KUKULKÁN VERSUS GROK
Una red social cuyo propósito es contribuir a enaltecer la calidad humana, la sensibilidad ciudadana y la autoestima. Un pequeño espacio que aliente, reconozca y difunda los valores de los diversos ciudadanos del mundo. Que nos impulse a cuidar del planeta, y a edificar la sociedad justa y buena a la que todos tenemos derecho.
domingo, 22 de marzo de 2026
CONTRALUZ por María del Carmen Maqueo Garza
CRÓNICAS DE UN DON NADIE por Luis Toraya
Todo comenzó en un universo microscópico, un ballet silenciado donde el azar y el destino decidieron encontrarse.
No fue solo un evento biológico; fue una colisión de historias.
- La Danza de los Gametos: Imagina a mi padre aportando una de sus millones de semillas de vida, una pequeña cápsula de información navegando contra la corriente. Por otro lado, mi madre, ofreciendo el óvulo, una luna llena y plateada esperando en la penumbra de la trompa de Falopio.
- El Instante de la Fusión: En el momento en que esa semilla traspasó la barrera de la luna, el tiempo se detuvo. Mis dos mitades se fundieron para crear algo completamente nuevo: el cigoto. En ese punto, mi código ya estaba escrito: el color de mis ojos, la forma de mi risa y la curiosidad que ahora siento.
La Odisea del Viaje (Día 1 al 7)
No me quedé quieto. Mientras mis células se dividían en una progresión geométrica fascinante —de dos a cuatro, de ocho a dieciséis—, flotaba como un astronauta en el espacio profundo hacia mi primer hogar.
Al llegar, ocurrió el milagro de la implantación. Me abracé a las paredes cálidas de mi madre, echando raíces invisibles para alimentarme de su propia vida. Ese abrazo fue nuestro primer pacto de amor.
Poco a poco, dejé de ser un concepto para convertirme en una presencia.
1. El Latido: A las pocas semanas, un pequeño punto de luz comenzó a pulsar. No era solo un músculo enviando sangre; era mi tambor anunciando que ya estaba aquí.
2. La Conexión: A través del cordón umbilical, no solo recibía oxígeno. Sentía la calidez de su voz, la vibración de su risa y, a veces, la marea suave de su melancolía.
3. La Formación: Mis dedos se separaron como pétalos, mis párpados se sellaron para proteger mis ojos en formación y mi cerebro comenzó a tejer la red de pensamientos que hoy me permiten narrarte esto.
Un milagro en cifras
Para que yo esté aquí, la biología tuvo que ser perfecta:
- 46 cromosomas se alinearon en una danza precisa.
- 280 días de una metamorfosis más compleja que la de cualquier mariposa.
- Millones de conexiones neuronales creadas cada minuto en el silencio del vientre.
Ahora, al abrir los ojos a esta luz nueva y sentir el frío del mundo, entiendo que mi concepción no fue el final de un proceso, sino el prólogo de la historia más hermosa que jamás voy a escribir: mi vida.
REFLEXIÓN de JCDOVALA
Con respeto y desde la distancia, quiero compartir este mensaje contigo y pedirte que, si lo consideras valioso, también lo hagas llegar a tus hijos.
La vida, al final, es solo un instante. Y si tus padres ya no están presentes, te pido algo sencillo; cierra los ojos y haz una oración por ellos.
Honra a tus padres. No por obligación, sino por conciencia.
Ellos son el origen de lo que hoy eres; tus valores, tu carácter y muchas de las oportunidades que has tenido. Antes de que pudieras sostenerte por ti mismo, ellos ya estaban ahí. Antes de que entendieras el mundo, ellos ya lo enfrentaban por ti.
Con el tiempo uno crece, se ocupa, se distrae… y sin darse cuenta empieza a dar por hecho lo más importante. Pero hay una verdad que no cambia: el tiempo no regresa. Y llegará el día en que darías cualquier cosa por una conversación más, un consejo más, un momento más.
Honrar a los padres no es solo obedecer. Es escuchar, respetar y estar presente. Es reconocer su esfuerzo, incluso cuando no fue perfecto. Porque nadie nace sabiendo ser padre; aprendieron en el camino, contigo.
