domingo, 4 de octubre de 2026

CONTRALUZ por María del Carmen Maqueo Garza

 LA MOCHILA DEL NIÑO REY

Me siento frente al teclado a cumplir con la columna semanal en este día de octubre, cuando estamos a punto de celebrar la fiesta de San Francisco de Asís, considerado por la iglesia católica como el misionero de la esperanza. Hoy que para el resto del mundo se conmemora el natalicio de Mahatma Gandhi, promotor mundial de la resistencia pacífica, y hoy que para los mexicanos se recuerda una fecha por demás dolorosa: la matanza de estudiantes ocurrida en la plaza de Tlatelolco, de la actual Ciudad de México.

Lo anterior contrasta con dos eventos ocurridos en la semana que recién termina: El primero sucede en el aire, a bordo de una aeronave que volaba de Dubái a Tel Aviv, en cuya cabina el copiloto intenta liquidar al piloto y tomar el mando para secuestrar a los 174 pasajeros, en su mayoría israelíes. La acción fue abortada gracias a la valentía del piloto, que herido logró implementar acciones para poner a salvo a los pasajeros. Gracias a la valiente intervención de varios viajeros que lograron someter al atacante. Y gracias a la pericia profesional de un dentista que consiguió mantener con vida al piloto hasta el aterrizaje. Además de la participación conjunta de dos pilotos que volaban como pasajeros, y que no dudaron en coordinarse y tomar el mando de la nave.

Frente a este caso crítico que, por fortuna, terminó con bien, en nuestro querido estado de Coahuila, específicamente en el municipio de Torreón, ocurrió un ataque en contra de docentes y alumnos de una secundaria. Perpetrado por dos exalumnos de la institución, hermanos entre ellos, admiradores en redes sociales de personajes siniestros, cuya conducta quisieron emular. Ingresaron armados a la escuela, sembraron terror, y atacaron, con un saldo de cuatro personas heridas y una directiva fallecida. Mucho se viene hablando de los hechos cruentos, de modo que no redundaré más.

Trato de ordenar en mi mente lo ocurrido en estos últimos días, en particular en el caso Torreón. Busco un telón de fondo, entonces me asomo al corazón de sus gestores. ¿Qué hay en su interior? ¿Cuál es la razón tan poderosa por la cual un ser humano es capaz de atentar contra sus semejantes de forma tan brutal?

En el caso de la aeronave el mecanismo puede resultar más claro, o históricamente entendible. Hay diferencias en cuanto a religión, las que justifican para un creyente matar y morir por su dios, a grado tal que lo hace sin titubear, incluso seguro de cuál será su recompensa en la otra vida.

El caso de los jóvenes de 18 años que ingresan a un plantel donde estudiaron la secundaria (sin concluir) y arremeten contra personas que se encuentran en su interior, presenta algunas dificultades para un análisis objetivo. En principio, son hechos que acaban de suceder, y los detalles de lo ocurrido aún no se conocen del todo. Además de que son situaciones en las cuales, de alguna manera, todos nos sentimos involucrados, ya como mexicanos, como adultos o como padres de familia. Lo terrible de la escena que tenemos frente a nuestros ojos nos hace cuestionarnos si las cosas pudieron haber ocurrido de otra manera, y nos preguntamos si en nuestro entorno inmediato hay condiciones capaces de provocar hechos similares.

A partir del incremento en los índices de inseguridad en nuestro país, lo que ocurre en las calles nos lleva a buscar blindar de riesgo a nuestros menores de edad. Tal vez no les permitamos, como se hacía en otros tiempos, salir a la banqueta, o a la plaza, o a la cancha deportiva, y preferimos mantenerlos entre las cuatro paredes del hogar “protegidos”. Frente a la televisión, o, lo más común, con un dispositivo electrónico en las manos. Queremos imaginarnos que de esa manera ya no corren peligro.

Ahora habría que preguntarnos: ¿Con qué materiales digitales están en contacto? ¿Con qué creadores de contenido se identifican? ¿Están planteándose metas realistas para su vida? La labor como padres consiste, además de proveer a los hijos de techo, comida y vestido, en coadyuvar a su desarrollo en aspectos fundamentales, como son el mental, el espiritual y el emocional. Acompañar a los hijos en la resolución de conflictos, desde los más básicos hasta los más complejos. Verificar qué dificultades están teniendo en la escuela y procurarles el apoyo necesario para resolverlas.

Está prevaleciendo el concepto de ”niño rey” descrito inicialmente en los años noventa. En este modelo los hijos fijan la pauta y los padres asumen un papel pasivo frente a ellos, como el avestruz, escondiendo la cabeza ante cualquier dificultad, para no tener que enfrentarlos.

¿Tenemos en casa hijos adultos jóvenes, con demasiado tiempo libre? ¿Tal vez con dinero propio? ¿Con mucha exposición a redes? Más vale comenzar a revisar qué llevan cargando en su mochila.

CARTÓN de LUY


 

CRÓNICAS DE UN DON NADIE por Luis Toraya

 Los diez mandamientos

 22/sep/2026

Cuando el polvo del Sinaí todavía abrasaba los ojos de Moisés y el peso de la piedra entumecía sus brazos, no era la fatiga del cuerpo la que le ahogaba el aliento, sino el vértigo de contemplar la arquitectura secreta de la libertad. Subió a la cima a buscar leyes y descendió con un mapa para no devorarnos. No traía cadenas, sino los cimientos de una ciudad invisible contra el caos.

Allí, mientras el fuego grababa la roca, Dios no habló como un tirano codicioso. Habló con la piedad de quien adivina el destino trágico de la humanidad.

Prohibir otros dioses fue la primera advertencia contra nuestra propia naturaleza: esa inclinación incesante a erigir ídolos. Adorar el oro, el poder o la sombra del propio rostro es entregarse a altares que terminan por devorar al devoto. Por eso mismo se negó la imagen. El hábito terrenal busca encarcelar lo infinito en el barro o la plata; pero quien pretenda contemplar lo sagrado no debe esculpir la piedra: le basta descifrar la mirada de quien camina a su lado.

De esa misma sustancia participa el lenguaje. Exigir que el nombre divino no sea pronunciado en vano es velar por la integridad del verbo, evitar que la fe sirva de máscara para la trampa. Cuando la palabra se corrompe, la escala entre lo humano y el cielo se destruye.

Luego sobrevino el descanso. Para el Creador, el hombre no es un engranaje de tareas y sudor que consume su vida en aras de la producción. Detenerse un día a la semana es una insurrección contra la ansiedad del mundo: la declaración secreta de que existimos más allá de la brega de las manos. Y esa continuidad del tiempo exigía también una ligazón con el pasado. Honrar a los padres es el hilo tenue que sostiene la memoria frente al olvido. Quien borra sus huellas camina a ciegas hacia un horizonte vacío.

