domingo, 28 de diciembre de 2025

CONTRALUZ por María del Carmen Maqueo Garza

 

CERRAR CICLOS

Tu eternidad es ahora.

Luis Cernuda

Hoy es momento de hacer un alto en el camino, revisar lo andado y proponernos nuevas metas para el tiempo que está por iniciar.

Momento de mirarnos frente al espejo con total sinceridad, para señalar los logros hasta ahora, a la vez que revisar lo que no hemos podido concluir. Ser honestos con lo conseguido y con las cuotas pendientes.

Comprobar si la falta de cierre obedece al ciclo natural de las cosas, o si se ha debido a una actitud displicente de nuestra parte.

Cerrar ciclos es cumplir un pacto con nosotros mismos, un pacto que firmamos el día cuando iniciamos con la actividad que hoy evaluamos.

Representa tomarnos la vida tan en serio, como para no fallarnos.

Es haber definido con oportunidad nuestra hoja de ruta con plazos a cumplir, y cumplirla.

Cerrar ciclos representa retirar de esos proyectos una energía que ahora podremos canalizar de otra forma. Es hacer un balance de lo invertido y lo obtenido.

Es colocarnos frente a la vida y aceptar que nuestro juez más estricto es el tiempo.

Representa tener la honestidad de aquilatar lo proyectado frente a lo logrado, y en su caso, reconocer que hemos quedado por debajo de las expectativas.

Es tener la humildad de reconocer un fracaso y, pese a ello, no perder el ánimo para intentarlo una vez más.

Es descubrir que, frente a un fracaso, queda la enseñanza de vida. Que aun cuando no sea nuestra la victoria del triunfo, sí lo es el aprendizaje.

Cerrar ciclos es dejar fluir la energía sin aferrarnos en retener lo que deja de ser nuestro en adelante.

Una relación que no funcionó, a la cual nos corresponde dar cierre, por simple salud mental.

Un proyecto personal que no dio los resultados esperados, cuyo desenlace nos invita a reintentar por otro camino.

Una ideología que, lejos de expandir nuestra percepción, nos limita, necesitamos evaluarla y determinar si la conservamos o la trucamos por una nueva.

Un camino que parece no llevarnos al puerto deseado, y que bien haríamos en desechar.

El cierre de ciclos implica ponernos nosotros por delante de las cargas, para medir si seguimos sosteniéndolas o aligeramos la mochila.

Es evaluar si lo que acarreamos en realidad nos corresponde llevar a cuestas.

Es deshacernos de lo ajeno que cargamos por un sentimiento de culpa, cuando no deberíamos.

Es limitar el peso de nuestra losa a aquello que sí nos corresponde ir cargando.

Cerrar ciclos es alinearnos con el orden universal, una forma de acatar lo que ha de ser como ha de ser, sin imponer iniciativas de disrupción.

Es entender que el conjunto de lo creado atiende un sentido divino desde el principio de los tiempos, y que no vinimos a este mundo a inaugurar estilos de emprender las cosas.

Es tener la sabia humildad de reconocernos como una pieza más en la inmensidad cósmica y saber que, pese a ello, nuestro papel personal es único e irremplazable.

Cerrar ciclos es tener la mansedumbre de avanzar como una criatura más, poniendo lo mejor de nosotros mismos al andar el camino.

…Es alegrarnos por lo recorrido y esperanzados por lo que ha de venir.

Cerrar ciclos significa aplicar lo aprendido y soñar para más adelante, con mente y corazón. Hacerlo sin miedo al futuro, puesta toda la voluntad en avanzar por el camino que hoy nos hemos trazado.

¡Feliz año nuevo 2026! Que cada proyecto abone a una humanidad más sabia y empática para todos, poniendo cada uno lo mejor de sí mismo en cumplirlo.

CARTÓN de LUY

 


Andrea Bocelli - Adeste Fideles

CARTAS A MÍ MISMO por Carlos Sosa

Mirar atrás otra vez

El tiempo no avanza: embiste.
Y uno no lo nota porque va corriendo con él, creyendo que llegar rápido es lo mismo que llegar vivo.
Hasta que un día —sin pedir permiso— me detengo.
No para huir, sino para mirar.
Y mientras el mundo sigue su maratón inútil, yo abro el álbum de fotos viejas como quien abre un expediente del alma.
Entonces ocurre lo inevitable:
todos cambiaron.
Los rostros, las risas, los sueños.
Todos… excepto los que ya no están.
Ellos permanecen intactos, congelados en la memoria, jóvenes para siempre, duros como una verdad que no envejece.
Ahí, en ese instante quieto, algo me aprieta el pecho.
No es tristeza.
Es gratitud urgente.
Una necesidad casi biológica de agradecerle al universo entero, desde la inmensidad de las galaxias hasta la humildad invisible del aire que entra a mis pulmones dieciséis veces por minuto, sin pedirme nada a cambio.
Gracias.
Gracias.
Gracias.
Porque incluso con carencias —que las hay, siempre las hay— soy feliz.
No por lo que falta, sino por lo que rebosa.
La salud que sostiene,
la familia que ancla,
la amistad que no pregunta,
el trabajo que dignifica,
y sobre todo el amor…
pero el verdadero.
El que no hace ruido.
El de los silencios compartidos.
El que se sienta a tu lado cuando pesa la vida y te ayuda a cargar lo que no puedes solo.
El que no te promete perfección, pero te empuja, con ternura firme, a ser tu mejor versión.
Ojalá siga caminando en este plano cuando llegue el próximo fin de año.
No para celebrar fuegos artificiales,
sino para volver a detenerme.
Mirar atrás otra vez.
Y decirme, sin arrogancia pero sin dudas,
que a pesar del cansancio, de las pérdidas y de las grietas…
he sido —y sigo siendo— profundamente afortunado...

La vida milagrosa de un colibrí. Charla de Eric Pittman

 
Se activan y traducen subtítulos sin problema.

CONFETI DE LETRAS por Eréndira Ramírez


¿Cuántas veces vivimos sin detenernos a pensar que es realmente lo que nos está haciendo falta? 

Es tan común ver a personas que manejan cambios de carácter, irritabilidad, agresividad injustificada, gente que se instala en su zona de confort y se quiere convencer a sí misma que ahí está bien, que no necesita mas. Gente que tiene tanto potencial y pocas ganas de explotarlo y que diera la impresión de que son conformistas, sin embargo dentro de ellos está la lucha entre el querer y el decidir hacer, en su interior hay un impedimento que surge en algún momento de su vida, una insatisfacción de necesidades básicas afectivas que son parciales pero permanentes y que van haciendo un hueco emocional que impide avanzar, que frena la voluntad y cuya carencia ha sido inadvertida o menospreciada por la persona que la padece. Gente valiosa que da falsas impresiones, porque ni ellos mismo logran tener un espejo donde se refleje su realidad. 

Así en la vida se pasan muchos años o a veces la vida misma en reconocerse a sí mismo y las luchas internas que reflejan actitudes para los que lo rodean, injustificadas, anormales, terminan siendo desgastantes y estériles. 

Ojalá siempre todos fuéramos capaces de reconocer nuestras carencias y cómo satisfacerlas. Equilibrio entre mente y corazón, entre espíritu y razón son quizá la clave que nos lleve a lograr estabilidad emocional.

