domingo, 5 de julio de 2026

CONTRALUZ por María del Carmen Maqueo Garza

 REFLEXIONES DESDE LA GUAIRA

Las grandes catástrofes unen al mundo. A lo largo de la historia de la humanidad lo hemos visto en repetidas ocasiones: epidemias, sismos, tsunamis, incendios masivos. Según sea la naturaleza del fenómeno y la distancia geográfica que nos separa del mismo, los seres humanos nos hemos solidarizado. Ya sea en espíritu, mediante la oración, ya a través de ayuda en especie o económica, pero hemos estado ahí, para hacernos presentes al lado de los hermanos en desgracia.

Esta vez no ha sido distinto: Un sismo de 7.5 grados sacudió Venezuela ocasionando pérdidas humanas y materiales de consideración. Un país que, de hecho, ya venía padeciendo limitaciones en diversos rubros a causa del régimen dictatorial al que estuvo sometido, primero con Hugo Chávez y luego con Nicolás Maduro, ahora sufre este revés. A través de las redes sociales atestiguamos muy de cerca las historias de dolor y de esperanza que conmueven al más bragado. Y hay que decirlo, una vez más, los Topos de México se han hecho presentes, como lo han estado en muchas otras partes del mundo, cuando se ha requerido.

Muy doloroso descubrir que el equipo de rescate mexicano tuvo que conseguir cómo transportarse a aquel país por sus propios medios. El gobierno no estuvo ahí para facilitar la manera de llevarlos a Venezuela a salvar vidas. Pero la Brigada Rescate Topos Tlatelolco, que ha enfrentado tantas cosas desde su creación en 1985, no se detuvo para conseguir un vuelo. Una aerolínea particular decidió patrocinar su movilización. La urgencia era extrema y el tiempo corría veloz.

Como ha sucedido en torno a diversas catástrofes naturales, en Venezuela han comenzado a tejerse historias que perdurarán para siempre. Ya se habla de rescates milagrosos, de binomios caninos que trabajan hasta el agotamiento por salvar una vida. Se relata el caso en La Guaira de una niña de once años que guio a los rescatistas hasta donde estaba su hermanito Moisés de nueve, luego de lo cual ella falleció. Hay tomas en video de extracciones que parecieran imposibles, como la de un niño pequeño que pudo ser arrancado con vida y salud de las fauces de la tierra, o la del hombre que, a punto de ser rescatado y al presentarse una réplica del sismo, le sugiere a su rescatista que se retire y se salve. El rescatista le propone, por su parte, quedarse a su lado para rezar juntos mientras pasa la sacudida.

Venezuela necesita el apoyo de todos nosotros. Estados Unidos suspendió sanciones a ese país para facilitar el rescate, y de muy diversos puntos del orbe comienza a fluir el apoyo que se requiere. México no ha sido la excepción. Terrible tener que reconocerlo, no han faltado los vivales que se hacen pasar por elementos de rescate para solicitar donaciones. Definitivamente es mejor canalizar nuestros apoyos directamente por conductos que los llevarán a quienes los necesitan. El grupo auténtico Rescate Topos Tlatelolco, que se halla perfectamente institucionalizado y goza de transparencia internacional, está muy activo en redes sociales: Tiene su página oficial topos.mx, y se encuentra además en Facebook, Instagram y X (antes Twitter). En cualquiera de estos sitios, identificables por su color naranja y su logo, pueden hallar información sobre centros de acopio de ayuda material, a dónde llevar donativos en especie y de qué tipo, que ellos canalizan mediante cadenas humanas hasta Venezuela. Para ello cuentan ya con el apoyo de diversas aerolíneas nacionales e internacionales que se encargan de transportar víveres, herramientas y otros enseres. Tienen una cuenta bancaria de Santander, a través de la cual, quienes estamos lejos de los centros de acopio, podemos entregar un apoyo económico que llegará sin contratiempo a cubrir esas urgentes necesidades.

