domingo, 11 de enero de 2026

CONTRALUZ por María del Carmen Maqueo Garza

 SABBAT: METÁFORA DEL ÚLTIMO DÍA

Dentro de mis primeras lecturas de este 2026 incluyo el libro “Gratitud” del médico y escritor británico Oliver Sacks, mejor conocido por su obra literaria basada en casos clínicos intitulada: “El hombre que confundió a su mujer con un sombrero”. Y la obra testimonial “Despertares” llevada a la pantalla bajo este mismo nombre, protagonizada por Robin Williams y Robert DeNiro. Este pequeño libro al cual hoy hago referencia consta de cuatro ensayos personales que Sacks escribió en los últimos años de su vida, cuando él, como médico, sabía que el final estaba cerca. Una parte del prólogo fue escrito por Bill Hyes, su compañero de vida en esa etapa final.

Es interesante el recuento personal que hace Oliver Sacks de su existencia, comenzando por una figura que fue muy significativa a lo largo de su vida: la tabla periódica de elementos, con la cual, en distintos momentos se sintió muy identificado. Sorprende el modo como conocimientos científicos duros pueden adquirir para Sacks una representación muy personal y viva. A sus ochenta años hace un recuento de los momentos grandiosos que ha vivido hasta entonces, así como de las dificultades que ha debido atravesar, y la forma como estas le han hecho crecer. Se alegra de haber alcanzado tal edad, con todo el enriquecimiento que ese cúmulo de años significa.

El segundo ensayo lo escribe un año después, en ese momento como paciente en tratamiento por un cáncer metastásico. Hace alusión a David Hume, filósofo y ensayista escocés, quien, en igualdad de circunstancias, escribió en un breve período su autobiografía para dejar un legado después de su muerte.  En este punto Sacks cobra conciencia de que muchos de sus contemporáneos han muerto y siente cada vez más cercano su propio final, pero a la vez se alegra de haber tenido la oportunidad de vivir como lo ha hecho.

En su tercer ensayo enfatiza notablemente su pasión por la tabla periódica de elementos y la forma como se identifica con esta. A sus ochenta y dos años, asume con mayor firmeza su condición de enfermo que pronto va a morir. Se nota en el escritor una actitud de aceptación frente a su propio destino, dispuesto a vivir esa última etapa de la mejor manera posible.

El último ensayo del libro se intitula “Sabbat”. En él hace un repaso de algo que nos venía expresando mediante guiños desde un inicio. Nació y creció en una familia judía ortodoxa, hijo de dos médicos que supieron combinar su quehacer profesional con el cumplimiento de las tradiciones religiosas que el judaísmo les impuso. Habla expresamente del choque familiar que vivió frente a sus padres, algunos años después de su bar mitzvá, al cumplir los dieciocho, y a pregunta expresa del padre revelar su homosexualidad, y cómo, luego de ello, decidió emigrar de Inglaterra a Norteamérica.

En este ensayo final Sacks narra una especie de reconciliación con su familia extendida a través de una experiencia del Sabbat con todos ellos, en lo que sería su último viaje a Jerusalén, esta vez acompañado de Billy, su compañero de vida. Nos revela cómo fue para él ese cerrar círculos, a partir de una metáfora del propio Sabbat judío en su vida personal, como el día de la semana en que hay que descansar, hacer una evaluación de lo conseguido en un período de tiempo determinado, y poder terminar sin cuentas pendientes.

Me parece un libro muy valioso que nos ubica en realidades que tantas veces eludimos: Somos humanos, mortales y no vamos a vivir para siempre. En nuestras tradiciones como mexicanos nos burlamos de la muerte y la caricaturizamos, pero muy en el fondo, debajo de esas capas de aparente burla, sentimos un miedo atroz a nuestra propia muerte. Nadie puede predecir cuándo llegará ese momento final.  Es una buena estrategia ir haciendo un alto periódico en el camino para medir qué hemos conseguido y cuáles cosas tenemos pendientes, para ocuparnos de ellas a la brevedad. Amanecer cada día –como aconsejan los filósofos orientales—preparándonos para morir, de modo que, llegado el momento, podamos partir con la tranquilidad de saber nuestra obra terminada, en disposición de descansar, como se vive, para ciertas religiones, el día dedicado a la reconciliación.