Hacia el centro de la roca, la llama trazó los límites del territorio humano. Prohibir el asesinato fue reconocer que la vida no nos pertenece: cada cuerpo es una frontera sagrada. Inmediatamente después, al vetar la traición conyugal, la ley no buscó reprimir el deseo, sino salvar al amor del impulso fortuito. El afecto sin lealtad no es un hogar, sino una intemperie donde el alma tiritará de soledad.

El respeto al trabajo ajeno no apareció como una regla de comercio, sino como una física de la equidad: hurtar es arrebatarle al otro el tiempo y la vida empeñados en lo que posee. Y para proteger esa frágil arquitectura, la ley volvió a la lengua. Prohibió el falso testimonio. Porque cuando la mentira altera la trama de la realidad y la sospecha sustituye a la verdad, la comunidad entera se disuelve en un laberinto de espejos.

El precepto final hizo temblar la mano del profeta. Al vetar la codicia, la ley dejó de vigilar los actos para penetrar en la penumbra del pensamiento. Moisés comprendió entonces que la grieta del mal no empieza en la mano que roba ni en el cuerpo que traiciona, sino en el ojo insaciable que reclama lo ajeno. Redimir la raíz del deseo es la única vía para evitar que el árbol nazca envenenado.

Estas cifras grabadas no forman un código para quienes han alcanzado la meta, sino un viático para quienes aún transitan por el desierto. Llevadas en las entrañas, no solo vuelven tolerable la marcha: construyen el cielo por dentro.

® 2026. Dr. Luis Mariano Toraya Lara. Todos los derechos reservados.

CARTAS A MÍ MISMO por Carlos Sosa

Desde mis sombras

A veces —quizás más de las que admito— no escribo desde lo que hago bien, sino desde mis fallas: desde lo que me falta, desde lo que todavía no soy. 

Escribo desde mis sombras porque en este mundo resulta más sencillo arrastrar palabras que levantar vuelo. 

Y quizá por eso escribo: para ver si en algún renglón, aunque sea por un instante, me crecen alas...



CHARLA: La revolución de la conciencia con Fer Brocca


 

CONFETI DE LETRAS por Eréndira Ramírez

Conforme se van viviendo fracaso o sinsabores, uno va adoptando la costumbre de perder la fe que le resultaba inspiradora para vencer retos, para lanzarse por ideales. 

No creo en la amistad, no creo en el amor, no creo en el matrimonio, no creo en nada ni en nadie. un "no creo" que nos va debilitando y nos va haciendo perder la fe hasta en nosotros mismos. Como si vivir significara lograrlo todo, como si se nos hubiera prometido que veníamos a un paraíso terrenal. 

Madurar es dejar de creer en fantasías, pero no implica el que tengamos que renunciar a fabricarlas, madurar no significa convertirnos en acumuladores de amargura, con todo y lo que el mundo nos defrauda siempre hay maravillas que nos reconcilian con él, no es justo para nadie convertirlo en un espectáculo gris, en oscura senda que no vale la pena recorrer. 

No se puede evitar dejar de creer, pero se debe ser capaz de recuperar la fe, lo que hoy es, mañana no será, y lo que no ha sido hasta hoy, puede que sea mañana. 

En esta vida hay que creer, porque bien claro está que la única certeza que podemos tener, es que por este mundo solo pasamos una vez y recorrerlo sin fe es recorrer un desierto en el que nunca hubo un oasis.

SUSURROS DEL ALMA por JCDovala

 ¿BUENOS O EXITOSOS?

¿Estamos formando a nuestros hijos para ser buenas personas, o, principalmente, para ser personas exitosas? La pregunta resulta incómoda porque, en principio, nadie tendría por qué elegir entre una cosa y la otra. Queremos hijos capaces, independientes, con oportunidades y herramientas para construir una vida próSpera; pero también queremos que sean honestos, sensibles, generosos y conscientes de los demás.

El problema aparece cuando ambos caminos parecen separarse. Cuando obtener la mejor calificación importa más que la manera en que se obtuvo; cuando ganar se vuelve más importante que actuar con justicia; cuando enseñamos a competir antes que a compartir, o cuando medimos el valor de una persona por sus logros, su profesión, sus ingresos o el reconocimiento que recibe.

Sin advertirlo, podemos transmitirles una idea peligrosa: Que ser bueno es deseable siempre y cuando no interfiera con llegar prumero.

Educar verdaderamente comienza, quizá, en esos momentos de conflicto.

Es relativamente sencillo hablarles a nuestros hijos de honestidad cuando decir la verdad no cuesta nada, de generosidad cuando nos sobra, de respeto cuando estamos de acuerdo con los demás o de principios cuando estos no ponen en riesgo ninguna ventaja.

La verdadera formación ocurre cuando hacer lo correcto implica perder algo: Una oportunidad, un privilegio, una calificación, una posición o incluso el reconocimiento de otros.

Es entonces cuando nuestros hijos descubren qué valores eran realmente importantes para nosotros.

Y lo descubren menos por nuestros discursos que por nuestras decisiones cotidianas: Por cómo tratamos a quien nos sirve, cómo hablamos de quien piensa distinto, qué hacemos cuando nadie nos observa, cómo reaccionamos ante nuestros propios errores y hasta dónde estamos dispuestos a llegar para conseguir aquello que deseamos. Los hijos aprenden muy pronto que existen valores que se pronuncian y valores que se viven; estos últimos son los que terminan heredando.

Tal vez nuestra responsabilidad como padres y como sociedad no sea escoger entre formar personas buenas o personas exitosas, sino revisar profundamente nuestra definición del éxito.

Una vida exitosa no tendría que ser únicamente aquella que acumula títulos, bienes, ascensos o reconocimientos, sino aquella capaz de avanzar sin destruir a otros en el camino; la de quien puede competir sin perder la empatía, prosperar sin olvidar la gratitud y defender sus intereses sin renunciar a su conciencia.

Necesitamos preparar a nuestros hijos para un mundo exigente, sí: Enseñarles disciplina, ambición, fortaleza y capacidad para levantarse después del fracaso.

Pero también debemos recordarles que ninguna conquista exterior compensa una pobreza interior.

Quizá el mayor éxito de nuestra tarea educativa no llegue el día en que nuestros hijos sean admirados por todo lo que consiguieron, sino cuando, teniendo la posibilidad de elegir entre lo conveniente y lo correcto, posean la libertad, el carácter y la humanidad suficientes para elegir lo correcto.

Y cuando nuestros hijos sean adultos y ya no estemos a su lado para decirles qué camino tomar, ¿qué queremos que guíe sus decisiones: La necesidad de triunfar ante los demás o la conciencia de poder mirarse a sí mismos con dignidad?


domingo, 27 de septiembre de 2026

CONTRALUZ por María del Carmen Maqueo Garza

 EN EL BORDE DEL MUNDO

Expresa el maestro Enrique Vila-Matas una gran verdad cuando afirma que la literatura permite rescatar del olvido todo eso sobre lo que la mirada contemporánea, cada día más inmoral, pretende deslizarse con la más absoluta indiferencia.

