domingo, 13 de septiembre de 2020

CONFETI DE LETRAS por Eréndira Ramírez

Echamos mano de un reciclado para apoyar a nuestra amiga y colaboradora Eréndira, en su debut como profesional retirada. Desconectada del mundanal ruido, en un reencuentro personal.


Día tras día los padres tenemos la tarea de educar a nuestros hijos. Desde que nacen y sin límite de tiempo,no importa que estemos conscientes de que ya son adultos, los padres siempre sentimos que hay algo que corregir o reafirmar. Nos quejamos de lo cansado que es repetir todos los días las mismas retahílas, sermonear, determinar límites, infundir valores, buenos modales, pero nos quedamos con la inercia de hacerlo y para desgracia de nuestros hijos ya no paramos.

Muchas de las veces nos sentimos defraudados, vemos sus cuartos con ropa tirada, sus llegadas tarde, cuando mil veces les decimos la hora de entrada a casa, respuestas groseras, pareciera que son refractarios a nuestras palabras. Entonces nos sentimos incapaces, ¡no hemos sabido educarlos!

Para los que ya hemos recorrido una buena parte de este camino, queda claro que nuestro esfuerzo no es estéril, quizá no dé resultados inmediatos pero toda la información que vamos imprimiendo en el cerebro de nuestros hijos ahí queda, que una vez que cese la interferencia de la inmadurez de la niñez, bendita inmadurez que se acompaña de una plasticidad cerebral invaluable para asimilar conductas y conocimientos innumerables, la descarga hormonal del adolescente que le convierte en un ente con idioma y comportamiento diferentes y no por ello indeseable porque es entonces cuando se gestan en nuestros hijos muchas de sus aptitudes,de su personalidad, indispensable el tránsito por ella con sus tintes de rebeldía e irreverencia. Toda esa información decía que les hemos ido haciendo llegar a través de la palabra,reforzada por nuestra congruencia en el actuar, tarde que temprano se harán evidentes.

En ocasiones solo falta un incentivo o una situación que los ponga a prueba para darnos cuenta de que nuestro esfuerzo no ha sido en vano. No sintamos como padres que estamos trabajando para hacer hijos ejemplares, para que nos halaguen el oído con comentarios sobre lo bueno que son nuestros hijos, que lo hacemos para responder a nuestras necesidades o para cumplir sueños propios que no concluimos-. No es ningún sacrificio educar a nuestros hijos y darles las herramientas materiales y espirituales que necesitan es nuestra obligación.

Para los que ya hemos recorrida una buena parte de este camino, queda claro que nuestro esfuerzo no es estéril, quizá no dé resultados inmediatos pero toda la información que vamos imprimiendo en el cerebro de nuestros hijos ahí queda. Que una vez que cese la interferencia de la inmadurez de la niñez, bendita inmadurez que se acompaña de una plasticidad cerebral invaluable para asimilar conductas y conocimientos innumerables, la descarga hormonal del adolescente que le convierte en un ente con idioma y comportamiento diferentes y no por ello indeseable porque es entonces cuando se gestan en nuestros hijos muchas de sus aptitudes, de su personalidad, indispensable el tránsito por ella con sus tintes de rebeldía e irreverencia. Toda esa información decía que les hemos ido haciendo llegar a través de la palabra, reforzada por nuestra congruencia en el actuar, tarde que temprano se harán evidentes.

En ocasiones solo falta un incentivo o una situación que los ponga a prueba para darnos cuenta de que nuestro esfuerzo no ha sido en vano. No sintamos como padres que estamos trabajando para hacer hijos ejemplares, para que nos halaguen el oído con comentarios sobre lo buenos que son nuestros hijos, que lo hacemos para responder a nuestras necesidades o para cumplir sueños propios que no concluimos. No es ningún sacrificio educar a nuestros hijos, y darles las herramientas materiales y espirituales que necesitan es nuestra obligación.

Si ser padres nos resulta difícil, acordémonos que ser hijo tampoco es nada fácil, son muchas veces conejillos de Indias con los que hacemos nuestros ensayos sobre cómo ser padres. Yo les digo siempre a mis hijos cuando se me quedan viendo como diciéndome,"me exiges demasiado": "Yo no le pido peras al olmo, yo sembré peras". Así que no desesperemos, sembramos para el futuro, para el de nuestros hijos, y la mejor recompensa no es que nos lo agradezcan, es verlos responder como peras al reclamo de la vida

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