CARTÓN de LUY

 


HAUSER interpreta Chi Mai de Ennio Morricone

CARTAS A MÍ MISMO por Carlos Sosa

Solo se vive una vez

Solo se vive una vez, dicen… pero uno no entiende el peso de esas palabras hasta que el camino se vuelve cuesta arriba y los pasos ya no suenan tan firmes.

A esta altura, no me asusta fallar en mis sueños; lo que me desvela es que el tiempo me alcance primero.

Me da miedo que un día las manos ya no tengan pulso para construir lo que imaginé,
que las piernas se nieguen a seguir caminos que todavía no conozco,
o que la memoria —como una vela temblorosa— empiece a olvidar lo que un día me hizo arder por dentro.

Uno envejece de golpe, sin ceremonias,
y descubre que los sueños no se renuncian por cobardía, sino porque el reloj se vuelve un enemigo silencioso.

Por eso sigo, aunque el cuerpo proteste.
Por eso abrazo lo que sueño, aunque tiemble.
Porque lo más triste no es morir sin cumplir un sueño, sino llegar al final del camino sin recordar que alguna vez los tuve.

Es por eso que lo intento hoy,
aun cuando el mundo —terco y ruidoso— insiste en gritarme que no.
Porque si algo he aprendido en este tramo final del camino es que la vida no espera,
y los sueños tampoco.

Así que hago mi intento ahora, aunque me miren raro, aunque algunos digan que ya no es tiempo, aunque el viento sople en contra.

Lo hago hoy…
porque mañana quizá el cuerpo no quiera,
o la memoria me juegue una mala pasada.

Y prefiero mil veces fallar intentando,
que llegar al último tramo del sendero
con el arrepentimiento mordiéndome el alma...


Plática de David Delisle acerca del ser y del gastar

Pueden activarse y traducirse subtítulos

REFLEXIÓN de Luis Toraya

¿Soy feliz?

El eco de la euforia de mis amigos aún resuena en el aire.

Una vez al mes nos reunimos para compartir las risas y los abrazos honestos que actúan como un bálsamo para el espíritu.

Sin embargo, esta mañana el despertar tuvo un matiz distinto.

Entre sorbos de café, una pregunta se filtró en mi conciencia con la frialdad de una corriente de invierno: «¿Soy feliz?».

No es una interrogante que uno se plantee mientras tacha pendientes en la agenda. Es una pregunta de atardeceres; de esos momentos donde el silencio se ensancha tanto que parece capaz de contener nuestra existencia entera.

Durante años, edifiqué mi felicidad sobre el terreno pantanoso del "cuando": cuando termine la carrera, cuando sea dueño de esa casa, cuando el amor sea un calco de los libros.

Me gradué con honores en la cultura de la postergación, convencido de que la alegría era un trofeo que aguardaba tras una extenuante carrera de obstáculos.

Pero al cruzar la meta, el trofeo resultó ser de humo.

Comprendí entonces, con una mezcla de melancolía y alivio, lo que los estoicos susurraban hace siglos: la felicidad no es un destino, sino la nitidez de nuestra atención.

No se trata de una euforia perpetua —eso sería un agotamiento inhumano—; la verdadera felicidad se hermana con la serenidad.

Es la capacidad de contemplar la propia vida, con sus grietas, sus duelos y sus tazas de café a medio terminar, y no sentir el impulso de estar en otra parte.

He aprendido que:
La tristeza no es el enemigo, sino el claroscuro que dota de relieve a la luz. Sin el rigor del invierno, el milagro de la primavera pasaría inadvertido.