Es muy acertado al calificar a la mirada de inmoral e indiferente, que es lo que la abundancia de contenidos digitales va provocando en nosotros, navegantes de la red. Pasamos del asombro al enojo o la rabia, para más delante ir cayendo en la indiferencia, pudiendo llegar hasta el cinismo.

¿Procurar libros o contenidos digitales? Disertaciones de la imaginación de narradores que nos llevan de su pluma a conocer otros mundos, o cátedras impartidas por quien considera que pararse frente a la pantalla y hablar, le otorga sobrada autoridad como experto en un tema dado… La pantalla nos ofrece inmediatez, al contrario del libro, frente al cual tenemos que echar a andar un proceso de comprensión lectora y de síntesis. Pero lo que tiene de inmediatez lo puede tener de imprecisión y de temprano olvido. Tal vez en treinta minutos no podamos recordar lo que leímos.

¿Libros en físico o en pantalla? Como dice algún autor acertadamente, en el acto de leer ocupamos todos nuestros sentidos, para sumergirnos en la historia, atender a su narrador y emitir nuestros propios pensamientos que interactúan con la página cuyas líneas recorremos.

Uno de los mayores desafíos de nosotros, como seres humanos del tercer milenio, es imponer la belleza por encima de la fealdad; la bondad por encima de la malevolencia; la esperanza por encima del hondo desaliento.

Todo alrededor nos convoca a encontrar un mundo lleno de violencia, en el que los valores humanos fundamentales se fragmentan bajo el peso de la codicia y el afán de poder. Ya ni siquiera la figura sagrada de un niño encuentra respeto. Vivimos una guerra de conciencias donde, a ratos, los demonios parecen llevar la de ganar.

Frente a un escenario tal, se requiere un ejercicio de voluntad para saber hallar en nuestro entorno elementos esperanzadores para seguir viviendo, para hacerlo con entusiasmo, colocando delante de nosotros los más elevados ideales, hacia los cuales emprender la carrera vital.

En esta era de infodemia el paisaje emocional que nos dibujan las redes sociales no es el mejor. Frente a una noticia terrible sentimos ansiedad, tristeza y hasta rabia. En particular impotencia al descubrir que, desde nuestra posición personal, es poco o nada lo que podemos hacer por remediar una situación que la pantalla nos presenta como catastrófica.

En el largo plazo vamos pasando de la depresión a la culpa, y más delante a la insensibilización. Alcanzado un tope emocional en nuestro interior, ya lo que pueda ocurrir allá afuera comienza a dejarnos indiferentes, o hasta nos genera un cinismo cada vez más profundo en cuyo núcleo de origen hay un gran dolor encarnado.

Nuestra mirada se halla eternamente ocupada, pero ociosa, como extraviada en un universo que cruza frente a los ojos a gran velocidad, sin permitirnos acaso asimilarlo. Un ámbito que genera en nosotros a ratos ansiedad, a ratos rabia y siempre impotencia. Algo frente a lo cual no atinamos a hacer mayor cosa que distraernos, deslizar el dedo sobre la pantalla para reinventarnos, antes de que la tecnología nos devore.

Es tiempo de retornar a lo esencial. De enfocarnos hacia esos elementos que generan paz espiritual. El contacto con la naturaleza proporciona una gran oportunidad de lograrlo, pero no siempre es posible en entornos urbanos. Aún nos faltan parques y jardines para cubrir las necesidades de toda la población. Una forma alternativa de conseguirlo es mediante la literatura, a través de la cual podemos entrar en contacto con las maravillas de la naturaleza de otro modo, ya sea asomando por el lente de una cámara, mediante la descripción minuciosa de un especialista, o la exaltación gloriosa de un poeta.

Procurar la manera de entrar en contacto con nuestra parte humana, esa que siente, que vibra y se conmueve con los sentimientos propios o al saberse en contacto con la sensibilidad de otros. Una parte de nosotros mismos que nos hace sentir que está bien albergar y expresar las emociones que nacen en nuestro interior y que dan a la vida cotidiana una profundidad y un sentido de trascendencia.

Sea la continua perseverancia de la bondad la que, como hace el agua sobre la roca, logre pulir los más ásperos sentimientos.

El libro como un vehículo que nos coloca en el borde del mundo, de ese mundo que imaginamos, con el que soñamos para nuestros hijos. Ese mundo cuyo material de construcción son las palabras: firmes cimientos y sólido hormigón que conforman la estructura que ha de albergar lo más precioso de la condición humana.

CARTÓN de Luy


 

CRÓNICAS DE UN DON NADIE por Luis Toraya

 Estridulación

 24/sep/2026

Llegué a casa al caer la noche con el cansancio a cuestas, pero la penumbra me recibió con un volumen inesperado. La estridulación de un grillo llenaba el aire, tan clara y vibrante que parecía habitar en el centro mismo del jardín. 

Guiado por ese chasquido persistente, intenté localizarlo. Me acerqué con cautela, buscando tras una maceta, al borde del muro, entre las sombras de las hojas; pero cada vez que pisaba con fuerza o mi presencia alteraba el aire, el sonido se apagaba de golpe. Dejé de buscar.   

Había algo de sabio en ese fantasma acústico que prefería guardarse para la sombra.

Al quedarme inmóvil en el silencio recuperado, el ritmo de ese pequeño músico me devolvió, sin escalas, a los años de la infancia. Recordé aquellas noches distantes en que la casa se quedaba sola y los espacios amenazaban con volverse demasiado grandes.

En esa oscuridad donde cualquier crujido ajeno pesaba, la voz sin garganta del grillo era el único metrónomo al que podía aferrarme. Su canto no era solo sonido: era el pulso que le ponía ritmo al tiempo, una prueba constante y diminuta de que afuera la vida continuaba con su orden tranquilo.

Siempre me ha fascinado cómo la noche busca su propia voz. A diferencia del ave que canta al aire libre desde la garganta, la criatura que habita entre las grietas no canta con lo que respira, sino con lo que lleva encima. Estridular es frotar el propio cuerpo hasta que de la fricción nazca la música: una superficie dentada, una lima microscópica y el borde rígido de un ala transformando la aspereza del contacto en una frecuencia que sostiene la calma del mundo.

Hay una paradoja serena en ese pequeño gesto. Mientras nosotros buscamos afanosamente afuera las razones del consuelo, el grillo busca en su propia armadura. No necesita un instrumento ajeno para explicarse; le basta con hacer chocar sus alas para trazar un mapa en la penumbra y recordarme que no estoy solo en la sombra. 

Sé que su cadencia es también un termómetro exacto de la tierra, donde la temperatura del ambiente se vuelve compás y urgencia. 

A veces me pregunto cuántas veces nuestra propia voz no es más que eso: un intento sutil de medir la distancia entre lo que callamos y el clima que nos rodea.

