domingo, 14 de junio de 2026

CRÓNICAS DE UN DON NADIE por Luis Toraya

El asesino de los sueños

Lo descubrí no por lo que hacía, sino por lo que dejaba de suceder.
El asesino de los sueños es un artesano de la ausencia. No viste de sombras ni habita en los callejones del miedo; se sienta a tu mesa, usa tu reloj y te habla con la voz impecable de la sensatez. Su mayor crueldad no es el golpe, sino la anestesia.
Durante años permití que habitara en el rincón de mi escritorio. Lo vi destruir el orden de mi agenda, donde lo urgente devoraba a lo importante, y lo vi en el brillo azul de las pantallas que apuñalaban mi presencia a cambio de una fría asistencia online —como si el abrazo fuera el mismo—.

Es un asesino sutil que no roba el aire, sino las ilusiones. Su arma es el adverbio «después» y su cómplice la gratificación instantánea, ese sedante que nos vuelve espectadores de vidas ajenas mientras la nuestra se oxida en el silencio de lo no intentado.

Es extraño cómo nos acostumbramos a la asfixia. Él nos convence de que la madurez es sinónimo de resignación; de que la cordura es una tumba alfombrada donde los anhelos deben dormir para no incomodar a los otros.

Pero la filosofía del alma no entiende de cronogramas. Si el sueño es el tejido que une nuestra carne con lo infinito, este verdugo de seda desata los nudos, dejándonos a la deriva en un mar de monotonía.

Sentí el peso de su mano el día en que un café se enfrió sobre mi escritorio sin que yo notara su presencia. En ese instante de lucidez aterradora, comprendí que morir no es el cese de los latidos, sino la domesticación del entusiasmo.
Hoy, sin embargo, he decidido cometer una indiscreción. He abierto la ventana de par en par, permitiendo que el desorden del viento desbarate la jerarquía de mis papeles. La brisa ha golpeado mi rostro con una violencia más fuerte que una caricia, recordándome que la piel aún sabe vibrar. Pude ver al asesino a los ojos y le he negado esta partida.

Porque la vida no se mide por la seguridad de la orilla, sino por el vértigo de los puentes que nos atrevemos a cruzar.
He vuelto a habitar la herida de la posibilidad, allí donde el sueño, por fin, se atreve a sangrar de realidad.

® 2026. Dr. Luis Mariano Toraya Lara. Todos los derechos reservados.

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