lunes, 2 de noviembre de 2026

CONTRALUZ por María del Carmen Maqueo Garza

AGRADECIMIENTO OTOÑAL
Cada etapa de la vida tiene lo suyo. Los primeros años, como la primavera, se hallan rebosantes de vida nueva, de entusiasmo y alegría. Viene más delante el verano de la juventud, en que se afianzan proyectos, relaciones y posturas personales. Se piensa en formar una familia y se toman previsiones para la siguiente etapa, la de la madurez, cuando comienza a perderse la lozanía de los años previos.

Entonces llega el otoño, una etapa maravillosa en muchos aspectos. Hemos vivido lo suficiente para llevar un legajo de experiencias bajo el brazo. Ese mismo avance del tiempo nos va generando desgaste. 

Comienzan a aparecer ciertas fallas orgánicas que, afortunadamente, ahora sabemos sortear con una mejor actitud que en los tiempos previos. Se vuelve una constante tarea ir envejeciendo con gracia y dignidad.

Plena de experiencia y ligereza, quiero dar gracias por grandes motivos que me vienen acompañando en estos años. Hoy  desde esta etapa quiero dar gracias por los días nublados, que me recuerdan el valor inconmensurable del sol.

Gracias a las hojas del follaje, que tornan su verde por el ocre, para dejarse caer entre volteretas. Nos demuestran que en la caducidad reside el núcleo de la renovación.

A la vida gracias por la familia, con la que comparto y amplío mi raigambre ancestral. A través de cada uno de mis familiares se va tejiendo un sentido único de identidad y pertenencia, una comunidad que nada habrá de disolver.

A los amigos, esos maravillosos seres humanos que asumen lo mío propio como muy suyo  para despejar los abrojos del camino, mi total gratitud.

Es por todos ellos, familiares y amigos, que los proyectos que emergieron de mi mente y pasaron la aduana del corazón, van cristalizando poco a poco.

Gracias a mis maestros que asumen como suyo mi propósito creativo y me acompañan a cada paso, orientando y enriqueciendo esa expresión que nació aún torpe mas deseosa de salir al mundo y conquistarlo.

A quienes, generosos me acogen con empatía, toda mi gratitud. Es hermosa la magia de dos corazones que conectan a través del puente de las miradas, dejando detrás suyo al mundo y sus afanes.

Gracias, vida, por las dificultades que me ayudan a mantenerme creativa  dinámica y con un puñado de propósitos por realizar.

Gracias por la lluvia que lava impurezas y nos prepara en el camino para seguir adelante...

...Por la música, cuyos acordes acomodan mis emociones, las acompañan y las hacen sentir como parte de un orden superior con  el cual finalmente se alínean.

Gracias por el trino de las aves. Ellas, ignorando si su vida es breve o prolongada, no se cansan de gorjear con singular entusiasmo, entonando un continuo himno a la vida, por el simple hecho de existir.

Gracias por mi pasado que me trajo a donde hoy me encuentro. Por mis errores que me recuerdan que estoy hecha de arcilla. Me enseñan a desarrollar la empatía, recordando que nadie es perfecto, y que es justo a través de nuestras equivocaciones como más nos hermanamos con otros.

Gracias porque he aprendido a ejercitar el don de la gratitud. De este modo encuentro mayor bondad y belleza en el camino, y con ello mi ducha se duplica.

domingo, 1 de noviembre de 2026

CARTÓN de LUY


 

CRÓNICAS DE UN DON NADIE por Luis Toraya

Intuición 
       27/oct/2026
   A veces, el conocimiento no entra por los ojos ni se procesa en el lóbulo frontal. A veces golpea primero en el pecho, o se enrosca silencioso en las entrañas.
   Siempre me han fascinado las leyes que gobiernan el universo, por la precisión del cálculo, la rigurosidad del método científico y la claridad que ofrece la evidencia.
   He pasado la vida buscando certezas, descifrando signos, analizando variables y confiando en la sólida arquitectura de la razón.
   Pero con los años, y sobre todo con las cicatrices del tiempo, he aprendido a rendirme ante otra forma de verdad, más veloz, sutil y misteriosa: la intuición.
   Sé muy bien lo que es. No hay magia en ella, aunque lo parezca; hay biología pura. Mi cerebro es un archivero incansable que, durante décadas, ha guardado millones de datos, susurros, miradas, patrones, aciertos y pérdidas en el sótano del subconsciente.
   La intuición es ese sótano hablando en clave. Un procesamiento cognitivo ultrarrápido, un atajo heurístico donde el cerebro, al enfrentarse a una encrucijada, escanea ese océano de experiencia en milisegundos y arroja un veredicto antes de que la lógica pueda articular una sola palabra.
   Es la experiencia comprimida en el instante de un parpadeo. Por eso la siento en el cuerpo. Existe un hilo invisible, el nervio vago, que une mis pensamientos con ese segundo cerebro que habita en el sistema digestivo.
   Cuando algo anda mal, o cuando la belleza de una respuesta correcta está a punto de manifestarse, el estómago se contrae o el corazón altera su ritmo. Es la biología avisándome que ya sé la respuesta, aunque mi razón consciente aún no la haya decodificado.
   Más allá de la neurología, la intuición es, para mí, un acto de fe literario y humano. Es el ojo clínico que detiene la mirada en lo que otros pasan por alto; la brújula que, en plena niebla del dolor o de la duda, señala el norte.
   La he visto actuar al escribir, cuando la pluma encuentra el adjetivo exacto sin que medie el diccionario; la he reconocido al mirar a los ojos de quienes amo, descifrando lo que callan; y la he sentido en mi profesión, advirtiendo que detrás de la aparente calma se esconde una tormenta.
   La razón es un mapa indispensable, estructurado y firme. Pero la intuición es la luz del faro. La forma invisible del alma, una nostalgia del futuro que nos susurra que, en alguna parte de nuestro ser, somos mucho más sabios de lo que nos atrevemos a admitir.
   Hoy entiendo que la madurez no consiste en desterrar la ciencia para creer en el presentimiento, sino en lograr que ambos dancen en armonía, agradeciendo ese chispazo sagrado que nos rescata cuando la lógica se queda sin respuestas.


