sábado, 16 de julio de 2011

CABRAL: Escribe Ángel Gavidia, poeta peruano.


Aclaración preliminar: El borrador de este  escrito  comenzó a circular por Internet en la semana que concluye siendo eso, un borrador.  Este es el texto definitivo enviado por el propio autor Ángel Gavidia; se publica con  autorización expresa de su parte.
Yo no sé si Facundo Cabral fue poeta. Pero estoy seguro, sí, que fue un gran criador, un amoroso pastor  de palabras: ariscas unas, otras no tanto, otras mansas como tiernos corderos, todas útiles para el hambre del alma. La palabra se acostumbraba en Facundo Cabral. Se acostumbraba tanto que rápidamente adquiría su dejo, su hondura, el trajín de sus andanzas incluyendo el polvo inevitable de los viejos caminos. Sea hablada o cantada la palabra brotaba  repleta de  su humanidad, de su ser místico y pagano, ascético y voraz disfrutador de  vida, sabio. Porque Facundo era un hedonista de a de veras, por eso se había vuelto experto en reconocer la  chafalonía, el contrabando, la impostura, con las que se atosigan muchos desperdiciándose lastimeramente. Contaba que un día sorprendió a la madre Teresa de Calcuta curando unas heridas que inundaban  el ambiente de un olor intolerable. Yo no lo haría, madre, ni por un millón de dólares - le dijo el cantautor. Yo tampoco lo haría por un millón de dólares- contestó la religiosa. Lo hago por amor…
Resiliencia es una palabra prestada de la física para que los psicólogos  designen al fenómeno por el cual la adversidad (la terrible adversidad) lejos de liquidar a los individuos que la sufren les permite levantarse más fortalecidos, mejores seres humanos. Es el caso de Cabral. Su padre abandona a su madre un día antes de que él naciera. A los 7 años, la madre agobiada por la pobreza lleva al niño a la estación del tren y  lo embarca a la aventura. Hay acá una anécdota interesante. El niño logra entrevistarse con Evita Perón, a la sazón primera dama, y le pide trabajo. La mujer del líder justicialista comentaría entre aliviada y sorprendida: por fin alguien me pide trabajo y no limosna. Ella lo ayudó mucho. Pero el futuro cantautor  cae precozmente en el alcoholismo y hasta en la delincuencia por la que estuvo encarcelado. Un sacerdote jesuita le enseñó a leer y a escribir en la cárcel. Un vagabundo le leyó “El Sermón de la Montaña”  y lo inició en una religiosidad sin secta, como refiere  César Lévano. El periodista cita también una escueta  autobiografía: “fue mudo hasta los 9 años, analfabeto hasta los 14, enviudó trágicamente a los 40 y conoció a su padre a los 46. El más pagano de los predicadores cumple 70 años y repasa su vida desde la habitación de hotel que eligió como última morada”, probablemente esta autobiografía fue escrita  hace 4 años por que el payador  nació en mayo de 1937. Y sí, pues, a la dureza de su infancia, adolescencia y primera juventud se añade un accidente de aviación en la que fallecen su hija y su esposa. En él calzan los golpes vallejianos, aquellos “como del odio de Dios”. Pero resiste, como aquel aromo estrujado por la roca, golpeado por la inclemencia de los vientos, al que cantara con tanta intensidad y ternura su paisano Atahualpa Yupanqui, aquel sufrido arbolito, dice, “con un  alma tan linda que en vez de morirse triste  hace flores de sus penas”.
Manifestaba Cabral que su madre murió contenta porque entre otras cosas  había notado que su hijo cada vez se parecía más a lo que él cantaba. Quizás por esto su palabra tenía tanto peso; es que iba cargada de su propia vivencia. Existía una correspondencia perfecta entre la palabra y la acción, conducta inusual en estos tiempos de apariencias, de manipulaciones, de vedadas estrategias que sin embargo son indispensables para llegar al “éxito” entre comillas.  Facundo Cabral decía que la felicidad estaba dentro de uno mismo y más al alcance de lo que nos parece; decía también que el perdón aliviana la vida enormemente (él perdonó a su padre al que muchas veces quiso romperle el alma. Al encontrarlo por primera vez, a los 46 años, todo el odio almacenado durante tanto tiempo se vertió al suelo  al amparo de un largo y emocionado abrazo). Manifestaba que las  mejores y mas bellas cosas son gratuitas (y eso que no conoció el ocaso en la playa de Huanchaco  ni un alejado caserío liberteño llamado Cundurmarca). Y, claro, era firme en el cuidado de su  libertad: Vivía en los hoteles, en los aviones, en el diálogo con sus ávidos seguidores y también en los amplios espacios que le daba su   nutricia y purificadora soledad.
Quiero ver su muerte como una severa llamada de atención al mundo. Un optimista sustancial, un mensajero de la paz, un obediente hijo de Dios cae acribillado en una calle de Guatemala. Centenares de prójimos nuestros han muerto ya allí ante la indiferencia de muchos, de todos. La muerte de Cabral los desentierra, los muestra con su dolor callado. Demasiado simbólica esta muerte. Demasiado sonora. Enormemente vergonzante. Y como siempre Cabral diciendo su verdad sin pudor y respaldándola con su propia (terrible) muerte viva. Honrémosla recuperando nuestra capacidad de indignación, la lucidez y la cordura. El éxito se halla en la bondad, en el amor auténtico, no en el dinero cualquier costo. “Pobrecito mi patrón, cree que el pobre soy yo”
Se nos fue el Maestro llevándose su camisa Lee azul, su casaca de cuero, sus anteojos oscuros. Probablemente su guitarra se quede con su hermano o con su viuda. Pero desde aquí, desde estas breves líneas, le pido que nos deje sus alas.
Trujillo, 14 de julio del 2011

1 comentario:

  1. Excelente, Dr. ANGEL GAVIDIA, tu modelo de resaltar le muerte de un grande que como tu dices nos deja sus alas y también su mensaje de vida,va iluminando la cumbre del altar donde siempre le encontraremos.
    Cuando la vida golpe a golpe va esculpiendo al hombre, nacen los hombres como CABRAL.
    ¿Cuántos habrán?

    Un Abrazo / Manuel Yto Seguil

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