sábado, 8 de enero de 2011

CONTRALUZ: Por María del Carmen Maqueo


POR LO QUE NO PEDIMOS
Inicia el 2011 con todas nuestras expectativas puestas en  él;  hemos expresado lo que deseamos para estos doce meses, algunas veces como propósitos a  alcanzar, y otras como meros deseos que esperamos ver cumplidos por mandato divino o por arte de magia.   Han campeado frases que hablan de  salud, dinero, amor, amistad, consolidación de proyectos, viajes,  y demás.   Sin embargo no hay garantía alguna de que  se cumplan, es más, en ratos pareciera todo lo contrario, que mucho más allá de lo que pedimos al inicio de año, terminamos obteniendo precisamente  lo contrario.   Nadie en sus cinco sentido pediría enfermedad, o la muerte de algún ser querido, o un fracaso en el trabajo, pero sabemos que la vida está llena de situaciones paradójicas, y que no todo es miel sobre hojuelas.
   Habrá pues que preguntarnos, qué hacemos con aquello que una mañana amanece en el quicio de nuestra puerta cuando nosotros no lo solicitamos.  Un día  cualquiera aquella salud de roble comienza a resquebrajarse, o ese floreciente negocio va a la quiebra, o la persona en quien teníamos depositado todo nuestro afecto cambia.  Los hijos comienzan a actuar de un modo imprevisible,  o bien la situación económica o política del país toma un cariz preocupante.
   Cuando algo que identificamos como desgracia toca nuestra vida, de inicio nos desconcertamos; aquel orden que hasta ahora guardaba todo  se pierde, llegando quizás a extremos caóticos.   Dependiendo de la magnitud del problema comenzamos a cuestionarnos cómo vamos a sacar adelante asuntos tan elementales como el diario sustento, o simplemente nos preguntamos si iremos a vivir para ver el siguiente fin de año.   La crisis va más allá del entorno personal para involucrar a quienes conforman nuestro círculo más cercano, y de alguna manera la sensación de pérdida se acrecienta.
   Tras del choque inicial van surgiendo una serie de sentimientos en nuestro fuero interno.  En grado variable se percibe la sensación de pérdida por aquello que ya no está más en nuestras vidas; sobrevienen, tanto la depresión como la angustia de cara  a esa  nueva situación,  la cual no parecemos dispuestos a aceptar.   Conforme avanzamos en nuestro duelo emerge un enojo hacia la vida, hacia Dios; tantas veces contra nosotros mismos.  Es una mezcla ácida de ira y  una sensación de desamparo; por momentos nos sentimos víctimas de la injusticia existencial, y hasta nos atrevemos a cuestionar por qué a mí y no a tal o cual que tanto mal han hecho.  Esto es, encima de los sentimientos encontrados que nos cargamos ya para este momento, le añadimos juicios  de valor  y francos reclamos.
   Luego de esta catarsis que  se presenta, y que finalmente es transitoria, comienza a gestarse una condición de aceptación.  No debe entenderse como una resignación de quien dice pobre de mí y se deja morir;  es en cambio  asumir que la vulnerabilidad como seres vivos es inherente también a nuestra persona, y que de alguna manera nos irá mejor si nos reconciliamos con aquella parte descompuesta de nuestra vida, y nos ponemos a trabajar para sacarla adelante.  De momento me viene a la mente una bella reflexión escrita por una madre después de que nace su niño con síndrome de Down; ella hace referencia a su embarazo diciendo que compró un boleto para visitar Italia, pero que en vez de aterrizar en aquel país, el avión la dejó en Holanda.  No era lo que ella tenía planeado, no podrá visitar el Coliseo ni la Fontana de Trevi, pero ya que está allí, decide abrir bien los ojos y comienza a observar  las bellezas únicas que Holanda le ofrece, y se propone sacar el mejor provecho de  su viaje.
   Una cosa son nuestros deseos y otra nuestras realidades.  Una  es vivir el aquí y el ahora propuestos a  sacar algo positivo de cada día,  otra muy distinta es empinarnos en una lamentación ociosa que termina por destruirnos.   Para los cristianos nuestro paso por este mundo es una condición pasajera,  no el puerto definitivo; Dios  nos prometió la vida eterna, sí, pero no en la Tierra como humanos, por tanto no nos afanemos en esperarla de  tal modo.  Cada cual dentro de sus convicciones personales sabe que hay un orden de cosas; la naturaleza se renueva, nada es permanente, y es justo  el cambio  lo que mantiene en un bosque o en un huerto los colores, las texturas, los aromas.  No  pretendamos sustraernos de ese orden natural al que estamos sujetos.
   Hemos iniciado un nuevo año, con los mejores deseos y los más elevados  propósitos.   Asumamos estos doce meses como un capítulo más de nuestra vida, dispuestos a enfrentar los retos que se presenten.  Por todo ello y mucho  más: ¡Salud y buena ventura!

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