Hoy, al volver a escuchar ese chasquido inaccesible, comprendí que el niño que fui y el hombre que soy se encontraron por un instante en el mismo rincón. 

 En el fondo, estridular es una noble forma de resistencia. No hace falta una voz profunda para romper el silencio; a veces, basta con tener el valor de hacer sonar la propia armadura para que el tiempo vuelva a tener sentido.

® 2026. Dr. Luis Mariano Toraya Lara. Todos los derechos reservados.

CARTAS A MÍ MISMO por Carlos Sosa

Nosotros...

En la Cuba de 1940, la vida transcurría entre el bullicio de La Habana, los ritmos del son y los contrastes sociales. Pedro, un joven compositor, vivía en un modesto cuarto de una casa de vecindad en Pinar del Rio. Su pequeña habitación, llena de papeles con partituras y una guitarra de cuerdas gastadas, era su refugio creativo. Pese a su pobreza, su talento para la música lo mantenía esperanzado. Su delgada figura, vestida siempre con ropa humilde y un sombrero viejo para protegerse del sol, escondía una fragilidad que él mismo desconocía: sus pulmones se consumían en silencio por la tuberculosis.

Victoria , en cambio, pertenecía a una familia acomodada que vivía en una casona en el Vedado. Hija de un comerciante de café próspero, su vida transcurría entre reuniones sociales y paseos en carro por el Malecón, siempre bajo la estricta mirada de su madre, quien esperaba que su hija se casara con alguien "de su clase". Victoria, sin embargo, encontraba todo aquello monótono y vacío. Su verdadera pasión eran las letras y la poesía, algo que la conectaba profundamente con Pedro.

Ambos se conocieron una tarde en un café del Paseo del Prado, donde Pedro tocaba sus melodías para ganarse unas monedas. Victoria , cautivada por la sensibilidad de su música, se acercó para conocer al compositor detrás de aquellas notas. Desde entonces, comenzaron a verse a escondidas, escapando de las miradas vigilantes de la familia de Victoria .

Pedro se sentía dichoso, ilusionado por haber encontrado en Victoria no solo el amor, sino también una musa. Ella, con sus cabellos oscuros y su risa fácil, se convirtió en el centro de sus pensamientos y en la inspiración de sus más hermosas canciones. Pero Pedro, atrapado en su fervor amoroso, ignoraba las señales que su cuerpo le enviaba. A menudo, los accesos de tos lo dejaban sin aliento, pero él lo atribuía al cansancio y al estrés de sus días entre la música y las largas caminatas por la ciudad.

Mientras Victoria soñaba con un futuro juntos, las sombras de la enfermedad se cernían sobre Pedro. En los salones de baile y en las tertulias de la alta sociedad habanera, la vida seguía su curso, ajena al drama que se gestaba en la intimidad de una pequeña habitación en el Pinar del Rio.
Una tarde, después de un ensayo agotador, Pedro sintió que algo dentro de él se quebraba. La tos, que llevaba semanas sofocándolo, se volvió más persistente, más cruel. A cada respiración, un filo invisible parecía cortarle los pulmones. El cansancio ya no era pasajero, era un peso constante que lo arrastraba, que apagaba poco a poco la luz de sus ojos. Victoria , preocupada por su aspecto, lo había instado varias veces a que consultara a un médico, pero Pedro, siempre orgulloso, se resistía. Hasta ese día.

Con el cuerpo debilitado y el alma llena de un oscuro presentimiento, Pedro cruzó las abarrotadas calles de La Habana hasta el hospital público. El lugar, sombrío y desbordado de pacientes, no ofrecía alivio alguno. El sonido de las toses, los gemidos, y el olor acre del desinfectante lo envolvieron, haciendo aún más densa la atmósfera de angustia. Esperó horas en una sala gris, donde la esperanza parecía un lujo demasiado caro.

Cuando al fin lo atendieron, el médico, un hombre curtido por años de atender miserias, lo examinó con mirada grave. Tras unos momentos de silencio, que para Pedro se hicieron eternos, el doctor suspiró profundamente. Le hizo una radiografía que reveló lo que Pedro, en el fondo, ya temía pero se negaba a aceptar.

—Tienes tuberculosis, Pedro —dijo el médico, con una voz cargada de tristeza—. Y está avanzada, muy avanzada. No hay mucho que podamos hacer.

Las palabras cayeron como una losa sobre él. Tuberculosis. La palabra maldita, el fantasma que rondaba las vidas de tantos en la ciudad, ahora se aferraba a su propio cuerpo. Pero fue el "muy avanzada" lo que realmente lo destrozó. El doctor continuó hablando, mencionando tratamientos paliativos y reposo, pero Pedro apenas escuchaba. El eco de la condena resonaba en su cabeza, y todo lo demás se desvanecía.

Salió del hospital en silencio, con los pasos torpes y el alma desgarrada. El bullicio de La Habana seguía alrededor suyo, pero para Pedro, el mundo había perdido todo color. ¿Cómo decirle a Victoria , su Victoria , que el futuro que soñaban se desmoronaba? ¿Cómo confesar que sus canciones no serían más que ecos de un amor que no podría consumarse?

El sol caía sobre las viejas calles de la Habana, pero en el corazón de Pedro solo quedaba la oscuridad.

Con el corazón hecho pedazos, Pedro tomó la decisión más cruel de todas. Sabía que no podía seguir arrastrando a Victoria hacia su propio abismo. La amaba tanto que el solo pensamiento de verla sufrir a su lado, de ver cómo su juventud y su alegría se marchitaban por culpa de su enfermedad, le resultaba insoportable. Así que decidió alejarse, sin decirle nada, sin revelarle la verdad que lo carcomía.

Durante semanas, se habían seguido viendo a escondidas, en los rincones oscuros de La Habana, lejos de las miradas curiosas. Se encontraban en las plazas, en los cafés, caminaban por el Malecón bajo la luna. Ella siempre reía, siempre traía consigo la luz que Pedro tanto necesitaba. Pero la enfermedad avanzaba, y cada vez le resultaba más difícil ocultar su debilidad, la tos insistente, el cansancio que lo derrumbaba después de cada encuentro. Sabía que no podría sostener esa ilusión por mucho más tiempo.

Una tarde, después de un último beso furtivo, Pedro decidió que era el final. No podía seguir viéndola sin que ella supiera la verdad. No podía cargar con la culpa de arruinar su vida. Esa noche, sin más despedida que un beso triste, desapareció de la vida de Victoria.

Se fue sin mirar atrás, alejándose de los lugares que tanto habían compartido, buscando un rincón lejano donde nadie lo conociera. Terminó en un cuartucho polvoriento, en un barrio olvidado, donde la vida transcurría lentamente, y donde su nombre no tenía historia. Allí se encerró, solo con su enfermedad y el eco de su propia decisión. La oscuridad de la habitación se le antojaba un reflejo de su propia alma, vacía, rota.

