domingo, 12 de abril de 2026

CONTRALUZ por María del Carmen Maqueo Garza

COMO ALICIA A TRAVÉS DEL ESPEJO

No deja de sorprenderme el poder de las redes sociales en nuestro mundo, muy en particular entre aquellos segmentos de la población que no tienen acceso a desarrollar elementos de juicio más allá de lo que aparece en pantallas.

Mi señor padre fue un brillante calculista que amaba las matemáticas. Supongo que fue a partir de esa afición suya que, siendo yo bastante pequeña, me regaló el libro de “Alicia en el país de las maravillas” del también matemático Lewis Carroll. Lo leí y debo confesar que no me encantó, sin embargo, no me atreví a manifestarlo ante mi padre, porque así eran las cosas en ese tiempo, los hijos no contradecían a los padres, además de que lo habría desencantado. Años después encontré en alguna librería “Alicia a través del espejo”, del mismo autor, ese libro sí me gustó y, hasta la fecha, me ha servido de metáfora en diversas ocasiones. Justo ahora lo vuelvo a traer a colación para dar título a la presente colaboración cuyo contenido va como aquí les cuento:

Ceci Flores se ha convertido en el ejemplo de las madres buscadoras en México. Durante siete años anduvo buscando a su hijo desaparecido. Ante la falta de indicios de que estuviera con vida, se lanzó a excavar con pico y pala en predios de Sonora y estados aledaños.

Hace algunas semanas halló lo que para ella eran los restos mortales de su hijo. Esperó a que la autoridad correspondiente lo verificara. Cuando ya tuvo la confirmación, pudo finalmente depositar esos restos en su tierra. Luego de ello subió a su cuenta de X un video en el cual expresa su tranquilidad por haberlos encontrado y su agradecimiento a quienes le han acompañado durante estos siete años. Agradeció también a las autoridades, aun cuando, recordaremos, los dos últimos presidentes se han negado a recibirla en Palacio.

Su tuit me inspiró para dedicar a su persona mi colaboración del pasado día 5, publicada en varios periódicos regionales. Le marqué copia a Ceci en su cuenta de X @CeciPatriciaF. Luego me llegó un par de notificaciones por la misma vía, que me permito transcribir textualmente, para evitar sesgos de interpretación. La primera respuesta a mi comentario para Ceci arrobándonos a ella y a mí expresa: ”Híjole creo el mundo está al revés admirando y exaltando a sicarios y delincuentes? Que mi…a es esta”. El segundo tuit, nuevamente como respuesta para Ceci y para mí, a la letra dice: “Porque admiras narcotraficantes?”. Me he permitido reproducir de forma casi íntegra la redacción de ambos tuits, incluyendo erratas, con excepción de una palabra soez utilizada por uno de los tuiteros, que solamente he insinuado, ya que no encuentro de buen gusto reproducirla tal cual en este espacio.

En fin, vamos ahora al fondo del asunto: De los dos tuiteros uno tiene quince seguidores y el otro tiene diez; revisando las publicaciones de uno y otro, a vuelo de pájaro se detecta que ambos apoyan incondicionalmente a la 4T. Pero ¿qué va de sus convicciones personales ⸺muy respetables⸺, a calificar como sicarios, delincuentes y narcotraficantes a los buscadores de desaparecidos, o denostar las palabras de una madre que expresa su gratitud tras haber encontrado los restos mortales de su hijo?

Regresando entonces al inicio de mi colaboración: Este México que vivimos, a ratos me evoca a Alicia, ese personaje que cruza el espejo y comienza a ver todo al revés de como es en la vida real. Descubre una realidad que no logra bien descifrar. El narrador lo expresa con estas palabras: —Como se ve, no estaba dispuesta a reconocer, ni siquiera a sí misma, que no había entendido ni jota—. Algo así me parece que sucede con quienes utilizan las redes sociales simplemente para dar la contra. Una cosa es que Ceci Flores tenga toda su vida de buscadora clamando el apoyo gubernamental que hasta ahora no ha obtenido, y otra muy distinta insinuar que se dedica al crimen organizado, como estos dos tuiteros pretenden señalar.

A propósito de sus reacciones descabelladas, habrá que decir: En 1965 la UNESCO definió la alfabetización como algo más que la capacidad de leer y escribir, y acuñó el término “analfabetismo funcional” como la incapacidad para participar en la vida económica, social y tecnológica, aun cuando se domine la lecto-escritura. La UNESCO ha continuado sus evaluaciones según apunta el documento del 2023 intitulado “Alfabetización y educación. Lecciones desde la práctica innovadora en América Latina y el Caribe”. Habrá que revisarlo para determinar cómo se mide el contraste entre lecto-escritura formal y la que se lleva a cabo solamente en redes, por ende, imprecisa. Quien no se documenta más allá, poco puede esgrimir

Comunicarse implica saber defender lo propio y cuestionar lo contrario de modo civilizado, no mediante bufidos digitales.