© 2026. Dr. Luis Mariano Toraya Lara. Todos los derechos reservados.

CARTAS A MÍ MISMO por Carlos Sosa

 ¿Qué sería yo...?

Carlos Sosa.-
La vida no siempre nos ha regalado caminos fáciles. Hemos tenido que subir cuestas empinadas, atravesar tormentas y enfrentar días en los que hasta la esperanza parecía cansarse.
Pero hay algo hermoso en nuestra historia: nunca nos soltamos.
Y cuando uno flaquea, ahí está el otro, no necesariamente para cargar con todo, sino para recordarle que aún hay motivos para seguir, que después de la tormenta siempre habrá un cielo azul y que ninguna noche es eterna cuando tenemos con quién esperar el amanecer.
Porque caminar juntos no significa que la vida sea más fácil, sino que, aun en medio de las dificultades, la vida sigue siendo hermosa, la esperanza encuentra refugio y el corazón encuentra paz.
Y si algo agradezco a Dios, al universo y a esta maravillosa coincidencia de existir, es haberte encontrado entre millones de caminos posibles.
Porque contigo he aprendido que el amor no es vivir sin tormentas, sino encontrar paz incluso cuando el mundo parece derrumbarse.
Y hoy, al mirar todo lo vivido, solo puedo preguntarme con el alma llena de gratitud:
¿Qué sería yo sin ti...?
Quizá seguiría siendo yo, pero me faltarían tantas sonrisas, tantos amaneceres y esa hermosa certeza de saber que, pase lo que pase, tenemos un lugar seguro en el corazón del otro.
Gracias por ser mi paz, mi esperanza y mi más hermosa manera de entender la vida...

domingo, 25 de octubre de 2026

CONTRALUZ por María del Carmen Maqueo Garza

 LÉXICO Y AUTOESTIMA

Durante los dos últimos sexenios se ha querido implantar un sistema educativo enfocado en lo mínimo necesario, dejando fuera buena parte de los contenidos que anteriormente había en la educación básica, media y media superior. Colateralmente se ha abandonado en las aulas la lectura de comprensión. Muestra de ello la vimos reflejada en los resultados de la prueba PISA 2025 en fechas pasadas. Ahora que nos echamos un clavado tratando de entender las consecuencias de esos cambios educativos, vamos descubriendo que han repercutido en una baja en el desarrollo de la autoestima.

El concepto inicial de “inteligencia emocional” fue dado a conocer al público general por el norteamericano Daniel Goldman en su obra homónima de 1995. Aunque Wayne Payne, investigador social, ya hablaba de ella desde diez años antes. En su libro Goldman comienza a descubrir que, al margen de las habilidades que hasta ese momento eran medidas por el Coeficiente Intelectual (IQ) existen capacidades que tienen que ver con otros elementos frente a los cuales el ser humano se mide, y que la inteligencia no es única sino múltiple, y que el conocimiento del tipo de inteligencia que predomina en un escolar va a contribuir a enfocar el tipo de enseñanza que se le proporciona.  Se considera que tal inteligencia emocional se compone de cuatro elementos: El autoconocimiento, la autorregulación; la conciencia social (o empatía), y las habilidades sociales.

¿Y qué tiene que ver todo esto con el léxico de una persona? Aquí viene la razón por la cual la simplificación de los contenidos educativos en el área de la lectura de comprensión no ha contribuido al desarrollo integral del escolar. Las emociones se sienten, pero falta asimilarlas. Hay un malestar evidente, pero distinguir qué lo provoca es fundamental para tratar de resolver esa incomodidad. No es lo mismo que el niño reconozca que está triste o enojado; avergonzado o decaído; inquieto o humillado, o que lo bulean. Cada una de esas emociones tiene su significado y debe contar con su propio espacio en la conciencia del niño. De igual manera sucede con las emociones positivas, en la medida en que las distinga una de otra y pueda expresar cómo se siente en un momento dado, la experiencia agradable será mayor.

