¿Y SI SÍ NOS LO PROPONEMOS?
Hoy
termina el Mundial de Futbol. Para México ha sido el tercero en que funge como
sede. No soy aficionada a este deporte, sin embargo, sí he venido siguiendo diversos
fenómenos sociales que se generaron en torno al campeonato. A partir del
momento cuando el evento se declare clausurado desde el estadio de Nueva
York/Nueva Jersey, todos habremos de volver a nuestras actividades cotidianas,
dejando atrás la camiseta verde que muy probablemente vestimos durante las
celebraciones.
Aparte
del pato Merlín, que por razones políticas pasó a ocupar un espacio en la
mañanera (lo que las madres buscadoras no han logrado en ocho años), y que ahora
aparece en un billete de lotería, hubo algo muy representativo del Mundial en México:
La frase que se volvió famosa: “Y si sí”. Inicialmente relacionada con la
posibilidad de que México venciera a sus adversarios en la cancha, suerte que
terminó en el encuentro frente a Inglaterra, y que más delante se extendió a
significar otras posibilidades: Y si sí hacemos tal cosa; y si sí logramos tal
otra… Algo que, supongo, quedará en el imaginario colectivo para mucho tiempo.
Quiero
ahijar esta frase para enfocarla a algo muy distinto: La criminalidad en
nuestro país que, afortunadamente, lució bastante controlada durante la justa
deportiva mundial. Va terminando el evento futbolístico y comienza a asomar de
nuevo esa hidra de siete cabezas que nos amenaza a todos los mexicanos. Increíble
cómo personajes ligados a la política, con fortunas incalculables en paraísos
fiscales, siguen ávidos en obtener más dinero del erario. Muchos de ellos acusados
por delitos relacionados con el huachicol fiscal. Este ilícito involucra una
red perfectamente orquestada de voluntades que trabajan para introducir al país
combustible refinado bajo la forma de otros productos, con fines de evasión
fiscal, lo que ha representado para el fisco de México pérdidas
multimillonarias desde sus comienzos, que se pueden rastrear, al menos a partir
del asesinato de Sergio Carmona en el 2021, si no es que más atrás. Esta
modalidad de ilícito es tal vez la forma más clara para hablar de que los
delitos de alto impacto que ocurren en México y muchos otros países en la
actualidad, no tienen que ver precisamente con la pobreza, sino con la
corrupción y la ambición desmedida. Los servidores
públicos y los empresarios involucrados en esa forma de asalto a la nación
viven bajo una permanente atracción por el dinero, lo que los vuelve
insaciables en la búsqueda de nuevos recursos. Aunque, hay que decirlo,
mantener aceitada esa maquinaria delictiva tan amplia para que el huachicol
fiscal siga funcionando, con toda seguridad requiere de grandes sumas de
dinero.
Habría
que preguntarse, entonces, qué vacíos interiores llevan a estos individuos a buscar
llenar su vida con desmedidos recursos materiales. Qué carencias interiores,
tal vez desde la infancia, les impelen a rodearse de lujos y excesos hasta el absurdo,
para sentir que valen como personas. Se habla de maltrato infantil y sensación
de abandono en las más tiernas edades, como elementos que influyen en esas
actitudes de acaparamiento desmedido que, por sí mismas, no van a tener fin
nunca. Algunos estudios señalan como conducta antisocial estas manifestaciones
de falta de empatía en las que las necesidades básicas de otros seres humanos
son ignoradas, en el afán de poseer más y más, hasta lo inimaginable. Esto es,
lo que otros necesiten para subsistir decentemente resulta menos importante que
lo que yo requiera para destacar más en un mundo que, yo considero, me mide por
lo que tengo.
Los
investigadores peruanos Wellington y Vivanco, en un estudio de este mismo 2026
lanzan un término que me parece muy acertado: “Ecosistema emocional”. Me
resultó muy afortunado pues, como cualquier otro hábitat en la naturaleza, señala
los elementos que coexisten e interactúan en un espacio determinado, para
establecer lo que dicho conjunto es y ofrece. Los autores hablan, con relación
a criminalidad, de un ecosistema emocional deteriorado, para señalar esos
elementos que pueblan nuestros pensamientos, pero, sobre todo, nuestras
emociones, y que interactúan con otros elementos existentes en nuestro medio
ambiente.
Redundando
en ese término de moda “Y si sí”, lanzo la propuesta de enfocarnos a revisar,
no la macroeconomía, sino la economía doméstica. No los grandes conflictos internacionales,
sino las emociones que regulan la conducta de nuestros hijos. No los grandes
perfiles de moda que ellos buscan imitar, sino lo que en verdad hay en sus
corazones y que los llevará a vivir con alegría y una singular actitud de
servicio, y a trascender más allá del tiempo y de su propia vida. Y así apostar
todo a lo más valioso que tenemos como humanos.