Noche de rábanos: Tradición decembrina de Oaxaca.

domingo, 21 de diciembre de 2025

CONTRALUZ por María del Carmen Maqueo Garza

 RECUENTO DE BENDICIONES

Diciembre es una buena época para ponernos memoriosos, no de manera gratuita, sino como un recuento de fechas desde que tenemos memoria hasta la actualidad, para dar gracias al cielo por las bendiciones recibidas.

La primera navidad que recuerdo al lado de mis padres tenía yo tres años. Vivíamos en un departamento en segunda planta, sobre la céntrica avenida Matamoros en la ciudad de Torreón, justo frente a la Catedral del Carmen. Fueron no más de nueve años de residencia en ese inmueble, que de muchas maneras marcaron mi vida. Viene a mí la mañana de Navidad en la que, a mis cuatro años, estaba por primera vez consciente de lo que había pedido en mi carta al Niño Dios, y que esperaba con ilusión que se me cumpliera: Llegar a la sala, encontrar el pino encendido y debajo un triciclo rojo marca “Apache” provisto de un gran moño navideño, generó una emoción que a la fecha no puedo olvidar. Como en una película me veo a mí misma llegar a la sala y hacer a un lado a mis papás que me custodiaban, con un espontáneo y nada diplomático “Quítate”, para correr a alcanzar el esperado regalo.

Evoco las posadas laguneras en la colonia Los Ángeles, organizadas por la señora Amada Zertuche. Recorríamos varias casas cercanas a la suya siguiendo la petición de posada y con velitas encendidas, hasta la casa de la señora Amadita, donde rompíamos la tradicional piñata y recibíamos bolos. De esa misma época recuerdo el nacimiento de mis vecinas Doña Herlinda y Delfina Armendáriz, dos mujeres mayores dueñas de un estanquillo frente a mi casa, que desocupaban un cuarto completo para montar el nacimiento con más de cien piezas de barro y plástico y todos los cuadros tradicionales, que representaban desde la Creación hasta la redención en el Calvario.

Otra fecha emblemática de diciembre: Vivíamos en la ciudad de Durango. Mi hermana Mónica tenía tres años de edad. Ese día veinticuatro viajamos de la ciudad de México en donde visitamos a mi abuela paterna hasta la Perla del Guadiana para la Navidad. En el camino adquirimos un pino que llegamos decorando con mi padre, mientras mi mamá preparaba la clásica cena navideña de pavo y relleno. Terminada la decoración del árbol mi papá y yo pusimos la mesa. No sentamos a cenar al filo de las once de la noche, hora tardía para mi hermana que solía dormirse temprano. La sentó mi papá y en lo que nos sentábamos los demás ella se quedó profundamente dormida con la mejilla sobre el muslo de pavo que le habían servido.

Doy un brinco cuántico, pasando por las navidades de mi preparación médica, que, venturosamente, siempre pude disfrutar al lado de mi familia. Una de ellas que recuerdo con cariño fue durante unas guardias en la Cruz Roja, teniendo como director al doctor Jesús Barroso (+), quien organizó una cena para convivir con los compañeros que tenían guardia esa noche y la pasarían lejos de sus familias. Llego a las temporadas decembrinas al lado de mi esposo y los hijos pequeños, para evocar momentos, visiones, olores característicos de las fiestas, sabores y sonidos, que hoy puedo recordar a voluntad, cuando mi esposo ha muerto y mis hijos radican muy lejos de donde yo me encuentro. Es la maravilla de la mente humana movida por el corazón,

Concluyo entonces que estas fechas nos invitan a compartir, a convivir, pero sobre todo a agradecer lo que tenemos, a sentirnos bendecidos por ello, dispuestos a vivirlo al lado de los demás. Es un llamado a entender que lo más valioso en esta vida es lo que atesoramos interiormente, lo que podemos sembrar, más que lo que alcancemos a acaparar, a exigir o a arrebatar a otros. Esos bienes habidos de maneras lejanas al honor, lejos de ser finalmente una ganancia, terminan convirtiéndose en un lastre.

Doy gracias al cielo por la vida, por la salud que me lleva a trabajar cada día por no dejarla escapar. Doy gracias por la familia, esos seres hermosos y solidarios que no me abandonan. Gracias por los amigos verdaderos, que tal vez se cuentan con los dedos de una mano. No se requieren más para avanzar por el camino más tortuoso sintiéndose acompañado. Gracias por las horas de feliz convivencia, pero también gracias por las difíciles en las que el acto de resistir y perseverar pone a prueba la voluntad, como hace la forja con el metal para medir su autenticidad. Agradezco poder avanzar por montes y valles, lo que me enseña a valorar bien las cosas.

Evoco cada una de las navidades de mis recuerdos con la viveza de un niño pequeño para reconocer mi fortuna, y así, con esa misma espontaneidad infantil, compartir con otros mis tesoros, que no son oro ni plata, sino momentos de alegría y esperanza.

   ¡Feliz y santa Navidad, querido lector! Y a seguir honrando la vida de la mejor manera.

CARTÓN de LUY


 

Villancico El tamborilero con orquesta y coros de la RVTE

 
Agradezco a mi querido Alberto su valioso aporte musical.

CARTAS A MÍ MISMO por Carlos Sosa

 El eco de lo que damos

Hace más de dos mil años, un hombre caminaba por los caminos polvorientos de Galilea diciendo cosas que aún hoy nos incomodan por lo simples.
Hablaba de dar, sin esperar. De entregar lo que uno tiene, sin miedo a quedarse vacío.
Decía que si damos, recibiremos. Que la vida devuelve, de alguna manera misteriosa, todo lo que soltamos.
Y uno lo escucha y piensa que quizá tenía razón.
Porque la mayoría de las veces vivimos como si el amor fuera un recurso escaso, como si el tiempo que damos nos empobreciera, o como si la ternura debiera administrarse con cautela.
Pero la vida —esa maestra tozuda— termina enseñando lo contrario: que quien se guarda todo termina más solo, y que quien se entrega, aunque a veces duela, siempre recibe algo a cambio.
No hablo de milagros ni de cuentas bancarias.
Hablo del retorno invisible de las cosas: una sonrisa que vuelve, una paz que llega sin explicación, una oportunidad que aparece cuando menos la esperas.
La vida tiene esa justicia secreta: recompensa al que da sin cálculo.
Y tal vez de eso se trataba todo: de entender que venimos a compartir lo que ya se nos regaló.
Que nadie nos debe nada, porque ya recibimos demasiado.
Y que al final, cuando todo se acabe, solo quedará lo que dimos.
Ese es el eco invisible de la vida: todo acto de generosidad resuena de vuelta, aunque a veces tarde, aunque venga disfrazado de otra cosa. Porque quien siembra bondad, tarde o temprano cosecha paz.
Dar no es perder. Es entender que el corazón tiene su propia economía: cuanto más se vacía, más espacio tiene para seguir amando...

¿Por qué la Navidad en México es la más rara del Mundo?

CONFETI DE LETRAS por Eréndira Ramírez



Y aquí estamos ya a escasos días de la Nochebuena, inmersos en el ambiente navideño, nadando a veces contracorriente para no ahogarnos por el consumismo, por los excesos.

Así es la Navidad, mucho comer, mucho gastar, desvelarse, pero ¿En verdad es así la Navidad?

Dejamos que nuestra Navidad la diseñe gente extraña y no precisamente a la medida ya que a la mayoría nos queda demasiado grande.

¡Cómo quisiera dosificar todo lo que se vive en estos pocos días durante todo el año!

