domingo, 16 de agosto de 2026

CONTRALUZ por María del Carmen Maqueo Garza

 META EN COMÚN

Sin lugar a duda uno de los mayores problemas de nuestros tiempos es la soledad. La expansión urbana y la inseguridad nos han llevado a frenar la movilidad dentro de las poblaciones. Los tiempos en que niños y jóvenes podían permanecer fuera de casa sin riesgo alguno son cosa del pasado. Todo ello nos conduce a un aislamiento físico, que se salva únicamente por las relaciones que podemos establecer en los centros escolares o laborales, pero nada más. Por supuesto que dos instituciones cobran especial relevancia: la familia y la iglesia, tanto una como otra consiguen amalgamar las necesidades y los intereses de sus miembros, pero no siempre es suficiente para el espíritu.

Lo anterior nos ha llevado a construir otro tipo de espacios en los que podamos convivir e intercambiar lo propio. Tendremos fiestas ocasionales que cubran en parte esa necesidad, pero sigue habiendo huecos que no encontramos cómo llenar, lo que lleva a idear otras alternativas.

Un punto clave en el desarrollo de empatía es lo que se denomina “otredad”, término que he abordado por aquí en un par de ocasiones. Es la actitud de identidad con los demás que nos permite, entre otras cosas, crear lazos permanentes en la sociedad. A diferencia de la tolerancia, que implica que yo sostengo mi forma de ser y estoy dispuesto a convivir con cómo es el otro, la otredad es meterme en la piel de una persona para interpretar las cosas del modo como lo hace. Un método excelente para el desarrollo de este concepto es la lectura, muy en particular de obras de ficción, a partir de cuyos personajes podemos entrar en la piel de quienes piensan o actúan muy distinto a como nosotros lo hacemos, para zambullirnos en su mundo, sus expectativas y limitaciones, hasta poder compenetrarnos. La lectura en solitario llega a ser adictiva, sin embargo, para muchos no es la mejor opción. Buscar un grupo con el cual hacernos acompañar en nuestras lecturas, es una propuesta refrescante, que deja grandes enseñanzas.

En Piedras Negras existen varios clubes de lectura que funcionan desde tiempo atrás. Alguno de ellos asociado a un movimiento de la iglesia católica; otros independientes. La dinámica suele ser similar: reunirse periódicamente, marcar un libro para leer en el período entre reuniones, y en su momento comentarlo entre todos. Pensé en armar un grupo de lectura con un giro distinto en varios aspectos: no tendríamos que leer una misma obra; privilegiaríamos la lectura del libro impreso sobre el electrónico, evitando sin embargo el gasto de comprar un libro, cuyo costo en no pocas ocasiones rebasa el monto correspondiente al salario mínimo diario de esta región del país. Entonces, para evitar hacer el gasto de comprar un libro, creamos un fondo revolvente a partir de donaciones.  Los participantes pueden llevar a casa un libro para leerlo y regresarlo más delante. La idea original prendió, y el fondo revolvente ha ido creciendo con aportaciones de varios miembros que facilitan libros de su propiedad para disfrute de sus compañeros. Así nació “Tercer Espacio”.

Para nuestras reuniones mensuales se anotan quienes desean participar comentando un libro a partir de un formato en el cual se destaca la información del autor, nombre de la obra, contenidos, reflexiones, vocabulario nuevo y recomendaciones para futuras lecturas. Esos formatos se van integrando a una biblioteca virtual de acceso público.

En la semana que concluye realizamos nuestra cuarta sesión mensual. El grupo ya comienza a sentirse sólido, muy participativo, con sugerencias de gran utilidad para ir integrando a nuestras tareas.

La reflexión última con la que me quedo hoy es la de que una forma de combatir la soledad es integrándonos a un grupo que tenga intereses similares a los propios. Establecer metas en común e ir cumpliéndolas dota al grupo de cohesión y da un sentido de identidad.  Nos regala a cada miembro una forma de evitar la soledad; por el contrario, trabajamos en conjunto a favor de propósitos que van más allá del interés personal, y que nos permiten trascender.

Me inquieta la abundancia de jóvenes con la mirada fija en una pantalla electrónica. Metidos en una cápsula que les aísla del entorno, de la que no parecen estar dispuestos a salir. Como si ahí encontraran una forma de elegir los contenidos que impactan sus sentidos, muy al contrario de la realidad “real” con sus altibajos, y lo que implica comunicarnos con alguien que piensa, siente y actúa en una sintonía distinta a la nuestra, y con la que no siempre nos ponemos de acuerdo. Ello puede generar conflicto, y tal vez hasta violencia.

Un grupo con intereses afines y una tarea común es una excelente manera de convivir, construir y trascender, y no se diga de divertirnos juntos y pasar una tarde inolvidable.

CARTÓN de LUY


 

CRÓNICAS DE UN DON NADIE por Luis Toraya

 Tres años de silencio

15/ago/2026

Cada 15 de agosto, mientras la ciudad celebra allá afuera el día de la Asunción, el tiempo en esta casa se detiene.

Tres años sin ti. Tres años habitando este silencio de cristal que todavía cruje en los pasillos. Un trienio entero aprendiendo a descifrar la vida y a caminar por un mundo que no es mío.

Durante tres décadas, la hoja en blanco me pareció un territorio lejano; la palabra hablada nos pertenecía cada noche para contarnos el día.

Hoy no me queda más que hablarte con la voz de la pluma. Y a veces me pregunto cómo seguir contando historias si la protagonista de la mía cerró el libro antes de tiempo.

Extraño la luz de tus madrugadas. Tú perdida en tus series coreanas y yo, en relatos de un pasado distante. Me hace falta esa forma tuya de interrumpir mi lectura: apenas un gesto sutil, una mirada con picardía que no pedía nada más que encontrarnos en silencio. Eso bastaba. Eso ponía en orden todo mi universo.

Pero no te has ido del todo. Te quedaste en las amarras que tejiste con tanto amor: en la solidez de nuestros hijos y en la risa fresca, casi milagrosa, de nuestra nieta. ¡Si la vieras ahora!, no te despegarías de ella ni por un segundo. Cuando la miro a los ojos, te veo a ti. Encuentro tus destellos intactos en sus gestos y comprendo que nada de lo que construimos se perdió en la sombra.

No miro hacia atrás con las manos vacías. No eres un recuerdo inmóvil en un altar, sino este pulso que me late en las manos, la tinta con la que intento alcanzarte y el calor de la familia que dejaste en pie.

Hoy no te hablo en vano. Lo hago en la penumbra de la noche, miro el camino que andamos juntos y te digo con el alma en la punta de la pluma:

Gracias, Vero. Mi historia sigue teniendo tu voz.

® 2026. Dr. Luis Mariano Toraya Lara. Todos los derechos reservados.

CARTAS A MÍ MISMO por Carlos Sosa

Carpe diem: la vida sucede hoy

Hace más de dos mil años, el poeta romano Horacio escribió carpe diem, una expresión que solemos traducir como “aprovecha el día”. Pero quizá su sentido sea todavía más hermoso: cosecha el día, toma de él lo que hoy puede darte, porque mañana sigue siendo apenas una promesa.

Y aunque hayan pasado siglos, seguimos necesitando que alguien nos lo recuerde.

Vivimos corriendo detrás del mañana: esperando las vacaciones, el momento perfecto, tener más tiempo, menos problemas, unos kilos menos o un poco más de dinero… mientras la vida, silenciosa y testaruda, continúa pasando frente a nosotros.

