domingo, 15 de marzo de 2026

CONTRALUZ por María del Carmen Maqueo Garza

 URGENTE SENTIDO DE COMUNIDAD

En este tercer milenio los cambios ocurren a velocidades inusitadas. En cuestión de horas o de días llega a modificarse sustancialmente la geopolítica mundial, el precio del crudo o la integridad de diversos territorios en conflicto bélico. Contrastado frente a la parsimonia, digamos, del siglo veinte, los habitantes actuales de la tierra necesitamos, ahora sí que “ponernos las pilas” para avanzar al ritmo de los acontecimientos.

Debido a tal velocidad, no alcanzamos a percatarnos de muchos de los cambios que van ocurriendo, tanto en el entorno como dentro de nosotros mismos. Tal vez nos sorprendamos con una óptica de los hechos distinta a la que siempre habíamos tenido, o actuando de modos novedosos frente a un estímulo determinado. De momento no alcanzamos a comprender que parte de esos cambios ocurre en respuesta a la manera como el exterior influye sobre nosotros.

Recuerdo las familias de mediados del siglo pasado, generalmente numerosas, en las cuales una misma prenda de ropa iba pasando del mayor a los menores mientras durara íntegra. Y como la calidad de fabricación de ropa era muy superior a la actual, una misma chaqueta podía perdurar diez o más años entre el mayor y el más pequeño, para luego ser donada a la caridad. Ninguno de los hermanos rechazaba recibir “el gallito” del hermano mayor. No había esa fijación por las marcas, y todos contentos, muy distinto a como ocurre hoy en día. Cada niño tiene sus propias prendas, de preferencia nuevas y de marca, y casi sería un atentado contra sus derechos recibir algo de segunda mano que usó su hermano mayor. Porque, vaya, hay que decirlo, ropa de segunda comprada en una tienda dedicada a ese ramo llega a ser hasta distinguido, digamos, en un “Antique Mall” norteamericano o una “Friperie” europea, opciones de caché. Así de contradictorios somos a ratos.

Una costumbre que ha venido cambiando radicalmente con el tiempo es la relativa al consumo de café. Lo que en sus inicios era una taza de cualquier material rígido en la que se vertía una misma mezcla para todos, ahora se ha convertido en una bebida que se sirve en vasos desechables. La presentación inicia con la variedad y el origen del grano; el tueste y la preparación. Puede ser café regular, descafeinado o espresso, endulzado con alguno de la gran variedad de edulcorantes, con leche de vaca, de almendra, deslactosada, light, con distintos acentos y matices… en fin, la lista pareciera interminable.

En el mercado encontramos otros artículos altamente personalizados en los distintos géneros en que la mercancía puede ofrecerse: Teléfonos celulares, tabletas, vehículos y otros tipos de artefactos de transportación; paseos, vuelos, viajes turísticos… Narices, orejas y cualquier otra porción corporal que se desee aumentar, disminuir, perfilar y demás.

Todo lo anterior, que se engloba en una forma de ajustar lo que deseamos, procuramos, compramos y utilizamos, resalta cómo nos vamos ciñendo a un egocentrismo cada vez mayor, que nos vuelve, poco a poco, en demandantes, intolerantes y progresivamente irritables cuando no se cumplen nuestros deseos más puntuales.

Pudiera decirse que lo anterior apunta en sentido contrario al concepto de comunidad. Nos volcamos más en lo individual y menos en conocer y atender las necesidades de quienes nos rodean. Y es precisamente, ese sentido de comunidad un elemento que nos está haciendo mucha falta a todos hoy en día.

Visualizar los problemas en conjunto nos permite una observación más amplia y diáfana; trabajar por resolverlos entre todos lleva a abordar sus diversas aristas. Somos mayor número de individuos enfocados a un mismo trabajo, aplicando cada uno sus habilidades muy propias. Al mismo tiempo crece el aprendizaje y la motivación, de modo que el trabajo se cumple de mejor manera y en un tiempo más reducido. Además de que el logro de metas conjuntas refuerza la identidad y el sentido de pertenencia.

No deja de asombrar la cantidad de suicidios consumados o en modo de intentos que ocurren últimamente. Se han habilitado diversas líneas telefónicas de asistencia en crisis, pero aun así los casos se presentan. Entonces habrá que buscar un sustrato común en todos ellos. ¿No será que esta tendencia a la exagerada individuación nos está cobrando factura?

Hay cosas que no podemos volver atrás en el tiempo; tipos de conducta que habrán de permanecer en el baúl de los recuerdos. Muy al margen de ello siempre es sabio asomarnos atrás y rescatar aquellos patrones de conducta que reforzaban el tan necesario sentido de comunidad que nos sustentaba. Un concepto que bien podría apoyar nuestra salud mental y ponernos a salvo de muchos problemas derivados del estrés con el que estamos viviendo en unos tiempos de notable aceleración.

