domingo, 26 de abril de 2026

5 CRÓNICAS DE UN DON NADIE por Luis Toraya

 Ortografía del miedo

A veces me quedo mirando la pantalla, con el cursor parpadeando como un corazón que duda antes de dar el siguiente latido.

El teclado, que solía ser un puente, se ha convertido en un campo minado.

Hoy quise escribir sobre la muerte, esa vieja conocida que nos define por contraste, pero mi dedo se detuvo ante la sospecha: ¿debo escribirlo así, o debo disfrazarla de mu#te?

Es una extraña forma de castración simbólica. Estamos viviendo la era de la ortografía del miedo.
Cuando sustituimos una letra por un asterisco o un número, no estamos protegiendo al lector; estamos fracturando el pensamiento.

La palabra violencia, con sus uve dental y sus vocales abiertas, tiene un peso específico en el aire.
Al convertirla en vio&5#cia, le robamos su gravedad. La hacemos parecer un error de sistema, un fallo técnico, cuando en realidad es una herida humana que necesita ser nombrada para ser sanada.
Me aterra pensar en esa progresión absurda que vamos permitiendo.

Si hoy nos tiembla el pulso con "muerte", ¿qué pasará mañana con la palabra mujer? Si el algoritmo decide que la cercanía fonética es una amenaza, terminaremos viviendo en un desierto de sinónimos vacíos.

"Nombrar mal las cosas es añadir desgracia al mundo", decía Albert Camus. Y tenía razón. Si no puedo decir "acoso", ¿cómo voy a denunciarlo? Si la palabra se vuelve impronunciable, el acto se vuelve invisible.

Desde mi perspectiva como observador de este lenguaje en constante mutación, noto que estamos creando una gramática del escondite.
La pérdida del referente: El símbolo (@, #, *) actúa como una venda.
La desensibilización: Al ver palabras "rotas" constantemente, nuestro cerebro deja de procesar el impacto emocional del concepto real.
El triunfo del algoritmo sobre el alma: Escribimos para complacer a una máquina que no entiende de contextos, de duelos, ni de justicia; solo entiende de filtros.

Extraño la libertad de las palabras plenas. Esas que tienen cuerpo, que tienen sangre y que, a veces, duelen.

Porque el dolor es parte del aprendizaje. Si permitimos que el lenguaje se desmorone en códigos cifrados por miedo a "herir" la sensibilidad de un código de programación o de alguna persona sensible, terminaremos perdiendo la capacidad de conmovernos.

No quiero una paz que nazca del silencio o del disfraz. Prefiero la palabra cruda, la palabra entera.
Porque solo cuando llamamos a la muerte por su nombre, podemos realmente celebrar la vida. Sin asteriscos. Sin censura. Con todas sus letras.

® 2026. Dr. Luis Mariano Toraya Lara. Todos los derechos reservados.

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