La humildad: virtud olvidada en tiempos de exhibición
Vivimos en la era de la vitrina permanente; mostrarse, validarse, exhibirse. Aquí la humildad no solo es virtud, es contracultura.
La humildad no es hacerse pequeño.
Es estar bien ubicado. No es negarse valor. Es no inflarse identidad. No es debilidad. Es claridad.
La cultura actual premia la visibilidad, no la profundidad. La imagen, no el contenido. La apariencia, no la coherencia. La exhibición, no la formación. Todo se muestra. Todo se publica. Todo se expone. Todo se valida por reacción externa.
Y en ese mundo, la humildad estorba. Porque la humildad no busca foco. No necesita escenario. No compite por atención. No vive de aprobación.
La persona humilde no se esconde,
pero tampoco se vende. No se subestima, pero tampoco se idolatra. No se niega, pero no se exalta.
Espiritualmente, la humildad es verdad interior. Es conocerse sin fantasía y sin desprecio. Es reconocer dones sin soberbia y límites sin vergüenza. Es equilibrio interno.
La soberbia se infla. La falsa humildad se anula. La verdadera humildad se ordena.
La soberbia necesita ser vista. La falsa humildad necesita ser aprobada. La humildad auténtica no necesita nada de eso.
El humilde aprende. Escucha. Corrige. Crece. Agradece. Sirve. No porque sea inferior, sino porque es consciente.
En tiempos de exhibición, la humildad se vuelve resistencia espiritual. Resistir la necesidad de mostrarse. Resistir la comparación. Resistir la competencia de egos. Resistir la validación constante.
Porque la identidad que depende de la mirada ajena es frágil. La que se sostiene desde dentro es estable.
La humildad protege la conciencia.
Protege la intención. Protege el camino. No te distrae con imagen. No te contamina con orgullo. No te desordena con superioridad.
La humildad no te quita valor. Te quita ruido. No te reduce. Te limpia. No te apaga. Te centra.
Y en un mundo obsesionado con mostrarse, la persona humilde camina libre. No necesita demostrar. No necesita compararse. No necesita competir. No necesita imponerse. Porque ya sabe quién es.
Y quien sabe quién es, no necesita exhibirse.
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