domingo, 31 de mayo de 2026

CONTRALUZ por María del Carmen Maqueo Garza

 UN LEGADO IMBORRABLE

Esta semana falleció, a los 77 años, Javier Coello Trejo, abogado de origen chiapaneco, ampliamente conocido como “El fiscal de hierro”. Su figura ha destacado en el ámbito público por su honestidad, firmeza y amor a México.  Seguramente sabedor de su final en este plano terrestre, publicó una carta en uno de los medios informativos en los cuales colaboraba. Dicha misiva la dirige fundamentalmente a los jóvenes, animándolos a ser auténticos, valientes e idealistas. A poner por delante el bien de México y a luchar por ello. En sus propias palabras, los más grandes propósitos de un ser humano radican en la familia, la patria y los amigos, a través del uso de la palabra como vehículo para comunicar las ideas, con el propósito de poner muy en alto la patria, con una conciencia limpia. Hace hincapié en emprender los propósitos, no desde la palabra que se pierde, sino desde las acciones que van marcando camino. En forma clara, se refiere a los gobernantes, llamándolos a evitar el doble discurso entre dichos y hechos.

Vivimos unos tiempos en que prevalece lo sensorial, la imagen bonita, las palabras biensonantes. Nos dejamos impresionar por figuras de líderes carismáticos que proponen conductas a seguir. Personajes que nos ahorran el trabajo de pensar y decidir, que nos dan las cosas prefiguradas. Nos convertimos en receptáculos pasivos de un orden ajeno a nosotros mismos, que inicia por seducir y termina por imponer, máxime ahora, con el uso de la IA.  En este mundo alzar la voz para expresar lo propio, y más en los tiempos que vive nuestro país, es un acto de valentía que no cualquiera emprende.  El abogado Coello Trejo, quien en su función como fiscal fue un celoso defensor de la justicia para preservar el estado de derecho, en su escrito final intitulado “Mi última palabra” nos hace un llamado a todos los mexicanos, a no dejarnos engañar por los que él llama “farsantes con micrófono”. Llama a forjar el carácter para defender lo nuestro y hacerlo con amor, considerando que la aplicación de la ley sin amor es letra muerta.

Se dirige muy en particular a los jóvenes instándolos a no permitir que se apague el fuego de su juventud, a actuar de manera recta y no por prebendas, y, sobre todo, a aplicar la lealtad. Primero ser leales consigo mismos, con sus propios valores, y después con las personas cercanas y las instituciones.

Me sorprende cómo se dirige a la juventud que en estos tiempos suele hallarse distraída, perdida entre contenidos digitales, sintiendo que la patria o la política no son asuntos que le incumban, cuando, la verdad, México confía en su entusiasmo, en el músculo con que puedan mover las cosas a favor del desarrollo como nación. Llama a defender el bien común y el Estado de derecho. Habla de unidad y convicción como fundamento de la fuerza que se requiere para lograrlo. Expresa que nuestro país no está condenado al fracaso mientras existan mexicanos dispuestos a vivir de manera digna. Este punto nos remite a la valentía de vivir a la altura de los valores más elevados, no dejándonos pervertir por elementos que generan comodidad, pero terminan por destruir el espíritu más encumbrado, ese que movió a los grandes forjadores de la patria.

En alguna de sus muchas entrevistas otorgadas, habla sobre política y justicia, manifestando que no es posible pretender combinarlas, ya que un principio fundamental que debe regir a los ciudadanos, y más a los políticos, es el que reza que la ley es la ley. Que la aplicación de una justicia selectiva daría al traste con ese principio jurídico elemental.

En la parte final de su misiva manifiesta partir en paz, habiendo cumplido consigo mismo y con México, siempre con la esperanza de que lo que haya podido sembrar a lo largo de su vida, dé frutos y continúe más allá de su partida física, mencionando que el proyecto de vida de un ser humano no se extingue con el cese de sus funciones vitales, mientras uno de sus compañeros de camino conserve la dignidad de seguir luchando a favor de las buenas causas.

Como dijera Shakespeare: “Ningún legado es tan rico como la honestidad”. Descanse en paz Javier Coello Trejo, un gran ser humano, hombre de bien, paradigma de auténtica justicia, cuya actuación deja grabadas en el libro de la historia palabras imborrables para ejemplo de futuras generaciones.

CARTÓN de LUY

 


CRÓNICAS DE UN DON NADIE por Luis Toraya


Detrás de los gruesos muros de mampostería de la iglesia, donde el aroma del incienso se disipa para ceder su turno al olor de la tierra mojada o al polvo calcinado por el sol, existe un rectángulo de mundo que se negaba a ser pequeño.

En Hecelchakán, la eternidad no solo estaba en el altar; estaba en ese campo que, de tanto contenernos, terminó por ensancharse más allá de sus límites físicos.

El softbol no era un deporte; era una coreografía de la voluntad.

Aún recuerdo ese sonido soso del bate contra la pelota taladrando mi cerebro, marcando un tiempo que no pertenece al calendario, sino a la infancia de mi memoria.

Bajo el sol, aprendí que la trayectoria de una pelota es la metáfora perfecta del destino: a veces vuela hacia el horizonte, por encima de la barda del Centro de Salud, y otras cae, pesada, en el guante del olvido.

El fútbol, en cambio, era la polifonía del esfuerzo; un recordatorio de que, en la tierra de los mayas, una portería delimitada por dos piedras era suficiente para que el juego siguiera siendo un rito de pertenencia.

