domingo, 28 de junio de 2026

CONTRALUZ por María del Carmen Maqueo Garza

 DESOÍR EL CELULAR

Estoy terminando una novela magnífica de Cristina Rivera Garza, que me atrapó desde el primer momento: “Nadie me verá llorar”. Habla sobre la vida de una mujer que fue personaje en el manicomio “La Castañeda”, desde sus orígenes en una pequeña población veracruzana, hasta su migración obligada a la Ciudad de México, los avatares que hubo de enfrentar, y las condiciones en que vivió durante los últimos años de su existencia.

Tal vez más que la historia, lo que me ha atrapado de la autora en esta ocasión, es su narrativa respecto a la investigación antropológica que llevó a cabo en antiguos archivos para estudiar expedientes, seleccionar el material para su novela, e ir dando al lector guiños sobre la labor profesional que desarrolla un escritor, lo que contrasta agudamente con muchas biografías de quienes llegan a sentirse dueños del oficio tras haber escrito o publicado un par de cuartillas. En lo personal me di cuenta cuánto me falta por hacer en la creación de personajes, pese a los ya más de cincuenta años que tengo trabajando los distintos géneros, fundamentalmente artículo periodístico, ensayo y crónica.

En fin, en esta mentalidad “cristinariveragarza” llegué a la Clínica 34 del IMSS en Monterrey, Nuevo León ⸺una vez más⸺ para un nuevo estudio, en esta ocasión un ecocardiograma. Como maratonista que ha ganado medallas en diversas disciplinas yo voy colgándome los resultados de los variados exámenes de laboratorio y gabinete que me han practicado, al menos durante los últimos cuatro años. Este era, como se dice en la jerga popular, “una raya más al tigre”. En una colaboración anterior he hablado sobre lo bien organizada que se halla esta clínica del IMSS dedicada a cardiología y neumología. A ratos se ralentiza la atención a causa del exceso de pacientes, pero aun así todo fluye. Pasé de una sala general a una segunda de pacientes programados para estudio, finalmente a un módulo pequeño de paredes blanquísimas, donde me practicarían el ecocardiograma. Me dejaron en posición durante un corto tiempo, mientras llegaba el médico que lo iba a llevar a cabo.

El joven profesional se dirigió a mí por mi nombre, luego de lo cual se presentó: “Soy el doctor Jesús”. Luego de corroborar mis generales me explicó el procedimiento, no sin antes verificar mi historia clínica. Este es el punto en el que, para facilitar el interrogatorio, me identifico como médico. No es mi costumbre abrirme paso en los hospitales blandiendo mi título profesional o los puestos que he ocupado. De esto siguió un sistemático y cuidadoso estudio de mi anatomía cardíaca. Movía el transductor, observaba la pantalla y en una hoja de papel anotaba resultados. Eso mismo hizo por no menos de cuarenta minutos. Se ve que es un ser humano que ama lo que hace y lo hace con gusto. Terminada esa fase me indicó que vendría un segundo médico a revisar junto con él algunos detalles de mi estudio. Entró el otro personaje, de más edad, supongo que su maestro, quien repasó todos los caminos que había recorrido el médico Jesús. Hablaron entre ellos de mediciones, orientaciones y otras minucias técnicas, y pronto me indicaron que habían terminado, que podía vestirme y salir, y que los resultados se agregarían a mi expediente. Aproveché para felicitar a ambos por su calidad humana y profesional, algo que a cualquier paciente le agrada y le tranquiliza.

Muy a la “cristinariveragarza” esa mañana observé cada gesto, cada detalle. Lo que más me cautivó fue un hecho notable que quiero destacar: En medio del estudio se escuchó el tono de una llamada de su celular, a la cual él hizo caso omiso, total y absolutamente, dando un contexto maravilloso a mi narrativa: Un profesional que, además de su trato amable y de elevado nivel médico, regala a sus pacientes atención plena durante la consulta. Contrario a lo que, por desgracia, prevalece entre nosotros, ni siquiera dirigió la vista al aparato para enterarse de quién llamaba. Cero distracciones, algo que me pareció un regalo aun mayor para mí como paciente. Entonces pensé que, dentro de una historia clínica podríamos registrar esto como “el signo de desoír la llamada”, indicativo de elevada calidad en la atención.

