domingo, 7 de junio de 2026

CONTRALUZ por María del Carmen Maqueo Garza

 

EDGAR MORIN: UNA VIDA REVOLVENTE

La violencia es un mal que daña profundamente el espíritu, primero por albergarla y luego por proyectarla hacia los demás. Por desgracia es un mal que prevalece entre nosotros más cada día. Esta semana ha venido circulando un video de un evento atroz ocurrido en la delegación Tlalpan de la Ciudad de México. Se observa a un sujeto atacando de forma salvaje a un ciclista que circulaba por la ciclovía. Primero le pasa el brazo por el cuello para someterlo; lo derriba y, ya en el suelo, comienza a golpearlo y a patearlo de manera inmisericorde. Se aprecia la carga de ira con que lleva a cabo este intento de homicidio, hasta dejar al ciclista tendido sobre el pavimento. ¿El motivo?... Difícil de creer: “Porque el ciclista lo vio feo”.

Por desgracia este tipo de ataques es cada día más frecuente. Da cuenta del fardo de sentimientos negativos que venimos cargando por la vida. Se inicia con la falta de autoestima que nos lleva a odiarnos a nosotros mismos, y en consecuencia a odiar a los demás.  El simple hecho de vivir la vida se percibe como una carga y el mínimo estímulo es motivo para atacar de modos irracionales. Da cuenta del nulo control de la ira que se maneja. Las redes sociales han dado amplia cuenta del lamentable hecho, y esperemos que el bestial conductor reciba el castigo que merece. Ninguna justificación es válida cuando, con su ataque, puso en riesgo la vida de otro ser humano.

Hace poco más de una semana falleció Edgar Morin, filósofo y sociólogo francés, autor de múltiples libros que hablan, justo, acerca de la sociedad, de la convivencia de unos para con otros, y de los valores que estamos heredando a las futuras generaciones. Debo confesar que no fue sino hasta ahora que me di a la tarea de conseguir un par de títulos de su amplia obra, que espero con ansia que lleguen a mi domicilio. Mientras, he estado revisando entrevistas y declaraciones del filósofo que murió a los 104 años, y que hasta el último momento se declaró un enamorado de la vida en sus diversas manifestaciones. Judío de nacimiento quedó huérfano de madre a temprana edad; en su juventud pasó a formar parte de la Resistencia Francesa en contra de la ocupación nazi. En su momento decidió cambiarse el apellido con fines de sobrevivencia. Terminada la Segunda Guerra Mundial pudo estudiar diversas ciencias económicas y sociales en su país natal, y su carrera académica la desarrolló fundamentalmente en el área de investigación.

No encontré mucho material audiovisual de Morin en sus años de plena actividad, pero hay bastante concerniente a su última etapa, en la que se muestra como un ser humano feliz de existir, como él mismo expresó, vivía “contento dentro de su piel”, y valoraba profundamente la vida cotidiana, buscando lo que él llamó la calidad poética al interior del ser humano. Manifestó que procuraba amar, maravillarse y admirar todo lo que le rodeaba, lo que se expresa claramente en una de sus obras icónicas intitulada “Lecciones de un siglo de vida”, escrita poco después de cumplir un centenario de existencia. Una de sus expresiones se refiere a que los seres humanos olvidamos lo esencial en favor de lo urgente, ¡y cuánta razón tiene al decirlo! Hace hincapié en cómo el ser humano vive con prisa, a golpe de talón, con precipitación, sin concederse tiempo para disfrutar la vida.

Durante una entrevista que concedió a la cadena televisiva francesa TV5 habla sobre la singularidad del ser humano, que nos lleva a establecer diferencias entre unos y otros, por lo que nos corresponde a todos fomentar la convivencia armónica mediante la razón y la pasión. Destaca los peligros que hay para la humanidad en estos últimos tiempos, tanto por la confrontación social, como por las amenazas bélicas y el daño al medio ambiente. Además, no deja de sorprenderme, la forma en que se refiere a la IA como un elemento que, así como puede ser de utilidad para el ser humano, puede llevarlo a extraviarse.

Una vez más me descubro escribiendo a partir de dos asuntos distintos que en su analogía ponen a trabajar a mi pluma. Por una parte el atroz caso del conductor seudo asesino que en un momento de ira pone de manifiesto todo lo que viene cargando en su interior, y por otro un gentil filósofo que supo extraer lo mejor de la vida hasta el último momento, y que nos deja abundantes lecciones que favorecen precisamente eso, el descubrir que en nuestra vida cotidiana podemos hallar grandes significados para crecer y alegrarnos; para convivir y dignificarnos; para poder decir, al final del camino, que hemos vivido una vida buena, que queda para nuestros hijos como un legado de amor propio y a lo que nos rodea.

Descanse en paz Edgar Morin, cuya profunda mirada al corazón del hombre nos regala grandes enseñanzas.

