SER FELICES Y CREAR COMUNIDAD
Como
en una gran vitrina exhibidora los titulares noticiosos del día a día reflejan el
estado de ánimo de nuestra sociedad. Más allá de la nota roja o de conductas
bizarras para las que no encontramos explicación, me parece que los titulares
reflejan asuntos del corazón. No con la cursilería de las historias color de
rosa de Corín Tellado, sino para referirnos a heridas profundas en las
emociones de un individuo que lo llevan a actuar con violencia.
Una
sabia sentencia de José Ortega y Gasset, filósofo español del siglo veinte,
reza: “Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo”.
Una excelente forma de recordarnos que nuestro modo de actuar está influenciado
desde un inicio por el entorno. Somos producto de las tradiciones y creencias del
linaje familiar; del proceso educativo al cual nos sometemos, y de todo aquello
que vaya impactando nuestros sentidos a lo largo de la existencia. Aun cuando
no parezca sencillo de medir, cada contenido que recibimos del exterior deja su
huella en nuestro comportamiento personal.
Analicemos,
pues, la calidad de contenidos que llegan a nuestra esfera personal cada día.
Lo que tiene que ver con conflictos internacionales que de alguna manera nos
impactan; las políticas macroeconómicas que rigen nuestra economía doméstica en
el día a día. Las ideologías que colonizan nuestro pensamiento y que nos inducen
a actuar de un modo o de otro. Los contenidos que frecuentamos a través de
redes sociales, que tantas veces nos orillan hacia una polarización absurda.
Caemos en las trampas que intereses poco claros nos proponen, esas que nos
llevan a suponer que detrás de cada iniciativa que no satisfaga nuestras
creencias personales debe de haber una conspiración en nuestra contra.
Es
un ámbito emocional con diversos niveles de toxicidad que no es precisamente lo
más sano para nuestro espíritu.
¿Qué
pasa, entonces, si comenzamos a procurar pensamientos de otro orden? Si
partimos de la base de que, por más distinto que podamos pensar unos y otros,
tiene que haber puntos en común, coincidencias de la vida desde las cuales
podamos construir comunidad. Ir dejando de lado esa sensación de aislamiento de
mi persona con la pantalla, de espaldas al mundo, para comenzar a procurar la
comunicación presencial que tanto bien nos hace.
Cuando
coincidimos en algún espacio con alguien que poco conocemos y se entabla una
conversación, vamos descubriendo capas de su personalidad que no habíamos detectado
antes. Aun cuando enarbolen otras convicciones políticas o religiosas, va a
haber puntos en los cuales podamos coincidir, y a partir de ello comenzar a
construir. Nadie habla de forjar una gran amistad para toda la vida, pero sí una
rampa de comunicación que nos permita disfrutar un rato en común y elaborar
memorias refrescantes que más delante, al recordarlas, nos hagan sonreír.
Todo
lo anterior lo reflexionaba ayer mientras hacía una fila de más de dos horas
para cruzar la frontera con los Estados Unidos. Ese se calificó como uno de los
días más calientes de la temporada de verano, con un sol calcinante y una
movilidad lentísima de uno a otro país. No es extraño entonces que se generen fricciones
y hasta pleitos mayores entre automovilistas en aquella espera interminable.
Nos vamos poniendo al punto de que, el más mínimo estímulo es capaz de disparar
un altercado mayúsculo. Constituye una prueba de resistencia en la que tenemos
que permanecer serenos y no dejarnos llevar por esos elementos externos que nos
hacen explotar, hacer de nuestra mañana un desastre, y de pasada arruinarla
para otros.
Si
nos ponemos muy filosóficos y nos preguntamos a qué hemos venido al mundo, se
antoja contestar que a ser felices. Partiendo de ello, habría entonces que ver
de qué tipo de felicidad estamos hablando. Si nos referimos a una sensación de
hedonismo muy personal, que gira en torno a aquello que nos agrada, o si se
trata de una condición de satisfacción en la búsqueda de propósitos que están
más allá de nosotros mismos. Un vivir para construir una felicidad eudaimónica
que se centra en vivir bien a través de la virtud en el quehacer. No girando en
torno a los gustos propios y su continua satisfacción, como es el caso de la
hedónica, sino a través de una actitud de servicio a otros, que se revierta en una
realización personal por hacerlo. A este estado de gracia se agrega un
sentimiento muy particular, que es la gratitud. La persona que procura su
felicidad trabajando por la satisfacción de las necesidades de otros, vive
agradecida con la vida. No corre el riesgo, como ocurre con la hedónica, de
quedarse sin estímulos para ser feliz.
Entonces,
de las posibilidades que nos ofrece el mundo, cada uno decide qué tipo de
felicidad procurar para su vida.
