo que cada una asimila es de temporalidad muy distinta. A todos nos sucede, estamos revisando información en pantalla y la retención de lo que leemos suele ser fugaz. No hay tanto tiempo para analizar, porque ya nos está esperando la siguiente noticia. Por su parte el libro impreso nos ofrece la oportunidad de leer, releer, asimilar y ponderar lo leído.

Dentro de la lectura en papel, quizá leer un periódico no permite poner la suficiente distancia para ver una noticia con más objetividad. En cambio, un libro sí nos concede esa maravillosa oportunidad de incorporar lo que leemos a nuestro propio mundo interior. Y aquí viene lo que me pareció más serio de los planteamientos que la filósofa hace: La adquisición de información que no permite la creación de un mundo interior propio, facilita que la mente vaya siendo colonizada por ideas ajenas, lo que puede llevar a la masificación y al totalitarismo. Al no haber un mundo propio a partir del cual marcar distancia con lo que percibimos, podemos resultar envueltos por ideas ajenas que, en un momento dado, llegan a manipularnos.

Nuestro mundo requiere de hombres y mujeres dispuestos a establecer el compromiso de formarse a profundidad. Cumplir con informarse a pinceladas, tantas veces dichas a modo, está muy lejos de proporcionar los elementos necesarios para forjar un criterio propio capaz de sostenerse ante cualquier elemento contrario. Se necesitan corazones inteligentes, generosos y bien dispuestos. Como expresa el escritor haitiano-canadiense Dan Laferrière, citado por la propia Béchet, la diferencia entre el libro electrónico y el impreso, es que en el primer caso la luz viene del dispositivo detrás de la pantalla, mientras que para el libro impreso la luz viene del propio espíritu lector, que ilumina la página.

Concluimos diciendo que nuestro mundo requiere de lectores que iluminen dentro y fuera de la página leída, para construir el mejor mundo para todos.

CARTÓN de LUY

 


CRÓNICAS DE UN DON NADIE: por Luis Toraya

 Éxito y fracaso

18/ago/2026

La línea que divide el éxito del fracaso es tan delgada y transparente que, a menudo, me descubro caminando sobre ella sin darme cuenta de que ambos lados pertenecen al mismo paisaje de mi existencia.

Durante mucho tiempo me enseñaron —y me enseñé a mí mismo— a mirar la vida como una escala ascendente, una arquitectura de peldaños donde la cima parecía el único destino digno del aplauso.

Me acostumbré a buscar el destello del bronce, el dictamen aprobatorio en los juzgados del mundo, los títulos que anteceden al nombre y esa acumulación de victorias que el tiempo, inevitablemente, desgasta.

En esa prisa por llegar, el éxito se me presentó más de una vez como un espejismo dorado: una vitrina hermosa, pero habitada por un frío absoluto.

Aprendí que el aplauso de la multitud dura lo que dura un eco, y que cuando el silencio regresa a la habitación, siempre me quedo a solas con el espejo.

El fracaso, en cambio, nunca me ha pedido permiso para entrar. Se ha presentado con el rostro de la sombra, del proyecto que vi desmoronarse entre mis manos, del diagnóstico que se escabulló de mi ciencia, o del doloroso vacío que deja una ausencia en la mesa.

Llega y me quita de golpe el ropaje del orgullo, dejándome desnudo ante mi fragilidad.

He aprendido a respetarlo: es un maestro severo, de voz firme y mirada limpia.

Mientras el éxito a menudo adormeció mis sentidos y alimentó la complacencia, el fracaso ha tenido conmigo una profunda vocación pedagógica.

Me ha obligado a detener la marcha, a replegarme en el silencio del alma y a buscar la lógica profunda de mis caídas.

En el fondo de ese valle, donde no hay reflectores ni coronas, es donde verdaderamente he medido la madera de la que estoy hecho. Es ahí donde he sembrado mi resiliencia y donde mi empatía con el dolor ajeno echó raíces hondas.

Si pudiera dibujar mi historia, sé que no sería una línea recta que asciende hasta el infinito, sino una hermosa sinusoide que sube y baja con la cadencia de la respiración.

En la cresta de la ola he disfrutado la luz, pero es en el fondo del oleaje donde he sentido que el agua se renueva y cobra fuerza.

Si no hubiera transitado por el invierno de mis tropiezos, difícilmente sabría apreciar hoy la sutil calidez de la primavera.

Al final del camino, ahora que los años me otorgan la gracia de la perspectiva, descubro que mi verdadero éxito no se encuentra en las estadísticas de mis logros. Mi éxito es silencioso, íntimo y profundamente humilde.

Consiste en la paz de mirar hacia atrás y saber que he actuado con congruencia; en la certeza de haber intentado dejar una huella ligera, pero firme, en el corazón de quienes me han rodeado; en mi capacidad para reconstruirme tras la tormenta y, sobre todo, en la elegancia de sonreírle a la conciencia.

