domingo, 11 de enero de 2026

REFLEXIÓN de Luis Toraya

¿Soy feliz?

El eco de la euforia de mis amigos aún resuena en el aire.

Una vez al mes nos reunimos para compartir las risas y los abrazos honestos que actúan como un bálsamo para el espíritu.

Sin embargo, esta mañana el despertar tuvo un matiz distinto.

Entre sorbos de café, una pregunta se filtró en mi conciencia con la frialdad de una corriente de invierno: «¿Soy feliz?».

No es una interrogante que uno se plantee mientras tacha pendientes en la agenda. Es una pregunta de atardeceres; de esos momentos donde el silencio se ensancha tanto que parece capaz de contener nuestra existencia entera.

Durante años, edifiqué mi felicidad sobre el terreno pantanoso del "cuando": cuando termine la carrera, cuando sea dueño de esa casa, cuando el amor sea un calco de los libros.

Me gradué con honores en la cultura de la postergación, convencido de que la alegría era un trofeo que aguardaba tras una extenuante carrera de obstáculos.

Pero al cruzar la meta, el trofeo resultó ser de humo.

Comprendí entonces, con una mezcla de melancolía y alivio, lo que los estoicos susurraban hace siglos: la felicidad no es un destino, sino la nitidez de nuestra atención.

No se trata de una euforia perpetua —eso sería un agotamiento inhumano—; la verdadera felicidad se hermana con la serenidad.

Es la capacidad de contemplar la propia vida, con sus grietas, sus duelos y sus tazas de café a medio terminar, y no sentir el impulso de estar en otra parte.

He aprendido que:
La tristeza no es el enemigo, sino el claroscuro que dota de relieve a la luz. Sin el rigor del invierno, el milagro de la primavera pasaría inadvertido.

La sencillez es la máxima sabiduría. Hay más verdad en la tibieza de una mano que nos sostiene que en el estruendo de cualquier éxito.

La libertad es una conquista interna. Como advertía Epicteto, no nos hieren las cosas, sino el relato que nos contamos sobre ellas.
Hoy me detuve frente al espejo. Miré ese rostro conocido y, por primera vez, no busqué el rastro de los años ni los defectos de la piel.

Me vi como un viajero que ha caminado mucho y que, finalmente, se reconoce.

¿Soy feliz?

Si la felicidad es la ausencia de conflictos, la respuesta es no.

Pero si la felicidad es habitar el presente, abrazar la propia vulnerabilidad y conservar la capacidad de asombrarse ante el vuelo de un pájaro, entonces la respuesta es un sí rotundo y vibrante.

La felicidad no es un "tener", es un "ser".

Es ese abrazo que te das a ti mismo cuando comprendes que, a pesar de las cicatrices, estar vivo es un privilegio asombroso.

"La felicidad es el significado y el propósito de la vida, el objetivo y el fin de la existencia humana." — Aristóteles.

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