Carpe diem no significa vivir sin pensar en las consecuencias ni lanzarnos al vacío. Significa estar presentes. Tomarnos ese café sin mirar el reloj, contemplar un amanecer como si fuera el primero, decir “te quiero” mientras todavía podemos hacerlo, abrazar sin prisas y agradecer incluso esos pequeños instantes que parecen insignificantes… hasta que un día los extrañamos.

Porque al final quizá la vida no se mida por los años que acumulamos, sino por aquellos momentos en los que realmente estuvimos vivos.

El ayer ya cerró su puerta.

El mañana todavía no tiene llave.

Pero hoy está aquí.

Así que camina, ama, ríe, contempla, equivócate y vuelve a intentarlo.

Carpe diem… cosecha este día.

Puede que entre sus pequeñas horas esté escondido uno de los mejores momentos de tu vida...

CHARLA: La gratitud en el amor con Efrén Martínez

 


CONFETI DE LETRAS por Eréndira Ramírez

No siempre ocurre lo que esperábamos, no siempre las cosas se resuelven de la manera como lo habíamos contemplado, no nos salen como lo planeamos o nos lo habían pintado. A veces nuestras expectativas son tan altas que no damos crédito a lo que nos está sucediendo, ya sentíamos que habíamos pasado el peor trance y que encontrábamos la salida a la luz, cuando nos vemos otra vez en un largo túnel que parece no tener fin. Estábamos preparados para una tregua en la ardua lucha en la que la vida nos había posicionado y de nuevo nos vemos forzados a enfrentar enemigos que creíamos derrotados.

Invadidos por el miedo, la depresión, agotados los recursos de fe y esperanza que sentíamos haber invertido en nuestra gran empresa contra la adversidad, otra vez estamos en medio del combate y sintiendo que no es justo, que no es posible, y que esta vez ya es demasiado

Debíamos volver a casa a continuar la vida, y se nos dice que no hay tregua y que quizá ahora viene algo todavía mas difícil de enfrentar. Desgarrada el alma, hecha trizas la voluntad, tendremos que echar mano de lo que ni nosotros mismos imaginamos poseer.

A renovar las fuerzas, el espíritu, a llenar las arcas de nuevo de esperanzas, a buscar voluntad valiéndonos de incentivos como la familia, el cariño de nuestra gente, sabernos queridos y necesarios es quizá la mejor forma de volvernos a incorporar, a ponernos de nuevo en pie de lucha.

Tenemos vida, momentáneamente maltrecha, pero vida al fin, y podemos de nuevo salir victoriosos. Tenemos como humanos la capacidad de reinventarnos, de renovarnos, de sacar fuerzas de flaqueza, tenemos la fe, muchos de nosotros en Dios, otros en la vida misma, y si la fe mueve montañas, asimismo moverá a nuestra alma haciéndola levantarse para continuar la vida, esta vida que si no nos ha sido siempre fácil, es todavía promesa de muchas cosas bellas por vivir.

Toma un minuto, recupera fuerzas y vámonos al siguiente round, esta pelea seguro la ganas por K.O.

POESÍA JOVEN de Héctor Rivero

En vano

Todos los días
saludábamos a Google Earth.
Nosotros también teníamos
un amor lejano
que se posaba en el cielo.

Google nunca nos vio.
Nadie nos vio.

Saludamos muchas veces el terciopelo azul
hasta que alguien nos dijo que era en vano.
Entonces regresamos a la cápsula:
pequeño planeta inalcanzable
para recordar que el mundo
está demasiado lejos.

Héctor Rivero (Matanzas, Cuba, 1990-)

Tomado de periodicodepoesia UNAM, agosto 2026

domingo, 9 de agosto de 2026

CONTRALUZ por María del Carmen Maqueo Garza

 HACIA DÓNDE VAMOS

Conforme más avanza en tiempo este tercer milenio, más necesaria se vuelve la lectura de determinados clásicos de la literatura universal. En esta ocasión me refiero a tres novelas distópicas, todas ellas escritas hace menos de cien años, pero que por su contundencia entran ya en la categoría de “Clásicos”.

Hay noticias que señalan que grandes corporativos de primer mundo están adquiriendo ejemplares cuyos derechos de propiedad intelectual han caducado, para integrarlos como parte de la IA. Me imagino esta como un monstruo con las fauces abiertas devorando exorbitantes cantidades de palabras en cada milisegundo. El interés oculto detrás de estos corporativos es extinguir la obra original para transformarla en bases de datos de acceso controlado. De aquí, no es difícil imaginar, que vengan rediseños a modo de obras literarias cuyo surgimiento representó grandes avances para la humanidad.

Hay tres libros que se entrelazan en este nodo temporal: El más representativo, me parece, es Fahrenheit 451 de Ray Bradburry. Fue publicado en 1953, cuando la tecnología digital tal vez ni siquiera existía en germen en la mente de los ingenieros más adelantados. Sin embargo, el escritor de formación autodidacta pudo concebir lo que podría pasar en una sociedad en la que el acceso a los libros fuera prohibido, y cuál sería la forma en que unos cuantos trabajaran por impedir esa desmemoria. Lo habré leído por primera vez a los trece o catorce años, y aquello de un mundo en el que las autoridades trabajaran por eliminar los libros me parecía hasta ridículo. ¡Pero cuánta razón tenía Bradburry! A más de cincuenta años de mi abordaje adolescente a la obra me topo con la distorsión de la información en los medios formales y la incitación a privilegiar las plataformas digitales instantáneas sobre la solidez de la palabra escrita. Estos fenómenos vienen confirmando la hipótesis de Bradburry.

Una segunda obra, es “Un mundo feliz”, publicada por Aldous Huxley en 1932. Su título nos atrapa desde el primer momento: La historia sucede en una sociedad organizada en categorías bajo la omnisciente mirada de un régimen gobernante que se encarga de mantener todo en el mismo orden. Los nacidos bajo el sistema han perdido la capacidad de reflexionar o cuestionarse el porqué de las cosas. Todo es como es y nada más. La pasan bien, con niveles constantes de una sustancia denominada “soma”, que se me antoja comparar con la dopamina de nuestros tiempos, que los lleva a un estado virtual de hibernación, en el que pasan la vida. Los líderes no tienen problema para modificar las grandes obras literarias como las escritas por Shakespeare, ante la pasividad de la población. Hasta que surge un conflicto encabezado por John, personaje que aún pudo nacer en forma natural en una reserva de pobladores originales y las cosas, venturosamente, apuntan hacia un cambio.

Finalmente está “1984” de George Orwell, publicada en 1949. Nos retrata una dictadura a partir del sometimiento y la censura. En oposición al mundo de Huxley, aquí surge la figura del Gran Hermano, después tan popularizada de mil maneras en la televisión. Este personaje vigila, señala y sanciona a quienes desobedezcan las leyes impuestas por la cúpula gobernante. Por cierto, en este sistema vertical, la verdad se oculta de manera sistemática.

Lo que se busca imponer en el tercer milenio, mediante la extinción de obras literarias originales, sugiere una secuela de los tres libros citados, imaginando las consecuencias de contenidos devorados por un sistema cibernético que los va a digerir, desnaturalizar o sintetizar de otra manera, privando así a las futuras generaciones de los elementos críticos que dibujan las condiciones que nos han traído hasta este punto donde ahora estamos. No se trata simplemente de economía ambiental o reciclaje. Detrás de ello se avizoran sombras que se adivinan perversas, cuyas intenciones son mutilar o reescribir la historia de la humanidad.

