domingo, 5 de abril de 2026

CARTAS A MÍ MISMO por Carlos Sosa

Hay noches donde incluso la fe tiembla…
no porque desaparezca,
sino porque pesa demasiado...

Susurro en el Getsemaní

El huerto respiraba lento.
La tierra estaba húmeda, como si hubiera llorado antes que él.
El Monte de los Olivos guardaba un silencio que no era paz…
era espera.
Jesús caminó unos pasos más allá de los suyos.
Los dejó atrás… no por abandono,
sino porque hay dolores que no caben en compañía.
Se arrodilló. Pero no fue un gesto solemne.
Fue un derrumbe.
Sus manos tocaron la tierra con urgencia, como si buscara sostenerse de algo que no fuera a irse.
—Padre…
La voz no salió firme.
Salió rota.
—Padre… si es posible…
Y ahí se detuvo.
Porque decirlo completo era aceptar que lo deseaba.
Respiró hondo… pero el aire no alcanzaba.
—Si es posible… aparta de mí este cáliz…
No fue una oración perfecta.
Fue un ruego.
Sus hombros temblaron.
No como quien duda…
como quien tiene miedo.
Un miedo profundo, humano, íntimo.
No a la muerte…
sino a lo que venía antes.
A la burla.
Al abandono.
A sentir, por un instante, que incluso el cielo guarda silencio.
Se inclinó más, casi hasta tocar la tierra con la frente.
—No quiero ese dolor…
Lo dijo así.
Sin teología.
Sin grandeza.
Como lo diría cualquiera.
—No quiero sentir que me dejan solo…
no quiero ese momento en que nadie entienda…
no quiero… ese grito…
El que aún no había pronunciado,
pero ya le dolía.
Sus dedos se aferraron al suelo.
—He visto morir a otros…
he visto ojos apagarse…
he sentido manos soltarse…
Silencio.
—¿Y ahora yo…?
La voz se quebró.
No había discípulos escuchando.
No había multitudes.
Solo un hombre…
hablándole a su Padre…
con miedo.
—Si hay otra forma…
cualquiera…
Levantó el rostro.
Y en sus ojos no había brillo divino.
Había agua.
—No quiero que me olviden mientras aún estoy vivo…
no quiero que me nieguen…
Una lágrima cayó.
Después otra.
Y otra.
No eran simbólicas.
Eran necesarias.
—No quiero esa cruz…
Lo dijo por fin.
No en voz alta…
pero con todo el cuerpo, con sangre en lugar de sudor ...
El viento pasó entre los olivos,
como si quisiera responder…
pero no dijo nada.
Y ese silencio… fue la respuesta.
Jesús cerró los ojos.
No encontró consuelo.
No encontró alivio.
Solo una verdad que dolía más que el miedo: que el camino no iba a cambiar.
Entonces, con una voz más baja,
más cansada…
más rendida…
—Pero… si no hay otra forma…
La palabra “Padre” ya no salió como inicio.
Salió como refugio.
—Si no hay otra forma…que se haga tu voluntad y no la mía...
Se quedó así.
Un momento que no se puede medir en tiempo.
Solo en peso. Ya no había vuelta atrás,el pacto había sido sellado.
Entonces…
El aire cambió.
No con violencia.
Con familiaridad.
Como cuando aparece un pensamiento que ya ha estado antes.
Satanás se hizo presente.
No interrumpió.
Esperó.
Porque incluso la tentación…
respeta el momento en que el alma está más expuesta.
—Ahora sí pareces humano —dijo al fin—.
Jesús no respondió.
Aún estaba respirando entrecortado.
—Miedo… dudas… deseo de escapar…
Eso sí lo entiendo.
Silencio.
—¿Y si no tienes que hacerlo?
Jesús abrió los ojos lentamente.
Todavía había lágrimas.
Todavía había temblor.
—¿Y si no tienes que pasar por esto? —insistió el diablo—
Nadie lo sabría…
nadie podría reprocharte haber elegido vivir.
Jesús lo miró.
Y en esa mirada había algo nuevo.
No era ausencia de miedo.
Era decisión… con miedo incluido.
—Lo sé…
Su voz aún temblaba.
—Sé que podría evitarlo…
Pausa.
—Y justamente por eso… duele más.
El diablo dio un paso.
—Entonces evítalo.
No todo sacrificio es necesario.
Jesús negó suavemente.
—Este sí.
—¿Por ellos? —preguntó—
¿Por los que duermen… por los que te van a dejar?
Jesús volvió a mirar hacia sus discípulos.
Y no sonrió.
Pero tampoco se endureció.
—Sí… por ellos…
Otra pausa.
Más íntima.
—Y por los que ni siquiera sabrán mi nombre…
El diablo guardó silencio.
Porque entendió algo incómodo:
que el amor más fuerte…
no es el que no teme,
sino el que tiembla…
y aún así avanza.
Esa noche no ganó la fuerza,
ni la lógica, ni siquiera la justicia.
Ganó algo más incómodo…
más frágil…
más invencible: la decisión de amar
aunque todo indique que no vale la pena.
Y quizá, solo quizá, justo antes de decidir hacer lo correcto cuando nadie mira,
esa conversación vuelve a ocurrir...

No hay comentarios.:

Publicar un comentario