domingo, 8 de noviembre de 2026

CONTRALUZ por María del Carmen Maqueo Garza

 CÓDIGO MORAL DE EXCELENCIA

En esta vida la mayoría de las cosas son cíclicas: Caduca un estilo, que regresa treinta años después como novedad. Se ponen de moda formas de actuar y de vestir, canciones, películas y modos de vida. A la luz de la neuroplasticidad se concluye que es de mayor provecho escribir a mano sobre el papel y comienzan a abandonarse los recursos tecnológicos. Hoy sabemos que es preferible leer libros impresos, pues además de la interacción con el propio libro, la comprensión lectora y la retención son mayores cuando leemos en papel. Países de primerísimo mundo comienzan a limitar en gran medida la utilización de pantallas dentro de las aulas y en todo occidente tendemos a recuperar el gusto por los discos de vinilo tan demonizados hace algunos años.

Por otra parte, surgen fenómenos a los que nos hemos ido habituando. Uno de ellos, no poco preocupante, es el acostumbramiento o normalización de determinadas conductas que, a fuerza de su repetición, nos van pareciendo habituales, inconscientemente asumiendo que son aceptables y hasta correctas. La pequeña mentira, el robo hormiga, la traición que llevamos a cabo hasta hacerla pasar como una gracia. Vamos perdiendo el sentido de decencia que en otros tiempos implicaba honorabilidad.

Viene a mi mente aquel político que afirmó robar, pero “robar poquito”. Y como este hay muchos ejemplos de personajes de la vida pública, que actúan como si el cargo les concediera licencia para actuar fuera de lo correcto. Y nosotros, quienes nos hallamos ajenos a ese ámbito, nos conformamos diciendo que es normal que actúen así. La justificación argumentando que son distracciones las que les llevan a hacerlo, o que se trata de “peccata minuta” tomando en cuenta la carga de trabajo que manejan, en un plano de verdad absoluta, son juicios inválidos. Nos corresponde ser rectos y transparentes en nuestra actuación frente a otros, porque así debe de ser y nada más.

Recuerdo mucho esas palabras de Facundo Cabral: “No estás deprimido, estás distraído”. Me parece que igualmente se aplica al caso que ahora estamos abordando: El origen de la palabra “pecado” proviene del hebreo, significa “error” o “falla”. Muchas de las conductas que he venido señalando en este espacio obedecen, más que a una intención malévola de actuar fuera de lo normado, a una simple distracción. A no darle importancia al hecho de omitir señalar frente a los hijos una conducta errónea, o a minimizar sus efectos argumentando aquello de “qué tanto es tantito”. Pero ese conjunto de pequeños actos cotidianos son los que se inscriben en ese código moral que habrá de regir la vida de nuestros hijos.

Atendiendo a la teoría de las ventanas rotas, si comenzamos a sanear nuestra sociedad desde ahora, a recoger esos desechos que a la larga vuelven tóxico el ambiente, con toda seguridad estaremos plantando valores de gran importancia en tierra fértil, libre de abrojos espinosos que impidan una buena siembra.

El hombre sabio posee la costumbre de revisarse cada noche, antes de entregarse al sueño reparador. Lo hace para evaluar su marcha del día, repasar los problemas que hubo de enfrentar, y trazar la ruta para el día de mañana. Con una mirada limpia, una mente clara y un espíritu dispuesto, consigue detectar esos pequeños errores que más valdría corregir, en particular con el afán de proporcionar a los hijos la mejor enseñanza: la del ejemplo cotidiano que, sin mayores palabras, proporciona a los niños y jóvenes un modelo a seguir. Afortunado el que así obra, aun si nadie se percata de ello. Su camino llegará a ser uno que muchos sigan después de él.

Vuelvo ⸺para cerrar⸺ a Facundo Cabral, quien nos habla de la vida que nos puebla y nos rodea con millones de propuestas. El cantautor y poeta argentino fue un adelantado a su época, pues falleció en el 2011, cuando las redes sociales tenían poco tiempo de haber surgido. Él no alcanzó a medir el impacto que estas iban a alcanzar en nuestra vida, pero supo a qué nos enfrentaríamos, y logró prevenirnos con oportunidad de los efectos deletéreos de la distracción, máxime la que genera nuestro constante contacto con las pantallas.

