El padre no duda en hacerse pequeño
para estar de la estatura del hijo
y así poder mirarlo frente a frente.
Quiere instruirlo acerca de la vida,
del orden cósmico que rige el universo.
Es el suyo un amor racional --así debe de ser--,
le habla con firmeza, lo llama a comprender,
aunque al final, cuando ve frente a sí
la pequeña figura del niño
que le mira como se mira a un héroe,
un calor le invade el pecho, su voz se quiebra.
Lo besa en la frente y lo bendice.
Se siente para toda la vida,
desde este momento y para siempre,
el más afortunado de los hombres.
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