Una red social cuyo propósito es contribuir a enaltecer la calidad humana, la sensibilidad ciudadana y la autoestima. Un pequeño espacio que aliente, reconozca y difunda los valores de los diversos ciudadanos del mundo. Que nos impulse a cuidar del planeta, y a edificar la sociedad justa y buena a la que todos tenemos derecho.
domingo, 24 de mayo de 2026
CONTRALUZ por María del Carmen Maqueo Garza
“Lee y conducirás, no leas y serás conducido.” Palabras de Santa Teresa de Jesús con las que deseo iniciar esta colaboración, nada más porque sí.
Hace un par de semanas regresé de un viaje que yo calificaría de inolvidable. Aunque, pensándolo bien, todos los viajes que he tenido oportunidad de hacer a lo largo de los años han caído en esta categoría. Me han dejado enseñanzas para la vida, que de otra manera no habría tenido oportunidad de abrevar.
En esta ocasión viajé al estado norteamericano de Maryland, en donde radica mi primogénita. Por una u otra razón no había podido concretar esta visita, y ahora que lo hice, puedo decir que encuentro un gran acierto de mi hija haberse asentado en esas tierras de la costa este de la Unión Americana, que tienen tanto que ofrecer.
La Bahía de Chesapeake, correspondiente al Océano Atlántico, tiene características únicas: Se despliega al norte desde el estado de Nueva York, hacia varios estados más: Pennsylvania, Delaware, Maryland y Virginia. Considerada como el mayor estuario de los Estados Unidos, ofrece al visitante una panorámica por demás interesante, donde alternan bosques mixtos con ríos como el Susquehanna y el Océano Atlántico, generando una fauna variada, que atrapa los sentidos del visitante.
Fue un gusto conocer las bellezas naturales de la región, su modo de vida y su gastronomía. Iniciando por la industriosa Baltimore, hasta poblaciones con una marcada influencia europea que llevan a imaginar historias de otros tiempos: Easton y Annapolis, entre otras. Aun así, lo que más me cautivó fue su tejido social, el marcado espíritu de comunidad que hay entre sus habitantes. No recuerdo haber conocido otras poblaciones más participativas de unos para con otros, en donde ⸺se aprecia claramente⸺, servir a los demás produzca tanta satisfacción como recibir esos servicios. Pude constatarlo de muchas maneras, pero muy en especial en lo relativo a la cuestión cultural: Hay infinidad de ofertas de lectura, cuentacuentos, intercambios culturales, apoyos a grupos vulnerables. Organización de eventos públicos y difusión de las artes. Tuve oportunidad de charlar con la encargada de la biblioteca pública de una hermosa población llamada “Saint Michael”, quien me ilustró respecto a las iniciativas que promueven desde su centro de trabajo para toda la región. De igual manera las universidades asentadas en esa parte de la Bahía hacen lo propio. Los beneficios de dicho enriquecimiento cultural son muy evidentes en el trato que ofrecen los locales, entre ellos mismos como hacia quienes los visitan.
Con todas esas percepciones en mente volteo a ver lo nuestro y me pregunto qué nos está faltando en México para ser así de generosos. Yo sé que hay iniciativas culturales muy valiosas, pero podría haber más, muchas más. Proponernos compartir con otros eso que hacemos bien, sin un interés pecuniario de por medio, simplemente por el deseo de favorecer al desarrollo de la población en la que habitamos.
Hay actitudes que emprendemos y que reflejan aquello que llevamos debajo de la piel los mexicanos. Vuelca un tráiler con mercancía, y lo más común es ver la forma como los vecinos al sitio del siniestro se aproximan a saquear aquella mercancía para su propio beneficio. Suele actuarse a partir de la idea de que, si no soy yo, va a ser otro el que se la apropie. Se nos olvida en esos momentos que la mercancía no es mía ni del otro, y que la rapiña, no por colectiva, nos exime del daño social, tanto para el chofer del tráiler como para el dueño de la carga. Algo parecido sucede en otros rubros, en donde ponemos de manifiesto que prevalece la ley de la selva, y que hay que aprovecharse cuando haya ocasión de hacerlo.
Cierto, afortunadamente no siempre suceden así las cosas, pero yo me pregunto: ¿Qué podemos hacer entre todos para cancelarlas? ¿Para que no formemos a los hijos en estas formas de ventajismo primitivo, sino todo lo contrario, con principios honorables de respeto y lealtad?