Cierto, en cuestión de verdades históricas nadie tiene la última palabra. Digamos que cuatro personas observan un pleito callejero, cada una desde uno de los cuatro puntos cardinales. La versión del ubicado en el norte será muy distinta a quien observa desde el punto sur. Algo similar sucede con los observadores hacia este y oeste. Las cuatro versiones van a ser muy distintas y ninguno puede hablar de poseer la verdad última del pleito y su desenlace. En ello radica la riqueza de la literatura, cada uno de los testigos presentará su relato, y corresponde únicamente al lector decantarse por la versión o la combinación de versiones que más le parezca. Para conseguirlo necesita contar con la libertad de leer y cotejar.

No exenta de temor me pregunto hacia dónde vamos. Y usted, fino lector, ¿qué opina?

CARTÓN de LUY


 

CRÓNICAS DE UN DON NADIE por Luis Toraya

Cinema en Hecelchakán

En el corazón de la sabana, ahí donde el Camino Real se detiene a descansar bajo la sombra de la Plaza Noh Beh, el cine no fue solo un edificio; fue el sueño colectivo de un pueblo que aprendió a mirar el mundo a través de un haz de luz.

Antes de que los muros de concreto se alzaran frente al parque, la magia ya habitaba en el exconvento.

En la Normal Rural, el cine llegó con aroma a tiza y esperanza.
Eran los años treinta del siglo pasado, y bajo la mirada de los maestros rurales, el proyector de 16mm se convertía en un faro pedagógico.

Aquellas primeras imágenes en blanco y negro, que hablaban de higiene y de surcos, eran el preludio de algo más grande: el arte de la cinematografía.

Cuando el cine comercial finalmente se estableció, en Hecelchakán encontró su refugio.

El edificio se levantó desafiante viendo de frente a la iglesia, como si la fe y la fantasía hubieran decidido ser vecinas para siempre.

Ir al cine era un ritual que comenzaba mucho antes de que se apagara la luz.
Unos días antes de la función, era todo un espectáculo ver a Nan Caballito manejar con maestría el pincel que daría vida al anuncio publicitario.

El día de la función, se escuchaba el sonido de los rollos de película llegando en el tren, el traqueteo de los estuches de metal traían consigo el eco de la Ciudad de México.

El domingo, después de la misa, el pueblo mudaba de piel. Incluso los estudiantes de la Normal, con la nostalgia de sus hogares a cuestas, se juntaban con las familias locales en la fila de la luneta.

Allí, bajo el techo altísimo que amplificaba los suspiros, el tiempo se detenía.

El cácaro, oculto en su cabina, encendía el arco de carbón y el milagro ocurría.

El aire se llenaba del olor a palomitas, pepitas y cacahuates, mientras en la pantalla, las sombras de Pedro Infante o Cantinflas daban sentido a nuestras propias alegrías y penas.

Era frecuente que a mitad de la cinta, llegaba el intermedio forzado. Los gritos al unisóno de los espectadores no se hacían esperar. —¡Cácaro¡— gritaban, acompañado de palabras malsonantes. Cuando la película reanudaba, lo hacía de golpe y de inmediato regresábamos a la atención.

Otros, aprovechaban el momento para salir a la plaza, de sentir el fresco de la noche y comprar un dulce regional a las puertas de la entrada principal. Aún saboreo las delicias curtidas en el paladar de la memoria.

Habiá funciones de "segunda corrida", con cintas rayadas por el uso, donde la "lluvia" de la imagen parecía recordarnos que la perfección no era necesaria para la belleza.

Si la cinta se rompía, el abucheo no era un reclamo, sino un acto de amor herido, una molestia que se volvió rutina y parte de nuestra historia.

Hoy, el cine de Hecelchakán vive en una dimensión distinta.

El progreso, con su paso indiferente, trajo pantallas más pequeñas y silencios más largos.

Quien camina hoy por la Plaza Noh Beh y cierra los ojos, aún puede escuchar el tableteo del proyector compitiendo con el canto de los pájaros.

El cine en Hecelchakán fue la ventana que nos permitió ser otros sin dejar de ser nosotros mismos.

Fue el lugar donde el hijo del campesino y el futuro maestro compartieron la misma lágrima.

No eran solo películas; era la confirmación de que, en este rincón del mundo, también teníamos derecho a la eternidad, aunque solo durara dos horas la función.

En los archivos del recuerdo de Hecelchakán, el proyector sigue encendido, esperando a que alguien, con la memoria clara, decida volver a sentarse en la oscuridad para ver pasar la historia una vez más.

® 2026. Dr. Luis Mariano Toraya Lara. Todos los derechos reservados.

CARTAS A MÍ MISMO por Carlos Sosa

Caminar junto a tu ausencia

El sábado 21 de enero de 2023, Carmen, mi madre, terminó en el hospital. Todo empezó con un cansancio que fue creciendo poco a poco, como si el cuerpo le dijera que ya no daba más. El asunto se complicó después de una caída tonta que le dejó una fractura vertebral. Fue como si la vida le pegara un cachetazo de esos que no te esperás.

Verla ingresar me dejó de una pieza, hecho polvo, pero con una chispa de esperanza. Confiaba en que la ciencia haría su magia y que volveríamos a sentarnos juntos a disfrutar de esas puestas de sol que tanto nos gustan.

Pero la muerte, siempre caprichosa, tenía otros planes. No importaba cuánto tratáramos de espantarla, se acercaba implacable, montada en su corcel negro, como un presagio sombrío que anunciaba lo inevitable.

Dos días después de su ingreso, la situación se tornó sombría. Yo lo sabía en lo más profundo de mi ser, porque soy médico y entendía con amarga claridad que no había retorno. Mientras el resto de la familia seguía aferrándose a la ilusión de llevarla de vuelta a casa, yo, al pie de su cama, por primera vez en mi vida, maldije mi profesión. Esa ciencia fría y racional me despojaba de lo que a los demás les sobraba: esperanza.

Me sentía atrapado entre el conocimiento y el deseo de ignorarlo, deseando, aunque fuera solo por un instante, no entender lo que pasaba frente a mis ojos.

El 26 de enero de 2023, la fibrosis pulmonar había invadido por completo sus pulmones, como una sombra que no se puede detener. Los dispositivos de oxigenación no invasiva ya no lograban mantener los niveles básicos para sostener su vida. Entonces, se presentó ante mí la desgarradora decisión de ponerla en ventilación mecánica. Sabía que eso marcaría el principio del fin, el último recurso en una batalla que parecía perdida. Con el corazón roto y la mente dividida entre la lógica médica y el amor filial, enfrenté la agonizante realidad de que estaba a punto de despedirme de mi madre.

Ese día, después de debatir la decisión con un nudo en la garganta, me acerqué a su cama. Tomé su mano entre las mías y le dije que la amaba. No sé si pudo leer en mis ojos o adivinar en mi tono de voz que intentaba despedirme. Con la respiración entrecortada, llevó su mano derecha a los labios y me lanzó un beso, despidiéndose con una sonrisa hermosa que iluminó todo el cuarto. En ese instante, no sé si fue mi imaginación, pero la vi en paz. Su respiración parecía normal, como si la enfermedad hubiese decidido darle un respiro. Por un momento, todo el dolor y la angustia se desvanecieron, y vi a mi madre como siempre había sido: fuerte, serena y llena de amor.

El sábado 28 de enero de 2023, el corazón de Carmen Griselda se detuvo... y el mío se rompió en pedazos .

