Nuestra conducta está normada por los valores que se nos inculcaron. Vamos reconociendo lo que es el bien y el mal, acorde a lo que en nuestro entorno va considerándose sea así. Nuestra conciencia basada en este conocimiento, se convierte en el sensor y avala o desaprueba nuestra conducta, independientemente de como haya sido juzgada por otros.
Nadie más implacable y objetivo que nuestra conciencia. A veces acallaremos su mensaje, pero imposible decir que no fue enviado. Somos capaces de actuar aún en contra de ella, de ser inconscientes y evitar reclamos ante decisiones totalmente incorrectas. Resulta posible y por supuesto sucede, pero la incongruencia y falta de sintonía entre nuestro proceder y nuestra conciencia, siempre acarrea disturbios que impiden una paz interior. Tarde que temprano, la conciencia cobra la factura de no haber sido escuchada; lo que nadie nos reprueba, nosotros mismos nos lo condenaremos, a veces demasiado tarde para lograr redimir los daños.
No siempre los caminos fáciles llevan a los mejores destinos, a veces se tiene que luchar contracorriente para no ser arrastrados por lo que se opone a un digno proceder, pero habrá de valer la pena siempre, no haber perdido la senda que se nos trazó, donde actuar con libertad no significa contraponerse a los valores morales, ni traicionar los afectos, las normas donde el principal fin debe ser el respeto y el amor al prójimo. Mantenernos en línea con la conciencia, para recibir todos sus mensajes y enmendar si fuera necesario los errores, y sentir la satisfacción de nuestras acciones acertadas. Ser feliz plenamente y vivir en paz, en armonía cerebro y corazón, requiere que la conciencia no se deje nunca en "modo avión".
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