Para despedirme, tras haber felicitado a ambos galenos, recalqué no conocer el apellido del médico Jesús, a lo que el de más edad, su maestro, mencionó que se presentaba solamente así, pues su apellido ⸺tal vez de origen vasco, digo yo⸺, resulta sumamente difícil de pronunciar. Aun sin apellido, ¡bravo por el médico Jesús! A todas luces se ve que se trata de un ser humano excepcional, con gran espíritu de servicio, mucha preparación y calidez humana, que considera que vale la pena poner su mayor empeño en trabajar con entusiasmo y dedicación dentro de la medicina institucional.

CARTÓN de LUY

 


CRÓNICAS DE UN DON NADIE por Luis Toraya

El béisbol de chamacos

El béisbol de nuestra infancia tenía el sabor de la inocencia y la pureza de las ilusiones de un futuro prometedor.
Crecimos escuchando la emoción de las Grandes Ligas con un receptor de radio que daba las más grandes alegrías.
Y es que el béisbol tiene esa mística que abraza el alma y estimula el espíritu.
Unos pies desnudos, un bate y una pelota de hilo, era suficiente para transportarnos a esos grandes estadios y sentirnos Mickey Mantle o Pete Rose.
Supongo que ellos comenzaron como nosotros, picando piedra desde lo más bajo, ahí donde la carencia solo te permite crecer en una dirección.
Evoco la sonrisa a la nostalgia, porque nuestra satisfacción no necesitaba de millones de dólares para ser felices; solo nos bastaba una pelota de hilo y el patio de don Wilberth Villanueva.
Todo inició en la calle, en ese espacio estrecho de 10 metros de ancho y dos bases sencillas, interrumpiendo el juego cuando un vehículo motorizado pasaba sobre el campo.
Quizás nunca estaremos en el Salón de la Fama, pero en el salón de nuestra esencia siempre seremos distinguidos con honores.

De la calle al patio de don Wilberth era otra cosa, ya contábamos con tres bases y eso nos permitía un campo triangular. El home run era de tres bases.
Fildear a «mano pelona» era jugar con el alma expuesta y la pelota... ¡ah, esa pelota! Una esfera artesanal hecha de capas y capas de hilo de algodón. Con cada golpe del bate que sufría la pelota se iba deshilachando, llegando a tratar de fildear la cola de un cometa en cada bambinazo.
Después de la primera y segunda base, no había fildes, solo se jugaba en campo chico. Cuando el batazo salía diciendo adiós a doña blanca, alguien gritaba: ¡Home run! La pelota caía sobre el techo de láminas del vecino, lo cual obligaba a una pausa para ir al rescate de nuestra esférica.

Crecimos en ese campo que se nos hacía pequeño y mudamos nuestra franquicia a la plaza Noh Beh. Aquí, a un costado de los juegos infantiles, el césped pasó a ser el despiadado cemento gris.
Todo seguía igual, el formato de tres bases y una pelota de hilo.
Ese piso de piedra que hacía sufrir a los viejos zapatos o a nuestros pies descalzos, nos dejó una lección de vida: el dolor solo es temporal, pero el orgullo de atrapar una pelota que salía disparada en una línea rasante con las palmas de las manos, dura para siempre.
Las escoriaciones y costras de nuestras heridas eran las medallas más honrosas de nuestra infancia.

Llegamos a la adolescencia, una edad que nos hacía sentir gigantes invadiendo y conquistando el territorio detrás de la iglesia. Aquí el triángulo se rindió al cuadrado: ¡por fin contábamos con cuatro bases! Pero lo más significativo fue la adquisición de mascotas y la majestuosa pelota Spalding.
Tener un guante te facilitaba las atrapadas. Sin embargo, nuestra comunidad aún no tenía suficientes mascotas y extrañamente iniciamos una tendencia al socialismo estableciendo un pacto: El guante no era del dueño, sino del juego.
Al cierre de cada inning, las mascotas se entregaban al rival que le tocaba defender.

Recuerdo claramente cuando Enrique Pinzón, el jiribilla, estrenaba su flamante mascota Palomares:

«¡Toma, cuídala!», decía con la mirada punzante, como una advertencia para cuidar su guante.
Ahí compartíamos el sudor, el cuero y el destino de lo que prometíamos ser.

No destaqué en el deporte, pero, ¿cuántos pueden decir que jugaron con grandes peloteros, antes de que su fama profesional los consolidara como exitosos?

