domingo, 25 de enero de 2026

CONTRALUZ por María del Carmen Maqueo Garza

 ORÁN SIGLO VEINTIUNO

La Medicina avanza a pasos agigantados en varias de sus ramas. La combinación de ciencia y tecnología da por resultado el desarrollo de recursos diagnósticos y terapéuticos que hasta hace poco habrían sido una quimera.  La posibilidad de aplicar biológicos que prevengan el desarrollo de diversas enfermedades, en especial tumorales, abre una enorme ventana de oportunidad rumbo a una calidad de vida mayor y más prolongada. Potencias en Biotecnología como Reino Unido, Alemania, Japón, Cuba y los Estados Unidos de Norteamérica son pioneros en el desarrollo de dichos productos para la prevención de enfermedades que hasta hace poco eran mortales.

Quienes transitamos por este inicio del tercer milenio somos afortunados en contar con los procedimientos de atención y manejo de patologías que los libros de historia han catalogado como catastróficas. “La mañana del 16 de abril, el doctor Bernard Rieux, al salir de su habitación, tropezó con una rata muerta en medio del rellano de la escalera…” La pluma de Camus nos remite a una enfermedad grave que da forma a la que  ha sido su novela más conocida, escrita en 1940: “La peste”, un mal que, al menos para el mundo occidental, ha quedado en los anales de la crónica histórica en la que el escritor francés basó su novela.

Ahora bien, hay aspectos que, por desgracia, han ido en aumento en forma paralela con este mayor desarrollo biotecnológico. El trato que la figura del médico tiene hacia el paciente se ha venido perdiendo en gran medida, desplazando gran parte de la actuación humanista del galeno hacia procedimientos de laboratorio y gabinete, de gran especificidad ⸺ni quien pueda dudarlo⸺, pero que en manera alguna sustituyen el acierto maravilloso de la clínica.

En los años setenta del siglo pasado, durante mi formación médica en la facultad de la UAdeC en Torreón, tuve maestros maravillosos que me enseñaron a abordar al paciente en forma integral, tomando en cuenta todas las esferas que le componen.  Uno de ellos, que recuerdo con especial cariño y admiración, fue el doctor Alfonso Arauz (+), cardiólogo formado en Francia, quien nos imbuyó la importancia de observar con detenimiento al paciente, hablar con él y explorarlo, como consigna fundamental para la integración de un diagnóstico. Su trato empático hacia los pacientes de condición más humilde, colocándose en su misma sintonía, me dejó grandes enseñanzas respecto a la clínica como base de la práctica médica.

En la actualidad, ya no como médico en activo, sino ocasionalmente como paciente, me toca vivir el otro lado de la Medicina y toparme con grandes y maravillosos procedimientos que permiten al profesional asomarse a la intimidad celular hasta entender qué está sucediendo, para explicar los síntomas y signos que presenta el paciente. Sin embargo, sí he atestiguado que gran parte de esa conexión humana del médico con el paciente se ha perdido, llegando en ciertos casos a ser prácticamente nula.

Desde mis años de preparatoria entendí que la Medicina, al igual que la vida religiosa y la magisterial, constituyen misiones sagradas que se asumen con total dedicación y entrega. Hoy parece que las cosas han ido cambiando, al menos en lo que respecta a la profesión médica, descargando una gran parte de la acuciosidad de los sentidos en recursos tecnológicos que, más que complementarlo, hacen el diagnóstico y marcan una distancia entre la persona del galeno y la del paciente.

Volviendo al gran Albert Camus, leamos otra línea de la novela referida: “Rieux, intrigado, se decidió a comenzar sus visitas por los barrios extremos, donde habitaban sus clientes más pobres…” Bernard Rieux, el protagonista central de la novela, decide aplicar sus conocimientos científicos en esa población de Orán asolada por un número creciente de casos de enfermedad y muerte, y es a través de sus  entrevistas y revisiones a pobladores y pacientes que vamos descubriendo la epidemia, además de conocer el grado de compromiso hacia esa comunidad argelina en la que el autor ubica su narrativa ficcional. La obra no es una crónica histórica de un hecho real, pero sí nos revela las limitaciones de la ciencia en la época en que esta fue escrita. La fineza del ejercicio clínico de Rieux, la mayoría de las veces llevaba a un diagnóstico de aproximación muy válido, que muchas veces constituía la única información a partir de la cual se iniciaba un tratamiento exitoso.

Me congratulo por vivir como paciente en esta época de grandes avances tecnológicos que facilitan la medicina. Un consejo a los médicos que van egresando de la universidad: No se olviden de ejercer la profesión como misión sagrada, algo que sana al paciente y otorga a cada uno de ustedes una profunda razón para amar cada día más la carrera que han elegido.

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