domingo, 14 de junio de 2026

CARTAS A MÍ MISMO por Carlos Sosa

Seguir creyendo en la vida

Dicen que hacerse viejo es un privilegio.

No estoy tan seguro.

Porque nadie te cuenta que llega un día en que empiezas a despedirte de cosas sin darte cuenta.

La última vez que cargaste a tu hijo en los hombros. La última vez que tu madre te llamó para preguntarte si ya habías comido. La última vez que un amigo te dijo "nos vemos pronto" sin saber que era una despedida definitiva.

La vejez no llega de golpe.

Se cuela despacio.

Se esconde en los nombres que ya no recuerdas, en los cumpleaños que ahora parecen correr más rápido que los años, en las fotografías donde cada vez reconoces a más muertos que vivos.

Y eso duele.

Duele abrir el teléfono buscando a alguien que ya no está. Duele escuchar una canción y descubrir que ahora eres tú quien pertenece a los recuerdos.

Duele mirar el espejo y encontrar el rostro de tu padre observándote desde tu propia cara.

Pero hay algo que duele más.

Sentirte innecesario.

Ver cómo el mundo sigue avanzando sin pedirte permiso, sin preguntarte qué piensas, sin detenerse un instante a escuchar todas las batallas que sobreviviste.

Entonces entiendes algo terrible. La juventud se va del cuerpo mucho antes de irse del corazón.

Porque por dentro sigues siendo aquel muchacho que soñaba con cambiar al mundo. Sigues creyendo que aún queda tiempo. Sigues guardando proyectos en un cajón. Sigues esperando abrazos que nunca llegarán.

Y tal vez por eso los viejos nos volvemos silenciosos.

No porque no tengamos nada que decir.

Sino porque llevamos demasiadas historias enterradas bajo la lengua.

Historias de amores que no fueron. De amigos que quedaron en el camino. De oportunidades que dejamos escapar por miedo. De palabras que debimos decir cuando todavía había tiempo.

Al final descubres que envejecer no consiste en sumar años.

Consiste en aprender a caminar acompañado por fantasmas.

Y aun así...

Aun así levantarte cada mañana.

Preparar café.

Mirar el amanecer.

Y agradecer que el corazón, aunque lleno de cicatrices, todavía encuentre razones para seguir latiendo.

Porque quizás la verdadera grandeza de hacerse viejo no sea llegar lejos.

Sino seguir creyendo en la vida después de haber visto todo lo que es capaz de quitarte.

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