La naturaleza, una vez más, pone a prueba de qué estamos hechos los humanos. Nos da la oportunidad de desarrollar esa porción medular de nosotros mismos que nos mueve a existir de la mejor manera y que se llama “amor”. El amor entendido en su forma más amplia, como empatía y generosidad hacia causas que se encuentran más allá de la propia persona. Un dar porque reconozco la problemática que otros enfrentan, y deseo contribuir a resolverla. Y no el dar por tomarme la foto y coleccionar muchos “me gusta” en redes sociales. Nuestra sociedad tiende a priorizar esos aspectos tan efímeros como irrelevantes, pero que a ratos tanto nos atan. En pocas palabras, nos privan de la libertad de crecer y llegar a ser lo mejor que podríamos haber sido.

Una oración por los hermanos venezolanos. El apoyo que cada uno de nosotros pueda brindarles. Y nuestro total reconocimiento a los Topos. Sabemos que, cada uno de ellos, hasta la vida está dispuesto a dar, en esa tarea movida por el amor más grande.

CARTÓN de LUY

 


CRÓNICAS DE UN DON NADIE por Luis Toraya

Escuela Estado de Yucatán

El mundo, en 1968, vibraba con un pulso paradójico que no acababa de comprender.
Mientras México se preparaba para albergar el fuego olímpico, en los confines de mi pequeño universo el incendio era otro: el de las primeras letras.
Mis padres, guiados por esa fe ciega que solo nace de la reverencia, encomendaron mi educación al otro extremo del pueblo. Mi inicio escolar tenía nombre propio y rigor de piedra: la maestra Sérvula.
Todo ocurría allí, en la escuela "Estado de Yucatán", en el corazón de Xcaltzó.
Un muro de mampostería y una reja de hierro custodiaban el saber en solo dos aulas. Al fondo, un patio de tierra aguardaba nuestra algarabía, el lugar donde la infancia se perseguía a sí misma detrás de un balón de fútbol.
Aquel trayecto diario entre mi hogar y la escuela no era una simple transición geográfica; era el puente hacia la construcción del hombre que yo, en mi ignorancia, todavía no sospechaba ser.

En el aula, la maestra Sérvula ejercía una soberanía absoluta, manifestada por una seriedad que el tiempo me ha revelado como una forma de amor a su trabajo. Blandía su enorme regla de madera con la elegancia de un espadachín, marcando el compás de un método que lograba el milagro de domesticar nuestra dispersión.
Yo, sin embargo, habitaba el salón como un invitado a un banquete de fiesta. Para mí, el aprendizaje no era más que una parte del juego, un matiz lúdico que a menudo agotaba la paciencia de la maestra.
Aún me veo librando una batalla perdida contra la caligrafía, con la mano rebelde ante la dictadura de las líneas. Recuerdo la salmodia de "ese oso se asea así", grabándose en mi mente como un tatuaje, mientras mis dedos forcejeaban con unas tijeras curvas —de esas de uñas que eran de mi madre— para recortar figuras geométricas del papel.

Pero la verdadera iniciación comenzaba en el umbral de salida. Allí se templó la amistad con Rafael Ortegón, un lazo forjado en el polvo de los caminos y en el hambre compartida del futuro.
A veces caminábamos bajo el ala protectora de la sombrilla de la maestra; otras, el azar nos regalaba el encuentro con un mito viviente: don Maquito.
Subir a su carreta era disfrutar de un viaje olvidándonos del tiempo ordinario. Don Maquito, con su sabiduría de siglos y su desprecio por la prisa, nos permitía mirar el mundo desde el vaivén rítmico de la madera crujiente. Su "caballo de plata", marcaba el paso con el golpeteo de sus cascos sobre el pavimento, mientras el paisaje se desleía en el alma, recordándonos que la existencia no consiste en el arribo, sino en la plenitud de estar presentes en el viaje.
Cuando la suerte nos negaba la carreta, la marcha se volvía una caminata entre dos.
La parada en la terminal era casi obligatoria: aquellas enchiladas compartidas aún conservan, en mi memoria, un sabor a gloria absoluta. Entre bocado y bocado, Rafael alimentaba mi espíritu con las epopeyas de la Araña Negra, de Borja o del "Pata Bendita". Escuchándolo, yo también me sentía capaz de alcanzar esa gloria que solo habita en los relatos épicos.