Desde su partida, he intentado desesperadamente recoger los fragmentos, pero siempre falta una pieza irremplazable, cada día mientras intento recomponerme, la realidad me sacude y sé que nunca volveré a ser completo; Entonces recuerdo aquella sonrisa y la sensación de paz infinita en aquella sala de hospital que me da la fuerza y el coraje para seguir caminando en este mundo a pesar de su ausencia...

Abrazando tu ansiedad: Charla de Teresa Rodríguez


 

CONFETI DE LETRAS por Eréndira Ramírez


Cuanto todo a tu alrededor es incierto, cuando parece inútil esforzarse por lograr lo que otros a ultranza roban, cuando ser honesto no garantiza tranquilidad en tu vida, es tiempo de ver hacia tu interior, de reforzar tus principios, de impedir que te hagan dudar de lo que fehacientemente has creído debe regir tu vida. Liberarte del peso de aquello que no puedes cambiar, sin dejarte arrastrar por el pesimismo, mantener la serenidad, la calma, dominar los miedos, sosegar el alma. 

Vale la pena vivir en paz con nuestra conciencia, sin lamentarnos de hacer lo que consideramos es lo justo, lo correcto, de ser congruentes con nuestros principios, de mantener la ética en nuestras profesiones, la fe en nuestras convicciones, el amor a la humanidad, a nuestro entorno, no entregarnos a la marejada de injusticia, de corrupción, que nos rodea. Seguir la huella de quien nos dejó un camino bien andado, en donde se sembró tan solo la esperanza, en donde el esfuerzo y la voluntad fueron la base para guiar a otros por el sendero de la paz. 

En nuestro pedacito de universo, seamos sin reservas seres que dejen una semilla de amor, de bienestar, que valga la pena recordar, que germine en otro corazón cuando el nuestro ya latir no pueda. No es tan solo dejar huella, sino dejar aquella que vale la pena seguir, con la convicción de que guiará a un buen destino, a pesar de lo adverso que se ofrezca ante nosotros el camino.



PRIORIDADES FRENTE A LOS HIJOS: Reflexión

Perdió a su hijo de 3 años. Y escribió 10 reglas que ojalá nunca tengas que entender desde el dolor.
No lo dijo un psicólogo. Ni un coach de crianza. Lo dijo un padre que ya no puede abrazar.
Un padre que daría todo por oír, una vez más, una vocecita decir:
“Papá, ven. Papá, mira.”
Todos los besos de tu hijo… nunca serán demasiados.
Bésalo aunque no quiera. Algún día, solo te quedarán fotos.
Siempre hay tiempo. Para un abrazo. Para jugar.
Lo urgente puede esperar. Tu hijo, no.
Toma fotos. Graba su risa. Guarda sus dibujos. Sus frases.
Porque un día, eso será lo único que abraces.
No gastes dinero. Gasta vida. Tu hijo no recordará lo que le diste… solo cómo lo hiciste sentir.
Canten juntos. Sus canciones favoritas… te perseguirán en el auto cuando vayas solo.
No subestimes los momentos simples. Dormir juntos. Leer un cuento. Tenerlos ahí. Eso es el cielo… y no siempre lo vemos.
Nunca salgas sin decir “te amo”. Nunca te vayas sin besar.
Si te olvidas… vuelve. No sabes si será la última vez.
Haz divertido lo cotidiano. Ser padre no es solo cuidar…
es reír, correr, ensuciarse, ser tonto juntos. La vida no espera.
Escribe todo. Sus primeras palabras. Sus ocurrencias.
Un día, vas a buscarlas con desesperación.
Si tienes a tu hijo contigo ahora… detente. Míralo.
Abrázalo. Porque tú lo tienes. Y hay padres… que ya no.
Comparte esto.
Tal vez hoy… alguien necesita recordar que su hijo sigue ahí.
Y que no hay regalo más grande que ese.

Tomado de la página de Fb Finanzas personales México y Más

domingo, 2 de agosto de 2026

CONTRALUZ por María del Carmen Maqueo Garza

 EL LENGUAJE ES LA MEDIDA

“Vusco tela para ventana casa de ifonabit”. Frente a estas palabras que aparecieron en redes sociales hice un alto de franca autocrítica, como puesta ante el espejo para revisarme a mí misma. Comprendí en ese momento cuánto me importan las palabras en el diario quehacer; tanto que hasta me caigo mal por intolerante. Sé que las generaciones jóvenes me tacharían de exagerada y quisquillosa, pero no lo puedo evitar. Hay motivos profundos que me llevan a esta forma de interpretar tan duramente los errores en la palabra escrita.

Irene Vallejo, filóloga española muy conocida por su libro “El infinito en un junco”, atribuye a la palabra escrita la capacidad de actuar como antídoto del relato. Esto es, cuando no leemos nos hemos de conformar con lo que otros dicen ⸺el relato⸺, sin poder contrastar, modificar o ampliar lo dicho. En cambio, a través de la palabra que llega a nosotros en sus muy diversas presentaciones, somos capaces de formarnos un criterio propio de acuerdo a lo que asimilemos de las fuentes a las que accedamos.

Algo similar sucede cuando escribimos. En la medida en que nuestro vocabulario sea más amplio, conseguiremos expresarnos con mayor precisión; así será como podamos relatar el modo como nos sentimos o la forma en que pensamos. La variedad de términos que utilicemos para describir un estado de ánimo, una sensación o una idea va en relación directa con nuestra capacidad para comunicarnos, y, es más, hasta facilita en gran medida entendernos a nosotros mismos. No es igual decir que me siento mal porque se me quemó el arroz, me siento mal porque no me alcanza la quincena, o me siento mal porque me hicieron un desaire, a poder expresar cada una de dichas emociones en forma puntual, para aprender a conocernos mejor, a la vez que desarrollar estrategias para enfrentar esos contratiempos cuando vuelvan a presentarse.

Otro concepto que maneja Irene Vallejo, y que va en relación con lo que acabo de mencionar, es considerar la palabra como vehículo de sanación social. Un buen ejemplo de ello es la reunión con otros, como es el caso de Alcohólicos Anónimos, una confesión religiosa o una sesión de psicoterapia. En la medida en que el que habla consigue verbalizar sus cuestiones internas, será la forma en que vaya sanando.  No basta con sentir, habrá que poner en palabras eso que está sintiendo, establecer un puente verbal con quien o quienes le escuchan, para iniciar el proceso de sanación. Algo cada vez más urgente en un contexto social saturado de violencia de todo tipo, que nos va cargando de energía negativa, como si fuéramos baterías. No basta con imaginar, no basta con sentir, habrá que expresar de la mejor manera para comenzar a sanar.

Leer y escribir nos permite prolongar la propia existencia a través del tiempo. Para ejemplos tenemos las historias familiares que se transmiten a través de la tradición oral, y en el mejor de los casos mediante textos literarios que preservan en gran medida el sentir del autor original. Es maravilloso descubrir familias en las que alguno de sus miembros se ha dado a la tarea de ir recopilando los relatos de padres y abuelos para transmitirlos a las nuevas generaciones. En mi caso personal siento muchísimo no haberlo hecho con infinidad de historias familiares narradas por mis padres ya fallecidos, que hablaban de abuelos y bisabuelos en tierras norteñas, anécdotas de poblaciones en donde vivieron, y la participación que mis dos abuelos (paterno y materno) tuvieron en torno a la Revolución Mexicana. Es muy valioso encontrar familias en las que estas narraciones orales han aterrizado en textos literarios que se conservan para siempre.

