domingo, 21 de junio de 2026

CONTRALUZ por María del Carmen Maqueo Garza

 DE CHABACANOS Y OTRAS COSAS

Uno de los grandes cambios de movilidad en el mundo tras la pandemia por COVID 19, es el relativo a las compras en línea. Los centros comerciales en distintas ciudades se van quedando cada vez más desiertos, en tanto las compras por la vía electrónica se disparan. Los mecanismos se vienen afinando para consultar catálogos de mercancía, seleccionar los artículos que nos hagan falta, pagar y esperar a que algún servicio de paquetería nos traiga a domicilio lo comprado. No nos escapamos de los fraudes, por citar un ejemplo, yo compré en línea dos kilogramos de chabacano prensado de Michoacán por una suma considerable, pero que creí justificada. Hoy me llegaron dos bolsas de 225 gramos cada una, de chabacano prensado provenientes de China. Aclaro que los pesé en mi báscula de cocina, pues como no hablo chino, no habría podido traducir las leyendas de las bolsas. Definitivamente fue una estafa, que, seguramente, tendré cuidado para evitar a futuro.

Pero hoy quiero hablar de otra forma de delito cibernético a raíz de nuestra dependencia de los métodos electrónicos. Días atrás esperaba un libro que compré en una plataforma renombrada, que consigue libros en distintos países. Esta plataforma envía notificación por mensaje cuando la paquetería va llegando a domicilio. Esperando ya mi libro, entró una llamada de un número local y contesté, confiada en que sería el servicio de paquetería que debía estar ya a la puerta. La voz que me llamó por mi nombre completo, es de esas voces muy ejecutivas de ciertas entidades bancarias. Se identificó como funcionario del banco fulano de tal, en el que, efectivamente, yo tengo una cuenta. Una vez que confirmé ser la persona por la que preguntan, me pide que corrobore si acabo de solicitar un préstamo por una cantidad de varios ceros. Lo niego, a lo que muy amable responde: “Permítame, señorita, la voy a transferir al área de préstamos para que realice una aclaración”. Yo sé que debí haber colgado desde el primer momento, cuando descubrí que no era la paquetería, tonta de mí, pero, en fin, llegué hasta este punto y ni modo. En ese momento le indico que no me transfiera a ninguna otra área, que en seguida salgo a la sucursal que me corresponde para hablar en persona con un ejecutivo. Lo siguiente es un sonido atronador en mi oído, sospecho que mi amable interlocutor aventó su teléfono. Supongo que nada más le faltó reclamarme por qué le hice perder su tiempo, si a fin de cuentas no me pudo estafar.

En México hay servicios tan necesarios como de riesgo. Uno de ellos es la telefonía celular. Ahora que el gobierno federal intenta que proporcionemos todos nuestros datos confidenciales, para conservar nuestra línea telefónica, pienso que es como estar ofreciendo un platillo aún más jugoso a los delincuentes, que seguirán (ellos sí) desde el anonimato, intentando robarnos nuestro patrimonio familiar y nuestra tranquilidad.

Hace dos semanas Coahuila salió a votar por diputados locales y votó por el PRI. La calidad de vida que venimos teniendo con estos últimos tres gobiernos estatales nos hace descartar cualquier cambio de color. Estamos muy bien así, nada qué ver con lo que sucede en otras entidades federativas, que me lleva a recordar lo que vivimos los coahuilenses allá por el 2011, cuando el crimen organizado asolaba varias ciudades de nuestro estado, período en el que ocurrió la masacre en el municipio de Allende Coahuila, que cobró la vida de muchas familias. Sucesos que, hasta la fecha, no han sido del todo clarificados y mucho menos olvidados por quienes, por cercanía geográfica al menos, los recordamos con una mezcla de dolor e impotencia.

Muchos de los delitos más terribles hoy en día tienen que ver con el uso de la tecnología. En mi caso, desde los chabacanos que encargué de Michoacán y que me llegaron desde China en cantidades irrisorias, y que no he probado. Me inquieta descubrir que sean de plástico y no frutales… Hasta los intentos graves de extorsión, son condiciones que nos activan la liberación de cortisol, y nos llevan a permanecer en guardia, a la defensiva, que no es la mejor manera de vivir. Definitivamente.

