EDGAR MORIN: UNA VIDA REVOLVENTE
La
violencia es un mal que daña profundamente el espíritu, primero por albergarla
y luego por proyectarla hacia los demás. Por desgracia es un mal que prevalece
entre nosotros más cada día. Esta semana ha venido circulando un video de un
evento atroz ocurrido en la delegación Tlalpan de la Ciudad de México. Se
observa a un sujeto atacando de forma salvaje a un ciclista que circulaba por
la ciclovía. Primero le pasa el brazo por el cuello para someterlo; lo derriba
y, ya en el suelo, comienza a golpearlo y a patearlo de manera inmisericorde.
Se aprecia la carga de ira con que lleva a cabo este intento de homicidio,
hasta dejar al ciclista tendido sobre el pavimento. ¿El motivo?... Difícil de
creer: “Porque el ciclista lo vio feo”.
Por
desgracia este tipo de ataques es cada día más frecuente. Da cuenta del fardo de
sentimientos negativos que venimos cargando por la vida. Se inicia con la falta
de autoestima que nos lleva a odiarnos a nosotros mismos, y en consecuencia a
odiar a los demás. El simple hecho de
vivir la vida se percibe como una carga y el mínimo estímulo es motivo para atacar
de modos irracionales. Da cuenta del nulo control de la ira que se maneja. Las
redes sociales han dado amplia cuenta del lamentable hecho, y esperemos que el bestial
conductor reciba el castigo que merece. Ninguna justificación es válida cuando,
con su ataque, puso en riesgo la vida de otro ser humano.
Hace
poco más de una semana falleció Edgar Morin, filósofo y sociólogo francés,
autor de múltiples libros que hablan, justo, acerca de la sociedad, de la
convivencia de unos para con otros, y de los valores que estamos heredando a
las futuras generaciones. Debo confesar que no fue sino hasta ahora que me di a
la tarea de conseguir un par de títulos de su amplia obra, que espero con ansia
que lleguen a mi domicilio. Mientras, he estado revisando entrevistas y
declaraciones del filósofo que murió a los 104 años, y que hasta el último
momento se declaró un enamorado de la vida en sus diversas manifestaciones. Judío
de nacimiento quedó huérfano de madre a temprana edad; en su juventud pasó a
formar parte de la Resistencia Francesa en contra de la ocupación nazi. En su
momento decidió cambiarse el apellido con fines de sobrevivencia. Terminada la
Segunda Guerra Mundial pudo estudiar diversas ciencias económicas y sociales en
su país natal, y su carrera académica la desarrolló fundamentalmente en el área
de investigación.
No
encontré mucho material audiovisual de Morin en sus años de plena actividad,
pero hay bastante concerniente a su última etapa, en la que se muestra como un
ser humano feliz de existir, como él mismo expresó, vivía “contento dentro de
su piel”, y valoraba profundamente la vida cotidiana, buscando lo que él llamó
la calidad poética al interior del ser humano. Manifestó que procuraba amar, maravillarse
y admirar todo lo que le rodeaba, lo que se expresa claramente en una de sus
obras icónicas intitulada “Lecciones de un siglo de vida”, escrita poco después
de cumplir un centenario de existencia. Una de sus expresiones se refiere a que
los seres humanos olvidamos lo esencial en favor de lo urgente, ¡y cuánta razón
tiene al decirlo! Hace hincapié en cómo el ser humano vive con prisa, a golpe
de talón, con precipitación, sin concederse tiempo para disfrutar la vida.
Durante
una entrevista que concedió a la cadena televisiva francesa TV5 habla sobre la
singularidad del ser humano, que nos lleva a establecer diferencias entre unos
y otros, por lo que nos corresponde a todos fomentar la convivencia armónica
mediante la razón y la pasión. Destaca los peligros que hay para la humanidad
en estos últimos tiempos, tanto por la confrontación social, como por las
amenazas bélicas y el daño al medio ambiente. Además, no deja de sorprenderme, la
forma en que se refiere a la IA como un elemento que, así como puede ser de
utilidad para el ser humano, puede llevarlo a extraviarse.
Una
vez más me descubro escribiendo a partir de dos asuntos distintos que en su analogía
ponen a trabajar a mi pluma. Por una parte el atroz caso del conductor seudo
asesino que en un momento de ira pone de manifiesto todo lo que viene cargando
en su interior, y por otro un gentil filósofo que supo extraer lo mejor de la
vida hasta el último momento, y que nos deja abundantes lecciones que favorecen
precisamente eso, el descubrir que en nuestra vida cotidiana podemos hallar
grandes significados para crecer y alegrarnos; para convivir y dignificarnos;
para poder decir, al final del camino, que hemos vivido una vida buena, que
queda para nuestros hijos como un legado de amor propio y a lo que nos rodea.
Descanse
en paz Edgar Morin, cuya profunda mirada al corazón del hombre nos regala
grandes enseñanzas.


