domingo, 19 de abril de 2026

CONTRALUZ por María del Carmen Maqueo Garza

 MONSIVÁIS Y LA SOLIDARIDAD

Cuando esto escribo vengo regresando de entregar una papelería en un hospital del IMSS. Estos trámites, habitualmente, tardan un rato, por lo que suelo cargar con uno de mis libros “de bolsillo”, poco más grande que un teléfono celular, que cabe perfectamente en mi bolso de mano. Hoy me acompañó “No sin nosotros” del genio de la crónica Carlos Monsiváis.

La obra comienza con escenas del terremoto de 1985, que, a quienes tenemos edad para haberlo vivido siendo adultos, nos recordará una sola palabra que campeó por todo México. La palabra es “solidaridad”.

Monsiváis hace referencia a las condiciones en que se encontraba el país previo al terremoto, fundamentalmente desde 1952, atravesando períodos en los que el gobierno en turno ⸺en esos tiempos el PRI⸺ se las ingeniaba para controlar lo que ocurría en política a todos los niveles. Viene hablando de la inconformidad que se percibía entre la población en general, y las medidas coercitivas que llegaban a ser aplicadas hacia quienes se manifestaran en contra del sistema. Al inicio de la crónica vienen unas palabras que dan cuenta, acertadamente, del efecto que provocó en la población mexicana la llegada del sismo. Transcribo: “Por vez primera, sobre la marcha y organizadamente los que protestan se abocan a la solución y no a la espera melancólica de la solución de los problemas”. Dando cuenta de que representaba un parteaguas en tiempos en los que el civismo estaba convertido en poco más que una materia olvidada en los libros escolares.

Mi experiencia personal durante el sismo puedo recordarla como si la viviera en estos momentos: En la universidad en la cual formaba parte del profesorado, organizamos una recolección de alimentos no perecederos, medicamentos y ropa, para ser enviados a la hoy Ciudad de México. A pesar de la distancia entre ese punto geográfico y la franja fronteriza norte donde vivo, directivos, maestros y alumnos de la universidad nos organizamos para reunir y enviar ayuda en especie a través del DIF municipal. Las estaciones radiofónicas de la localidad brindaron un apoyo total para la difusión de la colecta, instando a los pobladores a llevar ayuda material. Era muy conmovedor ver llegar a familias completas con bolsas de mandado para apoyar la recolección. Incluso una tienda comercial del otro lado de la frontera contribuyó con un generoso donativo de alimentos enlatados. La información de lo que sucedía en la capital del país la recibíamos fundamentalmente a través de la televisión en cadena nacional. Permanecíamos vigilantes, en particular quienes teníamos familiares o conocidos que pudieran haber sufrido a causa del evento. A lo largo del día aparecían interminables listas en blanco y negro con nombres de personas sobrevivientes. Cualquier otro medio de comunicación estuvo caído durante los primeros días después del sismo y de su gran réplica 24 horas después.

Regresando a Monsiváis: Habla de la banalidad del gobierno frente al sismo, y de cómo desde la presidencia quisieron desanimar las iniciativas ciudadanas de participación, lo que no hizo más que alentar a la sociedad civil para redoblar sus esfuerzos. Se vencieron resistencias, se superaron miedos y en ese ánimo los capitalinos se lanzaron en cuadrillas que ellos mismos organizaron, a remover escombros en busca de sobrevivientes.

Dentro de ese mismo contexto Monsiváis habla sobre la matanza ocurrida en la Ciudad de México en el llamado “Halconazo” o “Jueves de Corpus” en julio de 1971. Alrededor de mil jóvenes habían sido capacitados como “Halcones”, paramilitares que atacaron a los estudiantes que se manifestaban de manera pacífica en apoyo a la UANL y a favor de la autonomía universitaria, lo que dejó alrededor de 225 muertos. Ese grupo de halcones en algo me recuerda a los jóvenes del bloque negro que a últimas fechas ataca durante marchas pacíficas.

Cuando los ciudadanos nos organizamos para emprender acciones de resistencia civil, no hay fuerza que nos contenga. El sismo del 85 hermanó a todos los mexicanos, desde cualquier rincón, en una misma causa, sintiendo que el dolor de los afectados era también nuestro dolor, y que debíamos de actuar para resolverlo.

Como sociedad hemos perdido mucha de la empatía que anteriormente nos caracterizaba, sumidos cada uno en su propia burbuja digital, con los sentidos aprisionados. Primamos nuestra satisfacción inmediata y absoluta, hasta de nimiedades, por encima de las urgentes necesidades vitales de nuestros hermanos. Quisiera tener de regreso entre nosotros a Carlos Monsiváis, para que dé un vistazo a nuestra sociedad mexicana del tercer milenio y nos desglose, uno a uno, los hilos que conforman esa madeja de terrible aislamiento progresivo que nos ha vuelto tan indiferentes unos con otros.

CARTÓN de LUY

 


CRÓNICAS DE UN DON NADIE por Luis Toraya

El aire de la mañana tiene hoy una textura distinta, como si el tiempo se hubiera detenido un instante para permitirme tomar aire antes de seguir la marcha.

