domingo, 31 de mayo de 2026

REFLEXIÓN de JCDOVALA

 El ser humano no madura cuando acierta. 

Hay una verdad en el caminar de la vida que el tiempo termina enseñándonos que el ser humano rara vez madura cuando todo sale bien. El acierto suele alimentar el orgullo, la autosuficiencia y la ilusión de control, y creemos que avanzamos porque triunfamos, pero muchas veces solo nos volvemos más hábiles para sostener nuestra propia comodidad. Es en el error donde el alma queda desnuda; ahí donde se rompen las máscaras, donde el silencio pesa y donde uno descubre que no era tan fuerte, tan sabio ni tan invulnerable como imaginaba.

Las heridas, las pérdidas y las caídas tienen una capacidad espiritual que el éxito jamás podrá igualar; el dolor obliga a mirar hacia dentro, nos hace más humildes, más compasivos y más conscientes de nuestra fragilidad. Quien nunca ha fallado suele juzgar con dureza; quien ha llorado de verdad aprende a mirar a los demás con misericordia, por eso muchas veces la fe no transforma al hombre desde la abundancia, sino desde el desierto; porque hay lecciones que no entran por la inteligencia, sino por las grietas del corazón.

Madurar no es dejar de equivocarse; es aprender a encontrar sentido incluso en las ruinas, es entender que cada caída puede convertirse en un acto de reconstrucción interior. El ser humano crece cuando deja de preguntarse ¿por qué me pasó esto? y comienza a preguntarse ¿qué debo aprender de esto?  Ahí nace la verdadera sabiduría; no en la perfección, sino en la humildad de quien fue quebrado y aun así decidió levantarse con más fe, más conciencia y más verdad dentro de sí. 

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