Tener la versión propia de mi Navidad, sin que me haga sentir menos, desgraciado o un verdadero Grinch.

Dejar de ser víctima del consumismo, poder hacer sentir mi afecto sincero con pequeños detalles, con grandes acciones.



REFLEXIÓN DE TEMPORADA por Luis Toraya

Hay almas que han trocado el corazón por una brújula de frío metal lógico.
Han llenado sus bolsillos con piedras pulidas de silogismos y han jurado solemnemente que no hay luz que no provenga de un interruptor de causa-efecto.

Observo a muchos de mis amigos, y veo cómo el vasto y tembloroso océano de lo que conocemos se encoge para ellos hasta ser una charca de agua filtrada por el método científico.

Se han vuelto escribas meticulosos de la Causa y el Efecto, midiendo la longitud de cada sombra, pero han olvidado la música que produce el mismo sol al nacer.

Han leído a los sabios y, en el intento de entenderlo todo, han logrado el prodigio más triste, el de anular la capacidad de asombro.
Y es ahí donde yo, con ojos aún no domesticados, levanto el velo.

¿Qué es un milagro?
No es solo el trueno que parte un árbol o el mar que se abre en dos.
Es el murmullo constante, la sinfonía callada de la existencia que, si la miramos de cerca, es una serie ininterrumpida de sucesos imposibles.

Es la célula inicial que no se detuvo, sino que decidió tejer catedrales de carne y hueso, dotadas de la capacidad de llorar y de nombrar a las estrellas.

Es la semilla seca, sepultada en la tierra abandonada, que desafía la gravedad y la muerte para coronarse con una flor escarlata que solo vivirá un día.

Es el hecho de que, entre siete mil millones de latidos al azar, el tuyo y el mío convergieron en un punto de la Tierra, en este aliento preciso, para compartir la resonancia de una idea.
 
¿No es ese un acto milagroso?

Mis amigos buscan el mecanismo de relojería que explique por qué el invierno siempre da paso a la primavera.
 
Yo, en cambio, me postro ante el hecho de que el color verde existe, y que aún tiene la audacia de regresar.

La fe no es la ausencia de la razón; es el reconocimiento humilde de que la Razón, con mayúscula, es infinitamente más ancha y más profunda que nuestras pequeñas ecuaciones.
 
Perder la fe no es solo dudar de lo divino; es dudar de la intrínseca, filosófica e inexplicable bondad del universo.
 
Es volverse sordo al susurro del destino que a veces nos desvía del camino trazado, solo para salvarnos de un precipicio que no veíamos.

El verdadero milagro es la persistencia de la Belleza en medio del caos.
 
Es la luz en los ojos de un niño, es el perdón concedido sin merecerlo, es la sanación de una herida no solo en la piel, sino en el alma.

Que ellos sigan perdiéndose de las maravillas del mundo que nos rodea.
 
Yo, en cambio, elijo vivir el asombro de los milagros.
 
Dejemos que la duda sea el motor de la ciencia, pero que la certeza del misterio sea el motor de nuestra fe.

Porque la vida no necesita ser justificada.
Solo necesita ser sentida en su gloriosa, inexplicable, y constante manifestación evolutiva.




domingo, 14 de diciembre de 2025

CONTRALUZ por María del Carmen Maqueo Garza

 EN UN MISMO VIAJE

A través de las redes sociales conocí a Alfonso Leija Salas, sacerdote y creador digital morelense, que emprende grandes obras sociales, y que en este 2025 ha sido condecorado varias veces por organizaciones civiles debido a su labor a favor de grupos vulnerables. Entre muchas otras causas apoya a tres casas hogar en Cuernavaca. Una de ellas tiene alrededor de veinte residentes cuyas edades van de 65 a 99 años. Para Navidad el padre organizó un catálogo con fotografías y un breve texto, en el que cada adulto mayor pide un regalo, en su mayoría cosas básicas como ropa o calzado, rastrillos, crema para las manos, o un radio portátil, y alguna como María de Jesús de 78 años, que anotó “regalo sorpresa”, con la ilusión infantil reflejada en su mirada.

Del catálogo de peticiones conecté de inmediato con Don Raúl, adulto de 81 años quien desea un libro de Carlos Fuentes. Tuve oportunidad de charlar con él vía telefónica, y ahí me cambió la jugada: “La noche de Tlatelolco” de Elena Poniatowska, así que, para no desilusionarlo, me di a la tarea de conseguir ambos libros, de modo que tenga bastante material de lectura, pues según me indican en la casa hogar, Don Raúl lee muchísimo.

Conocer cada una de esas peticiones me llevó a una profunda reflexión personal sobre mis compras de temporada, tantas veces movida por la moda o las tendencias. Prendas de vestir que tal vez utilice una o dos veces en mi vida, o actualización de artículos que aún funcionan perfectamente, pero que la moda presiona insinuando que ya son obsoletos y que hay que cambiar. 

Nos dejamos llevar por esas tendencias del mundo exterior que manipulan nuestra razón para convencernos de comprar, comprar, comprar. Y tantas veces adquirimos cosas ostentosas para regalar a alguien que ni las necesita ni las va a utilizar, tal vez para impresionarle, o para apaciguar nuestra conciencia, directa o indirectamente, por alguna falta cometida a lo largo del año.

A los mexicanos el mundo nos conoce por festejadores. De cualquier evento armamos la ocasión para celebrar y “echar toda la carne al asador”, sin reparar en costos. Esa sensación de dispendio nos hace sentir poderosos, aunque, ya pasada la ocasión que festejamos, nos agobien los apuros económicos por la mala administración de nuestros recursos. Es así como la llegada de los aguinaldos en medio de la temporada decembrina nos lleva a despilfarros que luego lamentamos. El orden y la objetividad en nuestra economía doméstica debe imponerse antes de gastar, ser más fríos al calcular y hacer cuentas, y aprender a gozar las fiestas sin caer en bancarrota.

Me remito ahora a los conceptos de Zygmunt Bauman, filósofo polaco fallecido en el 2017, quien estudió con especial interés los fenómenos psicosociales vinculados con el uso de la Internet. Él afirma en varios de sus estudios que los internautas nos convertimos a la vez en compradores, vendedores y mercancía. Trabajamos por hallar en la red aquellos sitios o personajes que nos satisfagan, a la vez que editamos nuestro perfil para adecuarlo a lo que suponemos que los demás esperan encontrar. Nos alejamos de nuestro verdadero yo para ofrecer y vender versiones muy trabajadas de nosotros mismos, buscando ser aceptados y conectados, aunque las relaciones sean falsas y alejadas de la realidad.

Uno de los elementos que vincula de manera auténtica a dos personas es la humanidad que hay en cada una de ellas. El reconocernos frágiles, vulnerables y proclives a equivocarnos, como cualquier otro ser humano, es en realidad lo que establece lazos entre dos personas. Los trabajos artesanales para falsear nuestro yo verdadero, forman parte de los museos de la virtualidad, pero no aterrizan en lo verdaderamente tangible y trascendental.

Leer una a una las publicaciones de los residentes de la casa hogar me llevó a asimilar que no se necesitan tantas cosas para ir por la vida, y que lo más elemental está en la persona y no en lo que posea alrededor suyo. Me remite a una obra de Juliana Spahr intitulada: “Esta conexión de todos con pulmones”, poemario que inicia diciendo: “Hay un espacio entre las manos/Hay un espacio entre las manos y espacio alrededor de las manos…” Y así va avanzando, para dar cuenta de que los elementos que dan vida a un humano conviven armónicamente con los elementos de tantos otros humanos pasados y presentes, puesto que todos tenemos un único origen y destino, y compartimos un mismo viaje.

