domingo, 18 de enero de 2026

CONTRALUZ por María del Carmen Maqueo Garza

 PANTALLA, RELOJ Y VIDA

Apenas nos percatamos y ha pasado más de la mitad de enero del 2026. Se repite en cada uno de nosotros esa sensación de que el tiempo vuela, que lo hace con mayor velocidad que antes, y nos damos por sorprendidos. Habría que analizar entonces qué elementos intervienen para que esa sensación se vuelva cada año más intensa para cada uno de nosotros.

Algún estudioso de las redes sociales –lamentablemente no recuerdo quién—afirma que en gran medida esa sensación de que el tiempo vuela está muy relacionada con cuánto de él utilizamos frente a pantalla, probablemente desde que abrimos los ojos por la mañana, hasta que vamos a dormir por la noche. Además, hay una ley (Weber) que establece que, entre más edad tenemos, más rápido sentimos que pasa el tiempo.

Esta mañana amanecí haciendo fila en el exterior de una institución. Supuse que abría a las 8.30, hora en la que llegué, pero en realidad abría hasta las 9. Me coloqué detrás del primer cliente con el clásico “buenos días”, pensando en que, como es costumbre en provincia, de una plática casual hallaríamos suficiente material para pasar esos treinta minutos platicando sobre algún tema común a ambos. Me ha sucedido en otras ocasiones y he adquirido grandes conocimientos de esos personajes urbanos que nos topamos por casualidad en algún sitio público.

Esta vez no fue el caso. Me fallaron los cálculos de que un señor con una edad próxima a la mía aceptaría un diálogo improvisado para ocupar esa media hora. Tras mi segunda pregunta simplemente me ignoró y retomó lo que venía haciendo desde que me aproximé a él: Deslizando su pulgar izquierdo sobre la pantalla de su teléfono móvil. Pasó de una receta de tizanas para la tos a base de clavo de olor, canela y limón, a otra de medicamentos naturales para prevenir el alza de colesterol y triglicéridos. Siguió una amplia explicación de una “influencer” respecto al modo como decidió reparar el motor de su vehículo, pasando por descalificaciones a la persona de una senadora de la república, que la de la voz catalogó de “roba maridos”. Entre una cosa y otra algún tik-tok chistoso con esas risas de fondo que a cualquiera irritan. Siguió otro creador digital hablando sobre alguna iniciativa del gobierno de México y su repercusión internacional.

Fue imposible sustraerme a los sonidos del aparato celular del vecino. Tal vez se me escapen un par de contenidos “scrolleados” por él, pero eso sí, lo que más me impresionó, y debo ser honesta, no me había percatado de algo similar en otros momentos, fue la forma como el dueño de la pantalla interactuaba con ella, mediante risas discretas en respuesta a lo observado, otras más sonoras, y hasta contestándole a alguno de los personajes que aparecían en la pantalla, con expresiones de solidaridad a lo expresado.

Una sola palabra vino a mi mente: “Enajenación”. Fue evidente la manera como un aparato de 15X8 centímetros logra absorber totalmente la atención de un ser humano; cómo lo aísla del mundo exterior y lo vuelve indiferente a todo lo que ocurra en derredor suyo. Claro, este era el caso de un individuo que ocupaba su tiempo de espera de esta forma. Pero entonces surge la inquietud: ¿El mecanismo operará con igual intensidad en una madre de familia mientras está con sus hijos? ¿O absorberá de modo similar la atención de un niño pequeño, que deja de relacionarse con el mundo real sumido en una pantalla?

La observación improvisada de laboratorio callejero que llevé a cabo esta mañana me detonó infinidad de preguntas por responder. Y claro, me explicó en buena medida la razón por la que solemos sentir que el tiempo avanza más rápido que nunca en nuestras vidas. Los conocedores hablan de que la falta de novedad en nuestras percepciones nos lleva a distorsionar el sentido del tiempo, dando la sensación de que su velocidad varía conforme a los estímulos que recibamos de nuestro derredor. Además de que los contenidos en redes sociales están hechos para que cada treinta segundos cambiemos de uno a otro, y así mantener fija nuestra atención en la pantalla.  O sea, estamos sometidos por un algoritmo perfectamente calculado por la ingeniería digital que nos atrapa. Es de ese modo como nuestra percepción del tiempo cambia, y cuando menos lo pensamos, ya estamos preparando las posadas. Nos preguntamos en qué se nos fue el tiempo de una forma tan sorprendente, y –para variar—recurrimos a la IA en busca de respuestas.