CARTÓN de LUY

 


CRÓNICAS DE UN DON NADIE por Luis Toraya

Mi querido amigo Luis Toraya se integra formalmente al esfuerzo semanal de este blog, para publicar de manera periódica textos de su propia autoría. Aunque ya habíamos sacado algo suyo, hoy estrena oficialmente su espacio bajo el título "Crónicas de un Don Nadie". Aquí nos explica el autor el por qué del título. ¡Bienvenido, Luis!

Dicen que la historia la escriben los vencedores, pero la vida —la de verdad— la vivimos quienes pasamos desapercibidos en la fila del banco, en el tráfico de los lunes o en la mesa de al lado en cualquier café.

No soy un experto en nada, pero soy un testigo de todo. 

En este espacio, cada semana, me propongo rescatar esas pequeñas historias que parecen no tener importancia, pero que, al mirarlas con atención, revelan mucho más de lo que imaginamos.

A veces, la verdadera maravilla no se esconde en las cumbres, sino en la pausa que no pedimos.

Hoy, mientras esperaba a que el semáforo cambiara de rojo a verde, vi cómo un rayo de sol atravesaba el parabrisas y se detenía exactamente sobre el polvo que flotaba en el aire del coche. Durante unos segundos, esa pequeña polvareda, usualmente molesta o ignorada, se convirtió en una constelación danzante, un espectáculo de luz dorada que el mundo entero parecía haberme regalado solo a mí, en medio de la prisa y el claxon impaciente de al lado.

Nos acostumbramos tanto a existir que olvidamos notar el milagro de la física y el azar colisionando en un simple rayo de luz. 

Olvidamos que respirar, que el latido silencioso de nuestro corazón o el hecho de que un árbol se mantenga en pie al otro lado de la acera, son eventos de una complejidad asombrosa que sostienen nuestra realidad.

No necesitamos buscar grandes hitos para justificar nuestra estancia aquí. 

A veces, ser testigo de cómo la luz se filtra entre las hojas de un árbol en una calle gris es suficiente prueba de que, incluso en la rutina más plana, la vida sigue haciendo magia frente a nuestros ojos.

Aquí habrá de todo: reflexiones sobre el paso del tiempo, el extraño alivio de encontrar un libro viejo, el caos de la existencia moderna y, ocasionalmente, el intento fallido por entender qué rayos estamos haciendo aquí.

No busco ser el protagonista de tu semana, solo pretendo ser una voz honesta que te acompañe mientras tomas un respiro. 

Bienvenido a estas crónicas. Al final, todos somos un poco 'don nadie' en este gran enredo, y ahí es precisamente donde nos volvemos interesantes.

