domingo, 28 de junio de 2026

CRÓNICAS DE UN DON NADIE por Luis Toraya

El béisbol de chamacos

El béisbol de nuestra infancia tenía el sabor de la inocencia y la pureza de las ilusiones de un futuro prometedor.
Crecimos escuchando la emoción de las Grandes Ligas con un receptor de radio que daba las más grandes alegrías.
Y es que el béisbol tiene esa mística que abraza el alma y estimula el espíritu.
Unos pies desnudos, un bate y una pelota de hilo, era suficiente para transportarnos a esos grandes estadios y sentirnos Mickey Mantle o Pete Rose.
Supongo que ellos comenzaron como nosotros, picando piedra desde lo más bajo, ahí donde la carencia solo te permite crecer en una dirección.
Evoco la sonrisa a la nostalgia, porque nuestra satisfacción no necesitaba de millones de dólares para ser felices; solo nos bastaba una pelota de hilo y el patio de don Wilberth Villanueva.
Todo inició en la calle, en ese espacio estrecho de 10 metros de ancho y dos bases sencillas, interrumpiendo el juego cuando un vehículo motorizado pasaba sobre el campo.
Quizás nunca estaremos en el Salón de la Fama, pero en el salón de nuestra esencia siempre seremos distinguidos con honores.

De la calle al patio de don Wilberth era otra cosa, ya contábamos con tres bases y eso nos permitía un campo triangular. El home run era de tres bases.
Fildear a «mano pelona» era jugar con el alma expuesta y la pelota... ¡ah, esa pelota! Una esfera artesanal hecha de capas y capas de hilo de algodón. Con cada golpe del bate que sufría la pelota se iba deshilachando, llegando a tratar de fildear la cola de un cometa en cada bambinazo.
Después de la primera y segunda base, no había fildes, solo se jugaba en campo chico. Cuando el batazo salía diciendo adiós a doña blanca, alguien gritaba: ¡Home run! La pelota caía sobre el techo de láminas del vecino, lo cual obligaba a una pausa para ir al rescate de nuestra esférica.

Crecimos en ese campo que se nos hacía pequeño y mudamos nuestra franquicia a la plaza Noh Beh. Aquí, a un costado de los juegos infantiles, el césped pasó a ser el despiadado cemento gris.
Todo seguía igual, el formato de tres bases y una pelota de hilo.
Ese piso de piedra que hacía sufrir a los viejos zapatos o a nuestros pies descalzos, nos dejó una lección de vida: el dolor solo es temporal, pero el orgullo de atrapar una pelota que salía disparada en una línea rasante con las palmas de las manos, dura para siempre.
Las escoriaciones y costras de nuestras heridas eran las medallas más honrosas de nuestra infancia.

Llegamos a la adolescencia, una edad que nos hacía sentir gigantes invadiendo y conquistando el territorio detrás de la iglesia. Aquí el triángulo se rindió al cuadrado: ¡por fin contábamos con cuatro bases! Pero lo más significativo fue la adquisición de mascotas y la majestuosa pelota Spalding.
Tener un guante te facilitaba las atrapadas. Sin embargo, nuestra comunidad aún no tenía suficientes mascotas y extrañamente iniciamos una tendencia al socialismo estableciendo un pacto: El guante no era del dueño, sino del juego.
Al cierre de cada inning, las mascotas se entregaban al rival que le tocaba defender.

Recuerdo claramente cuando Enrique Pinzón, el jiribilla, estrenaba su flamante mascota Palomares:

«¡Toma, cuídala!», decía con la mirada punzante, como una advertencia para cuidar su guante.
Ahí compartíamos el sudor, el cuero y el destino de lo que prometíamos ser.

No destaqué en el deporte, pero, ¿cuántos pueden decir que jugaron con grandes peloteros, antes de que su fama profesional los consolidara como exitosos?

Cada vez que Hecelchakán viene a mi memoria me pregunto: ¿Dónde quedaron esas pelotas de hilo que envolvían nuestras tardes, o dónde se quedó el olor del cuero de aquellas primeras mascotas compartidas?

Ese béisbol, al final, no trataba de ganar un juego, ni de obtener contratos millonarios, ni de si el campo era un triángulo o un cuadrado.

Trataba de esa bella urgencia de correr hacia una base —aunque fuera una piedra o una chancla— sabiendo que, mientras la pelota de hilo siguiera volando, el sol nunca se iba a ocultar.

® 2026. Dr. Luis Mariano Toraya Lara. Todos los derechos reservados.

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