Mientras tanto, Victoria lo buscaba desesperada. Se paseaba por los mismos cafés donde se habían conocido, por los rincones donde alguna vez lo había esperado con ansias, y preguntaba a los pocos amigos en común si sabían de él. Nadie tenía respuestas. La incertidumbre la consumía, incapaz de entender por qué Pedro la había dejado así, sin explicación, sin advertencia alguna. ¿Acaso había dejado de amarla? ¿Había encontrado a alguien más? Las dudas la atormentaban, pero nada tenía sentido.

Los días se hicieron semanas, y Victoria, cada vez más desesperada, comenzó a sentir que el mundo se derrumbaba a su alrededor. Sin saberlo, mientras ella buscaba respuestas, Pedro se apagaba poco a poco, lejos de todo, dejando que el silencio entre ellos fuera su cruel despedida.

Siete semanas después de la abrupta desaparición de Pedro, cuando la desesperación de Victoria ya se había vuelto parte de su vida cotidiana, llegó una carta que ella nunca esperó recibir. Era una mañana gris cuando el cartero dejó el sobre en su puerta. Victoria reconoció al instante la caligrafía de Pedro en el remitente, y su corazón se detuvo por un momento. Con manos temblorosas, abrió la carta, sin saber que dentro se encontraba la última confesión del hombre que había amado.

Las primeras líneas la dejaron sin aliento:

"Victoria , si estás leyendo esta carta, es porque ya no estoy en este mundo. Me duele no haber podido despedirme de ti como merecías, pero preferí dejarte sin el peso de mi enfermedad, sin el dolor de ver cómo la vida se me escapaba. No quería que me recordaras en agonía, sino como el hombre que te amó más de lo que jamás pude decirte en palabras."

Victoria , con lágrimas en los ojos, sintió que su corazón se quebraba en mil pedazos. Ahora lo entendía. Pedro no la había abandonado, no la había dejado por desamor, sino por un sufrimiento que él, en su desesperación, había preferido esconderle. Con los ojos nublados, siguió leyendo.

A continuación, las palabras que seguirían en la carta se convertirían en la letra de la canción más famosa de Pedro Junco, una despedida escrita con el alma desgarrada:

Nosotros... que fuimos tan sinceros,
que desde que nos vimos amándonos estamos.

Nosotros que del amor hicimos
un sol maravilloso, romance tan divino.

Nosotros... que nos queremos tanto,
debemos separarnos, no me preguntes más.
No es falta de cariño, te quiero con el alma,
te juro que te adoro y en nombre de este amor
y por tu bien te digo adiós...

Esas palabras eran la confesión más pura y más dolorosa de Pedro. Era su manera de decirle que la alejaba no por falta de amor, sino por todo lo contrario, porque su amor era tan grande que no quería verla sufrir. Victoria leyó y releyó esa carta, sintiendo cada palabra como un susurro que llegaba desde la distancia, desde donde Pedro ya no estaba.

Los días siguientes, la carta nunca se separó de su lado. Ella lloró su ausencia, pero entendió, finalmente, el sacrificio que Pedro había hecho por ella. Y en su dolor, aquella carta y la letra que él le había dejado se transformaron en algo más: un legado inmortal. Tiempo después, la canción que surgió de aquellas palabras resonaría en todas partes, en las voces de muchos, pero siempre sería, para ella, un último "te quiero" de su Pedro, un adiós que nunca pudo pronunciar en persona...

COMUNISMO: Testimonio de primera mano de Beata Wojna


 

CONFETI DE LETRAS por Eréndira Ramírez

Pocas veces en la vida puede uno decir que es completamente feliz. 

Casi siempre algo en nosotros mismos o en nuestro derredor está fuera de armonía, pero aun cuando quizá no nos sea suficiente, cada día viene aderezado con su porción de felicidad. A veces en trocitos pequeños, otras en grandes rebanadas. 

Hay ocasiones en que pareciera nos la dosificaran a gotitas. Por escasa que sea, algo de felicidad nos toca en cada nuevo amanecer. Quizá sea bueno guardar un poco para tiempos de sequía, quizá abastecernos la memoria y el corazón de esa felicidad cuando en abundancia nos es servida en la mesa; dejar porciones en conserva, para abrirlas cuando el alma esté hambrienta de percibir la maravillosa sensación que solo la felicidad puede dar. 

Hacer de ella un plato rutinario y no tan solo manjar especial para cenas de gala que ocurren muy pocas veces al año. Tener un ingrediente secreto, que nos haga encontrar en la vida ese quinto sabor, el umami, que realce el ya de por si agradable que tiene la vida y nos haga siempre despertar con el deseo de volverla a probar.

REFLEXIÓN de JCDovala

 La vida no se vuelve cómoda por sí sola 

La vida no se vuelve cómoda por sí sola; somos nosotros quienes aprendemos a caminar con mayor firmeza sobre sus dificultades. Con el tiempo entendemos que no todos los problemas desaparecen, que algunas puertas tardan en abrirse y que ciertos caminos exigen más de nosotros de lo que imaginábamos. Pero precisamente ahí, en aquello que nos reta, se forma el carácter: cada caída nos enseña, cada espera nos fortalece y cada obstáculo superado nos recuerda de cuánto somos capaces.

Quizá el verdadero propósito no sea alcanzar una vida sin dificultades, sino convertirnos en personas capaces de enfrentarlas sin perder la esperanza, la gratitud ni la paz interior. Porque la fortaleza no consiste en que todo salga bien, sino en seguir adelante cuando las circunstancias no son las que esperábamos. Al final, una buena vida no es necesariamente la más cómoda, sino aquella en la que podemos mirar atrás y reconocer que cada esfuerzo, cada sacrificio y cada batalla nos ayudaron a convertirnos en una mejor versión de nosotros mismos.

Y aún en los días más difíciles, recordemos que ninguna etapa dura para siempre. Siempre habrá un nuevo amanecer, una oportunidad distinta y una razón para volver a intentarlo. Sigamos avanzando con fe y confianza, porque muchas veces lo mejor de nuestra historia todavía está por escribirse. Que hoy sea uno de esos días en los que, aun sin tener todas las respuestas, decidamos creer que vienen tiempos mejores. 

domingo, 20 de septiembre de 2026

CONTRALUZ por María del Carmen Maqueo Garza

 AMOR A LO PROPIO

Nadie es patria. Todos lo somos. J.L. Borges

Los ciudadanos percibimos la problemática social. Tal vez la comentemos en un café con los amigos, donde proponemos eventuales soluciones que, por lo general, quedan en eso, en propuestas de café. Algunos cuantos obsesivos, como es mi caso, traemos la problemática dando vueltas en la cabeza, en lenta cocción, y llegado el momento tratamos de desmenuzarla, ya no frente a los contertulios del café sino frente al blanco espacio de la hoja o la pantalla. Volcamos nuestras observaciones y primas inquietudes en un afán de entender.