La palabra es una herramienta que nos permite pensar mejor, entendernos a nosotros mismos y también al mundo. Es un vehículo que facilita el disfrute más amplio de la vida, así como un extraordinario medio para desarrollar nuestra creatividad. Cuando logro nombrar los elementos que conforman mi universo, consigo una capacidad más vasta para gozar la vida en sus distintos momentos afortunados, así como para exorcizar los malos ratos de una forma óptima.

Michel de Montaigne, el padre del ensayo personal, ha dicho que la palabra es mitad de quien la pronuncia, mitad de quien la escucha. Una gran verdad que nos obliga a ser claros, directos e informados cuando pretendemos comunicar a otros nuestros asuntos personales. La sintaxis y la ortografía contribuyen a este pulimiento de la palabra, de inicio para darle un valor estético, aunque su objetivo final sea la precisión. Escribir apegados a las reglas facilita la comunicación humana.

Espero que quien escribió la oración con la que arranqué este artículo encuentre lo que busca. Nosotros, entretanto, procuremos ser comprensibles al escribir lo propio.

CARTÓN de LUY

 


CRÓNICAS DE UN DON NADIE por Luis Toraya

La calma después de la euforia
31/jul/2026

La música calla casi de golpe. Los gritos pregoneros de marchantes, los sones de charanga y los vítores colectivos que apenas unas horas antes retumbaban entre los muros coloniales y la plaza Noh Beh, se desvanecen en una atmósfera densa, sumergida en un silencio de madrugada.

Se siente en el pecho: el sopor de la noche posterior al frenesí, el reflujo lento y perezoso de la adrenalina.
Mi pueblo, que durante días fue un volcán encendido donde desbordamos gratitudes y fe profunda, donde sacrificamos la culpa para limpiar la conciencia y donde el anonimato de la multitud nos permitió desahogar frustraciones y desinhibir los pesares de la rutina, empieza a exhalar. Todo clímax tiene su ocaso; todo desborde reclama, tarde o temprano, su contención.

Camino despacio por las calles vacías. La luz del alba apenas insinúa los contornos de lo que fue el teatro de nuestras pasiones. Pisoteados en el suelo descansan los vestigios del júbilo: pedazos de confeti desteñido por la humedad, el cartón carbonizado de los toritos que hicieron correr al miedo y a la risa por igual, restos de envases, cenizas húmedas del carbón donde se cocinaron la comida e historias compartidas, y ese prolongado olor a pólvora, sudor y alcohol que el viento fresco del amanecer va disipando lentamente.

Es la geometría exacta del festejo: los desechos que quedan tras la catarsis.
Ahí, sobre las piedras y la tierra, yacen las huellas tangibles de nuestra búsqueda desesperada de felicidad. La dopamina se evapora, la euforia pasa dejando su deuda al cuerpo y al espíritu, y la vida real —aquella que dejamos en pausa durante la fiesta— regresa a cobrar lo suyo.
Porque la alegría, el exceso y el olvido momentáneo tienen una factura, al igual que los errores y las culpas de nuestra conciencia. Alguien tiene que barrer el polvo, alguien tiene que pagar la cuenta, alguien tiene que restaurar el orden en la plaza y en el alma.

Sin embargo, en este barrer de las cenizas no hay tragedia; hay una extraña y hermosa dignidad.
Observar la limpieza de la casa tras la borrasca es, en sí mismo, un acto de redención. Nos demuestra que el ser humano no soporta la tormenta eterna, que el corazón necesita del pulso y del descanso, de la cumbre y del valle. La borrachera colectiva de emociones se limpia con el agua fresca del nuevo día, con la escoba que arrastra el pasado inmediato y prepara el terreno para la rutina que nos sostiene.

La borrasca de júbilo pasa, la paz retorna. Y en ese silencio donde aún flota el eco de las risas y las oraciones, me doy cuenta de que la calma no es la ausencia de la fiesta, sino su verdadero destino.
La tormenta de adrenalina sirve para recordarnos que estamos vivos; la calma que le sigue, para recordar quiénes somos.

® 2026. Dr. Luis Mariano Toraya Lara. Todos los derechos reservados.

CARTAS A MÍ MISMO por Carlos Sosa

Caprichos con micrófono

A veces la vida se encarga de ponernos un espejo incómodo: el ciego que camina como si conociera de memoria el mapa de un mundo que nunca ha visto. La mujer en silla de ruedas, que cada mañana empuja no solo su cuerpo, sino un planeta entero cuesta arriba. El hombre que hurga en la basura, buscando entre los restos ajenos un pedazo de dignidad para almorzar.

Porque ahí, frente a esos ojos que no ven, esas piernas que no caminan, esas manos que escarban, se nos caen las excusas. Nos damos cuenta de que nuestras quejas a veces son apenas caprichos con micrófono, comparadas con la sinfonía de obstáculos que otros enfrentan todos los días.

Y es entonces cuando entendemos que la resiliencia no es un talento de superhéroe, sino un músculo que crece al ver la fortaleza ajena. Que hay dolores que, al mirarlos de cerca, nos hacen más fuertes sin que tengamos que sufrirlos nosotros.

Al final, no es que nuestros problemas desaparezcan… es que dejan de ocupar todo el escenario, porque hemos aprendido a mirarlos a la luz de otras batallas mucho más grandes que la nuestra...



RESIGNIFICAR EL DOLOR charla de Shulamit Graber


 

CONFETI DE LETRAS por Eréndira Ramírez


Hoy tengo tiempo de ahondar en mis pensamientos, de recrearme en ellos o, por el contrario, de envolverme en capas de dolor que cimbran mi alma. A veces la decisión no está en mi, porque los pensamientos son autónomos y llegan sin avisar y sin ser solicitados, en ocasiones son tan empecinados en ser omnipresentes que por más que intento no logro sacarlos de mi mente. O, en otras se establece un enfrentamiento entre ellos y mi yo consciente, tratando de disiparlos, de sustituirlos por aquellos que son alentadores, positivos, que pacifican y no que angustian o duelen. Seguro es que no tengo las estrategias necesarias para lograrlo y sin embargo, no dejo de intentarlo.

De nada vale atormentarse con pensamientos obscuros de lo que no ha pasado, de hurgar en el pasado para dar con aquello que nos ensombrece el presente, sin dar paso a aquellos pensamientos que nos alientan a seguir la vida con fe, con esperanza y que más de una vez hemos probado llegan a ser realidad, Quizá es mecanismo de defensa pensar mal, porque nos ha quedado impresa en la memoria la frase tantas veces dicha de "piensa mal y acertarás", así no nos sentiremos decepcionados, ni nos dolerá tanto lo que ocurra, porque finalmente ya lo teníamos previsto.

¿Por qué no aprender a esperar lo bueno? qué impide que no nos demos la oportunidad de sentir que todo va a ir bien, sin que consideremos una falsa ilusión que así sea?

Desperdiciar un tiempo que pudiera ser el único o una extensión de un momento de alegría, de un suceso venturoso, feliz, en crearnos fantasmas que auguran tan solo desdicha, no es de DIOS.

Malgastar tiempo en rumiar dolores y tristezas pasadas, cuando hay tantas vivencias felices que nos trasladan al pasado para tan solo dejarnos la nostalgia de aquellos bellos momentos, agradecerlos y en ese agradecimiento fortalecer el entusiasmo en que tendremos la oportunidad de acumular muchos más en el camino que nos reste por andar.