En mi visita a Maryland aprendí a comer cangrejo azul como hacen los locales; a apreciar la naturaleza en sus más diversas formas, a seguir las andanzas del oriol, ave típica de la región, a presenciar el vuelo confiado de patos y gansos sobre la mancha urbana, o a descubrir el respeto que hay hacia otras especies silvestres, que corren en total libertad por parques y jardines de casas particulares. Aprendí que lo propio puede expresarse y darse a conocer de muy diversas formas, y que el intercambio cultural es una manera de enriquecer lo propio. Que es posible respetar lo distinto una vez que se conoce, porque gran parte del rechazo por otros surge del desconocimiento. Regresé de esos hermosos lugares plena de experiencias y de propósitos, con una sola pregunta en mente: Pero ¿por qué no se va a poder hacer algo similar en nuestro México?
CARTAS A MÍ MISMO por Carlos Sosa
Hay frases que no se escriben…
se dejan respirando entre los años, esperando el momento exacto para rompernos por dentro.
“Te escribo estas pocas letras para decirte mucho…”
Y uno cree que entiende la frase al leerla.
Pero no.
La entiende décadas después, cuando la voz que la escribió ya no existe, cuando las manos que doblaron aquel papel son polvo, cuando el silencio pesa más que cualquier palabra.
Abrir aquel viejo cajón fue como abrir una herida que el tiempo había maquillado de costumbre.
Entre papeles amarillos, fotografías vencidas y recuerdos con olor a madera vieja… apareció él.
No su cuerpo.
No su voz.
Su esencia.
Porque hay personas que no mueren del todo.
Se quedan atrapadas en su letra.
Y entonces imaginé a mi padre sentado quizá bajo una luz tenue, pensando cuidadosamente cada palabra, sabiendo —tal vez sin saberlo— que algún día esa carta sería un puente entre la vida y la ausencia.
Un hombre intentando meter el amor entero de un padre y un abuelo dentro de unas pocas líneas.
“Estas pocas letras…”
Como si el amor necesitara espacio.
Como si el alma cupiera en una hoja.
Y entendí algo devastador:
los hombres de antes no sabían decir “te amo” con facilidad.
Lo escondían en consejos.
En silencios.
En sacrificios invisibles.
En cartas pequeñas que parecían simples… hasta que la muerte las volvía eternas.
Mi hija leyó la carta sin comprender del todo el terremoto que ocurría dentro de mí.
Porque ella veía palabras.
Yo veía fantasmas.
Veía a mi padre vivo otra vez.
Veía sus manos cansadas.
Su manera torpe de amar.
Su humanidad.
Su miedo quizás a no estar algún día para explicarse mejor.
Y ahí estaba yo, desarmándome en silencio frente a un pedazo de papel viejo, comprendiendo que a veces lo más devastador no son los grandes discursos…
sino las frases pequeñas cargadas de verdad.
Porque uno pasa la vida creyendo que todavía habrá tiempo para decir más.
Más abrazos.
Más llamadas.
Más cafés.
Más preguntas que nunca hicimos.
Hasta que un día lo único que queda… son “pocas letras”.
Y duele.
Dios mío cómo duele.
Duele descubrir que la nostalgia tiene caligrafía.
Que el amor también envejece.
Que hay papeles capaces de oler a ausencia.
Esa noche entendí que los cajones viejos no guardan objetos.
Guardan versiones completas de quienes fuimos.
Pedazos intactos de personas que el tiempo no pudo llevarse del todo.
Y mientras sostenía aquella carta, sentí algo brutalmente humano:
el miedo terrible de convertirme yo también un día en tinta vieja dentro de un cajón olvidado… esperando que alguien lea unas pocas letras y descubra que ahí dentro había alguien que amó con todo el corazón, aunque nunca supo decirlo del todo...
CONFETI DE LETRAS por Eréndira Ramírez
CRÓNICAS DE UN DON NADIE por Luis Toraya
Soy la H. Si prestas atención, me encontrarás al inicio de esta Historia: un umbral que cruzas sin oír el crujido de la puerta.
Durante siglos he habitado el exilio del aire. Mis hermanas presumen su pirotecnia: la B explota, la G ruge, la V vibra como un insecto atrapado. Yo, en cambio, soy el espectro del alfabeto; camino sobre el papel sin quebrar la nieve del silencio.
Recuerdo cuando era piedra y carraspera. En aquel entonces, no era este puente entre dos columnas, sino un jadeo valiente. Pero el lenguaje se volvió líquido y mi voz empezó a estorbar. Me pidieron que bajara el volumen hasta que, simplemente, me volví invisible.
Los gramáticos, amantes del ahorro, quisieron podarme. Pero resistí. Me aferré a los Huesos. Entendí que mi misión no era el estrépito, sino la memoria. Me planté en el Hambre para tallar su vacío; me colé en el ahogo para dictar la pausa necesaria para apagar el grito.Sigo aquí. Presente. Como un suspiro que sostiene el mundo.