Quede pues la invitación a enfocarnos más en el ser y menos en el tener; más en la verdadera convivencia y menos en las apariencias, y a gozar de la satisfacción que produce saber que, desde nuestra humanidad, siempre vamos a hallar verdaderas amistades que nos acompañen, para construir gratos momentos que se guardan para siempre.

CARTÓN de LUY


 

La verdadera historia de la navidad | Documental History Cannel

CARTAS A MÍ MISMO por Carlos Sosa

El impredecible curso de la vida

La vida es un juego cruel de subidas y caídas, una montaña rusa sin barandas donde uno, ingenuo, se atreve a hacer planes como quien dibuja caminos en la arena creyendo que la marea tendrá piedad.
Y justo cuando estamos ahí —a centímetros de lograrlo, con el corazón listo para celebrar— el universo estalla en una carcajada inmensa, antigua, casi divina. Una risa que no hiere pero sí sacude, como un recordatorio feroz de que el mañana no es un derecho, sino un préstamo frágil.

Podemos cuidar cada detalle con la precisión obsesiva de un relojero suizo, pulir engranajes invisibles, ordenar el caos a fuerza de voluntad…
y aun así, la vida da un giro salvaje y nos deja mirando al horizonte como quien busca sentido en una brújula rota.

Pero quizá ahí —en ese derrumbe inesperado— está la enseñanza que nunca quisimos escuchar:
que existir es navegar un océano cambiante, caprichoso, lleno de variables que no piden permiso; que sobrevivir no es aferrarse, sino aprender a doblarnos sin rompernos; que cada cambio súbito es una prueba silenciosa para saber si aún somos capaces de reinventarnos.

Al final, la vida no se trata de predecirlo todo.
Se trata de seguir caminando, incluso cuando la tierra bajo los pies decide convertirse en aire...

Este experimento social hizo cambiar a 27 jóvenes sus regalos de Navidad...

CONFETI DE LETRAS por Eréndira Ramírez


Pareciera que una sola vida no basta para reconocer en ella lo que realmente tiene valor. Una sola vuelta no es suficiente para poder asimilar todo aquello que día tras día nos toca vivir. Sucesos de toda índole, momentos de felicidad que en ocasiones menospreciamos y que son irrepetibles, otros en los que nos quedamos anclados, que definitivamente no valían la pena, de los que tristemente no logramos deshacernos y traemos al presente una y otra vez sin razón alguna, para escudarnos en ellas de nuestra incapacidad de enfrentar la vida con actitud positiva. 

Admiro a las personas que aprovechan al máximo el camino, que no se pierden en banalidades, que cada día buscan encontrar dentro de sí mismos la felicidad, que se adaptan a las circunstancias sin depender de estas para construirla. 

Quisiera creer que lo que he vivido en esta vida, no ha sido todo, y que he experimentado mucho de lo que en esta me he perdido, o que quizá vengan otras que me den la oportunidad de hacerlo, porque no hay retorno, ni como retomar lo que ya en el pasado se ha dejado, ni lo malo, afortunadamente, ni lo bueno por desgracia

Es corta la vida, para tanto que vivir, que conocer, no alcanzamos a madurar para cuando ya hemos envejecido, es más fácil llegar a viejo que a sabio, no siempre aprendemos de los errores y persistimos en ellos, con la idea errónea de que el tiempo todo cura, hasta caer en cuenta que no hicimos lo suficiente, lo necesario a tiempo.

Una segunda vuelta por lo menos, para resarcir los daños que involuntariamente se ocasionan, para vivir con la humildad suficiente para no ser jueces implacables, para actuar con tolerancia, para aceptar otras verdades que no sean la nuestra, para dignificar al que hemos erróneamente ignorado, para agradecer más, reclamar menos, para reconocer que en esta vida lo único de lo que no debemos arrepentirnos es de haber amado, y preservar este sentimiento como el móvil esencial y más humano, que nos permita un tránsito terrenal que nunca pierda enlace con nuestra vida espiritual que es la que nos permite el contacto mas estrecho con el universo y la humanidad.

REFLEXIÓN de JCDovala

 La ofrenda de la vida. 

La vida, en su misterio, no se nos entrega como propiedad eterna, sino como ofrenda fugaz. Cada día que amanece es un regalo que pide ser honrado, no con riquezas, sino con actos que trascienden.

Ofrecemos la vida cuando amamos con sinceridad, cuando compartimos sin esperar, cuando sembramos bondad en un terreno árido. La verdadera ofrenda no está en lo material, sino en el tiempo que dedicamos, en la palabra que consuela, en la mano que levanta.

Vivir es comprender que somos custodios de un instante prestado. Y en ese instante, la mejor respuesta que podemos dar es ofrendar lo mejor de nosotros mismos: la fe, la esperanza, la sonrisa, la ternura.

Porque al final, la vida no se mide por lo que recibimos, sino por lo que supimos entregar. 



domingo, 7 de diciembre de 2025

CONTRALUZ por María del Carmen Maqueo Garza

 LO QUE SIENTES IMPORTA

La depresión y el suicidio se han convertido en problemas cada vez más frecuentes, en particular entre niños y jóvenes. En el territorio nacional Coahuila no se encuentra en los primeros lugares en cuanto a estas condiciones, pero sí ha enfocado gran parte de sus iniciativas gubernamentales hacia la salud mental, en particular la prevención de casos de depresión y suicidio.

“Lo que sientes importa” es un eslogan que ha difundido el gobierno coahuilense de muy diversas maneras, en particular dirigido a los jóvenes. Lo encuentro muy apropiado, puesto que abarca todos los estados de ánimo por los que un ser humano pueda estar pasando. Deja de lado las emociones políticamente correctas, para incluir a todos los seres humanos. Cualquier sentimiento es válido y digno de tomarse en cuenta, dado que  proviene de alguien que sufre por ello.

Ha sido tal vez hasta el arranque de este nuevo siglo que los trastornos mentales pasaron a ocupar un lugar dentro de las causas de consulta médica o psicológica. Antes de ello, era hasta vergonzoso expresar la necesidad de un apoyo profesional. Se consideraba que carreras como la psicología o la psiquiatría se dedicaban a tratar personas dementes en los manicomios. El concepto de alteraciones emocionales y su atención en el consultorio no existía, pese a los avances que profesionales como Sigmund Freud, Carl Gustav Jung o Jacques Lacan habían hecho en el campo de la salud mental, y que la literatura a propósito de estos temas se encontraba ya en manos del público en general.

Un factor adicional que entorpecía los avances en el manejo de las emociones era el concepto de que, para superar una condición como la depresión o la ansiedad, bastaba con proponerse hacerlo mediante la propia voluntad. Fue algo que llevó a muchos a un estancamiento o un agravamiento de sus condiciones, al sentirse incapaces de lograr lo que otros esperaban que consiguieran por sí mismos.

