domingo, 29 de marzo de 2026

CARTAS A MÍ MISMO por Carlos Sosa

Nada es para siempre

El río cree que corre para siempre, pero un día se entrega al mar y desaparece en él.
El árbol levanta sus ramas al cielo durante décadas, hasta que un invierno más duro que los otros lo vuelve madera caída.
La estrella arde millones de años en silencio… y cuando nadie la mira, simplemente se apaga.
El día también es un pacto breve: nace con el alba, camina unas horas entre nosotros y al final se rinde, inevitable, a la noche.
La rosa presume su perfume en la mañana, y por la tarde ya comienza a despedirse del mundo.
Incluso las ciudades —tan seguras de su eternidad— terminan siendo polvo que otros siglos pisan sin saber quién vivió allí.
Todo tiene un ciclo.
Todo nace, respira un tiempo… y luego se inclina ante el olvido.
Nada es para siempre.
Ni el universo, que un día agotará su último suspiro de luz.
Y sin embargo, en medio de esta coreografía de finales, existe una tregua diminuta, un instante suspendido contra la corriente del tiempo:
la serena paz —breve pero inmensa— de saberte mía...



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