domingo, 9 de agosto de 2026

CONTRALUZ por María del Carmen Maqueo Garza

 HACIA DÓNDE VAMOS

Conforme más avanza en tiempo este tercer milenio, más necesaria se vuelve la lectura de determinados clásicos de la literatura universal. En esta ocasión me refiero a tres novelas distópicas, todas ellas escritas hace menos de cien años, pero que por su contundencia entran ya en la categoría de “Clásicos”.

Hay noticias que señalan que grandes corporativos de primer mundo están adquiriendo ejemplares cuyos derechos de propiedad intelectual han caducado, para integrarlos como parte de la IA. Me imagino esta como un monstruo con las fauces abiertas devorando exorbitantes cantidades de palabras en cada milisegundo. El interés oculto detrás de estos corporativos es extinguir la obra original para transformarla en bases de datos de acceso controlado. De aquí, no es difícil imaginar, que vengan rediseños a modo de obras literarias cuyo surgimiento representó grandes avances para la humanidad.

Hay tres libros que se entrelazan en este nodo temporal: El más representativo, me parece, es Fahrenheit 451 de Ray Bradburry. Fue publicado en 1953, cuando la tecnología digital tal vez ni siquiera existía en germen en la mente de los ingenieros más adelantados. Sin embargo, el escritor de formación autodidacta pudo concebir lo que podría pasar en una sociedad en la que el acceso a los libros fuera prohibido, y cuál sería la forma en que unos cuantos trabajaran por impedir esa desmemoria. Lo habré leído por primera vez a los trece o catorce años, y aquello de un mundo en el que las autoridades trabajaran por eliminar los libros me parecía hasta ridículo. ¡Pero cuánta razón tenía Bradburry! A más de cincuenta años de mi abordaje adolescente a la obra me topo con la distorsión de la información en los medios formales y la incitación a privilegiar las plataformas digitales instantáneas sobre la solidez de la palabra escrita. Estos fenómenos vienen confirmando la hipótesis de Bradburry.

Una segunda obra, es “Un mundo feliz”, publicada por Aldous Huxley en 1932. Su título nos atrapa desde el primer momento: La historia sucede en una sociedad organizada en categorías bajo la omnisciente mirada de un régimen gobernante que se encarga de mantener todo en el mismo orden. Los nacidos bajo el sistema han perdido la capacidad de reflexionar o cuestionarse el porqué de las cosas. Todo es como es y nada más. La pasan bien, con niveles constantes de una sustancia denominada “soma”, que se me antoja comparar con la dopamina de nuestros tiempos, que los lleva a un estado virtual de hibernación, en el que pasan la vida. Los líderes no tienen problema para modificar las grandes obras literarias como las escritas por Shakespeare, ante la pasividad de la población. Hasta que surge un conflicto encabezado por John, personaje que aún pudo nacer en forma natural en una reserva de pobladores originales y las cosas, venturosamente, apuntan hacia un cambio.

Finalmente está “1984” de George Orwell, publicada en 1949. Nos retrata una dictadura a partir del sometimiento y la censura. En oposición al mundo de Huxley, aquí surge la figura del Gran Hermano, después tan popularizada de mil maneras en la televisión. Este personaje vigila, señala y sanciona a quienes desobedezcan las leyes impuestas por la cúpula gobernante. Por cierto, en este sistema vertical, la verdad se oculta de manera sistemática.

Lo que se busca imponer en el tercer milenio, mediante la extinción de obras literarias originales, sugiere una secuela de los tres libros citados, imaginando las consecuencias de contenidos devorados por un sistema cibernético que los va a digerir, desnaturalizar o sintetizar de otra manera, privando así a las futuras generaciones de los elementos críticos que dibujan las condiciones que nos han traído hasta este punto donde ahora estamos. No se trata simplemente de economía ambiental o reciclaje. Detrás de ello se avizoran sombras que se adivinan perversas, cuyas intenciones son mutilar o reescribir la historia de la humanidad.

Cierto, en cuestión de verdades históricas nadie tiene la última palabra. Digamos que cuatro personas observan un pleito callejero, cada una desde uno de los cuatro puntos cardinales. La versión del ubicado en el norte será muy distinta a quien observa desde el punto sur. Algo similar sucede con los observadores hacia este y oeste. Las cuatro versiones van a ser muy distintas y ninguno puede hablar de poseer la verdad última del pleito y su desenlace. En ello radica la riqueza de la literatura, cada uno de los testigos presentará su relato, y corresponde únicamente al lector decantarse por la versión o la combinación de versiones que más le parezca. Para conseguirlo necesita contar con la libertad de leer y cotejar.

No exenta de temor me pregunto hacia dónde vamos. Y usted, fino lector, ¿qué opina?

CARTÓN de LUY


 

CRÓNICAS DE UN DON NADIE por Luis Toraya

Cinema en Hecelchakán

En el corazón de la sabana, ahí donde el Camino Real se detiene a descansar bajo la sombra de la Plaza Noh Beh, el cine no fue solo un edificio; fue el sueño colectivo de un pueblo que aprendió a mirar el mundo a través de un haz de luz.