CARTÓN DE LUY

En esta ocasión nos unimos al júbilo de nuestro compañero LUY quien ha sido condecorado por su trayectoria como caricaturista, siendo acreedor al Pergamino por la Libertad de Expresión y la medalla Francisco Villa, y hoy recibirá el Premio Estatal de Periodismo por parte de la delegación Veracruz del Club de Periodistas de México y uno más en el contexto del Congreso Nacional " 200 años de Caricatura en México". Mandamos un abrazo a nuestro multipremiado colaborador. 



REFLEXIÓN de JCDOVALA

Después de la caída 

Después de la caída, comprendemos que la vida no siempre responde a nuestros planes ni a nuestros esfuerzos. Hay momentos en los que todo parece derrumbarse y el camino se vuelve incierto, pero es precisamente en esos instantes donde descubrimos la verdadera dimensión de nuestra fortaleza; con gratitud y humildad, aprendemos que cada tropiezo deja una enseñanza, cada pérdida revela un valor que antes pasaba desapercibido y cada herida nos recuerda la importancia de aquello que aún permanece. La caída no es el final de la historia; es una pausa que nos invita a mirar con nuevos ojos aquello que realmente importa.

Por eso, después de la caída, nace también el respeto; respeto por quienes nos tendieron la mano cuando más lo necesitábamos, por quienes caminaron junto a nosotros en silencio y por quienes enfrentan sus propias batallas sin que el mundo las vea. Agradecer después de haber sufrido es reconocer que incluso en la adversidad existe un propósito que nos transforma. Cuando volvemos a levantarnos, ya no somos los mismos; llevamos en el alma la sabiduría de la experiencia, la serenidad de quien ha aprendido a valorar cada paso y la certeza de que las pruebas más difíciles pueden convertirse en el fundamento de una vida más consciente, más humana y más plena. 

CARTAS A MÍ MISMO por Carlos Sosa

Brillar cuando duele

Hay una verdad incómoda que casi nadie se atreve a decir en voz alta: es difícil alegrarse por otros cuando uno lo está pasando mal.
Difícil de verdad.
Difícil cuando las cuentas no cuadran, cuando la salud tambalea, cuando el amor se fue sin despedirse o cuando la vida parece empeñada en darte golpes justo donde más duele.
Porque en esos momentos uno sonríe por fuera, felicita por compromiso y hasta aplaude si es necesario, pero por dentro una pequeña voz susurra:
"¿Y por qué a ellos sí y a mí no?"
Y no nos gusta reconocerlo porque nos hace sentir egoístas. Pero es humano.
Lo verdaderamente extraordinario no es sentir alegría automática por los triunfos ajenos. Lo extraordinario es lograrlo cuando el corazón está cansado.
He visto personas celebrar graduaciones mientras lloraban la pérdida de un ser querido.
He visto amigos brindar por el éxito de otros mientras atravesaban el peor momento económico de sus vidas.
He visto pacientes enfrentar enfermedades devastadoras y aun así encontrar fuerzas para alegrarse porque un hijo consiguió trabajo o porque un vecino finalmente encontró la felicidad.
Y cada vez que presencio algo así, entiendo que existe una diferencia enorme entre la luz y el brillo.
La luz aparece cuando todo va bien.
El brillo aparece cuando todo va mal y aun así decides no apagarte.
Porque cualquiera puede compartir felicidad cuando le sobra.
Lo difícil es compartirla cuando uno mismo la necesita.
Hay algo profundamente noble en quien logra decir:
"Me alegro por ti."
Y que esas palabras sean verdad.
No porque ignore su propio sufrimiento.
No porque sea inmune a la tristeza.
Sino porque entiende que la felicidad no es un recurso limitado.
Que el éxito de otros no disminuye nuestras posibilidades.
Que la alegría ajena no roba la nuestra.
Al contrario.
Cada vez que celebramos sinceramente el bien que le ocurre a alguien más, algo dentro de nosotros sana.
Algo se libera.
Algo recuerda que la vida no es una competencia.
Vivimos atrapados en la absurda costumbre de compararnos.
Comparamos salarios.
Comparamos cuerpos.
Comparamos matrimonios.
Comparamos viajes.
Comparamos logros.
Y mientras más miramos la vida de otros, menos disfrutamos la nuestra.
Pero llega un momento en que la madurez nos enseña una lección diferente.
Nos enseña que cada quien libra batallas invisibles.
Que detrás de cada fotografía feliz hay noches de insomnio.
Que detrás de cada éxito hay fracasos que nadie vio.
Que detrás de cada sonrisa hay heridas que jamás aparecerán en las redes sociales.
Entonces dejamos de competir.
Y empezamos a acompañar.
Y cuando eso sucede ocurre algo mágico.
La envidia pierde fuerza.
El resentimiento se marchita.
La amargura se queda sin alimento.
Y el corazón vuelve a respirar.
Quizá por eso las personas más sabias que he conocido no son las más exitosas.
Son las que aprendieron a celebrar la felicidad ajena como si fuera propia.
Las que entendieron que el bien nunca se divide.
Se multiplica.
Porque al final de cuentas, la vida termina reduciéndose a una pregunta muy simple:
¿Qué clase de persona eres cuando el mundo no te está sonriendo?
Porque cualquiera puede ser generoso desde la abundancia.
Cualquiera puede ser amable desde la comodidad.
Cualquiera puede compartir alegría cuando está feliz.
Pero alegrarse por otros cuando uno mismo está roto...
Eso es otra cosa.
Eso es carácter.
Eso es grandeza.
Eso es humanidad.
Y es entonces cuando descubres algo maravilloso.
Que la verdadera luz no proviene de los días buenos.
Proviene de la decisión de seguir siendo buena persona en los días malos.
Y cuando logras eso, cuando el dolor no logra endurecerte, cuando la tristeza no consigue volverte pequeño, cuando la adversidad no te roba la capacidad de alegrarte por otros...
Entonces brillas.
No con el brillo pasajero de los aplausos.
No con el brillo superficial del éxito.
Sino con esa luz serena y poderosa que nace de un corazón que ha sufrido, pero que se niega a dejar de amar.
Y créeme.
No existe estrella, lámpara o amanecer capaz de competir con alguien que decidió seguir brillando mientras atravesaba la oscuridad...