Recordando Coahuila 2011 y su cohorte de muerte, pienso en las madres buscadoras, en su doble lucha, la de acabarse el cuerpo excavando para encontrar los huesos de sus hijos desaparecidos, y la de no desfallecer, a pesar de todo lo que tienen en contra, la falta de apoyos, la represión, y tantas y tan burdas descalificaciones a su incansable labor titánica, al modo de amar a sus seres queridos con todo, hasta terminar con la carne en vivo.

Ya escribiré una secuela de este texto, donde les platique si los chabacanos eran tales, o productos de utilería solamente. Mientras tanto, a seguir cuidándonos, más cada día.

CARTÓN de LUY

 


CRÓNICAS DE UN DON NADIE por Luis Toraya


El eco de un balón de cuero golpeando el asfalto de la calle no es solo un sonido; para quienes crecimos con las rodillas raspadas, es una campana litúrgica.
Cerca de las tres de la tarde —la hora en que el calor inclemente parece esconder a la gente—, el primer pum-pum rítmico cruzaba la calle principal.
No necesitábamos teléfonos celulares; ese bote era el código secreto, la convocatoria invisible que nos sacaba de las casas para convertirnos en equipo.
Nos integrábamos al vaivén de la pelota, rumbo a la plaza principal.
Había una magia particular mientras esperábamos.
Nos reuníamos bajo los arcos del palacio municipal, un refugio de sombra y cantera donde el balón rebotaba contra las columnas.
Ese preludio era, quizás, más puro que el partido mismo.
Éramos pocos, apenas un puñado de sombras driblando el aburrimiento, esperando a que la banda se completara.
En esos toques cortos, en ese "patea, recibe y devuelve", se tejía una complicidad que no necesitaba palabras.
No jugábamos para ganar; jugábamos para estar.
Cerca de las cuatro, el instinto nos decía que el quórum estaba listo. Iniciábamos la procesión hacia el campo detrás de la iglesia.
Allí, el horizonte se ampliaba y el aire sopesaba nuestras ambiciones.
El espacio nos permitía, por fin, soltar la pierna y ver el balón surcar el cielo: un arco de cuero que parecía desafiar la gravedad de la tarde.
Las porterías eran dos piedras humildes que delimitaban lo sagrado.
La justicia era un código de honor donde la duda anulaba el grito. Si no era claro, no era gol. Así de simple.
La ambición era inexistente. No buscábamos penales ni sentencias; buscábamos el flujo ininterrumpido del movimiento.
Éramos cuerpos entregados a la fatiga. El sol nos horneaba la piel, el sudor nos nublaba la vista, pero nadie quería irse.
Recuerdo con una sonrisa esa justicia que solo existe en la infancia; después de una tarde de dominio absoluto de un equipo, alguien gritaba la frase que reseteaba el universo: "¡El último gol gana!".
En ese instante, los noventa minutos previos que sin reloj se marcaban, desaparecían.
La fatiga se evaporaba y el corazón latía con la urgencia de quien se juega la vida en un solo gol.
Al final, el marcador era lo de menos; lo que importaba era esa satisfacción exhausta, ese caminar de regreso a casa con el alma llena y los lazos de amistad sellados por el polvo del camino.
Hoy, cuando camino por cualquier calle y escucho a lo lejos ese bote grave y seco de un balón contra el suelo, algo en mi pecho se tensa.
Mi memoria viaja de inmediato a esos arcos, a esa iglesia, a esos amigos cuyos rostros el tiempo ha ido difuminando, pero cuyos nombres están grabados en cada pase que dimos.
Espero, dondequiera que la vida los haya pateado, también se detengan un segundo cuando escuchen un balón botar.
Deseo que, al igual que yo, cierren los ojos y sientan de nuevo el sol de las tres de la tarde, recordando que hubo un tiempo en que no necesitábamos más que dos piedras, un balón y un amigo para ser dueños del mundo.
® 2026. Dr. Luis Mariano Toraya Lara. Todos los derechos reservados.

