domingo, 4 de octubre de 2026

CONTRALUZ por María del Carmen Maqueo Garza

 LA MOCHILA DEL NIÑO REY

Me siento frente al teclado a cumplir con la columna semanal en este día de octubre, cuando estamos a punto de celebrar la fiesta de San Francisco de Asís, considerado por la iglesia católica como el misionero de la esperanza. Hoy que para el resto del mundo se conmemora el natalicio de Mahatma Gandhi, promotor mundial de la resistencia pacífica, y hoy que para los mexicanos se recuerda una fecha por demás dolorosa: la matanza de estudiantes ocurrida en la plaza de Tlatelolco, de la actual Ciudad de México.

Lo anterior contrasta con dos eventos ocurridos en la semana que recién termina: El primero sucede en el aire, a bordo de una aeronave que volaba de Dubái a Tel Aviv, en cuya cabina el copiloto intenta liquidar al piloto y tomar el mando para secuestrar a los 174 pasajeros, en su mayoría israelíes. La acción fue abortada gracias a la valentía del piloto, que herido logró implementar acciones para poner a salvo a los pasajeros. Gracias a la valiente intervención de varios viajeros que lograron someter al atacante. Y gracias a la pericia profesional de un dentista que consiguió mantener con vida al piloto hasta el aterrizaje. Además de la participación conjunta de dos pilotos que volaban como pasajeros, y que no dudaron en coordinarse y tomar el mando de la nave.

Frente a este caso crítico que, por fortuna, terminó con bien, en nuestro querido estado de Coahuila, específicamente en el municipio de Torreón, ocurrió un ataque en contra de docentes y alumnos de una secundaria. Perpetrado por dos exalumnos de la institución, hermanos entre ellos, admiradores en redes sociales de personajes siniestros, cuya conducta quisieron emular. Ingresaron armados a la escuela, sembraron terror, y atacaron, con un saldo de cuatro personas heridas y una directiva fallecida. Mucho se viene hablando de los hechos cruentos, de modo que no redundaré más.

Trato de ordenar en mi mente lo ocurrido en estos últimos días, en particular en el caso Torreón. Busco un telón de fondo, entonces me asomo al corazón de sus gestores. ¿Qué hay en su interior? ¿Cuál es la razón tan poderosa por la cual un ser humano es capaz de atentar contra sus semejantes de forma tan brutal?

En el caso de la aeronave el mecanismo puede resultar más claro, o históricamente entendible. Hay diferencias en cuanto a religión, las que justifican para un creyente matar y morir por su dios, a grado tal que lo hace sin titubear, incluso seguro de cuál será su recompensa en la otra vida.

El caso de los jóvenes de 18 años que ingresan a un plantel donde estudiaron la secundaria (sin concluir) y arremeten contra personas que se encuentran en su interior, presenta algunas dificultades para un análisis objetivo. En principio, son hechos que acaban de suceder, y los detalles de lo ocurrido aún no se conocen del todo. Además de que son situaciones en las cuales, de alguna manera, todos nos sentimos involucrados, ya como mexicanos, como adultos o como padres de familia. Lo terrible de la escena que tenemos frente a nuestros ojos nos hace cuestionarnos si las cosas pudieron haber ocurrido de otra manera, y nos preguntamos si en nuestro entorno inmediato hay condiciones capaces de provocar hechos similares.

A partir del incremento en los índices de inseguridad en nuestro país, lo que ocurre en las calles nos lleva a buscar blindar de riesgo a nuestros menores de edad. Tal vez no les permitamos, como se hacía en otros tiempos, salir a la banqueta, o a la plaza, o a la cancha deportiva, y preferimos mantenerlos entre las cuatro paredes del hogar “protegidos”. Frente a la televisión, o, lo más común, con un dispositivo electrónico en las manos. Queremos imaginarnos que de esa manera ya no corren peligro.

Ahora habría que preguntarnos: ¿Con qué materiales digitales están en contacto? ¿Con qué creadores de contenido se identifican? ¿Están planteándose metas realistas para su vida? La labor como padres consiste, además de proveer a los hijos de techo, comida y vestido, en coadyuvar a su desarrollo en aspectos fundamentales, como son el mental, el espiritual y el emocional. Acompañar a los hijos en la resolución de conflictos, desde los más básicos hasta los más complejos. Verificar qué dificultades están teniendo en la escuela y procurarles el apoyo necesario para resolverlas.