A últimas fechas surge en distintos puntos la idea de que se vuelve necesaria la participación de alumnos y padres de familia en el mantenimiento y restauración de escuelas. Tenemos frente a nosotros ejemplos como son el sistema escolar japonés, el guatemalteco y de algunos países europeos. México está incluido mediante el programa “La escuela es nuestra”. Aun así, en nuestro país se percibe un malestar generalizado por tener que participar en asuntos que, suele considerarse, corresponden al Estado. Y a este punto quería yo llegar.

Contrario a la actitud ciudadana en Japón o en China, en donde los bienes públicos se respetan y hasta se honran, aquí solemos actuar con indiferencia y en muchas ocasiones con actitudes violentas que los dañan, para perjuicio de la población en conjunto. Vemos las famosas marchas a favor o en contra de alguna causa, muchas de las cuales se acompañan de pintas y daños a infraestructura urbana, tanto de gobierno como de la iniciativa privada. Para ejemplos hay muchos y muy bochornosos, en los que se llega hasta ataques salvajes en contra de propiedad pública y privada.

Detrás de todo ello se percibe una desvinculación de quien ataca frente a lo atacado. No considera que esos bienes públicos sean emanados de la sociedad de la que forma parte, ni se percata de que están allí para ayudar a resolver sus necesidades ciudadanas. Actúa como quien estuviera frente a una mole abstracta y anónima que, por un arranque ideológico del momento, se convierte en su enemiga. No siente que las instituciones emanen de sí mismo, sino que se distancia de ellas, para establecer una brecha emocional y cognitiva. Por cierto, a menor nivel académico, más tendencia a percibir de este modo las instituciones.

Tales pensamientos me remiten a Octavio Paz con su ensayo antropológico “El laberinto de la soledad” que habla de la presencia de dos Méxicos y el concepto de otredad.

A partir de esta disociación entre el ciudadano y la sociedad de la que forma parte, se explican muchos fenómenos expresados de diversas maneras: Tirar basura en la calle o en los afluentes naturales, que se obstruyen, y luego exigir soluciones cuando, en temporada de lluvias, esos canales se desbordan. Sacar a pasear perros sin correa y sin recoger las heces de la vía pública. No respetar un semáforo en rojo, rebasar por la derecha… Todas estas actitudes reflejan la nula empatía con las causas ciudadanas, con los derechos de los demás. Se actúa desde la comodidad personal sin tomar en cuenta que el orden público se da con fines de equidad en el quehacer, y que mis necesidades tienen que someterse a normas y reglamentos para el beneficio de todos.

Para el ciudadano las instituciones oficiales se perciben como lejanas. No se reconoce el beneficio directo de las mismas en la vida ordinaria. Muchos de nosotros no nos sentimos identificados con ellas, lo que genera poco o nulo respeto y escaso reconocimiento. Vemos las normas como arbitrarias, de manera que no dudamos en desacatarlas, máxime cuando, dentro de esas mismas instituciones, percibimos tantos casos de irrespeto hacia lo que la ley mandata.

Nos está faltando entusiasmo ciudadano para participar en cuestiones que lleven a mejorar el estado de cosas de la nación. Desde detalles tan simples como no tirar basura en la vía pública o respetar las normas de tráfico, hasta desempeñar un trabajo honesto y puntual, para satisfacción propia y ejemplo de nuestros hijos. Ya basta de escatimarle esfuerzos a lo que constituye el beneficio colectivo y que, si todos participáramos activamente en este, el cambio como nación sería sustancial.

Ahora que se van a revisar programas de educación con miras a subsanar las fallas detectadas por el examen PISA, sería muy conveniente incluir lo relativo a Civismo que tanta falta hace en las aulas. Aunque, ciertamente, la formación cívica comienza en el hogar, más que con discursos, con el contundente ejemplo de los padres.

El amor, en este caso a la patria, se observa con escepticismo y hasta se ridiculiza, en tanto la violencia se impone frente al más simple conflicto ciudadano. Pregunto entonces, ¿no será tiempo de empezar a enfocar las cosas de otro modo?

CARTÓN de Luy


 

CRÓNICAS DE UN DON NADIE por Luis Toraya

Madre soltera

10/sep/2026

En la arquitectura silenciosa de la célula, el óvulo no busca el movimiento; es el territorio que aguarda. 

Carga en su interior el citoplasma, la reserva nutriente y el pulso ininterrumpido de las mitocondrias que aseguran la energía del porvenir. Su misión biológica es contener y sostener. 

Pero cuando la estructura familiar se quiebra y la mujer queda a solas frente al horizonte, ese refugio primigenio no tiene más remedio que ensancharse hasta ocupar el lugar de dos.

No hay grandilocuencia en la rutina de una madre que cría en soledad; hay, más bien, una geometría exacta del sacrificio.

Está la cocina encendida a las cinco de la mañana, cuando la casa todavía es sombra y el humo del café dibuja una tregua mínima antes de salir al mundo. Está la doble brega: la que aguarda en la calle para ganar la harina y el techo, y la que espera de vuelta en casa para amasar el amparo. 

Biológicamente, ella porta el ancla; ante la ausencia del otro polo, aprende también a ser el viento, el pan y la brújula.

El brazo que consuela la fiebre a medianoche es el mismo que, pocas horas después, firma la factura del día y sostiene el peso del mundo en la puerta de la escuela. La madre que cría sola absorbe los silencios del hogar y los convierte en certeza. No se trata de una transformación violenta, sino de un desdoblamiento sordo: la trinchera donde antes custodiaban dos queda en manos de una sola combatiente, cuya única tregua es la constancia.

Con los años, en el murmullo de las tareas menudas —el trazo en la libreta, la duda resuelta bajo la luz amarilla del comedor, el tintineo de las llaves al abrir la tarde—, el universo del niño recupera su eje. La ausencia deja de ser una grieta para transformarse en el testimonio vivo de que el afecto no precisa de un manual para sostener la vida.

Y cuando los hijos finalmente parten y el horizonte se ensancha, no hay fanfarrias ni monumentos. Queda solo la mirada limpia del adulto que un día fue niño en esa casa de un solo pilar: la serena convicción de que la luz, cuando es pura, jamás ha necesitado dos velas para iluminar la sombra.

® 2026. Dr. Luis Mariano Toraya Lara. Todos los derechos reservados.

CARTAS A MÍ MISMO por Carlos Sosa

Buen día

Hay amaneceres que no solo anuncian que la noche terminó; nos recuerdan que todavía tenemos tiempo.

El sol aparece lentamente, incendiando el horizonte, mientras un ave lo atraviesa sin llevar equipaje, sin preguntarse cuánto durará el viaje. Simplemente abre sus alas y continúa.

Quizá eso signifique decir “buen día”: no afirmar que todo estará bien, sino reconocer que frente a nosotros vuelve a abrirse una oportunidad.

Cada amanecer es una página que la vida nos entrega en blanco. Lo de ayer ya quedó escrito; lo de mañana todavía no existe. Hoy tenemos la pluma.