Afortunadamente ahora vivimos en un tiempo en el que se acepta que el aparato mental de la persona, al igual que cualquier otro aparato o sistema de su organismo, puede enfermar y requerir de atención profesional. Aun así, el joven que entra en conflicto con sus propias emociones, tal vez no lo tenga tan claro ni sepa que es válido sentirse mal consigo mismo o con los demás, y que existen recursos externos que lo pueden ayudar a entender y superar esas condiciones internas. No dudo que en torno suyo haya aún desinformación que lo orille a callar y tratar de ignorar sus propios sentimientos, en lugar de salir a buscar apoyo. Por ello resulta de gran valor un eslogan como este que afirma que lo que sientes importa, que te tomamos en cuenta y te creemos, y que, en caso de requerirse, te facilitaremos lo necesario para que te sientas mejor.

Basta con remitirnos a nuestros propios años de adolescencia y recordar las dudas que nos asaltaban, las sensaciones que a ratos nos invadían, ese sentir que éramos distintos y no encajábamos, en particular dentro del núcleo familiar, lo que nos afectaba profundamente. Lo inadecuado que llegaba a ser nuestro modo de reaccionar a lo que percibíamos en derredor, sin tener a la mano un apoyo que orientara, sosegara y animara a seguir adelante, convenciéndonos de que todo iba a estar bien.

Los casos de intento de suicidio entre adolescentes (y no dudo que también entre adultos) han documentado que el considerar privarse de la vida no es tanto por un deseo de morir, sino por la urgente necesidad de escapar de una situación angustiante.  Esto es, se recurre a una salida definitiva para un problema temporal que agobia. Si hubiera alguien experimentado cercano a ese joven, con quien pudiera ventilar sus dudas, otra cosa sería. Por desgracia, no suele haber nadie cercano al chico que decide terminar con su problema por ese camino.

Gran campaña que ha emprendido el gobierno coahuilense para disminuir las condiciones emocionales que afectan a la población, en particular a los jóvenes, que tantas veces se sienten inadecuados en un mundo que parece no tomar en cuenta sus estados de ánimo. Un modo excelente de validar las emociones que a ratos los apabullan en total soledad.

Alejandra Pizarnik, poeta y ensayista argentina que murió muy joven por suicidio, tiene una vasta obra poética, buena parte de ella a propósito de la depresión, como este poema intitulado “Contemplación de algo que termina”, publicado seis años antes de su muerte:  

“Esta lila se deshoja,

Desde sí misma cae

y oculta su antigua sombra.

He de morir de cosas así.”

¡Qué forma de expresar los estados internos de un ser humano que sufre y no halla cómo salir adelante en su soledad!

Que ninguno de nuestros jóvenes se sienta así de solo. Trabajemos gobierno y ciudadanía por conseguirlo, para bien de todos.

CARTÓN de Luy

 


MUSICAL navideño hecho con IA

CARTAS A MÍ MISMO por Carlos Sosa

Respirar el instante

A veces creemos que la salud depende solo de medicamentos y diagnósticos. Pero hay una medicina más profunda, silenciosa y gratuita, que se llama presencia.
Respirar el instante puede ser tan sanador como cualquier fármaco.

La medicina nos ha enseñado a auscultar el corazón, a medir la presión, a reconocer el ritmo invisible de una célula que se divide. Pero lo que rara vez nos enseña es a escuchar la vida mientras sucede.
El mindfulness —esa atención plena que no juzga ni huye— es justamente eso: la ciencia de habitar el instante con la misma precisión con que se toma un pulso, con la misma devoción con que se observa un amanecer después de una noche de guardia.

En el cuerpo humano, cada respiración es un milagro inadvertido. Acontece más de veinte mil veces al día, y sin embargo casi nunca la sentimos. Caminamos anestesiados por la prisa, como si el presente fuera un obstáculo y no el único lugar donde la vida realmente ocurre.
Practicar atención plena es volver a sentir el aire entrando y saliendo como olas, la sangre impulsándose en su cauce silencioso, el corazón que no pide permiso para seguir latiendo.

La ciencia lo confirma: cuando habitamos el ahora, el sistema nervioso se serena, el cortisol desciende, el corazón encuentra su ritmo y las sinapsis se reorganizan. Pero hay cosas que la ciencia no puede medir: como la paz que nace cuando uno deja de huir del instante. Incluso en medio del caos de una emergencia, basta inhalar y exhalar sabiendo que ese segundo es suficiente.

El mindfulness no es una moda ni un eslogan; es un acto clínico de humanidad. Es recetar silencio en una época que grita, indicar presencia en un mundo que prescribe distracción. Es la más profunda medicina preventiva: aquella que evita que la vida se nos escape mientras intentamos alcanzarla.

Y en esa pausa —tan breve como una respiración— comprendemos que la salud no siempre es ausencia de enfermedad. A veces, simplemente, es estar despiertos mientras respiramos...

El Perdón: La llave para sanar las heridas: Carla de Mariana Garrido Rocha

CONFETI DE LETRAS por Eréndira Ramírez

Sé que te quiero, porque te acepto así, tal cual eres, porque te sé imperfecto, porque advierto en ti las cualidades y tolero tus defectos, porque reconozco en ti los matices del ser humano, ni del todo bueno, ni del todo malo, a veces sereno tierno, amoroso, en otras impulsivo, áspero, intransitable.

Por eso sé que te quiero, porque no te idealizo, porque no te construyo, porque no eres el modelo de mis aspiraciones, porque la vida me muestra que la fantasías son parte de un cuento y que nuestra historia es demasiado real.

Te quiero de veras, y al quererte así me acepto yo misma con todo y mis fallas que bien sé conoces, toleras y a veces, muy pocas, reclamas. Así es el amor verdadero, aquel que trasciende porque está fincado en una percepción real del ser amado, con más coincidencias que discrepancias, tolerante y capaz de perdonar.

El amor sí existe, créanlo, el amor no es tan solo un cuento.



La primera carta que recibí este año | Cuento de Navidad con Papá Noel

domingo, 30 de noviembre de 2025

CONTRALUZ por María del Carmen Maqueo Garza

 NACER INMENSAMENTE

Llega esa época del año que nos remite a los asuntos del espíritu. A recordar nuestra infancia con sus momentos mágicos y su ambiente de celebración por la vida, la familia y los amigos. Para los cristianos es el tiempo de celebrar la venida de Jesucristo Salvador con su promesa de vida eterna. Las visiones y los sonidos que invaden nuestro espacio nos llevan a reconectar con ese, nuestro niño interior, que nunca ha dejado de creer.

Quizá para muchos de nosotros este año sea más sanadora la época que en ocasiones previas. Hay mucha paz por recuperar en nuestra vida y en nuestro entorno. Los acontecimientos a ratos han sido inquietantes y desalentadores, tal vez hasta nos han secuestrado la tranquilidad. La esperanza pudo haberse sentido traicionada, y, con cierta angustia, nos preguntamos cuál será el nuevo acontecimiento que nos asalte a la vuelta de la esquina.

Qué maravilla poder reconectar con esa etapa de nuestra vida donde poco o nada nos preocupaba. Donde todo resultaba novedoso y encantador, y podíamos pasar horas fascinados con alguna imagen o un sonido, en particular en esta temporada. Tiempos en los que el más sencillo de los juguetes que recibíamos como regalo de Navidad, nos volvía los niños más dichosos del planeta.

Buen momento para darnos una pausa en el diario ajetreo de la vida. Espacio para valorar lo que se cumplió a lo largo de once meses y lo que tenemos pendiente de realizar, en el entendido de que la materia prima para cumplir nuestros más caros sueños es el tiempo, el cual habrá de agotarse, hayamos o no sacado provecho de él.

