domingo, 4 de diciembre de 2022

CONTRALUZ por María del Carmen Maqueo

 YO NO ROBOT

En fechas recientes, en un interesante programa de opinión escuché un concepto que me impactó. Se refirieron al teléfono celular como una prótesis para el humano. Me remití al término original. Pensé por un momento en aquellos dispositivos que sustituyen una función que el organismo ya no es capaz de efectuar por sí mismo. Evoqué desde prótesis dentarias hasta grandes aparatos que suplen facultades tan importantes como es la marcha. Visualicé con la mente esos notables casos de niños o adultos que pierden ambas extremidades inferiores. Se les adaptan prótesis, aprenden a utilizarlas, y llegan hasta a competir en justas deportivas.

“Prótesis” se define como un aparato artificial que sustituye una parte del cuerpo perdida por trauma, enfermedad o una condición congénita. Las prótesis se utilizan para restablecer las funciones normales de esa parte del cuerpo. Frente a tal panorama, ¿cuál es la función que el teléfono celular está sustituyendo? Me vinieron a la cabeza infinidad de posibilidades; por un momento evoqué tantas imágenes de seres humanos de todas las edades con la mirada puesta en la pantalla de su aparato electrónico. Tanto, que me hizo recordar el soneto de Quevedo que versa: “Érase un hombre a una nariz pegado/érase una nariz superlativa/érase una alquitara medio viva/érase un peje espada mal barbado”. Nos remite a su contemporáneo francés, el poeta Cyrano de Bergerac, para hacernos ver que, si bien el poeta no habría podido desprenderse de su nariz, puesto que así había nacido, los habitantes del tercer milenio no soltamos el celular, lo que sugiere que no sabríamos cómo comportarnos sin él. Habría que ver, entonces, qué función está sustituyendo la carcasa cuyas entrañas son cables y circuitos así de adictivos.

En nuestros tiempos tal parece que es más sencillo socializar mediante lugares comunes, “memes” y emoticones, que hacerlo cara a cara. A la hora de conocer a alguna persona, de esta última manera nos cohibimos; no hallamos cómo abordarla o de qué modo explorar intereses comunes. Se nos ha paralizado parte de nuestras emociones y nos enfrentamos a personas desconocidas como si nos hubiesen lanzado a la jaula de los leones. A ratos, si observamos con un poco de detenimiento a nuestro alrededor, tal parece que la única cara confiable para muchos semejantes es la que les presenta la pantalla. Los vemos, como Cyrano, a una pantalla pegados, concentrados, sin perder un momento de atención. Frente a los contenidos que se despliegan en ella observamos cómo se estimulan las emociones de quien los percibe. O sea, en verdad están conectados con esa realidad virtual que seduce y atrapa. Más ahora con el sistema de “reels” adaptado a algunas redes sociales, en donde aparece de la nada un breve video que nos resulta atractivo, y tras de éste se descarga una sucesión interminable de videos de contenidos similares que, si no nos percatamos, puede entramparnos, robando valiosos minutos de nuestro tiempo, viendo productos que no solicitamos. Tal el poder de los algoritmos, esas sofisticadas herramientas matemáticas que predicen, cual modernos merlines, qué temática nos habrá de atrapar, desde estilos de calzado o adornos para la casa, hasta solidaridad digital por especies como el dragón azul, un molusco gasterópodo venenoso que jamás habríamos imaginado que existía. O bien, que convocan a ayudar a los gatos ferales de Norteamérica o a los galgos abandonados en carreteras ibéricas al término de las temporadas de cacería.

Todo es muy válido para activar en nosotros la compasión por las condiciones que enfrentan diversas criaturas en algún rincón alejado del mundo. Es, en apego a la verdad una compasión ociosa, que no va a producir cambios en el mundo, cuando hay tantos asuntos en el entorno inmediato que demandan nuestra atención, nuestra simpatía y nuestra intervención ciudadana.

Recuerdo a Sonny, el personaje de la magistral obra de Isaac Asimov “Yo robot”, llevada a la pantalla. En la novela de 1950 que dio origen a la historia fílmica, y que constituyó parte de mis lecturas de adolescencia, no recuerdo que el robot tuviera nombre. El conflicto de la historia: él sueña con albergar sentimientos, como los humanos. Es la más grande aspiración que lleva a nuestro personaje de principio a fin. Ahora estamos en el caso contrario, inclinados a convertirnos cada vez en modelos más mecánicos que emocionales, y nos mueve más la ficción armada de forma artificial, que la realidad lacerante, que nos roza muy de cerca.

“El teléfono celular como una prótesis”. No permitamos que la tecnología nos maneje; no perdamos nuestra sensibilidad como seres individuales, pensantes y sintientes, capaces de trascender más allá de nosotros mismos.

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