Está prevaleciendo el concepto de ”niño rey” descrito inicialmente en los años noventa. En este modelo los hijos fijan la pauta y los padres asumen un papel pasivo frente a ellos, como el avestruz, escondiendo la cabeza ante cualquier dificultad, para no tener que enfrentarlos.

¿Tenemos en casa hijos adultos jóvenes, con demasiado tiempo libre? ¿Tal vez con dinero propio? ¿Con mucha exposición a redes? Más vale comenzar a revisar qué llevan cargando en su mochila.

CARTÓN de LUY


 

CRÓNICAS DE UN DON NADIE por Luis Toraya

 Los diez mandamientos

 22/sep/2026

Cuando el polvo del Sinaí todavía abrasaba los ojos de Moisés y el peso de la piedra entumecía sus brazos, no era la fatiga del cuerpo la que le ahogaba el aliento, sino el vértigo de contemplar la arquitectura secreta de la libertad. Subió a la cima a buscar leyes y descendió con un mapa para no devorarnos. No traía cadenas, sino los cimientos de una ciudad invisible contra el caos.

Allí, mientras el fuego grababa la roca, Dios no habló como un tirano codicioso. Habló con la piedad de quien adivina el destino trágico de la humanidad.

Prohibir otros dioses fue la primera advertencia contra nuestra propia naturaleza: esa inclinación incesante a erigir ídolos. Adorar el oro, el poder o la sombra del propio rostro es entregarse a altares que terminan por devorar al devoto. Por eso mismo se negó la imagen. El hábito terrenal busca encarcelar lo infinito en el barro o la plata; pero quien pretenda contemplar lo sagrado no debe esculpir la piedra: le basta descifrar la mirada de quien camina a su lado.

De esa misma sustancia participa el lenguaje. Exigir que el nombre divino no sea pronunciado en vano es velar por la integridad del verbo, evitar que la fe sirva de máscara para la trampa. Cuando la palabra se corrompe, la escala entre lo humano y el cielo se destruye.

Luego sobrevino el descanso. Para el Creador, el hombre no es un engranaje de tareas y sudor que consume su vida en aras de la producción. Detenerse un día a la semana es una insurrección contra la ansiedad del mundo: la declaración secreta de que existimos más allá de la brega de las manos. Y esa continuidad del tiempo exigía también una ligazón con el pasado. Honrar a los padres es el hilo tenue que sostiene la memoria frente al olvido. Quien borra sus huellas camina a ciegas hacia un horizonte vacío.

Hacia el centro de la roca, la llama trazó los límites del territorio humano. Prohibir el asesinato fue reconocer que la vida no nos pertenece: cada cuerpo es una frontera sagrada. Inmediatamente después, al vetar la traición conyugal, la ley no buscó reprimir el deseo, sino salvar al amor del impulso fortuito. El afecto sin lealtad no es un hogar, sino una intemperie donde el alma tiritará de soledad.

El respeto al trabajo ajeno no apareció como una regla de comercio, sino como una física de la equidad: hurtar es arrebatarle al otro el tiempo y la vida empeñados en lo que posee. Y para proteger esa frágil arquitectura, la ley volvió a la lengua. Prohibió el falso testimonio. Porque cuando la mentira altera la trama de la realidad y la sospecha sustituye a la verdad, la comunidad entera se disuelve en un laberinto de espejos.

El precepto final hizo temblar la mano del profeta. Al vetar la codicia, la ley dejó de vigilar los actos para penetrar en la penumbra del pensamiento. Moisés comprendió entonces que la grieta del mal no empieza en la mano que roba ni en el cuerpo que traiciona, sino en el ojo insaciable que reclama lo ajeno. Redimir la raíz del deseo es la única vía para evitar que el árbol nazca envenenado.

Estas cifras grabadas no forman un código para quienes han alcanzado la meta, sino un viático para quienes aún transitan por el desierto. Llevadas en las entrañas, no solo vuelven tolerable la marcha: construyen el cielo por dentro.

® 2026. Dr. Luis Mariano Toraya Lara. Todos los derechos reservados.

CARTAS A MÍ MISMO por Carlos Sosa

Desde mis sombras

A veces —quizás más de las que admito— no escribo desde lo que hago bien, sino desde mis fallas: desde lo que me falta, desde lo que todavía no soy. 

Escribo desde mis sombras porque en este mundo resulta más sencillo arrastrar palabras que levantar vuelo. 

Y quizá por eso escribo: para ver si en algún renglón, aunque sea por un instante, me crecen alas...



CHARLA: La revolución de la conciencia con Fer Brocca


 

CONFETI DE LETRAS por Eréndira Ramírez

Conforme se van viviendo fracaso o sinsabores, uno va adoptando la costumbre de perder la fe que le resultaba inspiradora para vencer retos, para lanzarse por ideales. 