Como dice Vinicius de Moraes en su hermoso poema que alienta a vivir las fechas que llegan con diciembre: “Porque para eso fuimos hechos/Para la esperanza en el milagro…”  A partir de ello valdría la pena plantearnos construir milagros de temporada: en nuestro interior, en el seno de la familia, frente a los amigos. Construir milagros de reconciliación con esas personas de las que nos hemos alejado, para descubrir que ninguna distancia provee mayor satisfacción que el más valiente de los encuentros.

Hagamos de estas celebraciones del amor más grande, una ocasión para revisar nuestra propia mochila de viaje, y por qué no, aligerarla. Desechar las emociones viejas y oxidadas que no hacen más que entorpecer la marcha. Refrescar nuestros afectos con nuevo oxígeno antes de continuar el camino. Perdonarnos a nosotros mismos por los momentos en que actuamos tan indolentes y severos con nuestra propia persona, para comenzar a amarnos más de lo que antes hemos hecho. Y luego extender los brazos hacia quienes la vida ha colocado en derredor.

Buen momento para valorar lo afortunados que somos de tener lo que tenemos: Vida, salud, capacidad para razonar y energía para emprender nuevas cosas. Un corazón para sentir, que vamos por la vida como una barca en el ancho mar, con momentos plácidos, pero también con otros aciagos, donde lo encrespado de las olas nos atemoriza. Pero ¡vaya! Eso es la vida: un andar incierto para ir tocando puertos que nos proveen satisfacción, hasta llegar algún día al puerto final que marca nuestra historia de ruta desde el principio.

Sea esta temporada que hoy inicia una de alegría, por encima de cualquier rispidez. Tiempo de armonía, más allá de las diferencias con otros. Pletórico de momentos que habremos de gozar y conservar para siempre. Que nuestra fe profundice y la esperanza nos conmueva. Que vivamos una espiritualidad que no se quede en el templo, sino que salga a recorrer calles, a tocar puertas y a auxiliar a quienes más lo necesitan. Una bondad que trascienda, que no se quede en la foto que busca acrecentar nuestra popularidad en redes, sino que, de forma callada, establece un puente de corazón a corazón.

Vivamos una temporada sencilla, tranquila, plena en el goce de las cosas profundas, que se aleja de los excesos y que se centra en lo esencial que hay en cada uno de nosotros, para vivir una vida que trascienda por los actos realizados.

Y, como termina diciendo Vinicius de Moraes en un llamado a la reflexión, a propósito de lo que nos ofrece la temporada navideña cuando la enfocamos desde el corazón. Sus palabras nos colocan frente a la imagen de Jesús en Belén, para creer con ella, que hoy: “Nacemos inmensamente”.

Siempre verde: Corto animado (Exclusive Streaming Premiere)

CARTÓN de LUY


 

CARTAS A MÍ MISMO por Carlos Sosa

El poder de la palabra

La palabra no es inerte, vive respira...
Primero nace como un murmullo tímido en la cabeza, una especie de presagio sin forma.
Pero basta con darle nombre para que empiece a respirar, para que estire las piernas y se atreva a caminar por la realidad.

Todo comienza así: imaginás algo, lo pronunciás, y de pronto el mundo se acomoda —o se desacomoda— a tu atrevimiento.
No lo creés posible hasta que un “te quiero” que vivía encadenado en la garganta cambia el curso de la historia cuando por fin se libera, se vuelve sonido y después gesto, piel, destino.

Y funciona igual con su sombra: un “te odio” pensado apenas como bruma puede volverse tormenta cuando lo soltás.
Porque las palabras no son inocentes: son semillas o son venenos.
Y cada vez que abrimos la boca, escribimos una pequeña profecía.

Porque así funcionan las palabras:
cuando las decís con la columna vertebral, se convierten en ley.
Cuando las decís con el alma, se convierten en destino.

Y entonces entendés lo inevitable:
no hay palabra que no dispare una batalla,
ni silencio que no esconda un reino entero.

Por eso, cuando abrís la boca, hacelo como quien desenvaina una espada.
Porque cada frase que pronunciás tiene el potencial de reescribir tu historia,
y hay días —muy pocos, muy densos— en que una sola palabra tuya
puede cambiar el mundo de lugar...

Hay que ser valiente para ser amable | Erna Jungstein

CONFETI DE LETRAS por Eréndira Ramírez


La libertad depende de haber elegido voluntariamente a qué atarse, de amar sus ataduras y reconocerlas como aquello que impide flotar en una atmósfera de soledad y desconcierto. 

Cuanto más libre te concibes, es quizá cuanto más esclavo terminas siendo de tu soberbia. 

El perdonar, responsabilizarse de sí mismo, el amar respetando la individualidad, sin querer apoderarse de la voluntad del otro, sin obsesiones, hacer del amor un sentimiento que nos dé certidumbre y no desasosiego. 

No intelectualizar el amor... yo sigo dejándolo con residencia fija en el corazón.



Por Suiza con la imaginación: De Grindelwald a Lauterbrunnen

domingo, 23 de noviembre de 2025

CONTRALUZ por María del Carmen Maqueo Garza

 RESIGNIFICARNOS

Esta ha sido una semana de las que bajan los ánimos. Llega la fecha de elaborar la columna y me encuentro buscando el tema que detone la creatividad para el escrito semanal. Recurro, entonces, a alguno de mis poetas favoritos. Me topo con Rainer M. Rilke y sus cartas al joven poeta Franz X. Kappus, en especial con una que, hablando sobre la procreación, establece que “En las profundidades es donde todo se vuelve ley.”

Estas últimas palabras me llevaron a pensar acerca del giro que ha tenido el pensamiento en el siglo que media entre 1903, cuando el poeta consolidado escribía al novato, y nuestro tiempo. El maestro austríaco le aconseja, no solo acerca del arte poética, sino sobre el modo de vivir una vida plena, a partir de fomentar el arte, primero dentro de sí y luego en su entorno. Rilke aconseja como si la poesía le otorgara un par de anteojos muy particulares para ver la vida de un modo distinto.  Lo contrasté, entonces, con la forma más bien ligera como conceptuamos hoy en día tantas cosas: El acto de la procreación, las relaciones humanas, y en sí el valor de la vida.  Si revisamos algunos medios noticiosos nos toparemos con titulares que dan cuenta de ello, como si la vida fuera cualquier cosa de la que se despoja a otro por causas absurdas, como por impulso, sin detenernos por un momento a considerar que esa pérdida no podrá recuperarse jamás.

Si atendemos a lo que Rilke aconseja a su discípulo, y nos vamos un poco más a la profundidad de los hechos, descubriremos que dentro de nosotros habita todo un universo de elementos que nos vuelven únicos sobre el planeta: Nuestra historia familiar; los antecedentes de nuestra infancia; los ideales con que nuestros padres nos forjaron; el núcleo de propósitos personales que se fueron gestando desde que éramos pequeños. Esa pléyade inmensa de sueños e ilusiones que venimos tejiendo desde hace mucho tiempo y que nos permiten levantarnos cada mañana con la ilusión de avanzar en verlos realizados.

Si nosotros no conocemos y valoramos lo que somos en nuestro interior, tampoco podremos valorar y respetar lo que otros son. Tal vez en este punto sea que hoy en día se ha perdido el respeto por la vida para cada uno de nosotros; puesto que no logramos dimensionarla dentro del propio ser, no somos capaces de honrarla en los demás.

