CON EL ESCUDO O
SOBRE EL ESCUDO
Esta mañana escuché que llamaban desde la reja de
entrada. Habituada a los patrones que ha
establecido la pandemia, supuse que sería alguna entrega de paquetería. Salí y me hallé un jovencito sobre su
bicicleta ofreciendo servicios de jardinería.
Extendió el brazo para entregarme algo, se trataba de una tarjeta de
presentación artesanal. En un pedazo de
cartoncillo reciclado y recortado a mano venía lo siguiente: “Se podan palmas.
878 700 9286 y 878 157 75 31”. Me causó una grata impresión y quise armar una
historia con los pocos elementos que habían capturado mis sentidos: Un
jovencito, posiblemente hijo de un jardinero.
Por el tipo de letra imaginé que era una mujer –su hermana o su mamá—la
que recortaba a mano esos pedazos de cartoncillo y estampaba en ellos la
información. Lo percibí como una
bocanada de aire fresco, una muestra de humanitarismo, en un mundo que a ratos
se ha vuelto tan impersonal y ostentoso.
Un mundo en gran medida regido por los medios de comunicación que proyectan
arquetipos totalmente alejados de nuestra realidad “real”, valga la
redundancia, y que no hacen más que provocar una sensación de minusvalía en los
televidentes.
Hay en televisión un montón de programas que presentan lo
extravagante como una normalidad absoluta.
No podría precisar en qué canal norteamericano anuncian un programa de
bienes raíces donde compran y venden mansiones tasadas en millones de
dólares. Lo único que he visto de dicho
programa es el comercial. En lo
particular no me llama la atención adentrarme en la vida opulenta de los
multimillonarios, pero sí hay que decirlo, lanza un mensaje subrepticio
terrible, como diciendo que los seres humanos se miden por los millones de
billetes verdes que tengan en sus cuentas bancarias.
Este pedacito de cartoncillo escrito y ofrecido con aquella
ilusión de que los llamen para un trabajo colocó muchas cosas en su lugar
dentro de mi mente. Reafirmó que lo
verdaderamente importante en esta vida está más allá de lo material. Justo coincide en tiempo con la llamada de una
querida amiga que me informa que su familia acaba de sufrir la muerte de un ser
amado. Percibo en su voz ese dolor de
perder de manera súbita a alguien a quien te une toda una vida de vivencias y
lazos afectivos. Son de esos momentos
que obligan a hacer un alto en el camino para
un examen de conciencia personal. Preguntarme si justo en este momento estoy
preparada para partir, como fue su caso.
Tal parece que la vida es un hecho que damos por
sentado. Nos mueve el pensamiento de que
los demás podrán morir, pero nosotros no.
Muchas veces así nos vamos manejando siempre, tomando riesgos más allá
de lo sensato, sin siquiera pensar el peligro en que nos ponemos. A propósito de la tercera ola de la pandemia,
ahí vienen las vacaciones de verano y las conductas sociales que nos ponen en
riesgo a todos. Es cierto que, después de tanto tiempo, ya estamos cansados del
encierro. También es cierto que, tal
vez, se ha pagado de manera anticipada un viaje. O quizás se trate del premio prometido por la
graduación de uno de los hijos. Sea cual
fuere el caso, las condiciones sanitarias son las que llevan la batuta este
verano y más vale atenderlas.
Volviendo a la imagen inicial: Me conmovió ese guiño de
verdadera humanidad en un mundo cada vez más plástico y fatuo, que tiende a
distanciarnos a unos de otros, incluso dentro del claustro familiar. La actitud del chico sugiere que se trata de
una familia que busca ocuparse en forma honesta, cuando las condiciones
económicas vienen incrementando los índices de pobreza y conducen con facilidad
a la delincuencia. Un grupo familiar
que, lejos de sentirse abatido, echa mano de la creatividad en la búsqueda de
oportunidades para conseguir un ingreso económico. Personas que diseñan los
medios para lograrlo, haciendo trabajo de equipo dentro de la familia. Una gran lección que enseña que el ser humano
estará siempre más allá de las circunstancias que podrían limitarlo.
A propósito de la forma de actuar de niños y jóvenes de este
milenio, hay un estudio realizado por la iniciativa “Pacto por la infancia”,
que habla sobre elementos que causan felicidad o infelicidad en la población
infantil de nuestro país. Entre los
primeros están las relaciones familiares positivas y afectuosas, así como la
posibilidad de crear y expresarse. Entre
los segundos elementos están la desatención, el maltrato y el abandono. Dentro de la desatención se halla la
sensación que genera en el pequeño que sus papás vivan con la mirada puesta en
la pantalla todo el día.
“Con el escudo o sobre el escudo”, frase atribuida a los
guerreros espartanos en la batalla de Termópilas. Excelente inspiración para lidiar nuestras luchas
personales.