CARTAS A MÍ MISMO por Carlos Sosa

Hay una frase que me persigue desde hace años. No llega como una idea brillante ni como una revelación digna de un libro de autoayuda. Llega en silencio. A veces mientras conduzco de madrugada. A veces después de despedir a un paciente. A veces cuando la casa está en calma y el reloj parece contar algo más que segundos.
La frase dice así:
No quiero morir como hombre. Quiero morir siendo historia.
Y no, no hablo de fama.
La fama es un ruido que tarde o temprano se apaga.
Hablo de algo más profundo.
Hablo de dejar una huella tan humana que sobreviva a nuestra ausencia.
Porque si somos sinceros, el miedo más grande no es la muerte.
La muerte es inevitable. Todos hemos firmado ese contrato sin leer la letra pequeña.
Lo que realmente nos aterra es la posibilidad de pasar por este mundo sin haber significado nada.
Que un día nuestro nombre se pronuncie por última vez.
Que la fotografía acumule polvo.
Que las conversaciones nos borren lentamente.
Que la vida continúe exactamente igual que antes, como si nunca hubiéramos estado aquí.
Hay noches en que esa idea pesa más que cualquier enfermedad.
Pensar que todo lo que amamos, todo lo que construimos, todo lo que soñamos, podría desaparecer como una huella en la arena después de la marea.
Y entonces uno se pregunta:
¿De verdad estoy viviendo o simplemente estoy ocupando espacio?
Porque hay personas que llegan a los noventa años sin haber vivido realmente.
Y hay otras que parten demasiado pronto, pero dejan una luz imposible de apagar.
No se convierten en historia por lo que tuvieron.
Se convierten en historia por cómo hicieron sentir a los demás.
Porque al final nadie recuerda cuántas cuentas pagaste.
Nadie recuerda cuánto costó tu carro.
Nadie recuerda el modelo de tu teléfono.
Pero alguien recordará aquella vez que le tendiste la mano cuando se estaba cayendo.
Alguien recordará que escuchaste cuando nadie más quiso escuchar.
Alguien recordará que te quedaste cuando todos los demás se fueron.
Las personas se olvidan de las palabras.
Pero jamás olvidan cómo las hiciste sentir.
Y quizá ahí reside la verdadera inmortalidad.
No en los monumentos.
No en las placas.
No en los reconocimientos.
Sino en los corazones.
Porque un corazón agradecido puede convertirse en una biblioteca entera.
Guardar una sonrisa durante décadas.
Conservar un abrazo después de una vida.
Rescatar una frase tuya justo cuando todo parece derrumbarse.
Tal vez ser historia no consiste en que el mundo te recuerde.
Tal vez consiste en que una sola persona pueda respirar más tranquila porque un día te conoció.
Pienso en eso cada vez que veo partir a alguien.
Algunos dejan un vacío.
Otros dejan una presencia.
Y aunque parezca contradictorio, hay ausencias que siguen acompañándonos.
Mi padre se fue hace años.
Y sin embargo todavía encuentro respuestas en frases que me dijo hace décadas.
Todavía escucho consejos que ya no puede repetir.
Todavía encuentro refugio en recuerdos que el tiempo no ha podido destruir.
Su cuerpo desapareció.
Su historia no.
Entonces entendí algo.
Morir es inevitable.
Desaparecer es opcional.
Desaparecemos cuando dejamos de amar.
Cuando dejamos de servir.
Cuando dejamos de tocar la vida de otros.
Mientras exista alguien que sonría al recordarnos, seguimos aquí.
Mientras exista alguien que repita una enseñanza nuestra, seguimos aquí.
Mientras exista alguien que encuentre fuerzas gracias a algo que hicimos, seguimos aquí.
Por eso ya no me preocupa tanto el día de mi muerte.
Me preocupa el día anterior.
Me preocupa llegar al final y descubrir que tuve la oportunidad de cambiar una vida y no lo hice.
Que tuve la oportunidad de decir "te quiero" y guardé silencio.
Que tuve la oportunidad de abrazar y elegí la distancia.
Que tuve la oportunidad de dejar huellas y me conformé con pasar de largo.
Porque al final de todo, cuando las luces se apaguen y el ruido del mundo se vuelva insignificante, quedará una sola pregunta:
¿Fuiste una fecha en una lápida o una historia en el corazón de alguien?
Y yo, mientras pueda elegir, seguiré apostando por lo segundo.
Porque no quiero morir como hombre.
Quiero morir siendo historia...

