domingo, 4 de enero de 2026

CONTRALUZ por María del Carmen Maqueo Garza

 TRAYECTO Y DESTINO

Ahora cuando ha pasado la algarabía de las fiestas decembrinas, y regreso a mi puesto de trabajo a organizar las actividades del año, descubro que mi propósito para estos próximos doce meses consiste en vivir a profundidad las cosas pequeñas, las que tantas veces damos por descontadas.

Quiero trazarme objetivos asequibles que pueda cumplir con tranquilidad. Metas de corto plazo, pero con un sentido humanitario, que no solo me beneficien a mí, sino a otros, convencida de que, a nuestra partida, lo único que llevamos bajo el brazo es un poco de lo que hayamos sembrado.

Aspiro a despertar cada mañana con el gozo de seguir con vida y con una salud suficiente como para disfrutar los pequeños momentos que se van presentando a lo largo del día. Recobrar el asombro del niño que sabe maravillarse con lo menudo, sin tantas complicaciones.

Disfrutar el fresco del aire que respiro, del primer sorbo de café matutino, de la estampa que se despliega ante mis ojos con cada amanecer. Extender ese disfrute a través de la imaginación, para descubrir mi gran fortuna de estar con vida cada mañana.

Quiero recordar de manera constante el privilegio de contar con esas amistades que son como espejo fiel y como bálsamo sanador, frente a las cuales puedo ser yo misma sin ocultamientos ni dobleces, y hallar de ese modo que la vida crece en plenitud.

Deseo enseñar a mis sentidos a capturar las sensaciones que tantas veces damos por descontadas: Un aroma, un sabor, una melodía que se habría perdido en la nada si la dejáramos pasar.  La calidez de un abrazo en la piel, que nos recuerda que no vamos solos por el camino.

Durante este año me propongo disfrutar aún más los momentos de mí-conmigo, espacios mágicos que es perfectamente válido fomentar y disfrutar, aunque el resto de la humanidad nos pueda tachar de locos.

Deseo alcanzar la sabia humildad de reconocer en otros sus grandes atributos, para hallar la vida más valiosa de lo que hasta ahora la considero. Que sepa descubrir en cada uno de mis compañeros de camino un punto común que me conecte con ellos para formar nuevos lazos de amistad y reconocimiento mutuo.

Quiero tener siempre a la mano lecturas que me lleven a replantear lo que hasta ahora doy por hecho, a imaginar nuevos panoramas y a generar formas de alcanzarlos. Que encuentre en una frase o en unas líneas lo necesario para emprender la marcha por caminos así de inexplorados como prometedores.

Que termine la jornada con una nueva enseñanza. Que pueda dar gracias al cielo por lo aprendido en el día que comienza a declinar. Que la curiosidad por descubrir algo distinto no se apague con el ocaso, sino todo lo contrario, que al alba vuelva a nacer renovada y fresca.

Pido a la vida fluir como hace el río, sin estancarme en algún punto del trayecto, sino solamente acariciando las piedras del lecho, tomando su forma de manera instantánea, para luego seguir avanzando hacia el mar último en el que habremos de desembocar algún día.

Para este 2026 quiero ubicar mi sitio en el cosmos. Soy una simple arenilla en tiempo y en espacio, un fragmento apenas perceptible. Aun así, mi esencia es única, digna de existir y de enriquecerse con el trabajo de cada día. Una partícula micrométrica dentro del universo que me ha tocado habitar por un tiempo determinado.

Que para cuando me sorprenda el final, no lleve las manos ociosas ni mi canasto vacío. Que no haya vivido en vano cada etapa del trayecto antes de afluir al mar.

¡Feliz 2026 de propósitos personales, para cada uno!

CARTÓN de LUY

 


Divertida formación de los NYC Rockettes

CARTAS A MÍ MISMO por Carlos Sosa

Atardecer melancólico.

Despido el 2025 bajo este último ocaso,
con el cielo rindiéndose en tonos suaves,
como si también él estuviera cansado… pero en paz.
Gracias por lo bueno y por lo no tanto,
porque de todo aprendí.
Aprendí que cuando la cuesta se vuelve casi vertical hace falta un esfuerzo que nace de lugares que uno no sabía que tenía.
Que incluso exhausto, cuando las piernas tiemblan y el aliento falta, todavía eres capaz de cargar al que se desmaya en el camino.
Y entonces comprendes
que eso que creíste debilidad
solo estaba entrenándote para ser más fuerte.
Miro este atardecer melancólico:
el cielo vestido de azules profundos y rosados tímidos, la ciudad quedándose en silencio, el volcán recortado en la distancia como un guardián antiguo.
Y ahí está la luna, plena, serena,
bien definida, encendiendo la noche con una luz que no grita, pero tampoco se rinde.
Es un presagio suave, casi un susurro:
aunque anochezca, siempre habrá una luz.
Y el 2026 —con sus inevitables altibajos—
nos encontrará así, mirando al horizonte,
cansados pero de pie, con el corazón marcado por las lecciones…
y con la esperanza intacta.