Antes de que los muros de concreto se alzaran frente al parque, la magia ya habitaba en el exconvento.

En la Normal Rural, el cine llegó con aroma a tiza y esperanza.
Eran los años treinta del siglo pasado, y bajo la mirada de los maestros rurales, el proyector de 16mm se convertía en un faro pedagógico.

Aquellas primeras imágenes en blanco y negro, que hablaban de higiene y de surcos, eran el preludio de algo más grande: el arte de la cinematografía.

Cuando el cine comercial finalmente se estableció, en Hecelchakán encontró su refugio.

El edificio se levantó desafiante viendo de frente a la iglesia, como si la fe y la fantasía hubieran decidido ser vecinas para siempre.

Ir al cine era un ritual que comenzaba mucho antes de que se apagara la luz.
Unos días antes de la función, era todo un espectáculo ver a Nan Caballito manejar con maestría el pincel que daría vida al anuncio publicitario.

El día de la función, se escuchaba el sonido de los rollos de película llegando en el tren, el traqueteo de los estuches de metal traían consigo el eco de la Ciudad de México.

El domingo, después de la misa, el pueblo mudaba de piel. Incluso los estudiantes de la Normal, con la nostalgia de sus hogares a cuestas, se juntaban con las familias locales en la fila de la luneta.

Allí, bajo el techo altísimo que amplificaba los suspiros, el tiempo se detenía.

El cácaro, oculto en su cabina, encendía el arco de carbón y el milagro ocurría.

El aire se llenaba del olor a palomitas, pepitas y cacahuates, mientras en la pantalla, las sombras de Pedro Infante o Cantinflas daban sentido a nuestras propias alegrías y penas.

Era frecuente que a mitad de la cinta, llegaba el intermedio forzado. Los gritos al unisóno de los espectadores no se hacían esperar. —¡Cácaro¡— gritaban, acompañado de palabras malsonantes. Cuando la película reanudaba, lo hacía de golpe y de inmediato regresábamos a la atención.

Otros, aprovechaban el momento para salir a la plaza, de sentir el fresco de la noche y comprar un dulce regional a las puertas de la entrada principal. Aún saboreo las delicias curtidas en el paladar de la memoria.

Habiá funciones de "segunda corrida", con cintas rayadas por el uso, donde la "lluvia" de la imagen parecía recordarnos que la perfección no era necesaria para la belleza.

Si la cinta se rompía, el abucheo no era un reclamo, sino un acto de amor herido, una molestia que se volvió rutina y parte de nuestra historia.

Hoy, el cine de Hecelchakán vive en una dimensión distinta.

El progreso, con su paso indiferente, trajo pantallas más pequeñas y silencios más largos.

Quien camina hoy por la Plaza Noh Beh y cierra los ojos, aún puede escuchar el tableteo del proyector compitiendo con el canto de los pájaros.

El cine en Hecelchakán fue la ventana que nos permitió ser otros sin dejar de ser nosotros mismos.

Fue el lugar donde el hijo del campesino y el futuro maestro compartieron la misma lágrima.

No eran solo películas; era la confirmación de que, en este rincón del mundo, también teníamos derecho a la eternidad, aunque solo durara dos horas la función.

En los archivos del recuerdo de Hecelchakán, el proyector sigue encendido, esperando a que alguien, con la memoria clara, decida volver a sentarse en la oscuridad para ver pasar la historia una vez más.

® 2026. Dr. Luis Mariano Toraya Lara. Todos los derechos reservados.

CARTAS A MÍ MISMO por Carlos Sosa

Caminar junto a tu ausencia

El sábado 21 de enero de 2023, Carmen, mi madre, terminó en el hospital. Todo empezó con un cansancio que fue creciendo poco a poco, como si el cuerpo le dijera que ya no daba más. El asunto se complicó después de una caída tonta que le dejó una fractura vertebral. Fue como si la vida le pegara un cachetazo de esos que no te esperás.

Verla ingresar me dejó de una pieza, hecho polvo, pero con una chispa de esperanza. Confiaba en que la ciencia haría su magia y que volveríamos a sentarnos juntos a disfrutar de esas puestas de sol que tanto nos gustan.

Pero la muerte, siempre caprichosa, tenía otros planes. No importaba cuánto tratáramos de espantarla, se acercaba implacable, montada en su corcel negro, como un presagio sombrío que anunciaba lo inevitable.

Dos días después de su ingreso, la situación se tornó sombría. Yo lo sabía en lo más profundo de mi ser, porque soy médico y entendía con amarga claridad que no había retorno. Mientras el resto de la familia seguía aferrándose a la ilusión de llevarla de vuelta a casa, yo, al pie de su cama, por primera vez en mi vida, maldije mi profesión. Esa ciencia fría y racional me despojaba de lo que a los demás les sobraba: esperanza.

Me sentía atrapado entre el conocimiento y el deseo de ignorarlo, deseando, aunque fuera solo por un instante, no entender lo que pasaba frente a mis ojos.