CRÓNICAS DE UN DON NADIE por Luis Toraya

La gasolinera de don Sixto

Tenía diez años y el mundo, a esa edad, se limita a las rutinas que nos dan seguridad.
En mi pueblo, una de esas constantes era la gasolinera de don Sixto.
No era una estación de servicio moderna; era un rincón de alquimia y trabajo donde el olor a combustible se mezclaba con el polvo del camino.
 
Don Sixto, hombre de mirada precisa, despachaba con la misma nobleza con la que un lechero servía su producto: medidas exactas de metal, litros que no dejaban lugar a la duda, gasolina y "gas morado", era el pulso energético de nuestra cotidianidad.

Mi casa estaba a solo cincuenta metros, una distancia que, en mi memoria, se sentía como un hilo invisible que me hacía testigo de la vida mercantil de don Sixto.

Una tarde, mientras la televisión nos regalaba la calma de un programa favorito, la realidad se fracturó. El aire, de pronto, se llenó de un griterío desgarrador, una estridencia de miedo puro que nos sacó de la hipnosis de la pantalla.
 
Al salir, el cielo, parcialmente, se había oscurecido y la tierra parecía vibrar.
 
Las llamas, feroces y hambrientas, brotaban por la puerta de la gasolinera como una lengua de fuego indomable.

Mi primer impulso, cargado de esa curiosidad temeraria que solo se posee en la infancia, fue correr hacia el centro del caos.
 
Pero una mano firme, pesada por la experiencia, me sujetó por los hombros. "No se acerquen, esto va a explotar", sentenció una voz quebrada por el pánico.

Me quedé paralizado. A mis diez años, la palabra "explotar" no era un concepto físico, era el fin del mundo.
Mientras miraba, mi mente proyectaba el radio de la tragedia: ¿Llegará hasta aquí? ¿Estamos a salvo? Eran presagios de un niño ante lo inevitable.

El espectáculo era dantesco. Don Sixto estaba allí, una silueta empequeñecida contra el infierno que devoraba su vida.
 
Intentaba, con una desesperación que aún hoy me pone un nudo en la garganta, mover aquellos pesados tambores.
Era su patrimonio, sus años, su historia, intentando ser salvados de la incineración.
De pronto, la humanidad se manifestó de la forma más pura: varios hombres, movidos por una valentía que desafiaba toda lógica de autoconservación, se sumaron a la lucha.

Entraban al fuego empapados de agua y salían con ropas humeantes, intentando rescatar los barriles.
 
El calor era un enemigo implacable; los tambos ya comenzaban a deformarse, hinchándose como bestias metálicas a punto de reventar bajo la presión interna.
La explosión parecía un destino escrito en el aire.

Entonces, alguien gritó una sentencia de muerte o salvación: "¡No podemos sacarlos! ¡Vamos a retirar los tapones para liberar la presión!".

Lo que siguió fue un acto de entrega absoluta.
 
Uno a uno, hombres con la ropa chorreando agua —que se evaporaba apenas tocaban el umbral del infierno— se lanzaron hacia los tambos.
Con dedos temblorosos y quemados, lucharon contra las roscas calientes. Yo, desde mi atalaya de miedo, contuve el aliento.
Cada vuelta de tuerca era un segundo ganado a la muerte.

