MISAEL Y EL FUTURO
Misael
era un joven preparatoriano de 16 años, deportista, amiguero y rescatista de
gatos. ¿Su desgracia? Vivir en Sinaloa, donde se ha vuelto un riesgo estar con
vida.
En
estos días se lleva a cabo el Carnaval en las diversas ciudades tropicales de
nuestro país: Es una tradición arraigada en el puerto de Veracruz, así como en
Mazatlán. Este año los propios mazatlecos han venido desanimando al turismo a
asistir a la tradicional fiesta previa al inicio de la Cuaresma católica, dado
el riesgo potencial que se corre en dicho puerto. En cuestión de semanas fueron
levantados diez especialistas en minería, de los cuales al menos cinco de ellos
han sido localizados sin vida. Casi de manera simultánea, un grupo de cinco turistas
nacionales fue ejecutado, y además se detectó una osamenta en una fosa
clandestina.
Nos
hemos venido acostumbrando a convivir de esta forma con la muerte. A enterarnos
vía redes sociales y lo que se alcanza a filtrar a los medios tradicionales,
después de las sugerencias de parte del gobierno para evitar cargar la nota
roja en los diarios impresos. Como si no reportar la magnitud de los hechos de
sangre contribuyera a disminuir las tasas reales de actos violentos.
Aparte
de ello, se utiliza el lenguaje para despojar a la narrativa de gravedad: Dejar
de mencionar hechos que suceden, o atribuirlos a causas que no son, pareciera
una forma de restar responsabilidad a las instancias gubernamentales.
Misael
salió caminando de su casa a comprar un biberón para su gatito recién adoptado.
Una actividad muy normal para cualquier chico que ama la vida y que desea poner
su granito de arena a favor de esta. Algo que denota sensibilidad y empatía de
su parte. Así nada más fue acribillado por integrantes de un grupo del crimen
organizado; ahora la versión oficial es que lo confundieron con un delincuente
de un grupo contrario, y por eso lo asesinaron. Es más cómodo ⸺supongo⸺,
clasificarlo así, archivar la carpeta de investigación en un cajón y seguir
adelante, como si nada hubiera sucedido.
Difícilmente
los mexicanos nos percatamos de la serie de pequeñas acciones que llevamos a
cabo o que evitamos de forma cotidiana, en pro de nuestra seguridad
personal. Ante una llamada proveniente
de un número desconocido, o no contestamos, o lo hacemos sin pronunciar
palabra, hasta que quien llama exprese el motivo de su llamada. Si vamos al
cajero procuramos hacerlo a uno anexo al banco, en horas hábiles y cuidando que
haya gente alrededor, y evitamos aproximarnos si percibimos la presencia de
cualquiera que nos resulte sospechoso. Cuando nos desplazamos en nuestro
vehículo, nos aseguramos de hacerlo con los seguros puestos, los vidrios
levantados y procurando no quedar encajonados entre dos vehículos mientras
hacemos alto en un semáforo, para, en un dado caso, poder huir. Cuidamos no
dejar objetos en el interior del vehículo, y las mujeres hasta evitamos traer
nuestro bolso de mano en alguno de los asientos, preferimos colocarlo en el
suelo del vehículo, para no llamar la atención de algún vivales. Son infinidad
de pequeños detalles cotidianos que nosotros ya hacemos por costumbre, pero que
alguien llegado de otro país no tendría la precaución de seguir, de modo que
resultaría fácilmente vulnerado.
En
México hay poblaciones con una mayor percepción de inseguridad. Según la
medición del INEGI 2025, Culiacán, Sinaloa se halla en primer lugar; ahora
vemos que Mazatlán no se queda atrás. Viajar a esos lugares por absoluta
necesidad es correr un riesgo alto, pero finalmente necesario; hacerlo por
diversión, como sería el caso del carnaval, es un peligro que no tiene mucho sentido
correr. Muy lamentable que se sume a la lista de ciudades cuyo nivel de
inseguridad las coloca fuera de los sitios de interés turístico, tanto para
nacionales como para extranjeros, y que lleva a ir perdiendo tradiciones muy
nuestras.
Doloroso
descubrir que las calles de nuestro México, en muchas localidades, han dejado
de ser sitios para jóvenes como Misael, que desean vivir su vida con libertad y
seguridad. Que buscan definirse como personas, probar en esa etapa sus deseos y
capacidades, y así trazar un futuro prometedor para ellos mismos.
¿Qué
nos toca hacer a los ciudadanos comunes, que no participamos desde un puesto
político? Lo primero sería no adormecernos frente a lo que ocurre, no dejarnos
arrullar por el canto de las sirenas. Lo siguiente, mantenernos con los ojos
abiertos para señalar y, de ser posible, actuar por corregir lo que sucede,
recordando que la gran inseguridad que vivimos comienza en el seno familiar, en
nuestra cuadra, en la escuela de nuestros hijos. En pequeñas irregularidades
que preferimos ignorar…
Descanse
en paz Misael. Veamos por el futuro de jóvenes como él en todo México.
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