CARTÓN de LUY


 

REFLEXIÓN de JCDovala

 Gracias por tomarte un momento de tu día para detenerte aquí. En medio del ritmo acelerado en el que vivimos, hacer una pausa ya es un acto valioso.

Y el día de hoy quiero invitarte, con respeto y sin juicios, a hacerte y que tú mismo te hagas una pregunta sencilla pero profunda: ¿Sabes cuál es tu propósito de vida?

No la respuesta que suena bien, ni la que otros esperan de ti. La tuya. La que te mueve cuando nadie está viendo. La que le da sentido a lo que haces cada día.

Porque al final, el tiempo pasa —rápido y sin avisar— y lo único que realmente pesa no es cuánto hiciste, sino si lo que hiciste tenía dirección y sentido.

No necesitas tener todo resuelto hoy. Pero sí vale la pena empezar a cuestionarlo; pensarlo, sentirlo y buscarlo.

Si esta pregunta te incomoda o te perturba, es buena señal. Significa que hay algo importante ahí.

Gracias por leer. Y más importante aún, gracias por darte el espacio de pensar en ello.

Con admiración y respeto. Te abrazo con el corazón. 

CARTAS A MI MISMO por Carlos Sosa

 Servir es otra cosa

Dar la milla extra en emergencias no es un protocolo escrito, ni una casilla que se marca en el expediente. Es, más bien, ese gesto silencioso que ocurre cuando ya hiciste todo lo correcto… y aun así decides quedarte un poco más.
Porque en la medicina de urgencias, cumplir no siempre basta.
Cumplir es intubar bien, canalizar rápido, indicar el tratamiento adecuado, estabilizar signos vitales. Cumplir es seguir el algoritmo, respetar las guías, no fallar en lo técnico. Y eso, por supuesto, salva vidas.
Pero servir… servir es otra cosa.
Servir es sostener la mano de quien no entiende qué está pasando mientras el monitor pita. Es explicarle a la familia, aunque el turno esté colapsado, aunque haya otros cinco pacientes esperando. Es mirar a los ojos al que llega con dolor, no solo buscar el diagnóstico. Es volver a revisar al paciente antes de entregarlo, aunque ya esté “resuelto”.
La milla extra no siempre se mide en minutos, sino en intención.
Hay turnos donde todo arde: camillas llenas, voces cruzadas, decisiones en segundos. En medio de ese caos, es fácil volverse automático, eficiente, casi mecánico. Y ahí es donde muchos hacen bien su trabajo… pero pocos lo convierten en algo más.
El que da la milla extra no es el que hace más procedimientos, sino el que no pierde la humanidad entre ellos.
Es el que, después de sacar al paciente del paro, no solo celebra el pulso recuperado, sino que piensa en el pronóstico, en la familia, en lo que viene. Es el que, al dar el alta, se asegura de que el paciente realmente entendió. Es el que no minimiza el dolor porque “no es urgente”, porque sabe que para quien lo siente, lo es todo.
En emergencias, la diferencia no siempre está en lo espectacular, sino en lo constante.
En ese hábito de hacer un poco más de lo esperado, incluso cuando nadie lo nota. Incluso cuando no hay reconocimiento. Incluso cuando el cansancio pesa.
Porque al final del turno, cuando el ruido baja y queda el eco de todo lo vivido, uno sabe perfectamente si solo trabajó… o si realmente sirvió.
Y esa diferencia, aunque no se registre en ninguna estadística, es la que define qué tipo de médico eres cuando nadie te está mirando...

Carlos nos anuncia que ya está a la venta su último libro electrónico intitulado: "Moai". Como todos los anteriores se puede adquirir a través de su página de Fb y pagar vía PayPal.

MARAVILLOSA CHARLA de Enrique Guajardo


 

CONFETI DE LETRAS por Eréndira Ramírez

Esa costumbre arraigada de sufrir por lo que no ha pasado, de angustiarse por lo que pueda suceder tan solo imaginándolo. Esa idea de prepararse para el dolor, anticipándolo, colocándonos en el peor de los escenarios en un intento de amortiguar la aflicción si se llega a dar un final que es probable, pero del cual nadie puede darnos la certeza. 

Vamos preparando el corazón, somos capaces de dejarnos llevar por la mente a esa situación angustiosa, vivirla, e incluso revivirla varias veces, autoflagelándonos, como si este ejercicio nos hiciera más fuertes y llegado el momento, cualquier evento por trágico o penoso que sea, no nos tome desprevenidos, y podamos sobrellevarlo de mejor manera. 

