domingo, 26 de julio de 2026

CONTRALUZ por María del Carmen Maqueo Garza

 SER FELICES Y CREAR COMUNIDAD

Como en una gran vitrina exhibidora los titulares noticiosos del día a día reflejan el estado de ánimo de nuestra sociedad. Más allá de la nota roja o de conductas bizarras para las que no encontramos explicación, me parece que los titulares reflejan asuntos del corazón. No con la cursilería de las historias color de rosa de Corín Tellado, sino para referirnos a heridas profundas en las emociones de un individuo que lo llevan a actuar con violencia.

Una sabia sentencia de José Ortega y Gasset, filósofo español del siglo veinte, reza: “Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo”. Una excelente forma de recordarnos que nuestro modo de actuar está influenciado desde un inicio por el entorno. Somos producto de las tradiciones y creencias del linaje familiar; del proceso educativo al cual nos sometemos, y de todo aquello que vaya impactando nuestros sentidos a lo largo de la existencia. Aun cuando no parezca sencillo de medir, cada contenido que recibimos del exterior deja su huella en nuestro comportamiento personal.

Analicemos, pues, la calidad de contenidos que llegan a nuestra esfera personal cada día. Lo que tiene que ver con conflictos internacionales que de alguna manera nos impactan; las políticas macroeconómicas que rigen nuestra economía doméstica en el día a día. Las ideologías que colonizan nuestro pensamiento y que nos inducen a actuar de un modo o de otro. Los contenidos que frecuentamos a través de redes sociales, que tantas veces nos orillan hacia una polarización absurda. Caemos en las trampas que intereses poco claros nos proponen, esas que nos llevan a suponer que detrás de cada iniciativa que no satisfaga nuestras creencias personales debe de haber una conspiración en nuestra contra.

Es un ámbito emocional con diversos niveles de toxicidad que no es precisamente lo más sano para nuestro espíritu.

¿Qué pasa, entonces, si comenzamos a procurar pensamientos de otro orden? Si partimos de la base de que, por más distinto que podamos pensar unos y otros, tiene que haber puntos en común, coincidencias de la vida desde las cuales podamos construir comunidad. Ir dejando de lado esa sensación de aislamiento de mi persona con la pantalla, de espaldas al mundo, para comenzar a procurar la comunicación presencial que tanto bien nos hace.

Cuando coincidimos en algún espacio con alguien que poco conocemos y se entabla una conversación, vamos descubriendo capas de su personalidad que no habíamos detectado antes. Aun cuando enarbolen otras convicciones políticas o religiosas, va a haber puntos en los cuales podamos coincidir, y a partir de ello comenzar a construir. Nadie habla de forjar una gran amistad para toda la vida, pero sí una rampa de comunicación que nos permita disfrutar un rato en común y elaborar memorias refrescantes que más delante, al recordarlas, nos hagan sonreír.

Todo lo anterior lo reflexionaba ayer mientras hacía una fila de más de dos horas para cruzar la frontera con los Estados Unidos. Ese se calificó como uno de los días más calientes de la temporada de verano, con un sol calcinante y una movilidad lentísima de uno a otro país. No es extraño entonces que se generen fricciones y hasta pleitos mayores entre automovilistas en aquella espera interminable. Nos vamos poniendo al punto de que, el más mínimo estímulo es capaz de disparar un altercado mayúsculo. Constituye una prueba de resistencia en la que tenemos que permanecer serenos y no dejarnos llevar por esos elementos externos que nos hacen explotar, hacer de nuestra mañana un desastre, y de pasada arruinarla para otros.

Si nos ponemos muy filosóficos y nos preguntamos a qué hemos venido al mundo, se antoja contestar que a ser felices. Partiendo de ello, habría entonces que ver de qué tipo de felicidad estamos hablando. Si nos referimos a una sensación de hedonismo muy personal, que gira en torno a aquello que nos agrada, o si se trata de una condición de satisfacción en la búsqueda de propósitos que están más allá de nosotros mismos. Un vivir para construir una felicidad eudaimónica que se centra en vivir bien a través de la virtud en el quehacer. No girando en torno a los gustos propios y su continua satisfacción, como es el caso de la hedónica, sino a través de una actitud de servicio a otros, que se revierta en una realización personal por hacerlo. A este estado de gracia se agrega un sentimiento muy particular, que es la gratitud. La persona que procura su felicidad trabajando por la satisfacción de las necesidades de otros, vive agradecida con la vida. No corre el riesgo, como ocurre con la hedónica, de quedarse sin estímulos para ser feliz.

Entonces, de las posibilidades que nos ofrece el mundo, cada uno decide qué tipo de felicidad procurar para su vida.

CARTÓN de LUY


 

CRÓNICAS DE UN DON NADIE por Luis Toraya

Los toritos de Hecelchakán

El aire de mi Hecelchakán natal tiene una densidad particular durante el novenario al Señor de la Salud.

Huele a la humedad antigua de las piedras de San Francisco de Asís, a la cera derretida de las promesas y, sobre todo, a la pólvora que se impregna en la piel como un tatuaje invisible.

Para quien creció bajo la sombra de la ceiba y el eco de los portales, el estruendo de un barrepiés no es ruido; es la pulsación misma de la memoria.

Mirar hoy la quema del torito es contemplar una paradoja viva. Antropológicamente, encarna lo que Nancy Farriss denomina en La sociedad maya bajo el dominio colonial el sincretismo transcultural: el fuego, que para nuestros ancestros poseía una cualidad sagrada y purificadora, encontró en la pólvora europea un nuevo vehículo de manifestación. El toro, traído por los conquistadores como símbolo de fuerza, se transmutó gracias a los gremios en una ofrenda lumínica, una tradición que autores como Santiago Pacheco Cruz registraron como el corazón mismo de la identidad peninsular.