CARTAS A MÍ MISMO por Carlos Sosa


El cerebro de Dios

En algún rincón del siglo XVI, cuando Europa despertaba de la larga noche medieval, un hombre solitario se subió a un andamio en el Vaticano para pintar a Dios. No era sacerdote ni teólogo. Era escultor, arquitecto, poeta y sobre todo, un obsesivo. Se llamaba Miguel Ángel Buonarroti, y aceptó a regañadientes un encargo que cambiaría para siempre la historia del arte: decorar el techo de la Capilla Sixtina.
   Entre 1508 y 1512, mientras el papa Julio II libraba guerras y consolidaba su poder, el artista florentino pasaba las horas tumbado sobre su espalda, pincel en mano, pintando más de 500 metros cuadrados de cielo e historia bíblica. Pero en medio de esa bóveda majestuosa hay un fresco que detiene el tiempo: La Creación de Adán.
   Todos hemos visto esa imagen aunque no sepamos su nombre: dos manos que casi se tocan, separadas por un soplo de aire. Una pertenece a Dios, majestuoso, barbado, envuelto en un manto que flota; la otra a un hombre desnudo, recién formado, que extiende su dedo con pereza divina. No es un contacto cualquiera: es el instante en que la vida pasa del creador a su criatura.
   Lo que muchos olvidan es lo que significaba crear en el Renacimiento. Ya no era un acto misterioso reservado a lo sobrenatural: era también el fruto del conocimiento, la razón, la observación del mundo. Italia hervía de ideas nuevas: Leonardo disecaba cadáveres para dibujar músculos y nervios con precisión quirúrgica; Copérnico ponía al sol en el centro del universo; Erasmo escribía sobre el libre albedrío. Y en medio de esa revolución, Miguel Ángel decidió pintar al hombre no como siervo temeroso, sino como reflejo de lo divino: fuerte, hermoso, capaz de pensar por sí mismo.
   Por eso La Creación de Adán no muestra a Dios moldeando barro ni insuflando aliento por la boca. Lo muestra transmitiendo algo invisible y más profundo: la chispa de la conciencia. No es la carne lo que crea a un hombre, sino la mente que la habita.
   Si uno observa con calma ese manto rosado que envuelve al Creador, descubrirá algo inquietante: su contorno no es casual. Las curvas, las hendiduras y hasta la posición de los ángeles trazan con precisión quirúrgica el perfil de un cerebro humano. Es como si Miguel Ángel, que conocía la anatomía mejor que muchos médicos de su tiempo gracias a sus disecciones clandestinas, hubiese escondido un mensaje en el corazón mismo de la fe: Dios no sólo da vida, da pensamiento.
   Quizá el artista sabía que la divinidad no está en el cielo sino dentro del cráneo, que el mayor milagro no es respirar sino ser conscientes de que existimos. Tal vez por eso Adán no corre a tocar a su creador: apenas extiende su dedo, como quien recibe algo intangible que no entiende del todo. Porque en ese diminuto espacio entre ambos —ese abismo microscópico— cabe todo lo que somos: la duda, la razón, la curiosidad, la chispa que nos impulsa a buscar respuestas.
   Durante siglos, nadie pareció notar el secreto. Los fieles levantaban la vista y veían un Dios paternal flotando en el éter. Los papas se sentaban bajo la bóveda sin sospechar que sobre sus cabezas se escondía un manifiesto humanista. Recién en 1990, más de cuatrocientos años después, dos médicos estadounidenses, Frank Meshberger y Rafael Tamargo, demostraron que aquella forma correspondía con sorprendente exactitud a un corte sagital del cerebro humano. La noticia recorrió el mundo académico como un relámpago: lo que parecía una simple nube era en realidad un mapa de nuestra mente.
   Y entonces la pintura cobró un nuevo sentido. No era sólo el relato de un Dios que crea al hombre; era el testimonio de una época que se atrevió a pensarse a sí misma, que descubrió que comprender el cuerpo era también acercarse a lo sagrado. Era la confesión silenciosa de un artista que entendió que la divinidad no se impone desde arriba, sino que se enciende dentro de nosotros.
   Cada vez que miro esas dos manos casi tocándose, pienso que tal vez la distancia entre Dios y el hombre no es un abismo insalvable, sino el grosor de una sinapsis. Que el soplo divino no llega con rayos ni truenos, sino con un impulso eléctrico. Que el mayor acto de creación ocurrió no cuando nos dieron carne, sino cuando nos regalaron la capacidad de preguntarnos por qué estamos aquí.
   Y en esa pregunta —dolorosa, eterna, maravillosa— habita el cerebro de Dios...

CHARLA: Decisiones pequeñas: Un gran cambio


 

CONFETI DE LETRAS por Eréndira Ramírez

Estar totalmente satisfecho con la vida implica reconocer en ella lo que depende de nuestro esfuerzo y voluntad para lograr que sea posible;, reconocer límites en nuestras aspiraciones y sueños, aceptar que una buena parte de lo que nos sucede no está a nuestro alcance cambiarlo, por más voluntad y esfuerzo que hagamos por lograrlo. Adaptarnos a nuestras circunstancias, agradecer lo que poseemos, tener ambición de progreso que implique crecimiento personal y no solo mejorar nuestra economía. 

No todo aquello de lo que carecemos nos hace realmente falta, a veces es anhelo que una vez alcanzado ni siquiera disfrutamos. Darle valor a la rutina, a nuestro quehacer diario y no esperar tan solo que la vida sean fines de semana. La vida es esto que está ocurriendo hoy, a cada minuto te está sucediendo algo que puede ser tu mejor momento, y quizá ni siquiera sepas apreciarlo por estar obsesionado por lo que ni siquiera puedes hacer que suceda. 

Vive plenamente tu día, aspira el aroma de un nuevo amanecer, déjate abrazar por la luna y encuentra en sus brazos la luz que ilumine tu pesimismo, para librarte de él, para no perderte del paisaje por cerrar los ojos para imaginar otra realidad ajena a la tuya y que no llegará tan solo por desearla. 

Vive plenamente mientras tu mente, tu corazón y tu cuerpo puedan estar en completa armonía. Siente, vibra al compás que te toquen, no todo lo que anhelas te repito, te haría más feliz de lo que ahora puedes ser, si logras ver con el alma toda la fortuna que posees. 

No hay nada peor que no congraciarse con la propia vida, hasta de la soledad hay que saber hacer un aliado para que no pese demasiado. Quien haya sembrado afectos, nunca padecerá hambre que no pueda ser satisfecha por una caricia, por una palabra, por un abrazo que nos llegue al alma.

MÚSICA de F. Chopin: Vals de la primavera