Lo más asombroso era la ductilidad de ese suelo. El campo tenía la humildad de la arena, que acepta cualquier forma que el deseo le imponga:

La carpa del circo llegaba como una epifanía nocturna, clavando sus estacas en el corazón de nuestra rutina. El campo se volvía entonces un portal hacia lo imposible, donde el aserrín ocultaba las huellas de nuestros zapatos escolares para dar paso a las grandes pisadas de los elefantes.

El ruedo taurino, levantado con palos de coloché, tablones y lengua de vaca, crujía como huesos viejos, transformando la arena en un teatro de tragedia, de sombras y luces. Allí, entre el mugido y el olé, entendí que la vida y la muerte son compañeras que comparten el mismo suelo.

Hoy comprendo que ese espacio no crea un vacío entre calles, sino un contenedor de ausencias y presencias.

La iglesia custodiaba nuestras almas y el campo, nuestros cuerpos. Hay una justicia dual en que ambos estuvieran pared con pared: el espíritu necesita del dogma, pero la libertad necesita del polvo.

Ese campo es ahora una reliquia de la memoria. Ya no juego en él, pero él sigue jugando en mí. Me enseñó que no habitamos casas o ciudades, sino los espacios donde fuimos felices sin saberlo.

Hecelchakán me regaló esa hectárea de infinito, demostrándome que, para entender el universo, a veces solo basta con pararse en el centro de ese campo, cerrar los ojos y escuchar el eco de una pelota que aún no termina de caer.

® 2026. Dr. Luis Mariano Toraya Lara. Todos los derechos reservados.

CARTAS A MÍ MISMO por Carlos Sosa

7 minutos: entre la vida y el olvido

Cuando el corazón se detiene, el cerebro aún lucha, aferrándose a la chispa final de vida durante siete preciosos minutos. En ese lapso, las fronteras del tiempo se desdibujan. La corteza parietal y el hipocampo, los arquitectos de los recuerdos y los relojes internos, se entrelazan en un último y desesperado vals.

Es ahí, en ese instante eterno, donde pasado y presente se confunden, donde los segundos se transforman en ecos y los ecos en círculos interminables. Todo lo que fuiste, todo lo que amaste, se reúne para pintar un mural infinito en las paredes del alma. Y en ese bucle, donde el tiempo ya no existe, hago una promesa que trasciende incluso la muerte: amarte sin fin.

Es un juramento hecho en la frontera entre la vida y el olvido, grabado en el resplandor de un cerebro que, en su último acto, se niega a dejarte ir...



TED Talks: Lo que pasa cuando te animás a cambiar.


 

CONFETI DE LETRAS por Eréndira Ramírez


Puedes decidir tu vida, planearla, agendar tu día a día. Organizar tus actividades cotidianas, tener proyectos a corto, mediano y largo plazo.

Esto es factible, deseable quizás, sin embargo tienes también que poseer la adaptabilidad a que no todo será como lo tenías calculado, a que la vida te dé un golpe de timón y te obligue a cambiar el rumbo, a redireccionar, y tener estrategias para no ser presa de la frustración por no lograr un propósito, para estar abierto y aceptar con positividad un nuevo reto, sin aferrarnos a lo preestablecido, sabiéndonos arquitectos de nuestro destino pero a expensas de circunstancias insoslayables, que encontraremos durante el trayecto de nuestras vidas, y que son las que impiden nos convirtamos en seres soberbios que pretenden tener el control absoluto de su vida, o débiles de carácter que ante el primer obstáculo se rinden. 

Ser dúctiles, saber improvisar, generar aquello que no teníamos o pensábamos tener seguro y súbitamente perdemos, creativos, abiertos al cambio, y a la posibilidad de más de una vez volver a empezar, a hacer camino al andar cuando el trazado ya no sea posible seguir. 

Recomenzar, siempre es oportunidad reencuentro con destinos mejores, de enmendar errores, de recuperar lo valioso que ya poseíamos, de reflexionar y acrecentar ese arsenal de experiencias que al sortear la vida nos van dando un valor espiritual, que finalmente es el que mantendrá nuestra fe en que la vida, venga como venga, es invaluable, es obra definitivamente de Dios.

REFLEXIÓN de JCDOVALA

 El ser humano no madura cuando acierta. 

Hay una verdad en el caminar de la vida que el tiempo termina enseñándonos que el ser humano rara vez madura cuando todo sale bien. El acierto suele alimentar el orgullo, la autosuficiencia y la ilusión de control, y creemos que avanzamos porque triunfamos, pero muchas veces solo nos volvemos más hábiles para sostener nuestra propia comodidad. Es en el error donde el alma queda desnuda; ahí donde se rompen las máscaras, donde el silencio pesa y donde uno descubre que no era tan fuerte, tan sabio ni tan invulnerable como imaginaba.

Las heridas, las pérdidas y las caídas tienen una capacidad espiritual que el éxito jamás podrá igualar; el dolor obliga a mirar hacia dentro, nos hace más humildes, más compasivos y más conscientes de nuestra fragilidad. Quien nunca ha fallado suele juzgar con dureza; quien ha llorado de verdad aprende a mirar a los demás con misericordia, por eso muchas veces la fe no transforma al hombre desde la abundancia, sino desde el desierto; porque hay lecciones que no entran por la inteligencia, sino por las grietas del corazón.

Madurar no es dejar de equivocarse; es aprender a encontrar sentido incluso en las ruinas, es entender que cada caída puede convertirse en un acto de reconstrucción interior. El ser humano crece cuando deja de preguntarse ¿por qué me pasó esto? y comienza a preguntarse ¿qué debo aprender de esto?  Ahí nace la verdadera sabiduría; no en la perfección, sino en la humildad de quien fue quebrado y aun así decidió levantarse con más fe, más conciencia y más verdad dentro de sí.