Buen día.

Que encuentres tu horizonte, abras las alas y recuerdes que, mientras vuelva a amanecer, siempre habrá una razón para intentarlo una vez más...

Neurociencias aplicadas con Ana Ibáñez


 Hay que ver la parte de preguntas y respuestas. ¡También hay grandes enseñanzas en ese segmento!

CONFETI DE LETRAS por Eréndira Ramírez

Conforme se van viviendo fracaso o sinsabores, uno va adoptando la costumbre de perder la fe que le resultaba inspiradora para vencer retos, para lanzarse por ideales. 

No creo en la amistad, no creo en el amor, no creo en el matrimonio, no creo en nada ni en nadie. un "no creo" que nos va debilitando y nos va haciendo perder la fe hasta en nosotros mismos. Como si vivir significara lograrlo todo, como si se nos hubiera prometido que veníamos a un paraíso terrenal. 

Madurar es dejar de creer en fantasías, pero no implica el que tengamos que renunciar a fabricarlas, madurar no significa convertirnos en acumuladores de amargura, con todo y lo que el mundo nos defrauda. Siempre hay maravillas que nos reconcilian con él, no es justo para nadie convertirlo en un espectáculo gris, en oscura senda que no vale la pena recorrer. 

No se puede evitar dejar de creer, pero se debe ser capaz de recuperar la fe, lo que hoy es, mañana no será, y lo que no ha sido hasta hoy, puede que sea mañana. 

En esta vida hay que creer, porque bien claro está que la única certeza que podemos tener, es que por este mundo solo pasamos una vez y recorrerlo sin fe es recorrer un desierto en el que nunca hubo un oasis.

REFLEXIÓN de JCDovala

Siempre amanece

Siempre amanece. Incluso después de esas noches que parecen no terminar, cuando el silencio pesa y el camino se vuelve incierto, el horizonte acaba por encenderse. La oscuridad tiene una forma particular de convencernos de que será eterna, pero nunca lo es. El amanecer no borra lo vivido ni devuelve aquello que perdimos; simplemente nos recuerda que la vida continúa abriendo posibilidades donde creíamos que ya no quedaba ninguna. Tal vez por eso la esperanza no consiste en negar la noche, sino en atravesarla con la certeza de que ninguna sombra tiene el poder de detener para siempre la llegada de la luz.

Siempre amanece, aunque a veces la claridad tarde en llegar también dentro de nosotros. Hay días en los que avanzar significa conquistar grandes sueños y otros en los que basta con levantarse, respirar y volver a intentarlo. Con los años comprendemos que muchas de las noches que alguna vez temimos terminaron enseñándonos a reconocer mejor la luz. Porque vivir también es aprender a despedirse, reconstruirse, esperar y comenzar de nuevo. Y mientras exista un mañana, habrá una oportunidad para hacerlo distinto, para sanar lo pendiente y para volver a creer. Después de todo, quizá una de las certezas más sencillas y profundas de la existencia sea esta: por larga que parezca la noche, siempre amanece. 

domingo, 13 de septiembre de 2026

CONTRALUZ por María del Carmen Maqueo Garza

 RELACIÓN EDUCACIÓN Y FELICIDAD

Preocupante noticia de la semana que termina son los bajos resultados de México en la prueba PISA. Los niveles de comprensión lectora y matemáticas disminuyeron, en tanto hubo un ligero incremento en ciencias, que de ninguna manera nos permite solazarnos por los resultados globales. Son malos y no podemos quedarnos de brazos cruzados.

Han surgido análisis sesudos de expertos en la materia a través de diversos medios noticiosos. Tuve oportunidad de escuchar el mensaje de Aurelio Nuño, ex secretario de Educación, quien interpreta los pobres resultados en el examen como un colapso en la educación. Fundamenta su opinión en factores como la reducción de becas a estudiantes, desaparición de escuelas de tiempo completo, disminución en la calidad del material educativo, en particular los libros de texto gratuito, y el haber regresado el control de la base magisterial a los líderes sindicales. Y por el mismo orden diversos líderes de opinión hablan de cómo la prueba PISA refleja el estado de cosas en la educación. Hay sin embargo otro aspecto que no encuentro revisado hasta ahora, y en el que quiero hacer énfasis:

En alguna charla de café me insistía un convencido de la 4T en que la trigonometría no tiene usos prácticos, y que daba igual incluir que suprimir esa materia de la currícula escolar. Considero, por mi parte, que, aunque el estudiante de nivel medio no vaya a seguir una carrera relacionada con las matemáticas, el desarrollo del pensamiento lógico matemático que proporciona el estudio de materias afines tiene una utilidad en la vida diaria. Nos permite analizar los diversos problemas que enfrentamos siguiendo un orden lógico, entender cómo surgieron y con qué elementos contamos para resolverlos. Tal vez la mayoría de nosotros no percibamos el beneficio que representan las matemáticas en nuestra toma de decisiones cotidiana, pero en definitiva existe.

Algo similar sucede con la rama de ciencias. Aunque mejoramos un poquitín, aun así, salimos bajos en relación al resto de los países convocados por la OCDE. Hay algo muy simple, que tal vez yo, de formación científica, tenga muy en claro: Aprender sobre el mundo que nos rodea nos permite apreciarlo de otra manera. Profundizar para entender la formación de un nuevo ser genera en nosotros respeto por la vida en todas sus formas; sumergirnos en el mundo de las abejas para entender por qué es crucial su papel en la base de cualquier ecosistema nos llama a cuidar nuestro entorno. Visualizar bajo el microscopio la extraordinaria comunicación neuroquímica que se da entre dos neuronas cuando aprendemos algo nuevo nos convence de mejorar nuestro aprendizaje.

En cuanto a comprensión lectora hallé un concepto enorme en valor, que reza así: “La comprensión lectora sirve para entender que detrás de cada palabra hay un mundo”. Interpretar con claridad lo que leemos nos facilita las tareas de la vida cotidiana, como entender instrucciones de un dispositivo o de una aplicación; facilita conocer un contrato de trabajo o una hipoteca antes de firmar. La comprensión lectora nos transporta a otros mundos a través de la literatura. En sus líneas aprendemos sobre empatía y desarrollamos mejores modos de ser y de vivir.

Entonces, aprender acerca de funciones trigonométricas, o de la bomba sodio-potasio en la contractilidad muscular, no es ocioso. Entender los principios que mandata nuestra Constitución, o descubrir las maravillas que contiene la poesía de Becquer o de Gioconda Belli, de ninguna manera son adquisiciones elitistas ni vanas ni ridículas. Son conocimientos que permiten ampliar el disfrute de una vida buena, segura y productiva, con certeza jurídica, y además feliz.

