domingo, 18 de octubre de 2026

CONTRALUZ por María del Carmen Maqueo Garza

HONESTIDAD VALIENTE

Leía en días pasados una nota acerca de la dimisión de una funcionaria noruega. Se trata de la presidenta del Parlamento de aquel país Eva Kristin Hansen. Ella ocupaba un inmueble de 50 metros cuadrados perteneciente al Estado, pero lo hacía en forma irregular. La ley señala que puede ocuparlo quien, sustentando ese cargo, viva a más de 40 kilómetros de las instalaciones del Parlamento. Su residencia original se encontraba a 29 kilómetros de distancia de su lugar de trabajo, de manera que era ilegal que ocupara ese departamento habitacional. Por tal razón ella presentó su dimisión, expresando además que reembolsará al Estado de su propio bolsillo el mal provocado al erario público. Esto a pesar de que la Economía noruega se maneja con un superávit millonario en dólares.

A la gran mayoría de nosotros nos sonará una conducta muy exagerada, demasiado moralista por parte de la funcionaria. Vivimos en un país donde, por desgracia, la normalización de pequeños actos irregulares nos ha llevado a buena parte de los problemas que hoy enfrentamos. No me atrevería a decir que algún ciudadano busque un puesto público por ir a sacar ventaja de este, no, para nada. Pero sí es una realidad inobjetable que quien ya se encuentra en una posición de poder, halle fácil hacerse para su propio beneficio de bienes materiales o de relaciones que le brinden provecho personal.

A lo largo de la historia de México ha habido diversos ejemplos de ventajismo político que llevan a la obtención de privilegios personales o familiares poco éticos. Muchas veces bajo la consigna de “todos lo hacen”, a través de la cual pretendemos justificar o al menos aminorar la carga de ilegalidad. Se llega al extremo de tachar al funcionario honesto de tonto, por no aprovechar la situación ventajosa de su puesto.

Desde la filosofía griega antigua, pudiéramos decir, se habla sobre moral en el desempeño de la función pública. A través de la historia han surgido diversos pensadores que, mediante su obra literaria han destacado la importancia de la honestidad y de los mecanismos que garanticen la transparencia institucional. Hannah Arendt ha sido muy enfática en ello, al afirmar que la responsabilidad individual es un factor clave en el buen desarrollo de instituciones públicas.

Nuestro propio Diario Oficial de la Federación, en su publicación del 18 de noviembre del 2025 habla sobre la necesidad de que el Gobierno de México adopte y ratifique la Convención de las Naciones Unidas contra la Corrupción y la Convención Interamericana contra la Corrupción, comprometiéndose a promover la integridad, la honestidad y la responsabilidad entre servidores públicos, y a aplicar lo necesario para garantizarlas.

Admiro profundamente a los países que tienen sistemas de gobierno tan sólidos que cualquier desviación de la ley salta de inmediato. Diseños de normas y procedimientos con principios tales, que llevan al funcionario en irregularidad a asumir correcciones severas a su conducta fuera de la ley. En ese sentido nosotros, los mexicanos, tenemos mucho que aprender: Desterrar aquellos pensamientos cómodos de “qué tanto es tantito”, para sujetarnos a las regulaciones que garantizan el bien común, más allá de ventajas individuales de esas dadas por la posición social que se alcanza.

Un primer elemento que yo señalaría como contrario a la ética, es aceptar un puesto para el cual no se tiene el perfil requerido. Eso es deshonestidad a todas luces. En la función pública no caben improvisaciones ni buenas intenciones.

Más allá de lo anterior, algo que no ayuda en la conformación de una moral pública es el percatarnos a través de medios de comunicación formales y no formales, de la manera como quienes ocupan posiciones de poder sacan ventaja de ello, en ocasiones de modos por demás descarados. Como dice el refrán popular, “se sirven con la cuchara grande”, sin tomar en cuenta que esos dineros públicos no son anónimos, sino que pertenecen a todos los mexicanos.

Detrás de estos actos de abuso en el ejercicio de la función pública existe un sustrato antropológico importante: esa insaciabilidad en la obtención de recursos indica la existencia de carencias interiores del individuo quien no logra como satisfacer, así que por más que sustraiga, seguirá sintiendo ese vacío dentro de sí.

Nuestro México necesita funcionarios con una honestidad valiente probada. Que la palabra “virtuosismo”, lejos de tacharse como ridícula, se convierta en un modelo a seguir por quienes llevan las riendas de nuestro país. Que entendamos que la deshonestidad es la deshonestidad, así, sin eufemismos ni caretas. Y que robar no es una conducta de la que podamos ufanarnos frente a los hijos. Y así, con el trabajo de todos, hacer de nuestro México el mejor país para vivir.

