Estas pocas letras
Hay frases que no se escriben…
se dejan respirando entre los años, esperando el momento exacto para rompernos por dentro.
“Te escribo estas pocas letras para decirte mucho…”
Y uno cree que entiende la frase al leerla.
Pero no.
La entiende décadas después, cuando la voz que la escribió ya no existe, cuando las manos que doblaron aquel papel son polvo, cuando el silencio pesa más que cualquier palabra.
Abrir aquel viejo cajón fue como abrir una herida que el tiempo había maquillado de costumbre.
Entre papeles amarillos, fotografías vencidas y recuerdos con olor a madera vieja… apareció él.
No su cuerpo.
No su voz.
Su esencia.
Porque hay personas que no mueren del todo.
Se quedan atrapadas en su letra.
Y entonces imaginé a mi padre sentado quizá bajo una luz tenue, pensando cuidadosamente cada palabra, sabiendo —tal vez sin saberlo— que algún día esa carta sería un puente entre la vida y la ausencia.
Un hombre intentando meter el amor entero de un padre y un abuelo dentro de unas pocas líneas.
“Estas pocas letras…”
Como si el amor necesitara espacio.
Como si el alma cupiera en una hoja.
Y entendí algo devastador:
los hombres de antes no sabían decir “te amo” con facilidad.
Lo escondían en consejos.
En silencios.
En sacrificios invisibles.
En cartas pequeñas que parecían simples… hasta que la muerte las volvía eternas.
Mi hija leyó la carta sin comprender del todo el terremoto que ocurría dentro de mí.
Porque ella veía palabras.
Yo veía fantasmas.
Veía a mi padre vivo otra vez.
Veía sus manos cansadas.
Su manera torpe de amar.
Su humanidad.
Su miedo quizás a no estar algún día para explicarse mejor.
Y ahí estaba yo, desarmándome en silencio frente a un pedazo de papel viejo, comprendiendo que a veces lo más devastador no son los grandes discursos…
sino las frases pequeñas cargadas de verdad.
Porque uno pasa la vida creyendo que todavía habrá tiempo para decir más.
Más abrazos.
Más llamadas.
Más cafés.
Más preguntas que nunca hicimos.
Hasta que un día lo único que queda… son “pocas letras”.
Y duele.
Dios mío cómo duele.
Duele descubrir que la nostalgia tiene caligrafía.
Que el amor también envejece.
Que hay papeles capaces de oler a ausencia.
Esa noche entendí que los cajones viejos no guardan objetos.
Guardan versiones completas de quienes fuimos.
Pedazos intactos de personas que el tiempo no pudo llevarse del todo.
Y mientras sostenía aquella carta, sentí algo brutalmente humano:
el miedo terrible de convertirme yo también un día en tinta vieja dentro de un cajón olvidado… esperando que alguien lea unas pocas letras y descubra que ahí dentro había alguien que amó con todo el corazón, aunque nunca supo decirlo del todo...
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