DEL YO AL
NOSOTROS
Estamos aún en la pandemia. A la vuelta de diez semanas nos hemos
acostumbrado a la compañía del virus; venimos haciendo lo que nos corresponda
hacer, para hallar la forma de seguir adelante con nuestra vida diaria, evitando
ser contagiados.
Cada vivencia obsequia una
lección, así se trate de lo más terrible
que enfrentemos. El COVID-19 va dejando enormes enseñanzas de
convivencia; nunca seremos los que éramos a principios del 2020, cuando todo
esto comenzó. En un foro de jóvenes
escuché a uno de ellos decir que hemos aprendido a ser mejores personas. Quiero creerlo así, a modo de un cambio
permanente, el germen de una nueva realidad.
Excelente oportunidad para analizar en qué momento torcimos el camino
como sociedad. Dónde comenzamos a pensar
de manera exclusiva en el “mí” desechando el “nosotros”, a un punto tal, que llegamos
a ser capaces de acciones que decenios
atrás no hubiéramos imaginado.
En lo personal fue momento de
retomar la lectura de “El laberinto de la Soledad” del gran Octavio Paz, para
remontarme a los orígenes de nuestra personalidad como mexicanos. Si el ilustre Nobel de Literatura viviera en
estos tiempos, ya estaría escribiendo una nueva edición que incluyera los cambios que ha generado el
actual milenio en nuestra quintaesencia, del mismo modo como hizo el escritor
en las reediciones de su obra, que vio la luz primera en 1950.
Los mexicanos deseamos una
cultura de paz. Que las manifestaciones
de empatía que se han hecho presentes desde inicios de la contingencia, se
multipliquen y florezcan. Que esos
aplausos al personal sanitario y los apoyos en especie que se les hacen llegar
hasta los hospitales, continúen transmitiendo ese “gracias por cuidarme”. Por desgracia, en paralelo a esas grandes
manifestaciones, están las provocadas por la ignorancia y un rencor intrínseco que
cargamos. En nuestra propia constitución
como mexicanos, hay una proporción de enojo, que en ocasiones explota dentro y hace
erupción. No nos detenemos, como
deberíamos, a analizar el origen de tal
emoción que, en el contexto de la contingencia, ha llevado a atacar a quienes
están ahí para cuidar a los enfermos, que bien podrían ser el día de mañana nuestros
familiares o nosotros mismos.
Dentro de la filosofía se habla
de “individualismo” como la tendencia a actuar con independencia del sentir de
los demás, o sin sujetarse a las normas generales (RAE). Lo que pudiera
representar una ventaja en lo relativo a la autenticidad, llega a ser un gran
inconveniente a la hora de actuar como grupo.
Me atrevo a suponer que éste es un problema muy propio de nosotros como
mexicanos: hay cierta urgencia de ver
por lo propio, antes que otra cosa.
Ello explica muchas actitudes que asumimos, tratando de sacar ventaja, aun
cuando violemos los derechos de otros.
Lo que, en el lenguaje popular de nuestro país, llamamos “ganonería” y
que llevado al extremo explica en buena medida el mecanismo que mueve a la
corrupción, vicio que –por desgracia—nos coloca en el mapa mundial. Esa compulsión por sacar ventaja de un cargo,
de una relación, para apropiarme de forma sistemática de recursos ajenos, sin
una razón vital para hacerlo.
La nueva realidad que estamos por
inaugurar es una franca pendiente; más vale que nos mentalicemos desde ahora. Enfrentaremos muchas adversidades en los
planos de salud, economía y seguridad,
amén de los rezagos históricos en diversos rubros. Se requiere una ciudadanía organizada, pero,
antes que nada, informada y consciente para actuar a favor de una cultura de
paz. Polarizarnos y confrontarnos, va a
impedir que avancemos. Con tales
actitudes todos saldremos perdiendo,
pues gastaremos tiempo, energía y creatividad en pelearnos, en lugar de
ponernos de acuerdo para integrarnos, apoyarnos y fortalecernos unos a otros
Buscando evitar imprecisiones,
vayamos nuevamente al diccionario de la Real Academia para rescatar una palabra maravillosa, que engloba la
actitud tan necesaria de hoy en adelante: “Alteridad”, definida como condición
de ser otro. En pocas palabras,
colocarnos en los zapatos del otro para aceptarlo como es, y en
correspondencia, esperar que él me acepte a mí como soy. No quisiera utilizar la palabra “tolerancia”,
que tiene cierta implicación de fastidio. Aceptación, en cambio, es una palabra
de alas abiertas, que permite echar los sueños al vuelo.
A ratos no quisiera que la
contingencia acabara, y que con ello se pierdan las muestras preciosas de
solidaridad que nos han ido hermanando.
No deseo ver que la empatía que hoy vivimos quede en una anécdota aislada,
nada más.Aprovechemos la enorme
oportunidad de integrarnos y renacer como nación. Alejemos, de una buena vez,
el riesgo de salir perdiendo todo por el camino de la división.