CARTÓN de LUY

 


CRÓNICAS DE UN DON NADIE por Luis Toraya

Tercera edad

8/oct/2026

El espejo ya no me devuelve aquel rostro impetuoso que se creía dueño del tiempo; ahora me mira con los ojos arrugados de la paciencia, habitados por una extraña y luminosa quietud. A veces pienso que debería cambiarlo por uno más joven, pero enseguida recuerdo que la gracia de esta edad es no tener ya nada que fingir.

Llegar a esta edad no es una caída abrupta, sino un lento sedimentarse; así, como el barro que deja el riachuelo tras la tormenta en los caminos de tierra roja de mi pueblo, descansa en el fondo como huella después de haber sido manantial.

Miro a mis hijos hoy y contemplo el milagro de mi propia trayectoria. Ya no soy el hombre fuerte que los alzaba en peso para tocar el cielo raso; soy, apenas, una memoria viva que camina despacio por su sala, un eco tierno que a veces les estorba con sus relatos repetidos.

Duele un poco notar que la prisa del mundo los arrastra, que sus pasos ya no necesitan de mi mano. 

Pero en esa distancia descubro la verdadera libertad del amor filial: ya no los crío para que me obedezcan, sino para que sean libres, mientras yo aprendo a ser el espectador orgulloso de su propio vuelo.

A veces, en un fugaz abrazo de despedida, siento que todavía soy su refugio, aunque en el fondo sea yo quien necesita acurrucarse en ellos.

Con los amigos, el paisaje se ha vuelto desolador y hermoso a la vez. Esa mesa de los desayunos, que antes bullía de proyectos imposibles, de aventuras, de risas a carcajadas y brindis intempestivos, se ha ido vaciando de sillas. Cada ausencia es una amputación silenciosa, un pedazo de nuestra biografía común que se apaga.

Sin embargo, los que quedamos nos miramos con una complicidad casi sagrada. Ya no necesitamos hablar de planes futuros, porque nuestro futuro es este presente frágil y compartido. Nos bastan las miradas largas, el reconocimiento íntimo de haber cruzado juntos la tormenta del siglo, riéndonos de nuestras propias ruinas, sabiendo que somos los últimos custodios de nuestros recuerdos.

Y luego está el encuentro con las instituciones, ese frío espejo burocrático donde nuestros años se reducen a un expediente. En los pasillos pulcros de los hospitales, entre el olor a cloro y la urgencia indiferente de las batas blancas, uno comprende que la modernidad ha convertido el dolor en estadística.

Allí ya no eres el poeta, el padre, el amigo de nadie; eres un número de cama, una patología que espera turno. Las máquinas pitan con una fría neutralidad que contrasta con el temblor de nuestras manos. 

Duele sentir que la sociedad mide el valor de una vida por su rendimiento, y que en las salas de la salud a menudo nos arrinconan en la categoría de lo inútil. Pero incluso ahí, en esa trinchera de fragilidad, se revela la última gran lección: la carne es falible, la estructura se quiebra, y sin embargo, en lo hondo de este cuerpo fatigado, la conciencia sigue intacta, observándolo todo con la serena calma de quien ya no tiene nada que demostrar.

La tercera edad es, en el fondo, habitar la antesala del misterio.

Es comprender que la vida no era una carrera por acumular verdades y fortunas, sino una larga y hermosa escuela para aprender a soltar.

® 2026. Dr. Luis Mariano Toraya Lara. Todos los derechos reservados.

CARTAS A MÍ MISMO por Carlos Sosa

No te rindas

No te rindás…

aunque el cansancio te haya partido la espalda

y la vida te haya ido arrancando pedazos en silencio.

Recordá que para alguien

vos seguís siendo refugio.

El hombre que sabe qué hacer cuando todo se incendia.

La voz que calma.

Las manos que sostienen.

El abrazo que todavía parece invencible.

Y sí…

a veces los héroes también llegan rotos a casa.

También se encierran en el baño a respirar hondo

para que nadie note que se están derrumbando.

Pero aun así siguen.

Porque hay ojos pequeños, almas frágiles o corazones cansados

que descansan tranquilos solo porque vos existís.

No tenés que ser perfecto.

No tenés que ganar todas las batallas.

Solo quedarte.

Solo resistir un día más.

Porque aunque por dentro sintás ruinas,

para alguien…

seguís siendo todo su universo...

Diálogo interno y amor propio: CHARLA con Pilar Sordo

 


CONFETI DE LETRAS por Eréndira Ramírez


El tiempo nos va permitiendo madurar, entender, aprender, reconocer, adquirir lo que nuestro sentido común nos indica es lo valioso para conservar. 

A medida que vamos adentrándonos en edad, nos vamos haciendo o más ligeros o más pesados de acuerdo a como hayamos concebido nuestro paso por este mundo, paso que idealmente debe conducirnos a ese estado llamado felicidad, o lo más cercano a él. 