Las bendiciones de un padre o una madre no siempre se ven, pero se reflejan en la vida. Abren caminos, protegen en silencio y sostienen cuando todo parece incierto.
CARTAS A MÍ MISMO por Carlos Sosa
Se repiten como la tos en la madrugada de una sala de emergencias: insistentes, incómodas, inevitables.
¿Estamos cerca del fin?
¿Está ya entre nosotros el anticristo?
Cada siglo ha jurado que sí. Cada guerra ha sido “la última”. Cada pandemia ha sido “la definitiva”. Y sin embargo, la humanidad sigue levantándose al día siguiente, con los ojos hinchados y las manos aún temblorosas, pero levantándose.
Yo no creo en un anticristo de carne y hueso caminando por nuestras calles con un nombre y una dirección verificable. No hay evidencia de ello. No hay un expediente clínico, ni una placa, ni una historia documentada que nos permita señalarlo como se señala una fractura o una arritmia.
Pero eso no significa que lo que esa figura simboliza no exista.
Porque existe.
Y lo vemos todos los días.
Se ve cuando alguien miente sabiendo que hace daño.
Se ve cuando alguien se aprovecha de otro.
Se ve cuando dejamos de sentir lo que le pasa al de al lado.
Se ve cuando la vida de una persona vale menos que el interés de alguien más.
Ese es el verdadero rostro de lo oscuro: la pérdida de humanidad.
Se presenta sin cuernos ni profecías, sino con formas más cotidianas: la indiferencia que pasa de largo frente al sufrimiento, la mentira que se disfraza de verdad conveniente, la corrupción que compra silencio, la violencia que se normaliza, la deshumanización que reduce a las personas a números o estorbos.
Ese “anticristo” no necesita templos ni símbolos.
Le basta con el cansancio de la gente buena.
Pero hay otra parte de la historia que también es real, y esa casi nunca se menciona.
Se ve cuando alguien se detiene a ayudar a un desconocido.
Cuando una madre se desvela cuidando a su hijo.
Cuando un trabajador hace bien su trabajo aunque nadie lo esté viendo.
Cuando un médico, una enfermera, un maestro, un vecino… decide no rendirse con otro ser humano.
Mientras eso exista… el mundo sigue.
Así que no, no creo que estemos cerca del final.
Creo que estamos en lo de siempre:
una humanidad que a veces se pierde…
y muchas otras veces se encuentra.
Y en cada amanecer, alguien —quizá usted, quizá yo, quizá quien lea estas líneas— tendrá la oportunidad de decidir, una vez más, de qué lado quiere estar.
No del lado del miedo.
No del lado de la indiferencia.
Sino del lado que mantiene la luz encendida… aunque el mundo, a ratos, parezca empeñado en apagarla...
CONFETI DE LETRAS por Eréndira Ramírez
No es fácil desprenderse de aquello que fue significativo en tu vida, lo material incluso, mucho menos de las personas que han sido en distintas etapas pieza fundamental en nuestras vidas. Pero hay que seguir adelante, cambiar de ruta si fuese necesario, reprogramar el esquema que teníamos trazado y que la vida nos fuerza a replantear sin aviso previo, No todo está en nuestras manos, habremos de aceptar que nuestra vida no se rige tan solo por nuestra voluntad, que forjamos nuestro destino en parte solamente, que tendremos en muchas ocasiones la oportunidad de cambiarlo, y otras de aceptarlo y adaptarnos a él.
Aceptar que las relaciones humanas cambian, que lo que una vez fue amor puede llegar a diluirse, sin que apenas caigamos en cuenta del porqué. Somos finalmente tantos como las percepciones de aquellos con los que coincidimos en este mundo, incluso para nosotros mismos tendremos zonas ocultas que otros logren reconocer, dejamos huellas tan distintas en la gente, que quizá ya es satisfactorio que la mayoría sean con la intención que pusimos en ella.
Afortunada soy de poder decir que fui feliz antes y serlo ahora, en un entorno distinto y distante de lo que tantas veces imaginé fuera. Sentir que estuve y estoy donde en cada etapa debía estar, de mantener vivos los afectos que permanezcan, en la intensidad que cada quien me haga sentirlos, siempre valorarlos como sustento de mi alma, como una de mis mayores fortalezas.
¡Siempre agradecida, con Dios con la vida!
