Suspendida sobre la ciudad que no se detiene —porque el mundo nunca se detiene—, cae como un ojo encendido, como un latido que no duerme. Abajo, la vida sigue: motores, luces, pasos que no preguntan.
Pero hay otra mitad… silenciosa, despierta, en una vigilia que no se ve pero se siente. Una espera antigua, como si el aire supiera algo que la rutina ha olvidado.
La fotografía no es una fotografía.
Es una sospecha.
Es una sospecha.
Un cuadro subrealista donde la luna no es luna, sino reflector… un foco divino apuntando con precisión quirúrgica hacia ese poste solitario, erguido contra la noche. Y entonces deja de ser poste. Se vuelve símbolo. Se vuelve ausencia. Se vuelve cruz.
Una cruz vacía.
Y en esa ausencia hay más presencia que en cualquier cuerpo clavado. Porque no hay muerte ahí… hay victoria. Hay un eco antiguo que dice, sin palabras, que alguien ya pasó por el dolor, lo atravesó, y regresó.
La ciudad sigue su ritmo.
Pero el cielo… está recordando.
Pero el cielo… está recordando.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario