El mundo, en 1968, vibraba con un pulso paradójico que no acababa de comprender.
Mientras México se preparaba para albergar el fuego olímpico, en los confines de mi pequeño universo el incendio era otro: el de las primeras letras.
Mis padres, guiados por esa fe ciega que solo nace de la reverencia, encomendaron mi educación al otro extremo del pueblo. Mi inicio escolar tenía nombre propio y rigor de piedra: la maestra Sérvula.
Todo ocurría allí, en la escuela "Estado de Yucatán", en el corazón de Xcaltzó.
Un muro de mampostería y una reja de hierro custodiaban el saber en solo dos aulas. Al fondo, un patio de tierra aguardaba nuestra algarabía, el lugar donde la infancia se perseguía a sí misma detrás de un balón de fútbol.
Aquel trayecto diario entre mi hogar y la escuela no era una simple transición geográfica; era el puente hacia la construcción del hombre que yo, en mi ignorancia, todavía no sospechaba ser.
En el aula, la maestra Sérvula ejercía una soberanía absoluta, manifestada por una seriedad que el tiempo me ha revelado como una forma de amor a su trabajo. Blandía su enorme regla de madera con la elegancia de un espadachín, marcando el compás de un método que lograba el milagro de domesticar nuestra dispersión.
Yo, sin embargo, habitaba el salón como un invitado a un banquete de fiesta. Para mí, el aprendizaje no era más que una parte del juego, un matiz lúdico que a menudo agotaba la paciencia de la maestra.
Aún me veo librando una batalla perdida contra la caligrafía, con la mano rebelde ante la dictadura de las líneas. Recuerdo la salmodia de "ese oso se asea así", grabándose en mi mente como un tatuaje, mientras mis dedos forcejeaban con unas tijeras curvas —de esas de uñas que eran de mi madre— para recortar figuras geométricas del papel.
Yo, sin embargo, habitaba el salón como un invitado a un banquete de fiesta. Para mí, el aprendizaje no era más que una parte del juego, un matiz lúdico que a menudo agotaba la paciencia de la maestra.
Aún me veo librando una batalla perdida contra la caligrafía, con la mano rebelde ante la dictadura de las líneas. Recuerdo la salmodia de "ese oso se asea así", grabándose en mi mente como un tatuaje, mientras mis dedos forcejeaban con unas tijeras curvas —de esas de uñas que eran de mi madre— para recortar figuras geométricas del papel.
Pero la verdadera iniciación comenzaba en el umbral de salida. Allí se templó la amistad con Rafael Ortegón, un lazo forjado en el polvo de los caminos y en el hambre compartida del futuro.
A veces caminábamos bajo el ala protectora de la sombrilla de la maestra; otras, el azar nos regalaba el encuentro con un mito viviente: don Maquito.
Subir a su carreta era disfrutar de un viaje olvidándonos del tiempo ordinario. Don Maquito, con su sabiduría de siglos y su desprecio por la prisa, nos permitía mirar el mundo desde el vaivén rítmico de la madera crujiente. Su "caballo de plata", marcaba el paso con el golpeteo de sus cascos sobre el pavimento, mientras el paisaje se desleía en el alma, recordándonos que la existencia no consiste en el arribo, sino en la plenitud de estar presentes en el viaje.
Cuando la suerte nos negaba la carreta, la marcha se volvía una caminata entre dos.
La parada en la terminal era casi obligatoria: aquellas enchiladas compartidas aún conservan, en mi memoria, un sabor a gloria absoluta. Entre bocado y bocado, Rafael alimentaba mi espíritu con las epopeyas de la Araña Negra, de Borja o del "Pata Bendita". Escuchándolo, yo también me sentía capaz de alcanzar esa gloria que solo habita en los relatos épicos.
A veces caminábamos bajo el ala protectora de la sombrilla de la maestra; otras, el azar nos regalaba el encuentro con un mito viviente: don Maquito.
Subir a su carreta era disfrutar de un viaje olvidándonos del tiempo ordinario. Don Maquito, con su sabiduría de siglos y su desprecio por la prisa, nos permitía mirar el mundo desde el vaivén rítmico de la madera crujiente. Su "caballo de plata", marcaba el paso con el golpeteo de sus cascos sobre el pavimento, mientras el paisaje se desleía en el alma, recordándonos que la existencia no consiste en el arribo, sino en la plenitud de estar presentes en el viaje.
Cuando la suerte nos negaba la carreta, la marcha se volvía una caminata entre dos.
La parada en la terminal era casi obligatoria: aquellas enchiladas compartidas aún conservan, en mi memoria, un sabor a gloria absoluta. Entre bocado y bocado, Rafael alimentaba mi espíritu con las epopeyas de la Araña Negra, de Borja o del "Pata Bendita". Escuchándolo, yo también me sentía capaz de alcanzar esa gloria que solo habita en los relatos épicos.
Hoy, al proyectar esta cinta de mi primer año escolar, no busco el refugio de una nostalgia estéril. Regreso a la maestra Sérvula, a Rafael, a la carreta de don Maquito y al aroma de aquellas enchiladas para no extraviar el norte.
Estas memorias son el ancla que me mantiene a salvo de la deriva; el recordatorio de que, por más leguas que hayan caminado mis pies, el alma sigue perteneciendo a la tierra de donde vengo.
® 2026. Dr. Luis Mariano Toraya Lara. Todos los derechos reservados.
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