PARA
MUESTRA UN BOTÓN
Nuestro problema moral es la
indiferencia del hombre consigo mismo:
Erich Fromm
Nuestro
querido México presenta, de cuando en cuando, situaciones que dan cuenta del
estado general de cosas en el país. Esta vez fue en la Pirámide de Teotihuacán,
un individuo obviamente afectado de sus facultades mentales ingresa al
sitio arqueológico provisto de armamento y municiones, y un megáfono. Escala
media pirámide y desde ese punto comienza a querer dar órdenes a los visitantes
en un tono agresivo, insistiendo en hacer valer sus argumentos bastante
demenciales. Logra herir a varios, asesina a una turista extranjera, y cuando
comienza a recibir disparos por parte de las fuerzas armadas, opta por
suicidarse. El video que circula, tomado por algún amateur, es de gran crudeza.
El
suceso es una fuerte sacudida en medio de todos los eventos cruentos que
ocurren día a día, por más que las autoridades pretendan disimularlos. Ese
continuo golpeteo a nuestro sistema nervioso termina por generar una
indiferencia de unos para con otros, como escudo protector, lo que deviene en
consecuencias negativas para todos. La violencia de los odios cruzados en
redes sociales mina la integridad de cualquier sociedad. Conviene, entonces,
dar una repasada de lo que es la ética dentro del periodismo. Para ello
recordamos a expertos como el colombiano Javier Darío Restrepo, ya fallecido, quien
publicó varios libros y un curso acerca de la ética periodística, material que
se utiliza en la formación profesional de carrera, y que no está por demás procurar
que se aplique a todos los niveles, entre personas dedicadas a la comunicación.
Restrepo
estableció una serie de siete normas éticas a las que debiera apegarse el
periodista en su labor: Comienza por la búsqueda de la verdad, algo que a ratos
resulta tan difícil en estos tiempos de medias verdades o de verdades
acomodaticias, que no reflejan la realidad concreta, sino la percepción
personal y hasta sesgada de la realidad. Una segunda norma habla acerca de la
honestidad, algo cada vez más difícil de lograr en un mundo que se inclina a
favor de la conveniencia personal más que del proceder intachable. Una tercera
norma se refiere al respeto, esto es, poner por delante del interés
periodístico el respeto a la persona humana, en particular tratándose de
menores de edad. La cuarta habla sobre la protección, o sea, el comunicador no
va a exponer a otros seres humanos a daño, con tal de obtener la nota. La
quinta es el compromiso, algo cada vez más escaso en el quehacer humano.
Comprometerse con la institución a la cual se sirve, comprometerse con el país,
y, sobre todo, comprometerse el periodista consigo mismo, con sus principios
morales. La sexta norma corresponde a la aplicación de métodos dignos para la
recopilación de la información; en este rubro llegamos a ver tantos abordajes
tan poco dignos, que exponen y dañan a otras personas en el afán de obtener una
nota. Y, por último, la séptima norma se refiere a la rectitud profesional; no
venderse, no dejarse manipular por intereses ajenos a la verdad y el bien.
Restrepo
habla sobre el amor como el comienzo de la ética, a través del respeto de la
persona, tanto del periodista, como del abordado por la nota que se integra, y
eventualmente respeto por el futuro lector de dicha nota. Llama a la reflexión
en el ejercicio periodístico.
Gran parte de las notas que circulan actualmente tienden a generar polarización e indiferencia. El video del homicida de Teotihuacán da cuenta de la carga de profundo resentimiento que lo movió a atacar a turistas extranjeros, personas totalmente inocentes que visitaban nuestro país. Sus palabras se perciben cargadas de un odio profundo hacia quienes coincidieron con él en ese punto geográfico, pero muy en particular contra los que venían de otros países.
Para muestra de lo que la circulación de información carente de ética y sentido humano llega a generar, queda este lamentable episodio, a unas cuantas semanas del inicio del Mundial. Es una nota que desalienta, que confronta y poco favorece a la conformación de sociedades justas y sensatas, como las que los mexicanos aspiramos construir para nuestros hijos y nietos.
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