Lo que la meditación puede hacer por tu cerebro | Nazareth Castellanos |...

CONFETI DE LETRAS por Eréndira Ramírez

MENSAJE DE AÑO NUEVO

En las postrimerías del año, cuando la última hoja pende del calendario anunciando el fin de centenares de días vividos, pasean por mi mente vertiginosamente imágenes de vivencias que la memoria alcanza a recuperar. 

En el balance final, donde definitivamente no todo lo que ocurrió fue bueno, unos años terminarán siendo mejores que otros. A veces estamos deseosos de que concluya un azaroso año, como si pasar de un año a otros nos librara del peso del dolor y al cambiar de número el año, así cambiara el rumbo de nuestra travesía por la vida.

¡Feliz año nuevo! siempre será el deseo que proclamaremos y repetiremos decenas de veces unos a otros, quizá no pasen muchos días en que nos demos cuenta que había valido la pena quedarnos en el anterior, pero el tiempo se creó sin retrocesos ni pausas, avanzamos hacia lo que venga, mejor, igual o peor que lo pasado, y no podemos dejar cifradas nuestras ilusiones en el nuevo año de que todo será mejor. 

Nosotros no cambiamos, seguimos siendo los mismos y tan solo es el paso a un día más, ilusoriamente estrenamos, pero tan solo es continuidad. Pero no romper esa magia que crea el entrar a un año nuevo radica más que nada en renovar esperanzas, en sublimar dolor, en recapacitar en nuestros errores e intentar no repetirlos, enmendarlos, en mantener espíritu libre de resentimientos, en reconquistar afectos, en mantener los que han prevalecido año tras año. Lo que debemos renovar es la voluntad de enfrentar cada día con positividad, de aceptar que nuestra actitud ante la vida será la que mengüe o incremente la adversidad, que no perdamos de vista que cada día vivido es digno de ser agradecido.

Deseo para todos un año en que prevalezca nuestra fe, en que la esperanza no nos abandone, en que la voluntad nos haga resistir y mantenernos firme en los buenos propósitos a los que aspiremos, que nuestras metas sean realistas, que los sueños no nos abandonen porque, por irrealizables que parezcan, a veces son la plataforma para lanzarnos a alcanzar una meta, sin que la frustración de no hacerlos posibles sean un lastre que nos ancle al pesimismo. Que el año nuevo sea la oportunidad de reinventarnos una y otra vez, sin perder nunca la esencia divina de la espiritualidad que mantiene a flote nuestra vulnerabilidad física.

A reencontrarnos con la felicidad, en mayor o menor grado, pero que siempre existan momentos, días, en que una sonrisa, una carcajada, nos robe el aliento, y nos permita fugarnos de las rutinas pesadas, del dolor, de los desencuentros y problemas que se susciten en el diario acontecer de nuestras vidas.

¡Feliz año nuevo!

REFLEXIÓN de JCDovala

Cuando la esperanza aprende a caminar

La esperanza no nace corriendo.

Al principio tiembla. Da pasos cortos, torpes, casi invisibles. Aprende a caminar como lo hace la vida, cayéndose sin hacer escándalo.

No es euforia ni promesa fácil. Es una disciplina del alma. Un gesto cotidiano que se repite cuando ya nadie aplaude y el camino se vuelve largo.

La esperanza aprende a caminar

en medio de la duda, cuando el cansancio pesa más que la fe y aun así elegimos no endurecer el corazón. Camina despacio, pero avanza. No grita consignas, sostiene.

Agradezcamos esa esperanza modesta, la que no exige garantías,

la que no huye del dolor ni lo convierte en espectáculo. La que se queda. La que acompaña incluso cuando no entiende.

Respetemos su ritmo. Hay esperanzas que no están listas para correr porque han cargado demasiado. Forzarlas sería traicionarlas. Amarlas es caminar a su lado.

Y cuando, al fin, la veamos erguirse,

sin ruido y sin victoria pública,

sabremos que algo verdadero ha ocurrido, la vida, una vez más, eligió seguir adelante.

Así camina la esperanza; con los pies en la tierra, la mirada limpia y el alma en silencio.