“En las profundidades es donde todo se vuelve ley”. Cito nuevamente a Rilke para afirmar que la banalidad con que asumimos las cosas hoy en día proviene, precisamente, de esa lectura superficial que hacemos a la vida. Mientras el viejo poeta aconsejaba al discípulo acerca de cómo aproximarse a quienes le rodean, a los jóvenes e inexpertos, a los iguales enceguecidos y a los viejos que están llegando al fin de su existencia sin haber despertado. Rilke le instruye sobre el modo de actuar para con ellos, a partir de su personal iluminación.

Estamos llegando a un estilo de sociedad que siempre tiene prisa, que prioriza resultados por encima del proceso para lograrlos. Un mundo en constante competencia en donde el vecino se ve como oponente, nunca como hermano, y donde la consigna es avanzar y vencer, aunque se llegue al final de la pista en completa soledad. Ante este panorama el poeta viejo sugiere paciencia para poder avanzar en compañía, y que no sea el logro de la meta una satisfacción que no tenga con quien celebrarse.

Volviendo a Rilke, él sugiere al joven poeta echarse un clavado a su propio interior para redescubrir y amar lo que lleva dentro. En pocas palabras, fomentar el autoconocimiento, algo que, justo en estos tiempos, hemos descuidado tanto. Solemos partir de un pensamiento que dicta que todo lo que nos ocurre viene de fuera, y que los factores que van a modificarlo también vienen del exterior. Ello genera estados ociosos en los que pretendemos culpabilizar de lo que nos ocurre a otros, sin asumir la responsabilidad personal que nos corresponde. O bien, nos sentamos a esperar a que los cambios anhelados vengan de fuera, cuando no será sino desde nuestro propio interior, que se generen.

Más delante nuestro poeta habla del amor verdadero, de ese que implica entrega y sacrificio, antes que goce y complacencia. El amor que se pone a trabajar desde el corazón y a través de nuestros actos, fundamentalmente, haciendo hincapié en desarrollarnos como seres independientes del amado, plenos y completos.

Resignificarnos: Comenzar a vernos y a ver a otros desde la complejidad de lo que es nuestra existencia en todas las capas de su profundidad: Su contenido metafísico, antropológico y personal. Descubrir que tener vida no es cualquier cosa, y que cuidarla es prioridad. Asumir que estar vivos es un privilegio que habremos de honrar a cada momento, como lo más sagrado.

CARTÓN de LUY

 


Rapsodia en pelotas con Les Luthiers

CARTAS A MÍ MISMO por Carlos Sosa

El arte de fluir

Fluir con la corriente… aprendí que no es rendirse, es un acto de profunda sabiduría.
Durante años creí que vivir era nadar contra todo, que el valor se medía en resistencia y que doblarse era sinónimo de derrota. Pero con el tiempo —y con algunas cicatrices que no se ven— entendí que hay una fuerza mayor en dejarse llevar sin perder el centro.

El río no lucha contra la piedra; la rodea, la acaricia, la desgasta con paciencia hasta que deja de ser obstáculo. Así también la vida, cuando uno deja de aferrarse a lo que no puede cambiar, empieza a fluir con una suavidad que no conocía.

Fluir no es pasividad. Es confiar en que el cauce sabe más que nosotros, que cada recodo, cada curva, incluso cada remolino, nos está llevando a donde debemos estar. Es entender que hay momentos para remar con furia y otros en los que la mayor valentía es soltar los remos.

Y entonces uno descubre que no se trata de controlar el agua, sino de ser agua: suave pero invencible, libre pero fiel a su destino, siempre encontrando el camino hacia el mar.

Porque al final, fluir no es perderse… es permitir que la vida nos lleve justo donde más necesitamos llegar...

Encontrando el propósito: Carla de Efrén Martínez

CONFETI DE LETRAS por Eréndira Ramírez


Vamos siendo en la vida lo que la genética, epigenética y circunstancias modelan en nosotros. A través del tiempo, de las experiencias vividas, nuestro entorno familiar, social, escolar, nos va dejando cinceladas en cerebro y corazón para ir esculpiendo una personalidad, un carácter, que a través de distintas experiencias, emociones, de enseñanzas o imposiciones conforma la estructura de ese personaje multifacético en el que nos vamos convirtiendo y que se transforma a veces imperceptiblemente para nosotros mismos. Nuestra capacidad de adaptarnos a distintas situaciones, a pérdidas, a logros y fracasos, a ser aceptados o rechazados, nos permite tolerar las embestidas de la vida sin que la frustración nos hunda en profunda depresión o por el contrario, nos convierta en personas soberbias, con orgullo malentendido que no valora más que sus propios logros.

En lo personal yo tengo la fortuna de haber tenido dos etapas de mi vida en lugares distintos, con distintas personas y en ámbitos totalmente diferentes, y poder decir que en ambos he sido feliz.
He encontrado pertenencia en ambos lugares, me he sentido cajemense sin perder el orgullo de haber nacido en Chihuahua, Dos ciudades,, donde se me ha ofrecido en cada etapa de mi residencia en ellos, la oportunidad para lograr mis metas, para encontrar personas maravillosas que me rodearon de cariño, creando un entorno idea para mi desarrollo personal, familiar y profesional,.

¿Quién soy y cómo soy? finalmente no es mi descripción la real, tengo tantas identidades como las percepciones que la gente tenga de mí, lo único que deseo es que se haya encontrado en mi intención la buena fe y el amor que llevan mis acciones, aunque a veces mis palabras o actitudes sean equivocadas o malentendidas, nunca lo son malintencionadas.

Aún sigo en una tercera etapa, regresando a mi tierra natal en donde reintegrarme a mi familia, a mis amistades de niñez y juventud, me permite reafirmar que en esta vida no se tiene que ir en pos de la felicidad, sino en saber encontrarla en los pequeños detalles, en la gracia enorme de poder cada día recibir una señal de que estás vivo, de recibir y dar amor, de tener un ambiente fraterno que te cobija, que te hace saber que no estás solo, en poder sentirte útil y al mismo tiempo tener el invaluable apoyo de quienes te quieren cuando más lo necesitas.

Somos lo que la vida va forjando en nuestro espíritu, somos uno para nosotros mismos y otro para aquellos que nos rodean. Lo deseable es que sean más las coincidencias que las diferencias.


LOS CANTANTES DE BREMEN (1935)

domingo, 16 de noviembre de 2025

CONTRALUZ por María del Carmen Maqueo Garza

 PANTALLAS E INDIFERENCIA

Susan Sontag (1933-2004) fue una escritora norteamericana muy prolífica, de novela, ensayo y guion cinematográfico, entre muchos otros menesteres artísticos. Uno de sus últimos libros, publicado en el 2003, se intitula “Ante el dolor de los demás”. Constituye un regreso a una de sus primeras obras que hablaba sobre fotografía testimonial. Ahora lo hace a partir de nuevos elementos visuales a los cuales se enfrenta para hablar sobre el efecto de impresiones gráficas sobre la conciencia colectiva.

La ensayista utiliza un término que resonó profundamente en mí: “Fotografía de conciencia”, que designa esas expresiones visuales que ilustran distintos momentos trágicos de la humanidad para despertar en el espectador la conciencia de lo que pudo haber sido. Refiere, y con sobrada razón, que una misma imagen cruenta es vista de distintas maneras si se publica en un periódico, si se lleva a un libro de fotografía especializada, o si se incluye como parte de una colección en alguna sala de exposiciones. Además, hace referencia a un término que me parece de lo más descriptivo, y que da pie a reflexiones que deseo abordar en seguida. Refiere que vivimos en una sociedad del espectáculo, en la cual materiales sensibles como pueden ser el dolor o la muerte, se convierten en mercancía que se comercializa, y nosotros, como espectadores, la consumimos a discreción desde la comodidad de nuestro hogar impoluto.