No hay necesidad de nombres ni de cifras; basta con el silencio de la luz que empieza a filtrarse por la ventana para entender que este no es un amanecer cualquiera, sino un recordatorio silencioso de la permanencia.

Al abrir los ojos, el primer sentimiento no es de logro, sino de un asombro casi reverencial.

Me detengo a observar la arquitectura de lo cotidiano: el pulso constante que me habita, la maravilla de una creación que se despliega ante mis ojos sin que yo haya hecho nada para reclamarla.

Me siento como un espectador invitado a una función magistral, alguien que, sin méritos especiales, ha recibido un asiento en primera fila para presenciar el milagro de la existencia.

Sin embargo, reconozco que esta luz no es gratuita. Mi identidad no está hecha solo de claridades, sino también de las sombras que proyectan las ausencias.

El dolor por los que ya no están no es un lastre, sino el marco que sostiene mi estructura; son sombras amadas que enmarcan mi presente y le dan profundidad a lo que soy.

Entiendo, al fin, que la plenitud no es la ausencia de grietas, sino la capacidad de dejar que la luz pase a través de ellas.

Hay una gratitud profunda que se anuda en el pecho al pensar en los rostros que dan color a mis días. 
Los amigos, esos cómplices de vida que son, en realidad, los verdaderos espejos donde uno termina de reconocerse.

Verlos, escucharlos, saber que compartimos el mismo fragmento de eternidad, es un regalo que recibo con las manos abiertas y el corazón conmovido.

Hoy no se trata de mí, sino de lo que me rodea y me sostiene.

Es un agradecimiento sincero por la oportunidad de seguir siendo testigo de la belleza, por la capacidad de sentir el calor del sol y la frescura del viento, y por la bendición de habitar este mundo un día más.

Me quedo con esa paz: la de saber que la vida sigue su curso y que, por un designio que me sobrepasa, hoy sigo aquí, celebrando el simple y extraordinario hecho de estar presente.

® 2026. Dr. Luis Mariano Toraya Lara. Todos los derechos reservados.

CARTAS A MÍ MISMO por Carlos Sosa

La luna no alumbra… vigila.

Suspendida sobre la ciudad que no se detiene —porque el mundo nunca se detiene—, cae como un ojo encendido, como un latido que no duerme. Abajo, la vida sigue: motores, luces, pasos que no preguntan. 
Pero hay otra mitad… silenciosa, despierta, en una vigilia que no se ve pero se siente. Una espera antigua, como si el aire supiera algo que la rutina ha olvidado.

La fotografía no es una fotografía.
Es una sospecha.

Un cuadro subrealista donde la luna no es luna, sino reflector… un foco divino apuntando con precisión quirúrgica hacia ese poste solitario, erguido contra la noche. Y entonces deja de ser poste. Se vuelve símbolo. Se vuelve ausencia. Se vuelve cruz.

Una cruz vacía.

Y en esa ausencia hay más presencia que en cualquier cuerpo clavado. Porque no hay muerte ahí… hay victoria. Hay un eco antiguo que dice, sin palabras, que alguien ya pasó por el dolor, lo atravesó, y regresó.

La ciudad sigue su ritmo.
Pero el cielo… está recordando.

TED Talk sobre cómo nos relacionamos con Chat GPT


 Se activan y traducen subtítulos.

CONFETI DE LETRAS por Eréndira Ramírez

¡Que cosas tiene la vida! La historia mil veces contada, contada con distintas versiones según quien la cuente. Saber nuestras historia para reconocer errores y evitar repetirlos, pero si a veces dudamos de cual sea la verdadera historia ¿cómo saber qué fue lo acertado y qué no? 

Desde siempre hemos aprendido a apreciar el talento, las virtudes, la sabiduría de los hombres después de muertos, se les honra ya que han fallecido, a unos se menosprecia mientras están vivos, a otros se les margina o se les critica severamente, muchos otros por sus ideales llegan a perder su libertad. Otros viven a la sombra del anonimato dedicando su vida a lo que después será patrimonio de algunos, admiración de muchos. Gente que en el cementerio reciben su mayor tributo, poseedores de mentes brillantes, talentos sobrenaturales, aptitudes y cualidades que no los llevan al éxito porque fueron contracorriente, porque su meta era ser y no tener, invisibles para aquellos cuya óptica sólo es capaz de deslumbrarse con el brillo del poder y del dinero.

Únicamente la muerte les reivindica y no su es su vida sino su obra la que los hace inmortales. Ejemplos hay muchos, en contexto social, político, científico no se diga en las artes, desde siempre y hasta hoy en día sigue existiendo esa gente cuya determinación, vocación y pasión por sus ideales los mueve por encima de la ambición material. Mientras la historia no haga justicia en vida a estos extraordinarios seres humanos, nuestra juventud seguirá tomando como modelos dignos de imitarse a aquellos cuya vida, fortuitamente o con el menor esfuerzo ha sido galardonada con la fama y el dinero. 

Honor a quien honor merezca antes y después de su muerte.

"Mi cascabel", canción tradicional con bellas estampas de México