La sencillez es la máxima sabiduría. Hay más verdad en la tibieza de una mano que nos sostiene que en el estruendo de cualquier éxito.

La libertad es una conquista interna. Como advertía Epicteto, no nos hieren las cosas, sino el relato que nos contamos sobre ellas.
Hoy me detuve frente al espejo. Miré ese rostro conocido y, por primera vez, no busqué el rastro de los años ni los defectos de la piel.

Me vi como un viajero que ha caminado mucho y que, finalmente, se reconoce.

¿Soy feliz?

Si la felicidad es la ausencia de conflictos, la respuesta es no.

Pero si la felicidad es habitar el presente, abrazar la propia vulnerabilidad y conservar la capacidad de asombrarse ante el vuelo de un pájaro, entonces la respuesta es un sí rotundo y vibrante.

La felicidad no es un "tener", es un "ser".

Es ese abrazo que te das a ti mismo cuando comprendes que, a pesar de las cicatrices, estar vivo es un privilegio asombroso.

"La felicidad es el significado y el propósito de la vida, el objetivo y el fin de la existencia humana." — Aristóteles.

POEMA "Te deseo" del gran Víctor Hugo

Te deseo primero que ames,
y que amando, también seas amado.
Y que, de no ser así, seas breve en olvidar
y que después de olvidar, no guardes rencores.
Deseo, pues, que no sea así, pero que si es,
sepas ser sin desesperar.

Te deseo también que tengas amigos,
y que, incluso malos e inconsecuentes
sean valientes y fieles, y que por lo menos
haya uno en quien confiar sin dudar.

Y porque la vida es así,
te deseo también que tengas enemigos.
Ni muchos ni pocos, en la medida exacta,
para que, algunas veces, te cuestiones
tus propias certezas. Y que entre ellos,
haya por lo menos uno que sea justo,
para que no te sientas demasiado seguro.

Te deseo además que seas útil,
más no insustituible.
Y que en los momentos malos,
cuando no quede más nada,
esa utilidad sea suficiente
para mantenerte en pie.

Igualmente, te deseo que seas tolerante,
no con los que se equivocan poco,
porque eso es fácil, sino con los que
se equivocan mucho e irremediablemente,
y que haciendo buen uso de esa tolerancia,
sirvas de ejemplo a otros.

Te deseo que siendo joven no
madures demasiado de prisa,
y que ya maduro, no insistas en rejuvenecer,
y que siendo viejo no te dediques al desespero.
Porque cada edad tiene su placer
y su dolor y es necesario dejar
que fluyan entre nosotros.

Te deseo de paso que seas triste.
No todo el año, sino apenas un día.
Pero que en ese día descubras
que la risa diaria es buena, que la risa
habitual es sosa y la risa constante es malsana.

Te deseo que descubras,
con urgencia máxima, por encima
y a pesar de todo, que existen,
y que te rodean, seres oprimidos,
tratados con injusticia y personas infelices.

Te deseo que acaricies un perro,
alimentes a un pájaro y oigas a un jilguero
erguir triunfante su canto matinal,
porque de esta manera,
sentirás bien por nada.

Deseo también que plantes una semilla,
por más minúscula que sea, y la
acompañes en su crecimiento,
para que descubras de cuantas vidas
está hecho un árbol.

Te deseo, además, que tengas dinero,
porque es necesario ser práctico,
Y que por lo menos una vez
por año pongas algo de ese dinero
frente a ti y digas: "Esto es mío".
sólo para que quede claro
quién es el dueño de quién.

Te deseo también que ninguno
de tus afectos muera, pero que si
muere alguno, puedas llorar
sin lamentarte y sufrir sin sentirte culpable.

Te deseo por fin que, siendo hombre,
tengas una buena mujer, y que siendo
mujer, tengas un buen hombre,
mañana y al día siguiente, y que cuando
estén exhaustos y sonrientes,
hablen sobre amor para recomenzar.

Tomado de "El club de los libros perdidos".