Sin embargo, el paso del tiempo y el ejercicio de la profesión me otorgan una lucidez implacable que fractura la nostalgia. Hoy, mi mirada ya no es la del espectador fascinado; es la del médico pediatra que conoce la fragilidad de la carne y la cinética del trauma. Detrás del fulgor de las chispas, mis ojos no pueden evitar anticipar el desgarro dérmico, el dolor agudo en una sala de urgencias y las secuelas irreversibles que un segundo de descuido deja para siempre en la vida de un niño.

La medicina me ha enseñado que la pólvora carece de piedad y que la algarabía colectiva suele cobrar una cuota demasiado alta de sufrimiento humano. ¡No!, no puedo estar a favor de una tradición que atenta contra la integridad de los más inocentes, y aun así, admito con honestidad que este fuego es parte de mi propia esencia.

Es en esa grieta profunda donde habito: la tensión ineludible entre el médico que jura proteger la vida y el hombre hecho de los recuerdos de su pueblo.

El humo de la plaza, que hoy me alerta, es el mismo que me devuelve al origen. Recuerdo perfectamente la primera vez que mantuve la mirada ante la bestia de carrizo y cartón. Yo era apenas un niño silenciado, no solo por el asombro, sino por el terror que me inspiraba el artefacto; acurrucado bajo la protección frágil de la palomilla, sentía los latidos acelerados de mi propio pecho retumbar en la plaza principal. En la inocencia de entonces, descubrí una verdad casi mística: el fuego destruía el armazón, pero al mismo tiempo construía la fiesta.

Desde un plano filosófico, como expone Byung-Chul Han en La desaparición de los rituales, estos actos crean una comunidad donde el tiempo no corre, sino que se habita. En Hecelchakán, cuando la humareda nubla la vista, las distancias cotidianas desaparecen y todos nos convertimos en un solo cuerpo. Pero el desafío del presente radica justamente en transmutar ese ritual; comprender que el niño que fui sigue allí, buscando el escudo indestructible de la comunidad entre el humo, y que amar la memoria de una tierra nos obliga también a proteger su futuro.

Debemos lograr que el espíritu de la tradición cure el alma colectiva sin la necesidad del sufrimiento de nuestros hijos; encontrar, al final, el mecanismo exacto para vencer al olvido y honrar a nuestros ancestros, sin que el precio de esa memoria sea el cuerpo lacerado de un niño.

® 2026. Dr. Luis Mariano Toraya Lara. Todos los derechos reservados.

CARTAS A MÍ MISMO por Carlos Sosa

Cada amanecer

Cada amanecer es un juicio silencioso contra la persona que fuimos ayer.

La vida nos entrega veinticuatro horas nuevas, no para lamentar lo perdido, sino para cortar aquello que ya no nos permite crecer, sanar las heridas que siguen gobernando nuestras decisiones y renacer con la humildad de quien entiende que nunca es tarde para volver a empezar.

El pasado quedó donde debía quedarse. Es un libro cerrado que ya no admite correcciones. Ni la culpa, ni la nostalgia, ni el arrepentimiento podrán cambiar una sola de sus páginas.

Pero el futuro... el futuro todavía no existe.

Está naciendo, justo ahora, en esa llamada que decides hacer, en el abrazo que dejas de posponer, en el perdón que por fin otorgas, en el miedo que eliges enfrentar y en la pequeña decisión que parece insignificante, pero que mañana llamaremos destino.

No desprecies los cambios pequeños. Los grandes árboles comenzaron siendo una semilla, y las vidas extraordinarias casi siempre empezaron con un acto de valentía que nadie vio.

Hoy la vida vuelve a susurrarte al oído:
Corta. Sana. Renace.
Lo que verdaderamente importa aún te está esperando...

CHARLA con Nazareth Castellanos: ¿Cómo hacer para elegir tu paz?


 

CONFETI DE LETRAS por Eréndira Ramírez


Para saber del amor verdadero hay que exponer el corazón. Quien lo acoraza por temor, por sufrimientos añejos que no han siquiera cicatrizado, quien pretende dejarlo indemne y no usarlo, lo dejará empolvar y deteriorar por el tiempo, haciendo de él recipiente de frustraciones, soledad y amargura. Exponer el corazón al amor y sus consecuencias, deja siempre señal de vida útil. Que lata, se agite, ese maravilloso músculo que nos hace saber estamos vivos y que vibra con solo evocar una imagen, una melodía, una risa. 

No sé si el amor radica en el cerebro o el corazón, pero sé quien con sus latidos me hace sentir la emoción sinigual que el amar provoca. Amo a mis hijos antes que a nadie, a mi familia, a mis amigos, a todos aquellos en quienes he encontrado el cobijo del cariño. Amo mi profesión y a quienes, gracias a ella, van formando parte de mi vida. Amo la vida y a mis ausentes que físicamente ya no están, pero que mantengo dentro de mi, tesoro íntimo que morirá conmigo. 

Expongo mi corazón, a que sea amado y a los riesgos que conlleva que lo sea. Abandono corazas que repelen, que como púas agreden a quien acercarse intenta. Siempre apostando a que mi sentido común me sepa guiar hacia aquella gente que nunca por voluntad propia me defraudará y con la sensatez necesaria para entender errores humanos que habré y me habrán de perdonar. 

Confío en que amar es la mejor opción que tengo para darle sentido y calidad humana a este corto plazo que se nos da para hacer de nuestro camino, sendero de fe y esperanza propia que se irradie a los demás.

HERMOSA CANCIÓN sobre la vejez


 Agradezco a mi querido Joseph Howland este aporte