El éxito y el fracaso son, al cabo, dos impostores con los que he aprendido a convivir.

Mi verdadera certeza no radica en encadenarme a la victoria ni en temerle a la caída, sino en habitar el presente con la dignidad de quien sabe que ambos caminos son solo el pretexto que tiene la vida para enseñarme a ser, simplemente, más humano.

® 2026. Dr. Luis Mariano Toraya Lara. Todos los derechos reservados.

CARTAS A MÍ MISMO por Carlos Sosa

El tiempo es una moneda

Hay regalos que se guardan en una gaveta, otros terminan olvidados en algún rincón y algunos, con los años, pierden hasta el significado.

Pero hay uno que jamás podremos recuperar después de entregarlo: nuestro tiempo.

Porque cuando le regalás una hora a alguien, no le estás dando sesenta minutos. Le estás entregando un pedazo irrepetible de tu vida. Una página que arrancaste de tu propio calendario sabiendo que nunca podrás volver a pegarla.

El tiempo es una moneda extraña: todos despertamos cada mañana con unas cuantas horas en los bolsillos, pero nadie sabe cuántas le quedan en el banco.

Por eso sentarse a tomar un café sin mirar el teléfono, escuchar una historia que quizá ya conocemos, caminar junto a alguien sin tener prisa o simplemente acompañar en silencio puede valer mucho más que cualquier cosa envuelta en papel brillante.

Al final, la vida no se mide solamente por los años que vivimos, sino por con quién decidimos gastarlos.

Así que cuando alguien te regale su tiempo, cuidalo.

Porque no te dio lo que le sobraba.

Te dio un pedazo de su vida que jamás volverá a tener...

ENTREVISTA sobre la muerte con Adriana Edelberg


 

CONFETI DE LETRAS por Eréndira Ramírez

Todos cometemos errores. En nuestras relaciones humanas es común que una palabra, una actitud, el hacer o no hacer algo las afecte aun cuando el equivocarnos sea involuntario, sin la menor intención de dañar, ingenua o quizá negligentemente. 

El equívoco implica un costo y la pena la decide quien resultó agraviado. En ocasiones es desproporcionada, o quizá así lo siente quien nunca pensó en tales repercusiones. El acto se percibe en otra magnitud y se castiga. 

La indiferencia, el tomar distancia delata el resentimiento, se trata de hacer ver, con lo que considero es una dignidad mal entendida, que esa persona es non grata. 

En ocasiones esto se resuelve a corto plazo, en otras el orgullo o la desidia lo dejan al tiempo, y el tiempo solo permite que se amplíe la brecha, que se enfríe el afecto, y puede pasar la vida entera sin que se llegue a ser capaz de reconocer que no era para tanto. 

Palabras clave: humildad, orgullo, resentimiento, perdón, comunicación, una relación basada en el amor se desvanece, sin un intento siquiera de salvarlo, o si lo hubo sin que sea suficiente para lograrlo. 

No hay que esperar a que sea la compasión la que nos lleve a reconocer fallas, a dejar orgullos y a acercarnos a quienes han sido afectos auténticos, aquellos en los que no cabe pensarse tengan la intención de hacernos daño. 

Acercarnos por amor, no por compasión, tan solo porque nuestro mayor tesoro es reconocer en nosotros la capacidad de amar, de anteponer el amor a la soberbia, de mantener el cariño que se ha sembrado sin dejar que quede a merced del olvido, de la apatía y se pierdan esas semillas fértiles que el arrepentimiento ya no logrará hacer que den fruto. 

Nadie llegue a mi por lástima, por compasión, nadie llore en mi tumba o en mi cama de enfermo, lamentando no haber sido capaz de reconciliar diferencias cuando había alegría, cuando había paz

SUSURROS DEL ALMA por JCDovala

LA HUMILDAD DE APRENDER

Quien cree saberlo todo deja de aprender desde el instante en que convierte cada conversación en un juicio. La necesidad permanente de demostrar que se tiene razón termina cerrando la puerta al conocimiento, porque nadie puede recibir una enseñanza mientras está ocupado defendiendo sus propias certezas.

La auténtica sabiduría no consiste en hablar para tener razón, consiste en estar dispuesto a corregirse cuando la evidencia lo exige. Cambiar de opinión frente a mejores argumentos no es debilidad, sino una de las formas más altas de fortaleza intelectual. Solo los espíritus libres son capaces de abandonar un error sin sentir que pierden su identidad.

Si aspiramos a una sociedad más justa y más inteligente, debemos educar menos para el debate, que busca vencedores y más para el diálogo, que forma ciudadanos. El progreso humano nunca ha sido obra de quienes pretendían tener siempre la última palabra, sino de quienes tuvieron el valor de seguir buscando la primera verdad.

Contacto jcdovala@hotmail.com