Hay una tentación silenciosa que aparece cuando nadie aplaude: cambiar.
Cambiar el tono, la forma, el corazón.
Disfrazarse de algo más aceptable.
Más digerible.
Más rentable.
Es una tentación peligrosa, porque no grita… susurra.
Te dice: “¿Para qué seguir siendo así si nadie lo nota?”
Y ahí es donde muchos se pierden.
Porque el verdadero carácter no se revela cuando te celebran, sino cuando sigues siendo tú mientras el mundo mira hacia otro lado.
Hay personas que hacen el bien en silencio.
Que trabajan con una ética que no sale en fotos.
Que aman sin espectadores.
Que dan sin recibos.
Y aunque parezca que no deja rastro,
todo lo que se hace con amor
modifica la realidad.
Siempre.
No siempre de manera visible.
No siempre inmediata.
Pero deja una huella que alguien, algún día, pisa…
y cambia de rumbo sin saber por qué.
Ser quien eres cuando nadie lo valida
es un acto de fe.
Fe en que tu manera de estar en el mundo importa.
Fe en que la integridad no necesita aplausos.
Fe en que la verdad no envejece.
Hay quienes construyen su vida para ser vistos.
Y hay quienes la construyen para ser fieles.
Los segundos duermen mejor.
Porque pueden mirarse al espejo
sin negociar con su conciencia.
Si hoy nadie reconoce tu esfuerzo,
si tu entrega parece caer en vacío,
no te traiciones para encajar.
El mundo ya tiene suficientes máscaras.
Lo que escasea es la gente que se atreve a ser auténtica aunque duela.
Y eso, aunque ahora no lo notes,
también deja huella...
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