A veces uno se levanta temprano, con el alma lista para empujar el mundo un centímetro hacia algo mejor… y basta un pequeño grupo, atrincherado en la comodidad de hacer lo mínimo, para intentar apagar esa chispa.
Pero no es la mayoría.
Nunca lo es.
Es apenas un puñado que le teme al movimiento, porque cambiar implica dejar de ser espectador y empezar a ser responsable. Y eso incomoda. Como la luz del amanecer cuando entra sin pedir permiso por la ventana y nos obliga a abrir los ojos.
Yo he aprendido —entre decisiones urgentes y vidas que no esperan— que el verdadero cambio no nace del aplauso, sino de la convicción silenciosa de hacer lo correcto aunque a otros les pese.
Que la apatía ajena no te robe el impulso.
Que el ruido de los que no quieren moverse no te haga dudar de tu paso.
Porque al final, los que sí avanzan
terminan marcando el camino...
Pero no es la mayoría.
Nunca lo es.
Es apenas un puñado que le teme al movimiento, porque cambiar implica dejar de ser espectador y empezar a ser responsable. Y eso incomoda. Como la luz del amanecer cuando entra sin pedir permiso por la ventana y nos obliga a abrir los ojos.
Yo he aprendido —entre decisiones urgentes y vidas que no esperan— que el verdadero cambio no nace del aplauso, sino de la convicción silenciosa de hacer lo correcto aunque a otros les pese.
Que la apatía ajena no te robe el impulso.
Que el ruido de los que no quieren moverse no te haga dudar de tu paso.
Porque al final, los que sí avanzan
terminan marcando el camino...
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