No creo en la amistad, no creo en el amor, no creo en el matrimonio, no creo en nada ni en nadie. un "no creo" que nos va debilitando y nos va haciendo perder la fe hasta en nosotros mismos. Como si vivir significara lograrlo todo, como si se nos hubiera prometido que veníamos a un paraíso terrenal. 

Madurar es dejar de creer en fantasías, pero no implica el que tengamos que renunciar a fabricarlas, madurar no significa convertirnos en acumuladores de amargura, con todo y lo que el mundo nos defrauda siempre hay maravillas que nos reconcilian con él, no es justo para nadie convertirlo en un espectáculo gris, en oscura senda que no vale la pena recorrer. 

No se puede evitar dejar de creer, pero se debe ser capaz de recuperar la fe, lo que hoy es, mañana no será, y lo que no ha sido hasta hoy, puede que sea mañana. 

En esta vida hay que creer, porque bien claro está que la única certeza que podemos tener, es que por este mundo solo pasamos una vez y recorrerlo sin fe es recorrer un desierto en el que nunca hubo un oasis.

SUSURROS DEL ALMA por JCDovala

 ¿BUENOS O EXITOSOS?

¿Estamos formando a nuestros hijos para ser buenas personas, o, principalmente, para ser personas exitosas? La pregunta resulta incómoda porque, en principio, nadie tendría por qué elegir entre una cosa y la otra. Queremos hijos capaces, independientes, con oportunidades y herramientas para construir una vida próSpera; pero también queremos que sean honestos, sensibles, generosos y conscientes de los demás.

El problema aparece cuando ambos caminos parecen separarse. Cuando obtener la mejor calificación importa más que la manera en que se obtuvo; cuando ganar se vuelve más importante que actuar con justicia; cuando enseñamos a competir antes que a compartir, o cuando medimos el valor de una persona por sus logros, su profesión, sus ingresos o el reconocimiento que recibe.

Sin advertirlo, podemos transmitirles una idea peligrosa: Que ser bueno es deseable siempre y cuando no interfiera con llegar prumero.

Educar verdaderamente comienza, quizá, en esos momentos de conflicto.

Es relativamente sencillo hablarles a nuestros hijos de honestidad cuando decir la verdad no cuesta nada, de generosidad cuando nos sobra, de respeto cuando estamos de acuerdo con los demás o de principios cuando estos no ponen en riesgo ninguna ventaja.

La verdadera formación ocurre cuando hacer lo correcto implica perder algo: Una oportunidad, un privilegio, una calificación, una posición o incluso el reconocimiento de otros.

Es entonces cuando nuestros hijos descubren qué valores eran realmente importantes para nosotros.

Y lo descubren menos por nuestros discursos que por nuestras decisiones cotidianas: Por cómo tratamos a quien nos sirve, cómo hablamos de quien piensa distinto, qué hacemos cuando nadie nos observa, cómo reaccionamos ante nuestros propios errores y hasta dónde estamos dispuestos a llegar para conseguir aquello que deseamos. Los hijos aprenden muy pronto que existen valores que se pronuncian y valores que se viven; estos últimos son los que terminan heredando.

Tal vez nuestra responsabilidad como padres y como sociedad no sea escoger entre formar personas buenas o personas exitosas, sino revisar profundamente nuestra definición del éxito.

Una vida exitosa no tendría que ser únicamente aquella que acumula títulos, bienes, ascensos o reconocimientos, sino aquella capaz de avanzar sin destruir a otros en el camino; la de quien puede competir sin perder la empatía, prosperar sin olvidar la gratitud y defender sus intereses sin renunciar a su conciencia.

Necesitamos preparar a nuestros hijos para un mundo exigente, sí: Enseñarles disciplina, ambición, fortaleza y capacidad para levantarse después del fracaso.

Pero también debemos recordarles que ninguna conquista exterior compensa una pobreza interior.

Quizá el mayor éxito de nuestra tarea educativa no llegue el día en que nuestros hijos sean admirados por todo lo que consiguieron, sino cuando, teniendo la posibilidad de elegir entre lo conveniente y lo correcto, posean la libertad, el carácter y la humanidad suficientes para elegir lo correcto.

Y cuando nuestros hijos sean adultos y ya no estemos a su lado para decirles qué camino tomar, ¿qué queremos que guíe sus decisiones: La necesidad de triunfar ante los demás o la conciencia de poder mirarse a sí mismos con dignidad?