domingo, 23 de abril de 2017

CONTRALUZ por María del Carmen Maqueo Garza

UN LIBRO Y UNA ROSA
Fue un 23 de abril pero de 1926 cuando se celebró por vez primera el Día del Libro. Ocurrió en la provincia de Cataluña, en el Viejo Continente,  para conmemorar el aniversario luctuoso de Cervantes, Shakespeare y Garcilaso de la Vega, que murieron en un día como hoy. Para 1930 la celebración se  había difundido por buena parte de la hoy Unión Europea, y más delante fue tomada por la UNESCO como celebración mundial, quedando inscrita en su calendario de conmemoraciones a partir de 1995 bajo el título de “Día Mundial del Libro y del Derecho de Autor”.
     “Dadme un punto de apoyo y moveré al mundo”, expresión atribuida a Arquímedes y que en estos momentos bien podemos utilizar para exaltar al  libro como  punto de apoyo fundamental para el mundo.  Mediante las tecnologías de la información y comunicación (TIC) estamos saturados de datos, pero a la vez mal informados. Son demasiados contenidos  sobre tantos temas, que no podemos procesar en una sentada, y para cuando lo hacemos ya hay otro cúmulo de  datos pendientes de revisión.  Por ello y por la forma en que nuestro cerebro aborda la información en la red, es que  no nos detenemos mayormente a discriminar el origen o el sesgo de las publicaciones que llegan a nuestras pantallas.  Damos por hecho supuestas realidades por el simple hecho de que se hallan en la red, situación que contribuye a ahondar nuestro desconocimiento y a incrementar nuestras ya extensas angustias vitales.
     Los sistemas de televisión se encargan en buena medida de mantener al gran público sometido por la vía de los programas bobos y las noticias que se presentan totalmente digeridas y a modo, apagando la capacidad de analizar, cuestionar y decidir por cuenta propia.  No  proporcionan elementos de juicio para entender de entrada si lo que se nos presenta es así o totalmente distinto, pero la miopía del acostumbramiento mediático no permite que lo descubramos.
     En el curso de esta semana llegué a hacer un trámite en un edificio que cuenta con grandes ventanales. Observé un gorrioncito dándose una y otra vez contra los cristales, y por desgracia mis intentos por orientarlo hacia la puerta de salida para que obtuviera su libertad no funcionaron, por más que lo intenté.  Ojalá que finalmente haya encontrado –casi por accidente—la salida, pues su condicionamiento lo mantenía esforzándose en  conseguirlo a través de los ventanales.  De ese mismo modo llegan a engañarnos los medios, y quizá para cuando lo descubramos estemos ya muy golpeados, como estaba esta avecilla.  Desde nuestra zona de confort no le vemos sentido a explorar otras opciones, ahí está el ventanal con su manantial de luz, y por ahí tiene que ser la salida.
     Entre 1926 y 1930, cuando comenzó a difundirse en Europa la fiesta del libro, se desarrolló el hábito de regalar un libro y una rosa justo en esa fecha.  ¡Cuánto bien nos haría retomar esa costumbre en nuestro apabullado mundo! Así nada más porque sí, no habiendo otra razón para hacerlo, compartir hoy  un libro y una rosa. Un libro que nos salve de los grandes males como la depresión y la mortífera indiferencia, que nos invite a charlar con personajes sabios de otros tiempos, de otras latitudes, a conocer nuevas propuestas para resolver los problemas comunes a todos, escritores amigos cautivadores que nos inviten a través de sus palabras a emprender un viaje para conocer o bien para ver con otros ojos aquello que nosotros visualizamos de manera unilateral.   Sumergirnos en las líneas de un buen libro hasta volvernos cómplices de las aventuras o de los amores del personaje de nuestra elección, a tal grado de  adivinar con cierto gozo pueril cuál será el siguiente paso que va a dar dentro de la historia.
     Los libros de auto-ayuda en lo personal no me satisfacen.  Los encuentro como los recetarios de cocina que te indican cómo elaborar un platillo paso a paso, apagando tu potencial creatividad.  En lo personal prefiero los libros que me permiten emprender una lectura muy personal entre líneas, una mirada lateral a aquello que el autor tal vez quiso decir, o tal vez no, porque nos concede total libertad de interpretación, convirtiendo su propia obra en mil obras, a través de la mirada de mil lectores.
     Todos estamos necesitados de luz y de afecto.  Somos como el gorrioncillo que insiste en golpearse una y otra vez contra el cristal,  movido por la fantasía de su percepción, algo que llega a costarle la vida.  Por otro lado necesitamos demostrarnos unos a otros afecto, no solamente suponer que el otro sabe cuánto lo aprecio, sino patentizarlo de maneras tangibles, y ¿por qué no?, puede ser a través de un obsequio.
     Hay ciertos momentos cuando nos percatamos de que nada es para siempre. Sea pues, el tiempo nuestro mejor aliado en la vida, pero por hoy un libro y una rosa.

2 comentarios:

  1. Muy buen artículo...Para ti un libro y una rosa con todo mi cariño, Hermanita

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