CARTÓN de LUY

 


Rapsodia Húngara No. 2 de Liszt, en arreglo para quinteto de metales

CARTAS A MÍ MISMO por Carlos Sosa

Seguir siendo

Hay una tentación silenciosa que aparece cuando nadie aplaude: cambiar.
Cambiar el tono, la forma, el corazón.
Disfrazarse de algo más aceptable.
Más digerible.
Más rentable.
Es una tentación peligrosa, porque no grita… susurra.
Te dice: “¿Para qué seguir siendo así si nadie lo nota?”
Y ahí es donde muchos se pierden.
Porque el verdadero carácter no se revela cuando te celebran, sino cuando sigues siendo tú mientras el mundo mira hacia otro lado.
Hay personas que hacen el bien en silencio.
Que trabajan con una ética que no sale en fotos.
Que aman sin espectadores.
Que dan sin recibos.
Y aunque parezca que no deja rastro,
todo lo que se hace con amor
modifica la realidad.
Siempre.
No siempre de manera visible.
No siempre inmediata.
Pero deja una huella que alguien, algún día, pisa…
y cambia de rumbo sin saber por qué.
Ser quien eres cuando nadie lo valida
es un acto de fe.
Fe en que tu manera de estar en el mundo importa.
Fe en que la integridad no necesita aplausos.
Fe en que la verdad no envejece.
Hay quienes construyen su vida para ser vistos.
Y hay quienes la construyen para ser fieles.
Los segundos duermen mejor.
Porque pueden mirarse al espejo
sin negociar con su conciencia.
Si hoy nadie reconoce tu esfuerzo,
si tu entrega parece caer en vacío,
no te traiciones para encajar.
El mundo ya tiene suficientes máscaras.
Lo que escasea es la gente que se atreve a ser auténtica aunque duela.
Y eso, aunque ahora no lo notes,
también deja huella...

Charla de James Lee acerca de la demencia y el final de la vida

 
Se pueden activar y traducir subtítulos.

CONFETI DE LETRAS por Eréndira Ramírez

Nuestra conducta está normada por los valores que se nos inculcaron. Vamos reconociendo lo que es el bien y el mal, acorde a lo que en nuestro entorno va considerándose sea así. Nuestra conciencia basada en este conocimiento, se convierte en el sensor y avala o desaprueba nuestra conducta, independientemente de como haya sido juzgada por otros. 

Nadie más implacable y objetivo que nuestra conciencia. A veces acallaremos su mensaje, pero imposible decir que no fue enviado. Somos capaces de actuar aún en contra de ella, de ser inconscientes y evitar reclamos ante decisiones totalmente incorrectas. Resulta posible y por supuesto sucede, pero la incongruencia y falta de sintonía entre nuestro proceder y nuestra conciencia, siempre acarrea disturbios que impiden una paz interior. Tarde que temprano, la conciencia cobra la factura de no haber sido escuchada; lo que nadie nos reprueba, nosotros mismos nos lo condenaremos, a veces demasiado tarde para lograr redimir los daños. 

No siempre los caminos fáciles llevan a los mejores destinos, a veces se tiene que luchar contracorriente para no ser arrastrados por lo que se opone a un digno proceder, pero habrá de valer la pena siempre, no haber perdido la senda que se nos trazó, donde actuar con libertad no significa contraponerse a los valores morales, ni traicionar los afectos, las normas donde el principal fin debe ser el respeto y el amor al prójimo. Mantenernos en línea con la conciencia, para recibir todos sus mensajes y enmendar si fuera necesario los errores, y sentir la satisfacción de nuestras acciones acertadas. Ser feliz plenamente y vivir en paz, en armonía cerebro y corazón, requiere que la conciencia no se deje nunca en "modo avión".

Ajedrez: Partida con final desastroso