El vocabulario inicia a comprenderse por la vía oral. En casa el niño percibe cómo se encuentran los adultos en un momento dado. Las emociones de sus mayores resonarán en él, aunque tal vez no logre definir cómo. Más difícil todavía en casos en donde los adultos de una familia no consiguen verbalizar cómo se sienten. Llega el niño a las aulas en donde los maestros podrán ayudarle a definir sus estados anímicos. Definitivamente, en cualquiera de los casos, la adquisición de un vocabulario que le permita interpretar y expresar lo que trae dentro, ayudará a procesarlo.

La lectura contribuye en gran medida a facilitar en el niño la adquisición de vocablos con los cuales definir sus propias emociones. Si lee que un personaje de una historia se siente enojado y lee la descripción de ese estado, va a conseguir identificar en su propia persona el enojo mediante la detección de sensaciones similares a las leídas. Conseguir verbalizar cómo nos sentimos contribuye a liberar una carga energética importante que ayuda a evitar frustración y su consecuente violencia. Y así con cada una de las emociones que el escolar detecta en su persona, cuando tiene elementos con qué compararlas, podrá procesarlas de un mejor modo.

De muchas maneras se ha pretendido presentar el hábito de la lectura como algo privativo de la clase privilegiada. Posiblemente así sucedía en tiempos de la colonia, cuando los únicos que sabían leer y disfrutaban de la lectura eran los descendientes de familias pudientes. Pero a partir de mediados del siglo veinte, con el advenimiento de la SEP, se procuró que la lectura se expandiera sin limitaciones, y cualquier niño podía acceder a las bibliotecas públicas para leer, ya fuera tratados académicos o lecturas por placer. El hacerse de un cuerpo de conocimientos robusto en lo absoluto significa hoy en día algo aristocrático. Por el contrario, el desarrollo de un sólido aprendizaje favorece la justicia social.

Toda narrativa nos presenta tramas en las que los protagonistas comparten emociones y actitudes con nosotros, lectores.  Una historia bien escrita posee, además, una trama subterránea a través de la cual el escritor comunica su postura respecto a realidades psicológicas, sociales o políticas de su interés. Para transmitir esos elementos existe la palabra escrita que llega a través de nuestros ojos, plantea dudas y remueve conciencias.

Desarrollar la inteligencia emocional a través de la lectura es una excelente forma de trabajar por la salud mental.

CARTÓN DE LUY

 


CRÓNICAS DE UN DON NADIE por Luis Toraya

El Mago

13/oct/2026

En la penumbra de mi memoria, donde los recuerdos de Hecelchakán se mezclan con el vapor de los panuchos al atardecer, surge una silueta que desafió las leyes de la lógica infantil.

No era un barbero común; su nombre: don Manuel Caamal, pero para nosotros era simplemente "El Mago".

Escuchar el golpeteo de la puerta a su llegada a la casa era el preludio de un drama en tres actos. No venía por la paga —aunque siempre se le retribuía—, sino por una suerte de apostolado estético y social que solo él comprendía.

Recuerdo la primera vez que me sentaron en aquella silla improvisada en el patio. El brillo de las tijeras bajo el sol me parecía el destello de un arma bélica, y el llanto, ese nudo en la garganta que se desataba sin permiso, era mi única defensa.

Pero entonces, el tiempo se detenía. El Mago no se impacientaba; al contrario, parecía alimentarse de nuestro caos para transformarlo en juego. Sus manos, curtidas pero ágiles, hacían que una moneda de plata brotara de mi propia oreja, justo donde segundos antes sentía el frío del acero.

Si por descuido de la infancia encontraba algún visitante indeseado en mi cabellera, no había juicio ni asco. Con un movimiento de prestidigitador, atrapaba al "enemigo" y, ante mis ojos desorbitados, fingía engullirlo. El pavor se tornaba en una risa nerviosa, pues si él podía comerse a los bichos, yo podía sobrevivir a un trasquilón.

Mientras el peine marcaba el camino del corte, su voz me transportaba a otros mundos.

El Mago no solo recortaba pelo; hilaba leyendas. Devoto de la tauromaquia, en el espacio reducido de nuestro patio abría una plaza de toros invisible donde volaban toreros sobre el albero. Sus historias eran un tejido donde la realidad se deshilachaba. Nunca sabía dónde terminaba lo real y dónde empezaba su imaginación, pero en Hecelchakán esa distinción carecía de importancia; escucharlo era asistir a una corrida de palabras donde él siempre salía por la puerta grande.

Al final, el espejo no solo devolvía un corte impecable, sino a un ser humano curado del miedo. 

Comprendo hoy que la magia no era el truco de la moneda tras la oreja, sino su capacidad infinita para convertir un trámite aterrador en un refugio, demostrándome que un buen relato puede ser tan afilado y preciso como la mejor de las tijeras.

Se marchaba con su maletín, dejando tras de sí un rastro de cabellos en el suelo y una estela de asombro en mis recuerdos.

® 2026. Dr. Luis Mariano Toraya Lara. Todos los derechos reservados.