Cada vez que Hecelchakán viene a mi memoria me pregunto: ¿Dónde quedaron esas pelotas de hilo que envolvían nuestras tardes, o dónde se quedó el olor del cuero de aquellas primeras mascotas compartidas?

Ese béisbol, al final, no trataba de ganar un juego, ni de obtener contratos millonarios, ni de si el campo era un triángulo o un cuadrado.

Trataba de esa bella urgencia de correr hacia una base —aunque fuera una piedra o una chancla— sabiendo que, mientras la pelota de hilo siguiera volando, el sol nunca se iba a ocultar.

® 2026. Dr. Luis Mariano Toraya Lara. Todos los derechos reservados.

CARTAS A MÍ MISMO por Carlos Sosa

La autoridad de las cicatrices

Desconfío de los consejos que huelen a libro nuevo y nunca a ceniza de incendio.
Porque hay personas que hablan de tormentas desde la comodidad de un techo intacto. Te explican cómo sobrevivir al naufragio mientras sus zapatos jamás han probado el sabor del agua salada. Hablan de pérdidas sin haber velado sus propios sueños. Hablan de dolor como quien describe un país que nunca visitó.
La vida, en cambio, tiene otra forma de enseñar.
Es una maestra brutal que escribe sus lecciones con cicatrices.
Las verdaderas palabras de aliento suelen venir de quien alguna vez recogió los pedazos de sí mismo del suelo. De quien aprendió a respirar con el pecho roto. De quien descubrió que hay noches tan largas que uno llega a creer que el amanecer se ha extinguido para siempre.
Las cicatrices son mapas dibujados sobre la piel del alma.
Cada una señala una batalla, una despedida, una derrota, una caída de la que nadie creía que podríamos levantarnos. Son los anillos de crecimiento de los árboles humanos. La prueba silenciosa de que el invierno pasó por nosotros y, aun así, seguimos de pie.
Por eso cuando alguien lleno de cicatrices te dice "vas a salir de esta", no te está ofreciendo optimismo barato.
Te está entregando un pedazo de verdad.
Porque ya caminó descalzo sobre ese mismo campo de espinas.
Porque conoce el idioma de los que lloran en silencio.
Porque alguna vez también creyó que no podría más.
Y aquí está.
Respirando.
Viviendo.
Contándolo.
Quizá las personas más sabias no son las que tienen más respuestas, sino las que tienen más cicatrices y todavía conservan la ternura suficiente para sentarse a tu lado y decirte:
"Ven, conozco este camino. También me perdí ahí..."

TED Talk: Se buscan héroes por Jorge Rosas


 

CONFETI DE LETRAS por Eréndira Ramírez


Muchas veces pedimos algo con tanto fervor, por tanto tiempo y se nos concede. Lo deseamos tanto, fueron tanto las expectativas creadas, tan inalcanzable el sueño parecía, que hecho realidad, ya siendo palpable pierde consistencia.

¿Era eso lo que pedíamos?, empezamos a verle las fallas, o nos queda grande, o es más chico, o quizá no del color exacto, o nos llegó cuando ya no era preciso. Total, que pasamos a otra cosa, y dejamos de lado aquello que fue tan preciado, tan ansiado, porque para cuando llega o bien somos incapaces de estimarlo en toda su magnitud, o ya visto de cerquita no es lo que esperábamos. 

Y así nos convertimos en insatisfechos permanentes, viviendo tras un sueño sin apreciar todo lo que la vida nos ha brindado sin siquiera pedirlo, gratuitamente . Tener metas, aspiraciones es el motor de nuestras vidas, tan importante es buscar llegar a ellas, como valorarlas en su justa medida al alcanzarlas, sin perder de vista el camino que nos conduce a conseguirlas. A veces nos olvidamos de admirar a nuestro alrededor ignorando gente, lugares, vivencias que en ocasiones son igual o de más beneficio que lo que nos fijamos como propósito. 

Encontrar en cada día, en las flores, en las nubes, la luna, en la música, la poesía, en una sonrisa, en la amistad, en el amor, a los acompañantes perfectos en esta travesía para que el destino no nos decepcione si no fuera el deseado, para darle un valor agregado al objetivo final.

Kalinka Malinka desde el río Neva: Música y danza folclórica rusa