domingo, 31 de mayo de 2026

CRÓNICAS DE UN DON NADIE por Luis Toraya


Detrás de los gruesos muros de mampostería de la iglesia, donde el aroma del incienso se disipa para ceder su turno al olor de la tierra mojada o al polvo calcinado por el sol, existe un rectángulo de mundo que se negaba a ser pequeño.

En Hecelchakán, la eternidad no solo estaba en el altar; estaba en ese campo que, de tanto contenernos, terminó por ensancharse más allá de sus límites físicos.

El softbol no era un deporte; era una coreografía de la voluntad.

Aún recuerdo ese sonido soso del bate contra la pelota taladrando mi cerebro, marcando un tiempo que no pertenece al calendario, sino a la infancia de mi memoria.

Bajo el sol, aprendí que la trayectoria de una pelota es la metáfora perfecta del destino: a veces vuela hacia el horizonte, por encima de la barda del Centro de Salud, y otras cae, pesada, en el guante del olvido.

El fútbol, en cambio, era la polifonía del esfuerzo; un recordatorio de que, en la tierra de los mayas, una portería delimitada por dos piedras era suficiente para que el juego siguiera siendo un rito de pertenencia.

Lo más asombroso era la ductilidad de ese suelo. El campo tenía la humildad de la arena, que acepta cualquier forma que el deseo le imponga:

La carpa del circo llegaba como una epifanía nocturna, clavando sus estacas en el corazón de nuestra rutina. El campo se volvía entonces un portal hacia lo imposible, donde el aserrín ocultaba las huellas de nuestros zapatos escolares para dar paso a las grandes pisadas de los elefantes.

El ruedo taurino, levantado con palos de coloché, tablones y lengua de vaca, crujía como huesos viejos, transformando la arena en un teatro de tragedia, de sombras y luces. Allí, entre el mugido y el olé, entendí que la vida y la muerte son compañeras que comparten el mismo suelo.

Hoy comprendo que ese espacio no crea un vacío entre calles, sino un contenedor de ausencias y presencias.

La iglesia custodiaba nuestras almas y el campo, nuestros cuerpos. Hay una justicia dual en que ambos estuvieran pared con pared: el espíritu necesita del dogma, pero la libertad necesita del polvo.

Ese campo es ahora una reliquia de la memoria. Ya no juego en él, pero él sigue jugando en mí. Me enseñó que no habitamos casas o ciudades, sino los espacios donde fuimos felices sin saberlo.

Hecelchakán me regaló esa hectárea de infinito, demostrándome que, para entender el universo, a veces solo basta con pararse en el centro de ese campo, cerrar los ojos y escuchar el eco de una pelota que aún no termina de caer.

® 2026. Dr. Luis Mariano Toraya Lara. Todos los derechos reservados.

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