domingo, 13 de marzo de 2022

CONTRALUZ por María del Carmen Maqueo Garza

 

CÉSARES TENEMOS

Tras poco más de dos semanas del conflicto entre Rusia y Ucrania, la situación luce empantanada.  Los invasores han comenzado a atacar blancos civiles como hospitales y corredores humanitarios, buscando aislar la resistencia del país invadido.  Crece el riesgo de una catástrofe nuclear de escala mundial, ya que Rusia ha tomado posesión de la Planta de Chernóbil.  La solicitud del presidente de  Ucrania Volodímir Zelensky de que su país sea admitido dentro de la OTAN, no ha progresado a  velocidad suficiente, y Norteamérica acepta facilitar aviones a Ucrania, pero mediante una estrategia que no involucre a la UE, para no agrandar el conflicto entre naciones, lo que Zelensky no ve con buenos ojos.

En México hallo preocupante la actitud del presidente López Obrador, quien parece considerar que todo lo que sucede en el país, y ahora también fuera de él, está montado para perjudicarlo.  Tal es el caso del oficio que emitió en respuesta al Parlamento Europeo en días pasados.  705 miembros que integran el Parlamento Europeo hicieron un señalamiento al Gobierno de México, con relación a la tasa de homicidios a periodistas, misma que  ha alcanzado niveles históricos. La respuesta, de la que el propio López Obrador reconoce ser autor, está redactada desde el enojo, en términos poco profesionales. Obedece más a una reacción visceral frente a lo que él consideró como un ataque directo a su persona.  De entrada, insinuó que los miembros del Parlamento Europeo son corruptos, mentirosos e hipócritas. En seguida les llamó borregos; rechazó que el Estado Mexicano violente los derechos de los ciudadanos.  Señaló al nuestro como un país pacifista donde priva el diálogo, en tanto calificó  al comunicado europeo de “panfleto”.  En el último párrafo  llama a los representantes europeos a evolucionar, y termina parafraseando la máxima más conocida de Benito Juárez: “El respeto al derecho ajeno es la paz”, en clara contraposición  con el contenido de su mensaje incendiario.

Como ciudadana del mundo me inquieta la forma de proceder de estos dos césares, que actúan como si en sus manos llevaran las riendas del mundo.  Putin tomando decisiones unipersonales, que hasta a los propios rusos han sorprendido, y que vienen generando salida de ciudadanos de su  país de origen.  López desde su egocentrismo, convencido de que todo el universo gira en torno a su persona. Atribuyéndose funciones de otros miembros de su gabinete, como sería el caso del canciller Marcelo Ebrard, al que muy probablemente en un par de días convoque para “desfacer el entuerto” que su escrito provocó.  Son actitudes unipersonales que dañan el proceder de  instituciones y funcionarios, convencidos ellos de que su investidura les concede este derecho.

En uno y otro caso actúan como si sus decisiones no pusieran en dificultades a sus respectivos gobernados.  Me remonta a los tiempos antiguos, al término de la República Romana, cuando surgen los césares, figuras del gobierno en los cuales se centraba el poder.  Cierto, a través de la historia y la geografía, esos términos jurídicos han cambiado.  Las naciones avanzan hacia un gobierno participativo, cuyos destinos no dependan de un solo hombre, sin embargo, a ratos, como los que estamos viviendo ahora, pareciera que comenzamos a marchar hacia atrás.

En estos tres últimos años, y de diversas formas, funcionarios institucionales han sido ignorados o sus palabras distorsionadas por López Obrador.  Esa forma de actuar se adivina como producto de una lectura poco atenta, o bien, de improvisación.  Para muestra tenemos la mañanera del pasado lunes 7, cuando el propio presidente atribuyó como relativa a su persona, una nota periodística de Amador Narcia cuyo encabezado señalaba: “El imbécil de Palacio”, cuando el periodista se refería al jefe de protección civil de la Presidencia, Marco Antonio Mosqueda.

Si pudiéramos aplicar una visión de 360 grados al estado actual de nuestra historia, de manera de ver en forma conjunta todo lo que sucede en nuestras sociedades, hallaríamos elementos en común que prevalecen: Hay falta de conocimiento de personajes, eventos y consecuencias que conforman nuestra historia.  Padecemos una evidente pérdida de valores; nos inclinamos por el hedonismo inmediato y desatendemos los propósitos vitales de largo plazo, a los cuales hay que poner toda la pasión y la mayor voluntad.  Nos movemos por la ley del mínimo esfuerzo, en un ámbito del “ahí nomás” o del “mientras a ver qué pasa”, desperdiciando nuestro tiempo y fomentando la mediocridad.  Dejamos de creer que somos capaces de grandes cambios, y que el punto de partida para lograrlos inicia en la punta de nuestros pies.

Se impone un cambio, de la base a la cúspide, antes de que se nos agote el tiempo para hacerlo.

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