Hoy, al proyectar esta cinta de mi primer año escolar, no busco el refugio de una nostalgia estéril. Regreso a la maestra Sérvula, a Rafael, a la carreta de don Maquito y al aroma de aquellas enchiladas para no extraviar el norte.

Estas memorias son el ancla que me mantiene a salvo de la deriva; el recordatorio de que, por más leguas que hayan caminado mis pies, el alma sigue perteneciendo a la tierra de donde vengo.

® 2026. Dr. Luis Mariano Toraya Lara. Todos los derechos reservados.

CARTAS A MÍ MISMO por Carlos Sosa

El poder del no

El poder del “no” es un don que cuesta caro aprender, pero que cuando al fin se domina, libera. No hemos venido a este mundo a ser los bufones de la aprobación ajena, ni a hipotecar nuestra tranquilidad para complacer a todos. Quien vive de rodillas frente al aplauso de los demás termina perdiendo su propia voz, y lo peor: ni siquiera logra contentar a nadie del todo.

Decir “no” es recordarse a uno mismo que la vida no es infinita, que ya gastamos demasiadas estaciones intentando ser lo que otros esperaban. Y cuando uno ya tiene más pasado que futuro, el tiempo se convierte en un recurso sagrado, no negociable. Entonces el “no” deja de ser rebeldía y se vuelve un acto de amor propio, una frontera invisible que protege lo que queda de nuestros días.

El “sí” complaciente es una cárcel de barrotes blandos; el “no”, en cambio, abre ventanas. Y aunque duela ver cómo algunos se alejan cuando uno deja de decir que sí a todo, lo cierto es que ese vacío suele llenarse de aire fresco, de silencio necesario, de vida propia.

Al final, aprender a decir “no” es la única manera de decirle un sí a lo que de verdad importa.
Porque el “no” no es rechazo al mundo: es la manera más honesta de decirle que todavía seguimos vivos, que no nos rendimos, y que aún queremos elegir a qué amanecer asomarnos...

FILOSOFÍA PARA VIVIR LA VIDA


 

CONFETI DE LETRAS por Eréndira Ramírez


Vivir es cuestión de fe y mantenerla, alimentarla, compartirla, propagarla, ser agente de transmisión de fe y poder creer en que pase lo que pase las cosas pueden mejorar, que no todo está tan perdido como para no poderlo recuperar.

Fe en una religión, en la pareja, en la familia, en la humanidad, a pesar de lo que duela la realidad, a pesar de lo que nos haya tocado sufrir, a pesar de la mentira, de la infidelidad, de la violencia, de la corrupción, de la impunidad que nos rodea, siempre encontramos algo rescatable en este mundo y es aquello que nos ha mantenido en esta vida deseando seguir viviéndola.

Fe en que todavía vienen sucesos maravillosos que nos hagan valorar nuestra estancia en este mundo. Vivir sin fe es morir poco a poco sin apenas darse cuenta de que solo se es un cuerpo inanimado que cumple con funciones básicas para sobrevivir, sin un porqué, sin saber por dónde y por quién seguir existiendo.

Mi fe en Dios, en la humanidad, en mi misma esa herramienta indispensable e irreemplazable para que la vida tenga sentido, para seguir en la lucha diaria esperando más de la vida que tan solo duros golpes.

domingo, 28 de junio de 2026

CONTRALUZ por María del Carmen Maqueo Garza

 DESOÍR EL CELULAR

Estoy terminando una novela magnífica de Cristina Rivera Garza, que me atrapó desde el primer momento: “Nadie me verá llorar”. Habla sobre la vida de una mujer que fue personaje en el manicomio “La Castañeda”, desde sus orígenes en una pequeña población veracruzana, hasta su migración obligada a la Ciudad de México, los avatares que hubo de enfrentar, y las condiciones en que vivió durante los últimos años de su existencia.