Vámonos convenciendo de que si vale la pena adelantar situaciones, las que más convienen son aquellas que alimentan el alma de optimismo y fe, de alegría, esas si vale la pena recrearlas y disfrutarlas anticipadamente, si no llegan, nada ni nadie nos podrá quitar esos momentos de felicidad que vivimos con tan sola imaginarlas. Si no suceden, quizá solo nos quede un dejo de tristeza, pero habremos tenido un incentivo para esperar un tiempo, para sentir en el presente ese futuro que si acaso se nos niega, no dejó de ser ilusión que motivó acciones positivas. 

Sufrir por adelantado no reditúa, no aminora el pago que nos cobre la vida ante la adversidad si sucede, y si no, habremos pagado una factura que no nos correspondía, dejando a un lado la tranquilidad, la paz que teníamos en ese momento y que no supimos apreciar. 

Costumbre, mala costumbre, de vivir de pronósticos que por acertados que sean nos empañan la claridad del presente, que nos impiden gozar de un día de sol esplendoroso, pronosticando tempestades, sin que siquiera tengamos noción de lo que es la meteorología. La vida va más aprisa que nosotros, no la intentemos alcanzar, ella nos guía, y sea como sea todos tendremos un mismo destino, eso es el único presagio que con certeza podemos vaticinar, sin que haya atenuantes que nos liberen de lo que esa batalla nos vaya a significar.

CRÓNICAS DE UN DON NADIE por Luis Toraya

Génesis 4: Tercer trimestre

El tercer trimestre fue la víspera del encuentro.
Si los meses anteriores fueron de construcción y descubrimiento, estos últimos fueron de una espera vibrante y, a veces, un poco apretada.
Mi mundo, que antes parecía un océano infinito, se volvió un nido estrecho donde cada uno de mis movimientos era una caricia o un reclamo de espacio.
El séptimo mes:
Mis pulmones, esos dos árboles de aire que aún estaban secos, empezaron a producir una sustancia mágica llamada surfactante. Era el combustible necesario para que, al salir, mis alvéolos no se pegaran y yo pudiera dar mi primer grito de victoria.
- Sueños en la penumbra: Mi cerebro ya mostraba ondas cerebrales similares a las de un adulto. ¿Qué soñaba? Quizás soñaba con el sonido de tu risa o con la textura de una caricia que aún no conocía.
- Reconocimiento: Ya no solo oía ruidos; distinguía melodías. Si ponías música, mi corazón se aceleraba o se calmaba en sintonía. Ya era un miembro más de la familia, participando en las cenas y las charlas desde mi rincón cálido.
El octavo mes:
Este mes fue el de la acumulación de tesoros. Empecé a ganar grasa bajo mi piel, redondeando mis mejillas y mis rodillas. Ya no era ese astronauta delgado; me estaba convirtiendo en el bebé rollizo que querías abrazar.
- El giro del destino: Como si supiera que el tiempo se agotaba, instintivamente busqué la salida. Realicé una voltereta lenta y pesada para colocar mi cabeza hacia abajo, encajándome en tu pelvis. Fue una señal de respeto: me estaba preparando para el camino.
- Poco espacio, mucho amor: Mis patadas se convirtieron en empujones. Podías ver un codo o un talón dibujándose bajo la piel de tu vientre. Era mi forma de decirte: "Aquí estoy, ya casi no quepo, pero estoy listo".
El noveno mes:
Las últimas semanas fueron de una calma tensa y hermosa. Yo estaba listo. Mis riñones, mi hígado y mis sentidos estaban en su punto máximo de maduración. Solo faltaba el chispazo final.
—Cada vez que respirabas profundo, yo sentía el balanceo.
El líquido amniótico se reducía y yo podía sentir la presión de tus manos cuando acariciabas tu vientre. Ese era nuestro lenguaje secreto—.
- La calma antes de la tormenta: Los últimos días me quedé muy quieto, ahorrando energía para el gran esfuerzo. El mundo exterior me llamaba a través de la luz que se filtraba, más brillante que nunca.
- El pacto final: Mis hormonas empezaron a enviar señales a las tuyas. Un diálogo químico invisible le dijo a tu cuerpo: "Es hora. Estamos listos para dejar de ser uno solo y convertirnos en dos personas que se miran a los ojos".
El final del silencio
Llegué al final de la gestación pesando unos 3.5 kilos y midiendo cerca de 50 centímetros.
Atrás quedaba la oscuridad perfecta, la temperatura constante y el alimento sin esfuerzo.
Delante de mí, estaba el frío, el ruido y la inmensidad, pero también estaban tus brazos.
Fue un viaje de 40 semanas desde la nada hasta el todo.