La autoridad de las cicatrices
Desconfío de los consejos que huelen a libro nuevo y nunca a ceniza de incendio.
Porque hay personas que hablan de tormentas desde la comodidad de un techo intacto. Te explican cómo sobrevivir al naufragio mientras sus zapatos jamás han probado el sabor del agua salada. Hablan de pérdidas sin haber velado sus propios sueños. Hablan de dolor como quien describe un país que nunca visitó.
La vida, en cambio, tiene otra forma de enseñar.
Es una maestra brutal que escribe sus lecciones con cicatrices.
Las verdaderas palabras de aliento suelen venir de quien alguna vez recogió los pedazos de sí mismo del suelo. De quien aprendió a respirar con el pecho roto. De quien descubrió que hay noches tan largas que uno llega a creer que el amanecer se ha extinguido para siempre.
Las cicatrices son mapas dibujados sobre la piel del alma.
Cada una señala una batalla, una despedida, una derrota, una caída de la que nadie creía que podríamos levantarnos. Son los anillos de crecimiento de los árboles humanos. La prueba silenciosa de que el invierno pasó por nosotros y, aun así, seguimos de pie.
Por eso cuando alguien lleno de cicatrices te dice "vas a salir de esta", no te está ofreciendo optimismo barato.
Te está entregando un pedazo de verdad.
Porque ya caminó descalzo sobre ese mismo campo de espinas.
Porque conoce el idioma de los que lloran en silencio.
Porque alguna vez también creyó que no podría más.
Y aquí está.
Respirando.
Viviendo.
Contándolo.
Quizá las personas más sabias no son las que tienen más respuestas, sino las que tienen más cicatrices y todavía conservan la ternura suficiente para sentarse a tu lado y decirte:
"Ven, conozco este camino. También me perdí ahí..."
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