¡Si! tengo tiempo de sobra para pensar, pero digo no al desperdicio, no al mal uso de ese tiempo para impedir que mi cerebro, mi corazón, mi espíritu se alimente de chatarra inútil.

Crear espacios de serenidad, de optimismo, de charlas internas que den paz, que enciendan emociones positivas, que me impulsen a vencer mis miedos, que sean dignas de compartir con los demás.

"Pienso, luego existo". Permitan mis pensamientos una existencia guiada por la fe y el amor.

KATICA ILLÉNYI - El cisne (Ejecutada en theremin )


 

domingo, 26 de julio de 2026

CONTRALUZ por María del Carmen Maqueo Garza

 SER FELICES Y CREAR COMUNIDAD

Como en una gran vitrina exhibidora los titulares noticiosos del día a día reflejan el estado de ánimo de nuestra sociedad. Más allá de la nota roja o de conductas bizarras para las que no encontramos explicación, me parece que los titulares reflejan asuntos del corazón. No con la cursilería de las historias color de rosa de Corín Tellado, sino para referirnos a heridas profundas en las emociones de un individuo que lo llevan a actuar con violencia.

Una sabia sentencia de José Ortega y Gasset, filósofo español del siglo veinte, reza: “Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo”. Una excelente forma de recordarnos que nuestro modo de actuar está influenciado desde un inicio por el entorno. Somos producto de las tradiciones y creencias del linaje familiar; del proceso educativo al cual nos sometemos, y de todo aquello que vaya impactando nuestros sentidos a lo largo de la existencia. Aun cuando no parezca sencillo de medir, cada contenido que recibimos del exterior deja su huella en nuestro comportamiento personal.

Analicemos, pues, la calidad de contenidos que llegan a nuestra esfera personal cada día. Lo que tiene que ver con conflictos internacionales que de alguna manera nos impactan; las políticas macroeconómicas que rigen nuestra economía doméstica en el día a día. Las ideologías que colonizan nuestro pensamiento y que nos inducen a actuar de un modo o de otro. Los contenidos que frecuentamos a través de redes sociales, que tantas veces nos orillan hacia una polarización absurda. Caemos en las trampas que intereses poco claros nos proponen, esas que nos llevan a suponer que detrás de cada iniciativa que no satisfaga nuestras creencias personales debe de haber una conspiración en nuestra contra.

Es un ámbito emocional con diversos niveles de toxicidad que no es precisamente lo más sano para nuestro espíritu.

¿Qué pasa, entonces, si comenzamos a procurar pensamientos de otro orden? Si partimos de la base de que, por más distinto que podamos pensar unos y otros, tiene que haber puntos en común, coincidencias de la vida desde las cuales podamos construir comunidad. Ir dejando de lado esa sensación de aislamiento de mi persona con la pantalla, de espaldas al mundo, para comenzar a procurar la comunicación presencial que tanto bien nos hace.

Cuando coincidimos en algún espacio con alguien que poco conocemos y se entabla una conversación, vamos descubriendo capas de su personalidad que no habíamos detectado antes. Aun cuando enarbolen otras convicciones políticas o religiosas, va a haber puntos en los cuales podamos coincidir, y a partir de ello comenzar a construir. Nadie habla de forjar una gran amistad para toda la vida, pero sí una rampa de comunicación que nos permita disfrutar un rato en común y elaborar memorias refrescantes que más delante, al recordarlas, nos hagan sonreír.

Todo lo anterior lo reflexionaba ayer mientras hacía una fila de más de dos horas para cruzar la frontera con los Estados Unidos. Ese se calificó como uno de los días más calientes de la temporada de verano, con un sol calcinante y una movilidad lentísima de uno a otro país. No es extraño entonces que se generen fricciones y hasta pleitos mayores entre automovilistas en aquella espera interminable. Nos vamos poniendo al punto de que, el más mínimo estímulo es capaz de disparar un altercado mayúsculo. Constituye una prueba de resistencia en la que tenemos que permanecer serenos y no dejarnos llevar por esos elementos externos que nos hacen explotar, hacer de nuestra mañana un desastre, y de pasada arruinarla para otros.

Si nos ponemos muy filosóficos y nos preguntamos a qué hemos venido al mundo, se antoja contestar que a ser felices. Partiendo de ello, habría entonces que ver de qué tipo de felicidad estamos hablando. Si nos referimos a una sensación de hedonismo muy personal, que gira en torno a aquello que nos agrada, o si se trata de una condición de satisfacción en la búsqueda de propósitos que están más allá de nosotros mismos. Un vivir para construir una felicidad eudaimónica que se centra en vivir bien a través de la virtud en el quehacer. No girando en torno a los gustos propios y su continua satisfacción, como es el caso de la hedónica, sino a través de una actitud de servicio a otros, que se revierta en una realización personal por hacerlo. A este estado de gracia se agrega un sentimiento muy particular, que es la gratitud. La persona que procura su felicidad trabajando por la satisfacción de las necesidades de otros, vive agradecida con la vida. No corre el riesgo, como ocurre con la hedónica, de quedarse sin estímulos para ser feliz.

Entonces, de las posibilidades que nos ofrece el mundo, cada uno decide qué tipo de felicidad procurar para su vida.

CARTÓN de LUY


 

CRÓNICAS DE UN DON NADIE por Luis Toraya

Los toritos de Hecelchakán

El aire de mi Hecelchakán natal tiene una densidad particular durante el novenario al Señor de la Salud.

Huele a la humedad antigua de las piedras de San Francisco de Asís, a la cera derretida de las promesas y, sobre todo, a la pólvora que se impregna en la piel como un tatuaje invisible.

Para quien creció bajo la sombra de la ceiba y el eco de los portales, el estruendo de un barrepiés no es ruido; es la pulsación misma de la memoria.

Mirar hoy la quema del torito es contemplar una paradoja viva. Antropológicamente, encarna lo que Nancy Farriss denomina en La sociedad maya bajo el dominio colonial el sincretismo transcultural: el fuego, que para nuestros ancestros poseía una cualidad sagrada y purificadora, encontró en la pólvora europea un nuevo vehículo de manifestación. El toro, traído por los conquistadores como símbolo de fuerza, se transmutó gracias a los gremios en una ofrenda lumínica, una tradición que autores como Santiago Pacheco Cruz registraron como el corazón mismo de la identidad peninsular.

Sin embargo, el paso del tiempo y el ejercicio de la profesión me otorgan una lucidez implacable que fractura la nostalgia. Hoy, mi mirada ya no es la del espectador fascinado; es la del médico pediatra que conoce la fragilidad de la carne y la cinética del trauma. Detrás del fulgor de las chispas, mis ojos no pueden evitar anticipar el desgarro dérmico, el dolor agudo en una sala de urgencias y las secuelas irreversibles que un segundo de descuido deja para siempre en la vida de un niño.

La medicina me ha enseñado que la pólvora carece de piedad y que la algarabía colectiva suele cobrar una cuota demasiado alta de sufrimiento humano. ¡No!, no puedo estar a favor de una tradición que atenta contra la integridad de los más inocentes, y aun así, admito con honestidad que este fuego es parte de mi propia esencia.

Es en esa grieta profunda donde habito: la tensión ineludible entre el médico que jura proteger la vida y el hombre hecho de los recuerdos de su pueblo.

El humo de la plaza, que hoy me alerta, es el mismo que me devuelve al origen. Recuerdo perfectamente la primera vez que mantuve la mirada ante la bestia de carrizo y cartón. Yo era apenas un niño silenciado, no solo por el asombro, sino por el terror que me inspiraba el artefacto; acurrucado bajo la protección frágil de la palomilla, sentía los latidos acelerados de mi propio pecho retumbar en la plaza principal. En la inocencia de entonces, descubrí una verdad casi mística: el fuego destruía el armazón, pero al mismo tiempo construía la fiesta.

