DESOÍR EL CELULAR
Estoy
terminando una novela magnífica de Cristina Rivera Garza, que me atrapó desde
el primer momento: “Nadie me verá llorar”. Habla sobre la vida de una mujer que
fue personaje en el manicomio “La Castañeda”, desde sus orígenes en una pequeña
población veracruzana, hasta su migración obligada a la Ciudad de México, los
avatares que hubo de enfrentar, y las condiciones en que vivió durante los
últimos años de su existencia.
Tal
vez más que la historia, lo que me ha atrapado de la autora en esta ocasión, es
su narrativa respecto a la investigación antropológica que llevó a cabo en
antiguos archivos para estudiar expedientes, seleccionar el material para su
novela, e ir dando al lector guiños sobre la labor profesional que desarrolla
un escritor, lo que contrasta agudamente con muchas biografías de quienes llegan
a sentirse dueños del oficio tras haber escrito o publicado un par de
cuartillas. En lo personal me di cuenta cuánto me falta por hacer en la
creación de personajes, pese a los ya más de cincuenta años que tengo trabajando
los distintos géneros, fundamentalmente artículo periodístico, ensayo y
crónica.
En
fin, en esta mentalidad “cristinariveragarza” llegué a la Clínica 34 del IMSS
en Monterrey, Nuevo León ⸺una vez más⸺ para un nuevo estudio, en esta ocasión
un ecocardiograma. Como maratonista que ha ganado medallas en diversas
disciplinas yo voy colgándome los resultados de los variados exámenes de
laboratorio y gabinete que me han practicado, al menos durante los últimos
cuatro años. Este era, como se dice en la jerga popular, “una raya más al
tigre”. En una colaboración anterior he hablado sobre lo bien organizada que se
halla esta clínica del IMSS dedicada a cardiología y neumología. A ratos se ralentiza
la atención a causa del exceso de pacientes, pero aun así todo fluye. Pasé de
una sala general a una segunda de pacientes programados para estudio, finalmente
a un módulo pequeño de paredes blanquísimas, donde me practicarían el ecocardiograma.
Me dejaron en posición durante un corto tiempo, mientras llegaba el médico que lo
iba a llevar a cabo.
El
joven profesional se dirigió a mí por mi nombre, luego de lo cual se presentó:
“Soy el doctor Jesús”. Luego de corroborar mis generales me explicó el
procedimiento, no sin antes verificar mi historia clínica. Este es el punto en
el que, para facilitar el interrogatorio, me identifico como médico. No es mi
costumbre abrirme paso en los hospitales blandiendo mi título profesional o los
puestos que he ocupado. De esto siguió un sistemático y cuidadoso estudio de mi
anatomía cardíaca. Movía el transductor, observaba la pantalla y en una hoja de
papel anotaba resultados. Eso mismo hizo por no menos de cuarenta minutos. Se
ve que es un ser humano que ama lo que hace y lo hace con gusto. Terminada esa
fase me indicó que vendría un segundo médico a revisar junto con él algunos
detalles de mi estudio. Entró el otro personaje, de más edad, supongo que su
maestro, quien repasó todos los caminos que había recorrido el médico Jesús.
Hablaron entre ellos de mediciones, orientaciones y otras minucias técnicas, y
pronto me indicaron que habían terminado, que podía vestirme y salir, y que los
resultados se agregarían a mi expediente. Aproveché para felicitar a ambos por
su calidad humana y profesional, algo que a cualquier paciente le agrada y le
tranquiliza.
Muy
a la “cristinariveragarza” esa mañana observé cada gesto, cada detalle. Lo que
más me cautivó fue un hecho notable que quiero destacar: En medio del estudio
se escuchó el tono de una llamada de su celular, a la cual él hizo caso omiso,
total y absolutamente, dando un contexto maravilloso a mi narrativa: Un
profesional que, además de su trato amable y de elevado nivel médico, regala a
sus pacientes atención plena durante la consulta. Contrario a lo que, por
desgracia, prevalece entre nosotros, ni siquiera dirigió la vista al aparato
para enterarse de quién llamaba. Cero distracciones, algo que me pareció un
regalo aun mayor para mí como paciente. Entonces pensé que, dentro de una
historia clínica podríamos registrar esto como “el signo de desoír la llamada”,
indicativo de elevada calidad en la atención.
Para
despedirme, tras haber felicitado a ambos galenos, recalqué no conocer el
apellido del médico Jesús, a lo que el de más edad, su maestro, mencionó que se
presentaba solamente así, pues su apellido ⸺tal vez de origen vasco, digo yo⸺, resulta
sumamente difícil de pronunciar. Aun sin apellido, ¡bravo por el médico Jesús! A
todas luces se ve que se trata de un ser humano excepcional, con gran espíritu
de servicio, mucha preparación y calidez humana, que considera que vale la pena
poner su mayor empeño en trabajar con entusiasmo y dedicación dentro de la
medicina institucional.