Charla con Valentín Fuster: Los códigos para una buena vida


 

CONFETI DE LETRAS por Eréndira Ramírez

Papá querido:

Nunca te escribí una carta, a pesar de haber pasado tantos años lejos de ti. Ahora si me dieran la posibilidad de regresar al pasado, quisiera poder hacerlo. No siento remordimientos porque me haya faltado decirte lo que te quería, sin embargo mi lenguaje oral no logró hacerte llegar el amor, la admiración, el orgullo que sentía de llamarme hija tuya. Ojalá más allá de mis palabras. mis acciones puedan haber sido las transmisoras de mi profundo amor , padre mío.

De cualquier manera, si fuera posible te escribiría esa carta diciéndote cuánto te quería. El significado que tenía tu vida en la mía desde niña, un símbolo de respeto, de respaldo, un ejemplo de vida, de lucha incansable por lograr tus metas sin egoísmo, siempre pensando que el hacerlo era para mejorar no solo tu vida, sino en alguna forma la de la sociedad. Te hubiera dicho en ese escrito, que tu congruencia, tu amor por la familia eran mi guía, Que tus palabras, tu compañía, el hecho de saber que existías me eran suficientes muchas veces, para recuperar fuerzas y salir adelante en tantas batallas que tuve que librar en mi vida.

Querido papá, hubieran faltado palabras para expresarte mi agradecimiento por los pequeños y grandes detalles, Por la felicidad que me daba llegar al aeropuerto y verte a lo lejos esperándome en la puerta, por tu abrazo, que me hacía sentir amada y segura.

La geografía nos distanciaba, pero tan solo oír tu voz por el teléfono, bromear y oírte reír con mis tonterías, era suficiente para hacerme sentir tu presencia en mi vida. Siempre papá. siempre presente.
Nunca te escribí esa carta, no se me ocurrió, te soy sincera, pero si acaso el tiempo lo permitiera, te dejaría saber en esas letras lo que mi corazón sentía y que permanece en mi, que me acompaña sin que el tiempo y tu ausencia física impidan que así sea.

Soy afortunada de haberte tenido un padre como el mío, de que mis hijos puedan decir lo mismo que yo, y saber que mis nietos tienen la dicha de tener un maravilloso papá.

¡Feliz día del padre! y que sea el significado de esa palabra mucho más que el de engendrar a un hijo, Ser guía, protección, amor y permanencia más allá de la muerte a través de un legado que sea eslabón de unión familiar transgeneracional,

¡¡Te amo por siempre PAPÁ!!

REFLEXIÓN por JCDOVALA


Aprender en el desierto

Aprender en el desierto es descubrir que los momentos de aparente soledad y escasez también pueden convertirse en los más grandes maestros de nuestra vida. Cuando todo parece árido, cuando las respuestas tardan en llegar y el camino se extiende sin señales claras, aprendemos a valorar lo esencial, la fortaleza interior, la paciencia y la esperanza. Con gratitud, comprendemos que el desierto no siempre es un castigo, sino muchas veces una escuela donde el alma madura, donde el carácter se fortalece y donde aprendemos a confiar incluso cuando no podemos ver el destino final.

Agradezcamos los desiertos que hemos atravesado, porque en ellos descubrimos capacidades que desconocíamos, recibimos lecciones que la comodidad jamás podría enseñarnos y desarrollamos una fe más profunda en la vida y en nosotros mismos; porque cada dificultad superada deja una huella de sabiduría, y cada día de incertidumbre nos enseña a caminar con humildad y perseverancia. Que nunca olvidemos que los desiertos son temporales, pero las enseñanzas que nacen en ellos pueden acompañarnos para siempre, iluminando nuestro camino y ayudándonos a valorar con mayor plenitud cada oasis que encontramos después de la prueba.