ORÁN SIGLO VEINTIUNO
La Medicina avanza a pasos agigantados en varias de sus ramas. La combinación de ciencia y tecnología da por resultado el desarrollo de recursos diagnósticos y terapéuticos que hasta hace poco habrían sido una quimera. La posibilidad de aplicar biológicos que prevengan el desarrollo de diversas enfermedades, en especial tumorales, abre una enorme ventana de oportunidad rumbo a una calidad de vida mayor y más prolongada. Potencias en Biotecnología como Reino Unido, Alemania, Japón, Cuba y los Estados Unidos de Norteamérica son pioneros en el desarrollo de dichos productos para la prevención de enfermedades que hasta hace poco eran mortales.
Quienes
transitamos por este inicio del tercer milenio somos afortunados en contar con
los procedimientos de atención y manejo de patologías que los libros de
historia han catalogado como catastróficas. “La mañana del 16 de abril, el
doctor Bernard Rieux, al salir de su habitación, tropezó con una rata muerta en
medio del rellano de la escalera…” La pluma de Camus nos remite a una
enfermedad grave que da forma a la que
ha sido su novela más conocida, escrita en 1940: “La peste”, un mal que,
al menos para el mundo occidental, ha quedado en los anales de la crónica
histórica en la que el escritor francés basó su novela.
Ahora
bien, hay aspectos que, por desgracia, han ido en aumento en forma paralela con
este mayor desarrollo biotecnológico. El trato que la figura del médico tiene
hacia el paciente se ha venido perdiendo en gran medida, desplazando gran parte
de la actuación humanista del galeno hacia procedimientos de laboratorio y
gabinete, de gran especificidad ⸺ni quien pueda dudarlo⸺, pero que en manera
alguna sustituyen el acierto maravilloso de la clínica.
En
los años setenta del siglo pasado, durante mi formación médica en la facultad
de la UAdeC en Torreón, tuve maestros maravillosos que me enseñaron a abordar
al paciente en forma integral, tomando en cuenta todas las esferas que le
componen. Uno de ellos, que recuerdo con
especial cariño y admiración, fue el doctor Alfonso Arauz (+), cardiólogo
formado en Francia, quien nos imbuyó la importancia de observar con
detenimiento al paciente, hablar con él y explorarlo, como consigna fundamental
para la integración de un diagnóstico. Su trato empático hacia los pacientes de
condición más humilde, colocándose en su misma sintonía, me dejó grandes
enseñanzas respecto a la clínica como base de la práctica médica.
En
la actualidad, ya no como médico en activo, sino ocasionalmente como paciente,
me toca vivir el otro lado de la Medicina y toparme con grandes y maravillosos
procedimientos que permiten al profesional asomarse a la intimidad celular
hasta entender qué está sucediendo, para explicar los síntomas y signos que
presenta el paciente. Sin embargo, sí he atestiguado que gran parte de esa
conexión humana del médico con el paciente se ha perdido, llegando en ciertos
casos a ser prácticamente nula.
Desde
mis años de preparatoria entendí que la Medicina, al igual que la vida
religiosa y la magisterial, constituyen misiones sagradas que se asumen con
total dedicación y entrega. Hoy parece que las cosas han ido cambiando, al
menos en lo que respecta a la profesión médica, descargando una gran parte de
la acuciosidad de los sentidos en recursos tecnológicos que, más que
complementarlo, hacen el diagnóstico y marcan una distancia entre la persona
del galeno y la del paciente.
Volviendo
al gran Albert Camus, leamos otra línea de la novela referida: “Rieux,
intrigado, se decidió a comenzar sus visitas por los barrios extremos, donde
habitaban sus clientes más pobres…” Bernard Rieux, el protagonista central de
la novela, decide aplicar sus conocimientos científicos en esa población de
Orán asolada por un número creciente de casos de enfermedad y muerte, y es a
través de sus entrevistas y revisiones a
pobladores y pacientes que vamos descubriendo la epidemia, además de conocer el
grado de compromiso hacia esa comunidad argelina en la que el autor ubica su
narrativa ficcional. La obra no es una crónica histórica de un hecho real, pero
sí nos revela las limitaciones de la ciencia en la época en que esta fue
escrita. La fineza del ejercicio clínico de Rieux, la mayoría de las veces
llevaba a un diagnóstico de aproximación muy válido, que muchas veces
constituía la única información a partir de la cual se iniciaba un tratamiento
exitoso.
Me
congratulo por vivir como paciente en esta época de grandes avances
tecnológicos que facilitan la medicina. Un consejo a los médicos que van
egresando de la universidad: No se olviden de ejercer la profesión como misión
sagrada, algo que sana al paciente y otorga a cada uno de ustedes una profunda
razón para amar cada día más la carrera que han elegido.
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