Finalmente no hubo explosión.
 
Fue un milagro tejido con nervios y coraje.
Los tambores quedaron ahí, deformados, inflados como pulmones metálicos que habían logrado exhalar su propia perdición.

Hoy, la gasolinera de don Sixto es solo un recuerdo, una estructura extinta. Pero si uno se acerca lo suficiente a las antiguas puertas, todavía se pueden ver las cicatrices de carbón.
 
Esas marcas son algo más que huellas de un incendio; son el testimonio mudo de una tarde en la que mi pueblo aprendió que, cuando el peligro nos alcanza, la verdadera fuerza no está en los bienes que poseemos, sino en la capacidad de cruzar el fuego por el vecino.
 
A veces, la historia se escribe no solo con lo que se destruye, sino con aquello que, ante la inminencia del final, decidimos rescatar.

® 2026. Dr. Luis Mariano Toraya Lara. Todos los derechos reservados.

CONFETI DE LETRAS por Eréndira Ramírez

Las palabras dichas a la ligera en un momento de coraje son a veces las que pesan más, las que dejan más huella y las que provocan eco que se logra escuchar a pesar del tiempo. Las palabras traducen sentimientos a veces ocultos que afloran una o más veces, que se esconden pero que la ira, el coraje hace brotar. No es que digamos lo que no sentimos, todo lo que abruptamente se dice en un arranque de ira, son reproches, resentimientos reales, y que lanzamos irreflexivamente contra quien se ponga enfrente y que en muchas ocasiones era la menos indicada para ser víctima de nuestras ofensas. 

La palabra puede ser caricia, puede ser arma mortal que aniquile los sentimientos más nobles. Sanear el alma para no tener almacén de reproches, de ofensas, que dejamos escapar del inconsciente. No portar armas que nos hagan matar impunemente el cariño de aquellos que vale la pena conservar. 

Que nuestras palabras sean transmisoras de lo que nuestra alma encierra, que sea caricia y que tenga también la fuerza que se requiere para exigir nuestros derechos, para declarar injusticia, que no se convierta en ofensa estéril que solo agrede, que sea capaz de cambiar actitudes, de contagiar felicidad, de ser instrumento que armonice melodías de paz.

REFLEXIÓN de Fabián García

Hoy nos visita por primera vez Fabián García, joven nigropetense, promotor cultural, fundador del grupo Pupila, A.C. Lo hace con una reflexión acerca de la indiferencia que mostramos unos para con otros. Esperemos que este sea el primero de muchos artículos de su autoría en nuestro espacio. ¡Bienvenido!


La pandemia de la indiferencia
A veces parece que nunca salimos de una pandemia, solo que ahora es una pandemia social y humana. Vivimos con menos empatía, menos respeto y menos disposición para comprender a los demás. Todo ocurre con prisa; queremos respuestas inmediatas y resultados instantáneos. Con frecuencia vemos indiferencia hacia el prójimo, actos que perjudican a otros sin considerar las consecuencias.

También enfrentamos una crisis marcada por la corrupción, la violencia, los abusos, la desigualdad y la falta de justicia. Observamos cómo se deterioran valores fundamentales para la convivencia y cómo muchas personas pierden la confianza en las instituciones. Al mismo tiempo, seguimos dañando nuestro entorno: los campos, los bosques, los ríos, la fauna y los espacios que sostienen nuestra vida.

Resulta preocupante ver cómo, en muchos casos, quienes tienen poder político permiten o facilitan decisiones que benefician a unos cuantos mientras el costo ambiental y social recae sobre la mayoría. Con frecuencia, grandes intereses económicos avanzan sin asumir plenamente las consecuencias de sus actos, dejando a su paso comunidades afectadas y ecosistemas deteriorados.

También existe una contradicción difícil de ignorar: algunas de las naciones que proyectan una imagen de respeto al medio ambiente y de cumplimiento de la ley mantienen modelos de consumo e industrias que contribuyen significativamente al deterioro de otras regiones del mundo. Las consecuencias terminan llegando a todos, afectando nuestra casa, nuestras ciudades, nuestros países e incluso nuestra manera de pensar y relacionarnos.

Ante todo esto surge una pregunta inevitable: ¿qué hacemos? ¿Qué se puede hacer? Quizá el cambio no comience en los grandes discursos ni en las promesas de quienes gobiernan, sino en nuestras acciones cotidianas. Recuperar la empatía, respetar a los demás, cuidar nuestro entorno, exigir transparencia y educar con valores puede parecer poco frente a problemas tan grandes, pero toda transformación colectiva empieza con decisiones individuales.

La pregunta no es solamente qué está haciendo el mundo, sino qué estamos dispuestos a hacer cada uno de nosotros para no seguir alimentando aquello que nos está destruyendo.

Ya párenle a su pedo.