Como no es posible predecir que tan intrincados sean los caminos por recorrer, vale la pena viajar ligero y hacerse de un equipaje donde se haya elegido lo que se considere realmente necesario. Las condiciones cambian sin que exista un meteorológico que nos lo advierta, ni siquiera aproximadamente, pero para eso hemos tenido que aprender en el curso de nuestra existencia como no sucumbir ante la primera tormenta, como reaccionar en situaciones de alarma, y a sabernos vulnerables y expuestos a un sinnúmero de circunstancias ajenas a nuestro deseo y mantener la voluntad y el coraje para seguir a pesar de las calamidades, a luchar contra nuestras debilidades, a enfrentarnos a nuestros miedos y si no vencerlos del todo, saber controlarlos e impedir que nos paralicen, que nos impidan seguir adelante. 

Hay que usar un buen filtro que impida que permeen a nuestra vida la gente y sentimientos negativos, hasta donde nos sea posible, de la selección de estos depende en gran medida nuestra estabilidad, Equilibrio mente, cuerpo y alma, congruencias entre el pensar y el hacer, fortalecimiento de los valores esenciales para una armonía en las relaciones humanas. 

Fe, en Dios, fe en la vida, fe en la humanidad, esa fe que debe ser reciclable, renovarse cuantas veces se sienta que nos abandona. Y por cuestiones de tiempo, vamos siendo testigos de un mundo pasado, actores de un presente, formadores de un futuro para muchos que vienen detrás de nosotros, demos testimonio con actitudes, seamos forjadores de esperanza, dejemos los cimientos para que se construya un mejor mañana y no los depredadores inconscientes que solo dejan a su paso desperdicio y contaminación.

REFLEXIÓN por JCDOVALA


¿Estamos siendo los adultos que queremos que nuestros hijos lleguen a ser?

Hay preguntas que incomodan porque obligan a mirar hacia fuera. Y existen otras, quizá más difíciles, que nos obligan a mirarnos a nosotros mismos. ¿Estamos siendo los adultos que queremos que nuestros hijos y alumnos lleguen a ser? La respuesta no puede construirse con discursos, buenas intenciones ni frases repetidas acerca de los valores. Tiene que encontrarse en nuestra conducta cotidiana.

Durante años hemos hablado de una supuesta crisis de valores entre niños y jóvenes. Nos preocupa que las nuevas generaciones respeten menos la autoridad, toleren poco la frustración, incumplan reglas, normalicen la violencia, busquen resultados inmediatos o consideren que cualquier medio es válido para alcanzar un objetivo. Pero antes de juzgarlas habría que formular una pregunta más incómoda: ¿de quién aprendieron todo eso?

Ninguna generación se forma en el vacío. Los jóvenes observan mucho más de lo que los adultos imaginamos. Aprenden de nuestras palabras, ciertamente, pero sobre todo de nuestras contradicciones. Un padre puede hablar durante horas sobre el respeto; pero si insulta al conductor que se atraviesa en el tráfico, su hijo aprende una lección diferente. Un maestro puede exigir puntualidad, pero si llega tarde sistemáticamente, convierte su discurso en retórica. Un ciudadano puede indignarse por la corrupción y, al mismo tiempo, intentar evitar una multa ofreciendo dinero o buscando “a alguien que conozca a alguien”. En todos esos casos existe una enseñanza. Sólo que no es la que creemos transmitir. La autoridad moral no se decreta: se construye.

Quizá uno de los problemas de nuestro tiempo sea precisamente que queremos conservar la autoridad sin aceptar las obligaciones que la hacen legítima. Pedimos obediencia, pero no siempre ofrecemos coherencia. Reclamamos respeto, aunque a veces somos incapaces de respetar. Exigimos responsabilidad mientras encontramos explicaciones para justificar nuestros propios incumplimientos. Y los jóvenes detectan esas contradicciones con enorme facilidad. Podemos decirle a un adolescente que debe reconocer sus errores, pero si nunca escucha a sus padres pedir disculpas, aprenderá que disculparse es una señal de debilidad. Podemos enseñarle que todos somos iguales ante las reglas, pero si observa que constantemente buscamos privilegios, contactos o excepciones, comprenderá rápidamente que las normas parecen existir únicamente para quienes no tienen manera de evadirlas. Entonces comienza una peligrosa pedagogía de la incongruencia. El mensaje termina siendo sencillo: haz lo que te digo, no lo que hago.

