UN LEGADO IMBORRABLE
Esta
semana falleció, a los 77 años, Javier Coello Trejo, abogado de origen chiapaneco,
ampliamente conocido como “El fiscal de hierro”. Su figura ha destacado en el
ámbito público por su honestidad, firmeza y amor a México. Seguramente sabedor de su final en este plano
terrestre, publicó una carta en uno de los medios informativos en los cuales
colaboraba. Dicha misiva la dirige fundamentalmente a los jóvenes, animándolos
a ser auténticos, valientes e idealistas. A poner por delante el bien de México
y a luchar por ello. En sus propias palabras, los más grandes propósitos de un
ser humano radican en la familia, la patria y los amigos, a través del uso de
la palabra como vehículo para comunicar las ideas, con el propósito de poner
muy en alto la patria, con una conciencia limpia. Hace hincapié en emprender
los propósitos, no desde la palabra que se pierde, sino desde las acciones que
van marcando camino. En forma clara, se refiere a los gobernantes, llamándolos
a evitar el doble discurso entre dichos y hechos.
Vivimos
unos tiempos en que prevalece lo sensorial, la imagen bonita, las palabras biensonantes.
Nos dejamos impresionar por figuras de líderes carismáticos que proponen
conductas a seguir. Personajes que nos ahorran el trabajo de pensar y decidir,
que nos dan las cosas prefiguradas. Nos convertimos en receptáculos pasivos de
un orden ajeno a nosotros mismos, que inicia por seducir y termina por imponer,
máxime ahora, con el uso de la IA. En
este mundo alzar la voz para expresar lo propio, y más en los tiempos que vive
nuestro país, es un acto de valentía que no cualquiera emprende. El abogado Coello Trejo, quien en su función
como fiscal fue un celoso defensor de la justicia para preservar el estado de
derecho, en su escrito final intitulado “Mi última palabra” nos hace un llamado
a todos los mexicanos, a no dejarnos engañar por los que él llama “farsantes
con micrófono”. Llama a forjar el carácter para defender lo nuestro y hacerlo
con amor, considerando que la aplicación de la ley sin amor es letra muerta.
Se
dirige muy en particular a los jóvenes instándolos a no permitir que se apague
el fuego de su juventud, a actuar de manera recta y no por prebendas, y, sobre
todo, a aplicar la lealtad. Primero ser leales consigo mismos, con sus propios
valores, y después con las personas cercanas y las instituciones.
Me
sorprende cómo se dirige a la juventud que en estos tiempos suele hallarse
distraída, perdida entre contenidos digitales, sintiendo que la patria o la
política no son asuntos que le incumban, cuando, la verdad, México confía en su
entusiasmo, en el músculo con que puedan mover las cosas a favor del desarrollo
como nación. Llama a defender el bien común y el Estado de derecho. Habla de
unidad y convicción como fundamento de la fuerza que se requiere para lograrlo.
Expresa que nuestro país no está condenado al fracaso mientras existan
mexicanos dispuestos a vivir de manera digna. Este punto nos remite a la
valentía de vivir a la altura de los valores más elevados, no dejándonos
pervertir por elementos que generan comodidad, pero terminan por destruir el
espíritu más encumbrado, ese que movió a los grandes forjadores de la patria.
En
alguna de sus muchas entrevistas otorgadas, habla sobre política y justicia,
manifestando que no es posible pretender combinarlas, ya que un principio
fundamental que debe regir a los ciudadanos, y más a los políticos, es el que
reza que la ley es la ley. Que la aplicación de una justicia selectiva daría al
traste con ese principio jurídico elemental.
En
la parte final de su misiva manifiesta partir en paz, habiendo cumplido consigo
mismo y con México, siempre con la esperanza de que lo que haya podido sembrar
a lo largo de su vida, dé frutos y continúe más allá de su partida física,
mencionando que el proyecto de vida de un ser humano no se extingue con el cese
de sus funciones vitales, mientras uno de sus compañeros de camino conserve la
dignidad de seguir luchando a favor de las buenas causas.
Como
dijera Shakespeare: “Ningún legado es tan rico como la honestidad”. Descanse en
paz Javier Coello Trejo, un gran ser humano, hombre de bien, paradigma de
auténtica justicia, cuya actuación deja grabadas en el libro de la historia
palabras imborrables para ejemplo de futuras generaciones.