Desde un plano filosófico, como expone Byung-Chul Han en La desaparición de los rituales, estos actos crean una comunidad donde el tiempo no corre, sino que se habita. En Hecelchakán, cuando la humareda nubla la vista, las distancias cotidianas desaparecen y todos nos convertimos en un solo cuerpo. Pero el desafío del presente radica justamente en transmutar ese ritual; comprender que el niño que fui sigue allí, buscando el escudo indestructible de la comunidad entre el humo, y que amar la memoria de una tierra nos obliga también a proteger su futuro.

Debemos lograr que el espíritu de la tradición cure el alma colectiva sin la necesidad del sufrimiento de nuestros hijos; encontrar, al final, el mecanismo exacto para vencer al olvido y honrar a nuestros ancestros, sin que el precio de esa memoria sea el cuerpo lacerado de un niño.

® 2026. Dr. Luis Mariano Toraya Lara. Todos los derechos reservados.

CARTAS A MÍ MISMO por Carlos Sosa

Cada amanecer

Cada amanecer es un juicio silencioso contra la persona que fuimos ayer.

La vida nos entrega veinticuatro horas nuevas, no para lamentar lo perdido, sino para cortar aquello que ya no nos permite crecer, sanar las heridas que siguen gobernando nuestras decisiones y renacer con la humildad de quien entiende que nunca es tarde para volver a empezar.

El pasado quedó donde debía quedarse. Es un libro cerrado que ya no admite correcciones. Ni la culpa, ni la nostalgia, ni el arrepentimiento podrán cambiar una sola de sus páginas.

Pero el futuro... el futuro todavía no existe.

Está naciendo, justo ahora, en esa llamada que decides hacer, en el abrazo que dejas de posponer, en el perdón que por fin otorgas, en el miedo que eliges enfrentar y en la pequeña decisión que parece insignificante, pero que mañana llamaremos destino.

No desprecies los cambios pequeños. Los grandes árboles comenzaron siendo una semilla, y las vidas extraordinarias casi siempre empezaron con un acto de valentía que nadie vio.

Hoy la vida vuelve a susurrarte al oído:
Corta. Sana. Renace.
Lo que verdaderamente importa aún te está esperando...

CHARLA con Nazareth Castellanos: ¿Cómo hacer para elegir tu paz?


 

CONFETI DE LETRAS por Eréndira Ramírez


Para saber del amor verdadero hay que exponer el corazón. Quien lo acoraza por temor, por sufrimientos añejos que no han siquiera cicatrizado, quien pretende dejarlo indemne y no usarlo, lo dejará empolvar y deteriorar por el tiempo, haciendo de él recipiente de frustraciones, soledad y amargura. Exponer el corazón al amor y sus consecuencias, deja siempre señal de vida útil. Que lata, se agite, ese maravilloso músculo que nos hace saber estamos vivos y que vibra con solo evocar una imagen, una melodía, una risa. 

No sé si el amor radica en el cerebro o el corazón, pero sé quien con sus latidos me hace sentir la emoción sinigual que el amar provoca. Amo a mis hijos antes que a nadie, a mi familia, a mis amigos, a todos aquellos en quienes he encontrado el cobijo del cariño. Amo mi profesión y a quienes, gracias a ella, van formando parte de mi vida. Amo la vida y a mis ausentes que físicamente ya no están, pero que mantengo dentro de mi, tesoro íntimo que morirá conmigo. 

Expongo mi corazón, a que sea amado y a los riesgos que conlleva que lo sea. Abandono corazas que repelen, que como púas agreden a quien acercarse intenta. Siempre apostando a que mi sentido común me sepa guiar hacia aquella gente que nunca por voluntad propia me defraudará y con la sensatez necesaria para entender errores humanos que habré y me habrán de perdonar. 

Confío en que amar es la mejor opción que tengo para darle sentido y calidad humana a este corto plazo que se nos da para hacer de nuestro camino, sendero de fe y esperanza propia que se irradie a los demás.

HERMOSA CANCIÓN sobre la vejez


 Agradezco a mi querido Joseph Howland este aporte

domingo, 19 de julio de 2026

CONTRALUZ por María del Carmen Maqueo Garza

 ¿Y SI SÍ NOS LO PROPONEMOS?

Hoy termina el Mundial de Futbol. Para México ha sido el tercero en que funge como sede. No soy aficionada a este deporte, sin embargo, sí he venido siguiendo diversos fenómenos sociales que se generaron en torno al campeonato. A partir del momento cuando el evento se declare clausurado desde el estadio de Nueva York/Nueva Jersey, todos habremos de volver a nuestras actividades cotidianas, dejando atrás la camiseta verde que muy probablemente vestimos durante las celebraciones.

Aparte del pato Merlín, que por razones políticas pasó a ocupar un espacio en la mañanera (lo que las madres buscadoras no han logrado en ocho años), y que ahora aparece en un billete de lotería, hubo algo muy representativo del Mundial en México: La frase que se volvió famosa: “Y si sí”. Inicialmente relacionada con la posibilidad de que México venciera a sus adversarios en la cancha, suerte que terminó en el encuentro frente a Inglaterra, y que más delante se extendió a significar otras posibilidades: Y si sí hacemos tal cosa; y si sí logramos tal otra… Algo que, supongo, quedará en el imaginario colectivo para mucho tiempo.

Quiero ahijar esta frase para enfocarla a algo muy distinto: La criminalidad en nuestro país que, afortunadamente, lució bastante controlada durante la justa deportiva mundial. Va terminando el evento futbolístico y comienza a asomar de nuevo esa hidra de siete cabezas que nos amenaza a todos los mexicanos. Increíble cómo personajes ligados a la política, con fortunas incalculables en paraísos fiscales, siguen ávidos en obtener más dinero del erario. Muchos de ellos acusados por delitos relacionados con el huachicol fiscal. Este ilícito involucra una red perfectamente orquestada de voluntades que trabajan para introducir al país combustible refinado bajo la forma de otros productos, con fines de evasión fiscal, lo que ha representado para el fisco de México pérdidas multimillonarias desde sus comienzos, que se pueden rastrear, al menos a partir del asesinato de Sergio Carmona en el 2021, si no es que más atrás. Esta modalidad de ilícito es tal vez la forma más clara para hablar de que los delitos de alto impacto que ocurren en México y muchos otros países en la actualidad, no tienen que ver precisamente con la pobreza, sino con la corrupción y la ambición desmedida.  Los servidores públicos y los empresarios involucrados en esa forma de asalto a la nación viven bajo una permanente atracción por el dinero, lo que los vuelve insaciables en la búsqueda de nuevos recursos. Aunque, hay que decirlo, mantener aceitada esa maquinaria delictiva tan amplia para que el huachicol fiscal siga funcionando, con toda seguridad requiere de grandes sumas de dinero.

Habría que preguntarse, entonces, qué vacíos interiores llevan a estos individuos a buscar llenar su vida con desmedidos recursos materiales. Qué carencias interiores, tal vez desde la infancia, les impelen a rodearse de lujos y excesos hasta el absurdo, para sentir que valen como personas. Se habla de maltrato infantil y sensación de abandono en las más tiernas edades, como elementos que influyen en esas actitudes de acaparamiento desmedido que, por sí mismas, no van a tener fin nunca. Algunos estudios señalan como conducta antisocial estas manifestaciones de falta de empatía en las que las necesidades básicas de otros seres humanos son ignoradas, en el afán de poseer más y más, hasta lo inimaginable. Esto es, lo que otros necesiten para subsistir decentemente resulta menos importante que lo que yo requiera para destacar más en un mundo que, yo considero, me mide por lo que tengo.

Los investigadores peruanos Wellington y Vivanco, en un estudio de este mismo 2026 lanzan un término que me parece muy acertado: “Ecosistema emocional”. Me resultó muy afortunado pues, como cualquier otro hábitat en la naturaleza, señala los elementos que coexisten e interactúan en un espacio determinado, para establecer lo que dicho conjunto es y ofrece. Los autores hablan, con relación a criminalidad, de un ecosistema emocional deteriorado, para señalar esos elementos que pueblan nuestros pensamientos, pero, sobre todo, nuestras emociones, y que interactúan con otros elementos existentes en nuestro medio ambiente.

Redundando en ese término de moda “Y si sí”, lanzo la propuesta de enfocarnos a revisar, no la macroeconomía, sino la economía doméstica.  No los grandes conflictos internacionales, sino las emociones que regulan la conducta de nuestros hijos. No los grandes perfiles de moda que ellos buscan imitar, sino lo que en verdad hay en sus corazones y que los llevará a vivir con alegría y una singular actitud de servicio, y a trascender más allá del tiempo y de su propia vida. Y así apostar todo a lo más valioso que tenemos como humanos.

CARTÓN de LUY

 


CRÓNICAS DE UN DON NADIE por Luis Toraya

Onomástico
Mi padre, después de mi madre
15/jul/2026

En los últimos días, he comprendido que la herencia más pesada no es el apellido, sino el ejemplo.

Veo a mi padre a la distancia del pasado: un hombre que caminó décadas con la paciencia de quien siempre supo que la meta es el camino mismo. El rastro de su humildad es una estela que intento seguir, a veces con pasos torpes, emulando esa imparcialidad que lo hizo amigo del encumbrado y del humilde por igual.
Él me enseñó a ver lo invisible: la historia oculta tras una cornisa, el valor de lo que otros desechan, la mística de ser un "buen pepenador". Me inculcó que la persistencia es más letal que la fuerza y que el deber no admite treguas ni cielos nublados.

Pero para que él pudiera ser ese hombre libre y sabio, necesitaba un ancla.

Esa ancla fue mi madre. Una líder alfa, dinámica y protectora, que administraba el mundo para que él pudiera dedicarse a su oficio. Ella era el orden, el mando y la energía que mantenía nuestro universo en órbita. Estábamos tan seguros de su fuerza que nunca contemplamos el vacío; el plan era que él, en su caminar pausado, llegara primero a la meta.

Pero la vida no sabe de guiones. La partida de mi madre fue un golpe seco que detuvo la rotación de su mundo. Ese hombre que me enseñó que la noche no es impedimento para cumplir el deber, enfrentó su noche más larga.
Lo vi desorientado, buscando en los rincones de la casa la voz que le orientaba en cada hora.
Ella le hizo falta en el pulso, en el aire y en ese silencio que se convirtió en un muro; y es que ella se infiltró tanto en sus adentros que ya era parte de sus huesos.

Comprendí que ser su hijo no era solo admirar su rastro, sino sostener su paso.

También me tocó, junto con mis hermanos, intentar aplicar sus propias lecciones: tratamos de ser el "pepenador" rescatando sus pedazos de ánimo cada mañana; fuimos la persistencia que lo sostuvo cuando su caminar se volvió lento; nos convertimos en el detalle que lo hizo sonreír cuando la ausencia de su brújula pesó más que sus años.

Quizá no soy imparcial, pero gracias a él aprendí que cuando el centro de gravedad se pierde, la familia debe convertirse en la nueva fuerza que mantiene el mundo en su sitio.
Lo demás es lo de menos.

Padre: Sigue presente y sigo descubriendo sus consejos.

Descanse en paz y que Dios le bendiga.
Feliz cumpleaños.

® 2026. Dr. Luis Mariano Toraya Lara. Todos los derechos

CARTAS A MÍ MISMO por Carlos Sosa

 

A mis hijos

Cuando aún era tu héroe, más allá del título de padre, el mundo se desplegaba como un paraíso sencillo, hecho de risas compartidas y promesas eternas. Tus ojos, entonces inocentes, veían en mí al titán que sostenía el cielo, al mago capaz de conjurar maravillas de lo cotidiano. Vivías en mis historias, en mis cuentos de fantasía, y yo era el guardián de tus sueños.

Pero un día, casi sin darme cuenta, tus alas comenzaron a desplegarse. Las historias que te contaba ya no bastaron; quisiste las tuyas, tejidas con hilos de realidad. Y así, lentamente, me vi relegado de tu universo, desplazado por nuevas estrellas que iluminaron tu firmamento. No fue un abandono, no, sino el curso natural de la vida: una tormenta suave que me apartó del centro para dejarte crecer.

Hoy, desde este rincón donde te observo en silencio, solo espero que, cuando mi sombra se disuelva en el tiempo, quede en tu corazón una chispa de lo que fuimos. Un eco de nuestras risas, un destello de nuestras aventuras. Espero que, cuando el peso del mundo se vuelva demasiado, busques en tu memoria y encuentres un rincón donde mi abrazo aún te cobije, donde el amor que jamás dejó de arder pueda calentar tus días fríos.

Porque, aunque tal vez no lo comprendas aún, viví cada día pensando en ti. Cada latido, cada decisión, cada esfuerzo, tuvo tu nombre escrito en su raíz. Fui tu héroe, sí, pero tú siempre fuiste y serás el mío...

¿VES LAS SEÑALES DEL UNIVERSO? Charla con Ulla Suokko


 Se pueden activar subtítulos y traducirlos.

CONFETI DE LETRAS por Eréndira Ramírez

¡Al son que me toquen bailo!

No hay de otra, esta vida hay que tomarla así como venga, porque no puedo cambiar muchas cosas, pero tengo esa maravillosa capacidad humana de adaptación a los cambios. 

Cada día es una sucesión de hechos que pueden transformar mi vida, aquel, el que menos tenía contemplado, aquel que parecía tan rutinario, tan insignificante, ese momento puede ser parteaguas en el resto de mi existencia. 

Nada termina ocurriendo en el tiempo que suponíamos, lo que parecía inminente no sucede, aquello que era una bomba de tiempo y amenazaba nuestra tranquilidad día con día, sigue sin estallar y nos vemos devastados por lo que nadie nos pudo advertir. 

No tiene palabra esta vida, definitivamente no la tiene, ni nos la ofrece, ni promete, solo nos brinda una oportunidad diariamente y si la aceptamos es a sabiendas de nuestra vulnerabilidad y bajo nuestros propios riesgos. 

No hay nada seguro en este mundo, mas que la muerte, esa muerte a la que tememos y que a veces resulta liberadora y pacificadora como la que más. Nadie elige vivir, pero sí cómo hacerlo, yo elijo hacerlo con amor, con pasión, con responsabilidad de no heredar tan solo tristezas y desesperanzas. 

Mi coraza, mi blindaje: el amor por mis hijos, mi familia, mis amigos, mi profesión, mis recuerdos, mi pasado, mi fe en Dios y mi aceptación de su voluntad. 

¡Puedo lidiar con la realidad, mientras mis fantasías me permitan volar!