Procurar el virtuosismo y tratar de apegarnos a la verdad, el bien y la justicia, no es de ninguna manera algo fuera de moda. Todo lo contrario, como esas costumbres cíclicas, que dan la vuelta en el tiempo y regresan con gran fuerza, son características que deberíamos pugnar por mantener y mejorar cada día. De este modo el ambiente sería mejor para todos y cada uno de nosotros, y conseguiríamos integrar un modelo de sociedad de excelencia.

CARTÓN de LUY

 


CRÓNICAS DE UN DON NADIE por Luis Toraya

Taquimecanografía

5/nov/2026

El aula de mecanografía de la secundaria olía siempre al aceite liviano que lubricaba los diminutos engranajes de acero.

Aquellos salones eran templos donde la modernidad industrial se encontraba con la disciplina monástica. Allí no se enseñaba meramente a teclear; se enseñaba un ritmo, un pulso casi cardíaco que convertía el pensamiento humano en escritura impresa sobre la hoja de papel bond.

Recuerdo la silueta imponente de las Olivetti, con sus carrozas metálicas pesadas y los tipos de letra afilados como punzones de acero.

Y para dominar el arte de la taquimecanografía, primero había que someterse al dictado de los símbolos. 

La taquigrafía —aquella caligrafía de trazos curvos, ganchos y líneas aéreas— era una forma de estenografía mental. El mundo hablaba a una velocidad desaforada, y el taquígrafo debía atrapar las palabras al vuelo, despojándolas de todo lo superfluo hasta dejarlas reducidas a un alfabeto secreto, un jeroglífico personal que solo el oído y la memoria inmediata lograban descifrar.

Era un ejercicio de absoluta entrega que la maestra Socorrito nos hacía realizar. No existía la tecla de retroceso salvadora, ni el cursor magnético que borra con una caricia digital el error cometido. Cada pulsación exigía una certeza inapelable.

Un solo desliz en falso obligaba a arrancar la hoja, tirar el papel carbón y comenzar de nuevo, aceptando con estoica paciencia que la obra bien hecha exigía temple.

El sonido del teclado era una sinfonía metálica, un repiquetear cadencioso que llenaba el aire como una lluvia intensa sobre un tejado de zinc; cada fin de línea venía marcado por el chasquido seco y metálico de la palanca de retorno, un latido mecánico que anunciaba el renacimiento de un nuevo renglón.

Hoy, ese universo se ha desvanecido en silencio. Las oficinas ya no resuenan con ese golpeteo febril. 

Las secretarias y los amanuenses que sostenían con su destreza invisible el engranaje de la burocracia, los despachos y los gobiernos han cedido su sitio ante pantallas táctiles, procesadores de texto instantáneos y dictados automatizados. El papel carbón es hoy una pieza de museo, y el trazo veloz de la taquigrafía descansa empolvado en los desvanes de la memoria, convertido en un idioma muerto que nadie descifra.

Y sin embargo, al mirar atrás, uno comprende que la taquimecanografía era mucho más que una destreza laboral; era una metáfora exacta de la condición humana. Nos enseñó que las palabras importan, que cada pensamiento requiere un esfuerzo para materializarse y que el error duele, pero que todo se corrige volviendo a empezar.

En esta época de hiperconectividad donde todo es efímero, instantáneo y borrable, se echa de menos la gravedad de aquel oficio: la satisfacción de ver cómo, a fuerza de pulso, concentración y alma, el caos del pensamiento humano se ordenaba, por fin, en rigurosas líneas de tinta o grafito negro sobre una página en blanco.

© 2026. Dr. Luis Mariano Toraya Lara. Todos los derechos reservados.

CARTAS A MÍ MISMO por Carlos Sosa

Todo ha valido la pena

Hoy mi corazón no encuentra palabras suficientes para agradecerle a Dios, al universo y a la vida por tanta bendición, por tanta dicha y por esa inmensa felicidad que me desborda el alma.

Porque he comprendido que las bendiciones más grandes no son materiales, no se compran, no se exhiben ni necesitan ser presumidas ante los ojos del mundo. Son esas que se sienten en lo más profundo del corazón, que nos humedecen los ojos de alegría y nos hacen sonreír en silencio, mientras el alma se arrodilla agradecida.

Hay momentos en los que la vida parece abrazarnos y susurrarnos que todo ha valido la pena: los esfuerzos, las esperas, los sacrificios y hasta las lágrimas del camino.

Y hoy es uno de esos momentos...

De esos en los que no quisiera pedirle nada más a la vida, sino detener el tiempo un instante para contemplar tanta felicidad.

Gracias, Dios mío, porque hay alegrías que no caben en el pecho, bendiciones que no se pueden explicar y sueños que, al hacerse realidad, nos recuerdan lo inmensamente afortunados que somos de estar vivos.

