Atardecer melancólico.
Despido el 2025 bajo este último ocaso,
con el cielo rindiéndose en tonos suaves,
como si también él estuviera cansado… pero en paz.
Gracias por lo bueno y por lo no tanto,
porque de todo aprendí.
Aprendí que cuando la cuesta se vuelve casi vertical hace falta un esfuerzo que nace de lugares que uno no sabía que tenía.
Que incluso exhausto, cuando las piernas tiemblan y el aliento falta, todavía eres capaz de cargar al que se desmaya en el camino.
Y entonces comprendes
que eso que creíste debilidad
solo estaba entrenándote para ser más fuerte.
Miro este atardecer melancólico:
el cielo vestido de azules profundos y rosados tímidos, la ciudad quedándose en silencio, el volcán recortado en la distancia como un guardián antiguo.
Y ahí está la luna, plena, serena,
bien definida, encendiendo la noche con una luz que no grita, pero tampoco se rinde.
Es un presagio suave, casi un susurro:
aunque anochezca, siempre habrá una luz.
Y el 2026 —con sus inevitables altibajos—
nos encontrará así, mirando al horizonte,
cansados pero de pie, con el corazón marcado por las lecciones…
y con la esperanza intacta.
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