El 26 de enero de 2023, la fibrosis pulmonar había invadido por completo sus pulmones, como una sombra que no se puede detener. Los dispositivos de oxigenación no invasiva ya no lograban mantener los niveles básicos para sostener su vida. Entonces, se presentó ante mí la desgarradora decisión de ponerla en ventilación mecánica. Sabía que eso marcaría el principio del fin, el último recurso en una batalla que parecía perdida. Con el corazón roto y la mente dividida entre la lógica médica y el amor filial, enfrenté la agonizante realidad de que estaba a punto de despedirme de mi madre.

Ese día, después de debatir la decisión con un nudo en la garganta, me acerqué a su cama. Tomé su mano entre las mías y le dije que la amaba. No sé si pudo leer en mis ojos o adivinar en mi tono de voz que intentaba despedirme. Con la respiración entrecortada, llevó su mano derecha a los labios y me lanzó un beso, despidiéndose con una sonrisa hermosa que iluminó todo el cuarto. En ese instante, no sé si fue mi imaginación, pero la vi en paz. Su respiración parecía normal, como si la enfermedad hubiese decidido darle un respiro. Por un momento, todo el dolor y la angustia se desvanecieron, y vi a mi madre como siempre había sido: fuerte, serena y llena de amor.

El sábado 28 de enero de 2023, el corazón de Carmen Griselda se detuvo... y el mío se rompió en pedazos .

Desde su partida, he intentado desesperadamente recoger los fragmentos, pero siempre falta una pieza irremplazable, cada día mientras intento recomponerme, la realidad me sacude y sé que nunca volveré a ser completo; Entonces recuerdo aquella sonrisa y la sensación de paz infinita en aquella sala de hospital que me da la fuerza y el coraje para seguir caminando en este mundo a pesar de su ausencia...

Abrazando tu ansiedad: Charla de Teresa Rodríguez


 

CONFETI DE LETRAS por Eréndira Ramírez


Cuanto todo a tu alrededor es incierto, cuando parece inútil esforzarse por lograr lo que otros a ultranza roban, cuando ser honesto no garantiza tranquilidad en tu vida, es tiempo de ver hacia tu interior, de reforzar tus principios, de impedir que te hagan dudar de lo que fehacientemente has creído debe regir tu vida. Liberarte del peso de aquello que no puedes cambiar, sin dejarte arrastrar por el pesimismo, mantener la serenidad, la calma, dominar los miedos, sosegar el alma. 

Vale la pena vivir en paz con nuestra conciencia, sin lamentarnos de hacer lo que consideramos es lo justo, lo correcto, de ser congruentes con nuestros principios, de mantener la ética en nuestras profesiones, la fe en nuestras convicciones, el amor a la humanidad, a nuestro entorno, no entregarnos a la marejada de injusticia, de corrupción, que nos rodea. Seguir la huella de quien nos dejó un camino bien andado, en donde se sembró tan solo la esperanza, en donde el esfuerzo y la voluntad fueron la base para guiar a otros por el sendero de la paz. 

En nuestro pedacito de universo, seamos sin reservas seres que dejen una semilla de amor, de bienestar, que valga la pena recordar, que germine en otro corazón cuando el nuestro ya latir no pueda. No es tan solo dejar huella, sino dejar aquella que vale la pena seguir, con la convicción de que guiará a un buen destino, a pesar de lo adverso que se ofrezca ante nosotros el camino.



PRIORIDADES FRENTE A LOS HIJOS: Reflexión

Perdió a su hijo de 3 años. Y escribió 10 reglas que ojalá nunca tengas que entender desde el dolor.
No lo dijo un psicólogo. Ni un coach de crianza. Lo dijo un padre que ya no puede abrazar.
Un padre que daría todo por oír, una vez más, una vocecita decir:
“Papá, ven. Papá, mira.”
Todos los besos de tu hijo… nunca serán demasiados.
Bésalo aunque no quiera. Algún día, solo te quedarán fotos.
Siempre hay tiempo. Para un abrazo. Para jugar.
Lo urgente puede esperar. Tu hijo, no.
Toma fotos. Graba su risa. Guarda sus dibujos. Sus frases.
Porque un día, eso será lo único que abraces.
No gastes dinero. Gasta vida. Tu hijo no recordará lo que le diste… solo cómo lo hiciste sentir.
Canten juntos. Sus canciones favoritas… te perseguirán en el auto cuando vayas solo.
No subestimes los momentos simples. Dormir juntos. Leer un cuento. Tenerlos ahí. Eso es el cielo… y no siempre lo vemos.
Nunca salgas sin decir “te amo”. Nunca te vayas sin besar.
Si te olvidas… vuelve. No sabes si será la última vez.
Haz divertido lo cotidiano. Ser padre no es solo cuidar…
es reír, correr, ensuciarse, ser tonto juntos. La vida no espera.
Escribe todo. Sus primeras palabras. Sus ocurrencias.
Un día, vas a buscarlas con desesperación.
Si tienes a tu hijo contigo ahora… detente. Míralo.
Abrázalo. Porque tú lo tienes. Y hay padres… que ya no.
Comparte esto.
Tal vez hoy… alguien necesita recordar que su hijo sigue ahí.
Y que no hay regalo más grande que ese.

Tomado de la página de Fb Finanzas personales México y Más