Vamos preparando el corazón, somos capaces de dejarnos llevar por la mente a esa situación angustiosa, vivirla, e incluso revivirla varias veces, autoflagelándonos, como si este ejercicio nos hiciera más fuertes y llegado el momento, cualquier evento por trágico o penoso que sea, no nos tome desprevenidos, y podamos sobrellevarlo de mejor manera.
Vámonos convenciendo de que si vale la pena adelantar situaciones, las que más convienen son aquellas que alimentan el alma de optimismo y fe, de alegría, esas si vale la pena recrearlas y disfrutarlas anticipadamente, si no llegan, nada ni nadie nos podrá quitar esos momentos de felicidad que vivimos con tan sola imaginarlas. Si no suceden, quizá solo nos quede un dejo de tristeza, pero habremos tenido un incentivo para esperar un tiempo, para sentir en el presente ese futuro que si acaso se nos niega, no dejó de ser ilusión que motivó acciones positivas.
Sufrir por adelantado no reditúa, no aminora el pago que nos cobre la vida ante la adversidad si sucede, y si no, habremos pagado una factura que no nos correspondía, dejando a un lado la tranquilidad, la paz que teníamos en ese momento y que no supimos apreciar.
Costumbre, mala costumbre, de vivir de pronósticos que por acertados que sean nos empañan la claridad del presente, que nos impiden gozar de un día de sol esplendoroso, pronosticando tempestades, sin que siquiera tengamos noción de lo que es la meteorología. La vida va más aprisa que nosotros, no la intentemos alcanzar, ella nos guía, y sea como sea todos tendremos un mismo destino, eso es el único presagio que con certeza podemos vaticinar, sin que haya atenuantes que nos liberen de lo que esa batalla nos vaya a significar.
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