El problema trasciende el ámbito familiar. También es una cuestión educativa, institucional y profundamente social. Una sociedad entera educa. Educa la familia, pero también la escuela; educan los medios de comunicación, las empresas, las instituciones y quienes ejercen cualquier forma de liderazgo. Educa la manera en que tratamos al trabajador que nos presta un servicio, la forma en que conducimos, nuestra relación con las reglas, la manera en que hablamos de quien piensa diferente y hasta aquello que estamos dispuestos a hacer cuando creemos que nadie está observando. Por eso resulta insuficiente pedir mejores jóvenes si no estamos dispuestos a construir mejores referentes. La responsabilidad, además, no significa perfección. Ningún padre, maestro o adulto puede aspirar a convertirse en un modelo sin errores. Sería artificial y, probablemente, contraproducente. El verdadero ejemplo no está en mostrarse infalible, sino precisamente en enseñar qué hacer cuando fallamos. Reconocer un error frente a un hijo puede educar más que cien discursos sobre honestidad. Pedir una disculpa enseña humildad. Cumplir una promesa enseña responsabilidad. Llegar puntualmente transmite respeto por el tiempo ajeno. Respetar una fila aparentemente insignificante enseña ciudadanía. Devolver aquello que no nos pertenece enseña integridad. Tratar con dignidad a una persona independientemente de su posición social enseña algo que ningún libro de civismo puede explicar completamente.

Los valores adquieren significado cuando tienen costo. Es fácil defender la honestidad cuando ser honesto no implica perder nada. Es sencillo hablar de responsabilidad cuando cumplir no exige esfuerzo. La verdadera enseñanza aparece cuando hacer lo correcto significa renunciar a una ventaja, aceptar una consecuencia, reconocer una equivocación o cumplir una obligación aunque resulte incómoda. Ahí comienza el ejemplo. También deberíamos revisar una idea cada vez más extendida: que educar consiste únicamente en proteger a los jóvenes de cualquier frustración. Amar no significa eliminar todas las dificultades de su camino. Una educación responsable debe enseñar también límites, consecuencias, disciplina, paciencia y esfuerzo.

Durante mucho tiempo esas palabras parecieron volverse incómodas. Se confundió disciplina con autoritarismo, límites con falta de comprensión y exigencia con ausencia de afecto. Sin embargo, una sociedad incapaz de enseñar responsabilidades mientras proclama derechos termina formando ciudadanos preparados para exigir, pero no necesariamente para corresponder. Los derechos son indispensables para una convivencia digna. Precisamente por eso necesitan ciudadanos conscientes de que toda comunidad se sostiene también mediante deberes. Tenemos derecho a espacios públicos limpios, pero responsabilidad de no ensuciarlos. Derecho a exigir instituciones honestas, pero obligación de rechazar pequeñas corrupciones cuando nos benefician. Derecho al respeto y obligación de respetar. Derecho a exigir autoridades responsables, pero también deber de asumir nuestras responsabilidades como ciudadanos.

No podemos construir una ética pública completamente diferente de nuestra ética privada. Ésa quizá sea una de las mayores contradicciones contemporáneas: condenamos en grande aquello que toleramos en pequeño. Nos escandalizan los abusos de poder, pero podemos abusar de nuestras pequeñas posiciones de autoridad. Rechazamos el privilegio cuando beneficia a otros, pero buscamos excepciones cuando nos favorecen. Criticamos la mentira pública mientras justificamos las mentiras privadas bajo el argumento de que “no pasa nada”. Sí pasa. Cada pequeña conducta ayuda a definir aquello que una sociedad considera aceptable. Por eso la transformación más profunda de una comunidad difícilmente comienza mediante grandes discursos. Empieza en acciones ordinarias que rara vez aparecen en las noticias: un padre que cumple su palabra; una madre que reconoce que se equivocó; un maestro que prepara con responsabilidad su clase; un jefe que trata con justicia a sus colaboradores; una persona que devuelve dinero recibido por error; un ciudadano que respeta una regla aunque pudiera incumplirla sin consecuencias. Pueden parecer gestos menores. No lo son. Son pequeñas escuelas de ciudadanía.

Tal vez hemos dedicado demasiado tiempo a preguntarnos qué les pasa a los jóvenes y demasiado poco a preguntarnos qué están viendo en nosotros. Porque cada generación recibe de la anterior no solamente una herencia económica, institucional o cultural. Recibe también una forma de entender la vida. Nuestros hijos probablemente olvidarán muchos de nuestros consejos. Olvidarán sermones, recomendaciones y regaños. Pero difícilmente olvidarán cómo tratábamos a las personas, si cumplíamos nuestra palabra, cómo reaccionábamos ante una injusticia, qué hacíamos después de equivocarnos y qué principios estábamos dispuestos a defender cuando resultaban incómodos. El ejemplo tiene una característica extraordinaria: educa incluso cuando no pretendemos hacerlo. Por eso quizá la pregunta que debería acompañarnos no sea únicamente qué clase de mundo queremos dejarles a nuestros hijos. Hay otra anterior y mucho más personal: ¿Qué clase de hijos estamos dejando al mundo? La respuesta comienza, inevitablemente, frente al espejo.