Encontré la referencia de un metaanálisis llevado a cabo por investigadores chinos en el 2025 y publicado en la revista “Frontiers” que confirma la relación que hay entre educación y bienestar subjetivo. Además de un par de reportes norteamericanos en las revistas Springer y Science Direct, que dan cuenta de algo similar, la estrecha relación que hay entre el nivel de preparación académica y el logro de una felicidad eudemónica, esto es, la que se halla asociada a la gratitud, la generosidad y una elevada autoestima.

Con lo anterior podemos afirmar que la educación impacta directamente en el desarrollo de una óptima inteligencia emocional.

Queda al aire una serie de preguntas: ¿Qué tanta relación tendrá en nuestro país la baja reportada en índices de escolaridad con el incremento en problemas de angustia y depresión en adolescentes y jóvenes? Independientemente del logro de herramientas para una mejor vida que proporciona la educación. ¿Hasta dónde el aprender más acerca del mundo que nos rodea y de nosotros mismos es clave para una vida más dichosa? Al tiempo…

CARTÓN de LUY

 


CRÓNICAS DE UN DON NADIE por Luis Toraya

 Espacios muertos

8/sep/2026

Estoy sentado en una silla de plástico gris, en un aeropuerto que podría ser cualquier lugar y que, por lo mismo, no es ninguno.

No hay ventanas. Solo una luz blanca y tubular que ignora los atardeceres. Aquí el tiempo no transcurre: se acumula como una capa fina de polvo sobre las esquinas.

Miro a los transeúntes y compruebo que no veo personas, sino reflejos de mi propia ausencia. Somos partículas en la pantalla de un radar; puntos que se cruzan, parpadean y se disuelven sin dejar huella en el aire. Es una presión seca en el centro del pecho, distinta a la tristeza. Es la certeza exacta de estar desenchufado de mi propia vida.

Voy al sanitario, que es compartido y a nadie parece importarle. Nada conserva mi rastro. El espejo del baño está demasiado limpio; no guarda el vaho de mis mañanas anteriores ni reconoce la mirada con la que me busco. En casa, en cambio, las cosas me recuerdan quién soy: el lomo desgastado de los libros, la mancha circular en la mesa, el peso familiar del llavero en el bolsillo.

De nuevo en la sala de espera, me miro las manos mientras sostengo un café de franquicia en un vaso de cartón. Parecen las manos de un extraño. Por un segundo olvido hacia dónde me dirijo y lo peor —o lo más liberador— es que da igual. Detrás del mostrador, el barista sigue marcando vasos con un automatismo indiferente a las personas.

Quizá sea esto la libertad: la suspensión momentánea de toda historia. Nadie, en estos lugares, conoce los compromisos de mi nombre ni las expectativas que dejé al otro lado. Durante unas horas no le debo cuentas al pasado; soy tan solo la serie numérica de un billete de paso.

Pero la levedad tiene su cobro. Al dejar de pertenecer a un punto geográfico, uno empieza a desdibujarse por los bordes. Quien se demora demasiado en un espacio muerto termina por convertirse en uno: un pasillo de tránsito donde todo circula y nada echa raíces.

Miro el equipaje junto a mis pies: la última ancla. Dentro viaja mi ropa usada, mi desorden habitual, los restos de la persona que tendré que volver a ser en cuanto cruce la puerta de mi casa. Fuera de esa caja de tela, la megafonía convoca a un vuelo con una voz sintética que no espera respuesta.

Ajusto el agarre del asa metálica. Me levanto y me integro, en silencio, al flujo de gente que camina hacia la puerta de embarque.

® 2026. Dr. Luis Mariano Toraya Lara. Todos los derechos reservados.

CARTAS A MÍ MISMO por Carlos Sosa

El respiro antes del monstruo

Hay un momento sagrado que me pertenece, un paréntesis que no está en ninguna agenda ni protocolo institucional. Es justo antes de salir de casa, cuando la ciudad todavía bosteza y la urgencia aún no me reclama. Salgo al jardín trasero —mi pequeña trinchera privada— con una taza humeante de café entre las manos.

Desde ahí, veo cómo la ciudad se va despertando a lo lejos, gris y temblorosa como si no quisiera admitir que ya es hora. Y más allá, imponente y callado, el volcán observa todo sin intervenir. El cielo empieza a incendiarse desde el horizonte y por un instante me permito creer que ese espectáculo es solo para mí. Como si el mundo supiera que lo voy a necesitar, como si la naturaleza me ofreciera un último sorbo de paz antes del combate.

En ese respiro no hay pacientes, ni reclamos, ni camillas cruzando en estampida. No hay oxígeno que se acaba, ni computadoras congeladas, ni jefes que llaman para “solo una cosita rápida”. Solo estoy yo, un hombre con café, frente al telón más hermoso que puede tener una vida con urgencias.

Y entonces, cuando el café llega al final y el sol ya se trepó al cielo como un reloj sin clemencia, sé que es hora. Apuro el último trago, me despido del silencio y me lanzo de nuevo al monstruo. Ese que me espera con bisturís, con listas eternas, con vidas colgando de minutos y decisiones.

Pero yo ya fui al jardín. Ya vi el volcán. Ya respiré...



¿Qué les están haciendo las redes sociales a nuestros hijos? CHARLA con Jonathan Haidt


Es una charla más larga de las que habitualmente subo, pero vale la pena verla completa. Sobre todo para padres de hijos pequeños o jóvenes.

CONFETI DE LETRAS por Eréndira Ramírez

Hay ocasiones en que no sabemos que fue lo que nos llevó a determinada situación. Seguimos el hilo de los acontecimientos y en un buen número de ocasiones no nos lleva a lo que originó aquello que vivimos en el presente. Con frecuencia utilizamos la frase de "una cosa llevó a la otra", lo que no precisamos es que fue la primera cosa, o de donde se originó la que inició todo, porque esa que pareciera la primera también tuvo un fuente de donde provino. Así pues, queda impreciso en este vertiginoso suceder, que fue o de dónde nació la primera "cosa" que vino a terminar en lo que ahora estamos viviendo.

Buena o mala la "cosa", a veces circunstancial, o provocada por nuestras actitudes, a voluntad o inconscientemente nos cambiará la vida en uno u otro sentido, a veces llevándonos por más tiempo del que deseáramos por un camino equivocado, o por el contrario a la certidumbre, a la satisfacción de haber tomado decisiones correctas, de haber estado en el lado iluminado de la luna, de haber corrido con suerte, en la cual sigo creyendo. 

Una cosa lleva a la otra, y se sucede así la vida, la intención entonces debe ser que aquellas "cosas" que están al alcance de nuestra voluntad, de nuestras posibilidades y nuestra conciencia, sean positivas, tratando de provocar con ello una cadena de efectos benéficos en nuestra existencia, en la de nuestras amistades, familia, en nuestra sociedad. 

No podremos abstraernos de que sucedan "cosas" malas, pero sí tenemos la facultad de provocar que ocurran "cosas" buenas y que sea entonces cuando la frase de "una cosa llevó a la otra" nos dibuje una sonrisa en los labios y nos inunde de paz el corazón.