Tal vez más que la historia, lo que me ha atrapado de la autora en esta ocasión, es su narrativa respecto a la investigación antropológica que llevó a cabo en antiguos archivos para estudiar expedientes, seleccionar el material para su novela, e ir dando al lector guiños sobre la labor profesional que desarrolla un escritor, lo que contrasta agudamente con muchas biografías de quienes llegan a sentirse dueños del oficio tras haber escrito o publicado un par de cuartillas. En lo personal me di cuenta cuánto me falta por hacer en la creación de personajes, pese a los ya más de cincuenta años que tengo trabajando los distintos géneros, fundamentalmente artículo periodístico, ensayo y crónica.

En fin, en esta mentalidad “cristinariveragarza” llegué a la Clínica 34 del IMSS en Monterrey, Nuevo León ⸺una vez más⸺ para un nuevo estudio, en esta ocasión un ecocardiograma. Como maratonista que ha ganado medallas en diversas disciplinas yo voy colgándome los resultados de los variados exámenes de laboratorio y gabinete que me han practicado, al menos durante los últimos cuatro años. Este era, como se dice en la jerga popular, “una raya más al tigre”. En una colaboración anterior he hablado sobre lo bien organizada que se halla esta clínica del IMSS dedicada a cardiología y neumología. A ratos se ralentiza la atención a causa del exceso de pacientes, pero aun así todo fluye. Pasé de una sala general a una segunda de pacientes programados para estudio, finalmente a un módulo pequeño de paredes blanquísimas, donde me practicarían el ecocardiograma. Me dejaron en posición durante un corto tiempo, mientras llegaba el médico que lo iba a llevar a cabo.

El joven profesional se dirigió a mí por mi nombre, luego de lo cual se presentó: “Soy el doctor Jesús”. Luego de corroborar mis generales me explicó el procedimiento, no sin antes verificar mi historia clínica. Este es el punto en el que, para facilitar el interrogatorio, me identifico como médico. No es mi costumbre abrirme paso en los hospitales blandiendo mi título profesional o los puestos que he ocupado. De esto siguió un sistemático y cuidadoso estudio de mi anatomía cardíaca. Movía el transductor, observaba la pantalla y en una hoja de papel anotaba resultados. Eso mismo hizo por no menos de cuarenta minutos. Se ve que es un ser humano que ama lo que hace y lo hace con gusto. Terminada esa fase me indicó que vendría un segundo médico a revisar junto con él algunos detalles de mi estudio. Entró el otro personaje, de más edad, supongo que su maestro, quien repasó todos los caminos que había recorrido el médico Jesús. Hablaron entre ellos de mediciones, orientaciones y otras minucias técnicas, y pronto me indicaron que habían terminado, que podía vestirme y salir, y que los resultados se agregarían a mi expediente. Aproveché para felicitar a ambos por su calidad humana y profesional, algo que a cualquier paciente le agrada y le tranquiliza.

Muy a la “cristinariveragarza” esa mañana observé cada gesto, cada detalle. Lo que más me cautivó fue un hecho notable que quiero destacar: En medio del estudio se escuchó el tono de una llamada de su celular, a la cual él hizo caso omiso, total y absolutamente, dando un contexto maravilloso a mi narrativa: Un profesional que, además de su trato amable y de elevado nivel médico, regala a sus pacientes atención plena durante la consulta. Contrario a lo que, por desgracia, prevalece entre nosotros, ni siquiera dirigió la vista al aparato para enterarse de quién llamaba. Cero distracciones, algo que me pareció un regalo aun mayor para mí como paciente. Entonces pensé que, dentro de una historia clínica podríamos registrar esto como “el signo de desoír la llamada”, indicativo de elevada calidad en la atención.

Para despedirme, tras haber felicitado a ambos galenos, recalqué no conocer el apellido del médico Jesús, a lo que el de más edad, su maestro, mencionó que se presentaba solamente así, pues su apellido ⸺tal vez de origen vasco, digo yo⸺, resulta sumamente difícil de pronunciar. Aun sin apellido, ¡bravo por el médico Jesús! A todas luces se ve que se trata de un ser humano excepcional, con gran espíritu de servicio, mucha preparación y calidez humana, que considera que vale la pena poner su mayor empeño en trabajar con entusiasmo y dedicación dentro de la medicina institucional.