FRENTE AL ESPEJO
Esta
vez sucedió en Lázaro Cárdenas, Michoacán: Un joven de quince años arriba a su
escuela armado con un arma de asalto; abre fuego y mata a dos maestras del
plantel. De entrada, nos deja a todos sin aliento, preguntándonos en qué
momento la violencia ha escalado a este nivel.
La
investigación judicial se halla en curso. Hasta ahora se sabe que el joven forma
parte de algunas comunidades que se identifican por actitudes de desprecio y violencia
contra las mujeres, como son los “incels”, la “manósfera”, o grupos afines a
“la píldora roja” del nuevo despertar. Entre sus integrantes permea un gran
resentimiento social, baja autoestima y un aislamiento social, que los lleva a
integrar comunidades digitales que refuerzan su comportamiento.
Se
sabe que el joven tuvo acceso a un AR-15 de dudosa proveniencia. Transportando
este fusil dentro de un estuche para guitarra fue como entró al plantel sin
despertar sospechas, aunque se ha determinado que en sus redes sociales horas
antes ya había hecho el anuncio de su próximo ataque con las palabras: “Hoy es
el día”.
Me
recuerda casos recientes similares, en particular uno ocurrido en Torreón,
Coahuila en el 2020, del cual hizo minucioso recuento el periodista lagunero
Javier Garza Ramos en su crónica intitulada: “Nueve disparos: Crónica del
tiroteo escolar que sacudió la nación.” A través de sus líneas el autor evoca a su
vez, lo acontecido en la secundaria Columbine en la Unión Americana en 1999.
Por esa razón me permití iniciar diciendo: “Esta vez sucedió en Lázaro
Cárdenas, Michoacán”.
La
sociedad constituye un tejido vivo, podríamos decir que se conforma de unidades
familiares que se ocupan, cada una de ellas, primero de crecer y desarrollarse,
y, en segundo término, de establecer interacciones con el resto de las
unidades. Cada célula hace acopio de lo necesario para su mejor subsistencia, a
la vez que es capaz de generar productos propios y de proveer a otras lo que
requieran. Es así como el tejido social se expande, adopta características distintivas
y ocupa un lugar en el mundo.
Cuando
algo significativo ocurre en una parte de este tejido, todas las unidades funcionales
lo resienten. Finalmente, como en todo conjunto vivo, las células son
interdependientes unas de otras. Nada pasa en ese pequeño universo estructural
que no ataña al resto.
Lo
que sucede en una entidad del país configura un momento crítico para todo el
territorio nacional, no solamente para el sitio en el que ocurre el
acontecimiento. Entiéndase pues, que todos somos, en alguna medida,
responsables de que este joven haya vivido una parte de su corta vida de ese
modo oscuro, con gran resentimiento y deseos de venganza. Que haya tomado un
arma de alto poder con sus respectivos cartuchos, que haya transmitido por
redes sociales el aviso de lo que era inminente que llevara a cabo, y
finalmente que procediera a materializarlo. Todos somos responsables de un país
con pocas oportunidades para un desarrollo emocional idóneo, en el que los
jovencitos se encierran en su habitación y se escapan a través de una pantalla
digital para conformar un mundo en el cual se sientan, al menos “no tan mal”.
Sería muy irresponsable atribuir la causalidad únicamente a su familia nuclear,
cuando todos hemos contribuido de alguna manera a ese estado de cosas. La
narrativa oficial proclama que ha bajado la violencia en todas sus formas,
aunque la realidad del día a día apunta en otro sentido, y nuestros niños y
adolescentes se enfrentan a un panorama bastante desalentador.
Del
material audiovisual que ha venido recabando la FGE a propósito del caso, hay
algunas fotografías que el propio joven subió a redes sociales, en las que
aparece frente al espejo de su habitación vestido de negro, portando la AR-15.
Quiero imaginar que lo hizo a manera de autoafirmación personal, como diciendo
para sí mismo qué significaba dicho ataque armado. De ese mismo modo, frente al
espejo, nos toca a todos nosotros, integrantes de la sociedad mexicana, revisar
cómo ha sido nuestro proceder en el día a día. De qué modo enfocamos la
violencia y cómo reaccionamos frente a ella. O hasta donde volteamos la vista a
otro lado ante situaciones claramente irregulares, ilegales o injustas.
Este
jovencito ya dañó su vida para siempre. Por más que el sistema judicial sea benigno
para juzgarlo por su condición de menor de edad, el doble homicidio que perpetró
le deja una marca indeleble. Antes de cometer su crimen, se colocó frente al
espejo tal vez para solazarse. Ahora toca a cada uno colocarnos frente al
espejo de la verdad. Evaluar nuestra actuación en un tejido social que supura,
y reconocer que llevamos una parte de responsabilidad en ello. Como cualquier
ente vivo, una lesión da cuenta del estado total del organismo.
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