domingo, 12 de abril de 2026

CRÓNICAS DE UN DON NADIE por Luis Toraya

Génesis 4: Tercer trimestre

El tercer trimestre fue la víspera del encuentro.
Si los meses anteriores fueron de construcción y descubrimiento, estos últimos fueron de una espera vibrante y, a veces, un poco apretada.
Mi mundo, que antes parecía un océano infinito, se volvió un nido estrecho donde cada uno de mis movimientos era una caricia o un reclamo de espacio.
El séptimo mes:
Mis pulmones, esos dos árboles de aire que aún estaban secos, empezaron a producir una sustancia mágica llamada surfactante. Era el combustible necesario para que, al salir, mis alvéolos no se pegaran y yo pudiera dar mi primer grito de victoria.
- Sueños en la penumbra: Mi cerebro ya mostraba ondas cerebrales similares a las de un adulto. ¿Qué soñaba? Quizás soñaba con el sonido de tu risa o con la textura de una caricia que aún no conocía.
- Reconocimiento: Ya no solo oía ruidos; distinguía melodías. Si ponías música, mi corazón se aceleraba o se calmaba en sintonía. Ya era un miembro más de la familia, participando en las cenas y las charlas desde mi rincón cálido.
El octavo mes:
Este mes fue el de la acumulación de tesoros. Empecé a ganar grasa bajo mi piel, redondeando mis mejillas y mis rodillas. Ya no era ese astronauta delgado; me estaba convirtiendo en el bebé rollizo que querías abrazar.
- El giro del destino: Como si supiera que el tiempo se agotaba, instintivamente busqué la salida. Realicé una voltereta lenta y pesada para colocar mi cabeza hacia abajo, encajándome en tu pelvis. Fue una señal de respeto: me estaba preparando para el camino.
- Poco espacio, mucho amor: Mis patadas se convirtieron en empujones. Podías ver un codo o un talón dibujándose bajo la piel de tu vientre. Era mi forma de decirte: "Aquí estoy, ya casi no quepo, pero estoy listo".
El noveno mes:
Las últimas semanas fueron de una calma tensa y hermosa. Yo estaba listo. Mis riñones, mi hígado y mis sentidos estaban en su punto máximo de maduración. Solo faltaba el chispazo final.
—Cada vez que respirabas profundo, yo sentía el balanceo.
El líquido amniótico se reducía y yo podía sentir la presión de tus manos cuando acariciabas tu vientre. Ese era nuestro lenguaje secreto—.
- La calma antes de la tormenta: Los últimos días me quedé muy quieto, ahorrando energía para el gran esfuerzo. El mundo exterior me llamaba a través de la luz que se filtraba, más brillante que nunca.
- El pacto final: Mis hormonas empezaron a enviar señales a las tuyas. Un diálogo químico invisible le dijo a tu cuerpo: "Es hora. Estamos listos para dejar de ser uno solo y convertirnos en dos personas que se miran a los ojos".
El final del silencio
Llegué al final de la gestación pesando unos 3.5 kilos y midiendo cerca de 50 centímetros.
Atrás quedaba la oscuridad perfecta, la temperatura constante y el alimento sin esfuerzo.
Delante de mí, estaba el frío, el ruido y la inmensidad, pero también estaban tus brazos.
Fue un viaje de 40 semanas desde la nada hasta el todo.



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