El caso contrario, al que no se refiere específicamente Sontag, pero que se antoja que habrá que analizar también, es el de negar una realidad ocultando los hechos que la pondrían de manifiesto. Por desgracia en México venimos viviendo mucho este fenómeno, los asesinatos dolosos bajan en la estadística porque se convierten en desapariciones; las fosas clandestinas se borran del mapa porque, antes de permitir la entrada a los periodistas, se retiran los detritus del lugar de los hechos. Se lleva a cabo un perverso juego de evidencias para recomponer la escena. Por cierto, esa suerte de protección que se otorga a cualquier individuo acusado o confeso cubriendo parte de sus rasgos y colocando una “N” en lugar de su apellido, a ratos me parece parte de ese mismo juego, una forma de enmascarar la evidencia de los malhechores para tal vez buscar que los delitos que se registran causen menor impacto.  O será también parte de esa estrategia calificada como humanista, de reconocer los derechos humanos de los criminales por encima de los de los ciudadanos. Y paradójicamente, como lo venimos viendo en derredor a la marcha del sábado 15, la identidad de los creadores de contenido convocantes se publica con todo detalle en la conferencia mañanera. Este manejo de lo que se muestra y lo que se oculta termina siendo manipulación de la verdad.

“La compasión se está adormeciendo”: Una de las más fuertes afirmaciones de Susan Sontag al referirse a la forma como nos vamos desensibilizando frente a escenas que presentan el dolor humano. Y si bien, en estos tiempos no es tan común asistir a un museo a ver colecciones de óleos o de fotografías de las grandes tragedias humanas, sí las tenemos a la distancia de un clic en nuestros aparatos digitales. Tal vez ni siquiera las estemos buscando intencionalmente, solamente deslizando nuestro dedo sobre ellas una y otra vez, pero el efecto repetido de su contundencia sobre nuestras pupilas, día tras día, a lo largo de toda una vida, terminará por volvernos indiferentes al dolor que expresan. Entre otros temas, la guerra se presenta como un espectáculo cotidiano, al que nos vamos acostumbrando.

¡Cuánto gana la inercia a nuestra mente racional! Las noticias se transforman en entretenimiento que consumimos a discreción, mientras esperamos el camión o nos sentamos a cenar. La imagen de personas con la mirada fija en la pantalla del celular es cotidiana en nuestros tiempos, al grado que parece fuera de lugar alguno, en particular de jóvenes edades, que no vaya caminando y revisando su celular de manera continua.  Susan Sontag refiere que ello nos está volviendo cínicos ante la sinceridad; hacemos todo lo posible para no sentir compasión, lo que nos coloca en una supuesta superioridad frente a lo observado.

Los especialistas en educación infantil están prendiendo las alarmas con relación al uso de pantallas durante la primera infancia. Podemos considerar que, a los muchos efectos perjudiciales que se vienen dando a conocer, se suma este, el de la pérdida de la compasión por el dolor ajeno, lo que nos conduce invariablemente a una sociedad cada día más indiferente frente al sufrimiento de los demás.

¿Es esto lo que nos proponemos legar a las futuras generaciones…? Pensémoslo dos veces antes de dar la vuelta a la página.

CARTÓN de LUY


 

Fuga de JS Bach a cuatro voces, por el Cuarteto Newfangled Four

CARTAS A MÍ MISMO por Carlos Sosa

El universo no se queda con nada

Mi papá solía decirme que el universo no se queda con nada. Que todo lo que das —sea bueno o malo—, en algún momento vuelve, aunque a veces tarde una vida entera en hacerlo. Por eso, decía, siempre conviene hacer el bien.

Hoy me acordé de él. Venía de regreso a casa en un Uber, y el conductor, un muchacho de unos veintitantos, empezó a contarme su historia. Me dijo que trabajaba todo el día manejando y estudiaba los fines de semana. Que dormía poco, comía cuando podía, pero que tenía una meta: graduarse para darle una vida mejor a su familia.

Entre charla y charla, me contó que una vez un extranjero olvidó su billetera en el asiento trasero. Dentro había más de seiscientos dólares. “Ese día no había comido”, me dijo. “Tenía hambre y apenas gasolina en el tanque.” Y lo tentó la necesidad —o el diablo, quién sabe—, pero al final decidió devolverla. Llamó al número del viaje, contactó al hombre y se la entregó sin esperar nada. Ni las gracias le dieron. Pero él, me dijo, durmió tranquilo esa noche.

Cuando llegamos a mi destino, le pagué con un billete de veinte. Él, con esa honradez que no sabe de máscaras, me extendió la mano para darme el cambio. Lo miré y le dije:
—El universo no se queda con nada.

Cerré la puerta y caminé hacia mi casa con esa frase de mi padre resonando en el pecho. Pensé que quizá el universo no es un juez ni un contable, sino una especie de espejo: te devuelve exactamente lo que le das. Y esa noche, mientras guardaba las llaves y el eco del motor se perdía en la calle, sentí que mi viejo sonreía desde algún lugar invisible, confirmando que —al final de todo— el bien siempre encuentra su camino de regreso...

El Arte de No Forzar. Wu Wei, la sabiduría del Tao.

CONFETI DE LETRAS por Eréndira Ramírez

Uno no decide nacer, y por mucho tiempo no toma decisiones, somos dependientes de que otros lo hagan por nosotros. Se llega el momento de que lo hagamos y muchas de ellas las haremos inconscientemente, en nuestras rutinas diarias, desde niños, sin que nos cause mayor conflicto. Iremos día a día siguiendo nuestros instintos basándonos en experiencias, en ejemplos de otros, y haremos así elecciones de simples a complejas que van conformando nuestra vida.

El éxito, la felicidad, el bienestar, en mucho dependen de haber tomado buenas decisiones, incluso ante la adversidad la elección de cómo afrontarla nos hace a unos y otros distintos en cuanto a como las percibamos. Hay quien sufre tan solo por elegir cómo vestirse cada mañana, hay quienes dependen toda la vida del consejo de alguien más para saber qué decidir o para corroborar su decisión. Unos lo hacen concienzudamente, otros, consideramos, lo hacen demasiado a la ligera, y unas y otras resoluciones pueden o no ser acertadas, porque finalmente las circunstancias ajenas a nosotros tienen su interacción y no son variables muchas veces que podamos manejar. 

Quizá no nos alcance la vida para tener la sabiduría necesaria y tomar las decisiones adecuadas para cada situación, quizá todavía tendremos que lamentar errores en ellas, aun cuando la experiencia de muchos años nos haya permitido, a nuestro parecer, haber elegido la mejor. 

Quizá la madurez no radica en que tomemos las mejores decisiones, sino en hacerlo en base a la experiencia, intentando no cometer los mismos errores, pero asumiendo que podríamos cometer otros distintos, que cuando no haya resultado como esperábamos, nos adaptemos a lo que de ello resulte. No lamentarnos ni condenarnos, saber que en esta vida todo pasa y que mientras sintamos latir nuestro corazón, la esperanza de renovación no muere, tan solo hay que esperar a que en nuestro cielo de nuevo salga el sol. 

Decidir sin miedo al fracaso, porque es mayor fracaso la indecisión.