Hoy no presumo lo que tengo... agradezco, con toda mi alma, lo que la vida me ha permitido sentir.

Optimismo: COFERENCIA de Marian Rojas Estapé


 

CONFETI DE LETRAS por Eréndira Ramírez

Le tengo miedo a vivir más que a la misma muerte para vivir hay que luchar, hay que esforzarse. 

Para morir a veces ni siquiera se requiere preparación previa no hay opción de rechazo ni de posponerla.

Puede que decida darte tregua, puede que te asalte sorpresivamente, pero es franca y advierte no ser cuestión negociable.

La vida, por lo contrario, no es cosa segura nunca. No puedes apostarle a que será divertida, ni pacífica, ni feliz solo porque lo decidas. Cambia de dirección por más brújula que tengas, llegarás más de una vez a sentir perdida. 

También tiene recompensas, y ofrece sin esperarlo auténticas regalías que ni sentíamos merecer. 

En la feria de la vida, pagamos por un boleto, todos pagamos lo mismo, pero no todos tenemos la misma suerte o destino, siempre como bien dicen, a alguien le toca bailar con la más fea. 

Hay que bailar al son que la vida nos toca , al ritmo que nos señale, y ponerle nuestro toque. 

Pero quedarnos sentados a contemplar que esta pase, nunca, lo mismo bailar un rap, que un tango, o que un danzón, lo mismo bailar felices, que con el corazón roto. 

Muerte, te tengo segura, no me debes preocupar, dedico mi energía a lo que reste de vida...¡venga un tango para bailar!

SUSURROS AL ALMA por JCDovala

 La herencia que no se ve

Si dentro de veinte años nuestros hijos recordaran solamente cinco valores aprendidos en casa, probablemente quisiéramos que fueran la honestidad, el respeto, la responsabilidad, la generosidad y la perseverancia. Pero la pregunta importante no es cuáles elegiríamos, sino cómo los estamos sembrando hoy. Los valores no se heredan automáticamente por pertenecer a una familia ni se aprenden únicamente mediante consejos; se incorporan al verlos convertidos en costumbre.

Un hijo aprende honestidad cuando observa que sus padres dicen la verdad, incluso cuando resulta incómoda; aprende respeto cuando escucha cómo hablan de los demás en su ausencia; aprende responsabilidad cuando ve que los adultos cumplen sus compromisos sin buscar excusas; aprende generosidad cuando descubre que en casa se comparte sin esperar recompensa, y aprende perseverancia cuando presencia que los problemas no siempre provocan abandono, sino esfuerzo, paciencia y capacidad para comenzar de nuevo.

La vida cotidiana ofrece más oportunidades educativas de las que solemos reconocer. Está en devolver un cambio recibido de más, cumplir una promesa aunque ya no resulte conveniente, pedir disculpas después de perder la paciencia, tratar con dignidad a quien presta un servicio, ayudar a alguien sin necesidad de publicarlo, o terminar una tarea que se había vuelto difícil. Esos gestos aparentemente pequeños terminan formando el lenguaje moral de una familia.

Podemos hablar durante horas sobre respeto y después desacreditar a un vecino frente a nuestros hijos; exigirles responsabilidad mientras nosotros incumplimos nuestros acuerdos; pedirles generosidad mientras vivimos encerrados en nuestros propios intereses.

Los niños detectan esas contradicciones con una claridad sorprendente. Por eso, la pregunta más exigente para cualquier padre no debería ser "¿qué quiero enseñarle a mi hijo?", sino "¿qué está aprendiendo de mí cuando no estoy tratando conscientemente de enseñarle nada?"

Con el paso de los años, nuestros hijos olvidarán muchas reglas, conversaciones y recomendaciones.

Quizá tampoco recuerden todos los sacrificios que hicimos por ellos. Pero permanecerá algo más profundo: la forma en que se sentían al observarnos vivir y las convicciones que vieron repetirse una y otra vez dentro de casa.

Esa sería, en buena medida, la herencia que llevaremos más allá de nuestra presencia. Por eso, conviene pensar desde ahora qué queremos que encuentren cuando miren hacia atrás: si recordarán una casa donde se hablaba de valores, o una casa donde realmente se intentaba vivirlos. 

Porque, al final, los valores que dejamos en nuestros hijos no son solamente los que les enseñamos de palabra, sino aquellos que, después de vernos durante años, ellos terminan creyendo que merece la pena conservar.