domingo, 17 de diciembre de 2023

CONTRALUZ por María del Carmen Maqueo Garza

 

RECUERDOS DE TEMPORADA

Diciembre es una buena época para ponernos en contacto con nuestra propia sensibilidad; dejar que nuestras memorias nos asalten, para descubrir cuán afortunados hemos sido.

La infancia es el núcleo de esa vida que más delante habremos de emprender por cuenta propia, hasta el último aliento.  Como niños no alcanzaríamos a medir la trascendencia de esa época.  No es hasta que somos adultos que entendemos cuánto hay implícito en esos días en los que todo parece transcurrir sin mayores sobresaltos.

Cada uno de nosotros tiene  memorias como tesoro personal y único que, en temporadas como la que hoy estamos viviendo, aflora en su máxima expresión.

El ser humano nace y crece en circunstancias muy diversas, pero a final de cuentas, en la generalidad de los casos, todos transitamos por escenarios similares: Tenemos una o más figuras de padres, varios abuelos, hermanos y una familia extendida que puede variar en tamaño.  Los recuerdos que evocan esas experiencias en torno a la Navidad están provistos de una magia particular.  Como niños somos arropados por un cariño muy manifiesto, que difícilmente habrá de expresarse de igual modo más delante en nuestra vida.

Recuerdo mis primeras cenas navideñas en casa de la abuela materna.  Viuda y con las hijas casadas, vivía sola en una casa de estilo muy tradicional en el centro de Torreón, sobre la calle Morelos.  Penetraba uno a un largo zaguán provisto de blancos macetones altos cubiertos por pedacería de espejo, rematados  en lo alto por helechos de un verde muy vivo.  Dicho zaguán desembocaba en un espacio amplio y luminoso, en el que habitualmente recibía a sus invitados.  Cosa curiosa, cada vez que escribo alguna narrativa que involucra una casa habitación, no puedo dejar de imaginar que se trata de esa casa y el amplio recibidor de la abuela. Provista de un patio central, en torno al cual se distribuían cuartos a ambos lados: hacia la derecha una salita, la recámara de mi abuela, un baño con tina, el antecomedor y al fondo la cocina.   Hacia la izquierda una oficina seguida por una recámara que yo ocupaba durante mis visitas de fin de semana; más delante un baño con azulejos verdes en dos tonos, y el comedor.  En ese último salón se preparaba la cena navideña después de misa “de gallo”.  Mis recuerdos  son intermitentes.  La abuela murió antes de que yo cumpliera los cuatro años, por lo que, la corta edad y la siesta previa a la misa y el desvelo, no  generan las mejores memorias.

Otros personajes con funciones de abuelas eran las vecinas frente a la casa paterna: Doña Herlinda y Delfina, mujeres mayores  que atendían un estanquillo que vendía de todo: Cada sábado de invierno preparaban tamales para venta, y tenían una vitrina repleta de alfeñiques.  Con un peso de entonces podían comprarse 5 tamales o 5 alfeñiques. ¡Tiempos aquellos! Para diciembre desocupaban una habitación completa para instalar un nacimiento de figuras de barro que escenificaba, desde la Creación hasta el nacimiento del Niño Jesús.  Su negocio estaba a un costado de la Catedral del Carmen, en donde cada tarde, iniciando el día 16, se llevaban a cabo las posadas, que congregaban a toda la chiquillada de los alrededores.  Hacíamos la procesión cantando las tradicionales estrofas, llevando una velita encendida que no pocas veces amenazaba con apagarse por efecto del viento.

Hay un sinfín de historias que llegan como destellos, escenas de episodios que vivimos en épocas navideñas en familia.  La constante en todos ellos era estar dispuestos a pasarla bien. Los tiempos actuales nos empujan a vivir a tal velocidad, que no tenemos ocasión, ni de disfrutar momentos así de mágicos ni de recordar los que vivimos siendo niños.  Todo resulta en una carrera por ser los más rápidos en llegar quién sabe a dónde, privándonos de esos pequeños goces que más delante atesoramos como valiosos abalorios.

Fiestas decembrinas: Una buena oportunidad para recordar que el motivo de celebración es el amor, no la billetera.  Que lo más valioso que un ser humano puede dar a otro, suele no tener un precio en el mercado: Una llamada, una visita, hacerse presentes para así, sembrar memorias que luego puedan atesorarse.  Dar el mejor de los regalos comenzando por nosotros, recordar que al primero que hay que amar es a uno mismo.  Reconocerlo, apapacharlo y animarlo a seguir más delante.  Y luego a los demás.  Evocar esos momentos luminosos que contribuyeron a ser lo que ahora somos, y descubrir que, finalmente, lo más valioso está en el corazón.

Terminamos con unas sabias palabras de la actriz inglesa Joan Winmill  Brown: Cuando llega el día de Navidad, nos viene el mismo calor que sentíamos cuando éramos niños, el mismo calor que envuelve nuestro corazón y nuestro hogar.

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