domingo, 21 de junio de 2026

CRÓNICAS DE UN DON NADIE por Luis Toraya


El eco de un balón de cuero golpeando el asfalto de la calle no es solo un sonido; para quienes crecimos con las rodillas raspadas, es una campana litúrgica.
Cerca de las tres de la tarde —la hora en que el calor inclemente parece esconder a la gente—, el primer pum-pum rítmico cruzaba la calle principal.
No necesitábamos teléfonos celulares; ese bote era el código secreto, la convocatoria invisible que nos sacaba de las casas para convertirnos en equipo.
Nos integrábamos al vaivén de la pelota, rumbo a la plaza principal.
Había una magia particular mientras esperábamos.
Nos reuníamos bajo los arcos del palacio municipal, un refugio de sombra y cantera donde el balón rebotaba contra las columnas.
Ese preludio era, quizás, más puro que el partido mismo.
Éramos pocos, apenas un puñado de sombras driblando el aburrimiento, esperando a que la banda se completara.
En esos toques cortos, en ese "patea, recibe y devuelve", se tejía una complicidad que no necesitaba palabras.
No jugábamos para ganar; jugábamos para estar.
Cerca de las cuatro, el instinto nos decía que el quórum estaba listo. Iniciábamos la procesión hacia el campo detrás de la iglesia.
Allí, el horizonte se ampliaba y el aire sopesaba nuestras ambiciones.
El espacio nos permitía, por fin, soltar la pierna y ver el balón surcar el cielo: un arco de cuero que parecía desafiar la gravedad de la tarde.
Las porterías eran dos piedras humildes que delimitaban lo sagrado.
La justicia era un código de honor donde la duda anulaba el grito. Si no era claro, no era gol. Así de simple.
La ambición era inexistente. No buscábamos penales ni sentencias; buscábamos el flujo ininterrumpido del movimiento.
Éramos cuerpos entregados a la fatiga. El sol nos horneaba la piel, el sudor nos nublaba la vista, pero nadie quería irse.
Recuerdo con una sonrisa esa justicia que solo existe en la infancia; después de una tarde de dominio absoluto de un equipo, alguien gritaba la frase que reseteaba el universo: "¡El último gol gana!".
En ese instante, los noventa minutos previos que sin reloj se marcaban, desaparecían.
La fatiga se evaporaba y el corazón latía con la urgencia de quien se juega la vida en un solo gol.
Al final, el marcador era lo de menos; lo que importaba era esa satisfacción exhausta, ese caminar de regreso a casa con el alma llena y los lazos de amistad sellados por el polvo del camino.
Hoy, cuando camino por cualquier calle y escucho a lo lejos ese bote grave y seco de un balón contra el suelo, algo en mi pecho se tensa.
Mi memoria viaja de inmediato a esos arcos, a esa iglesia, a esos amigos cuyos rostros el tiempo ha ido difuminando, pero cuyos nombres están grabados en cada pase que dimos.
Espero, dondequiera que la vida los haya pateado, también se detengan un segundo cuando escuchen un balón botar.
Deseo que, al igual que yo, cierren los ojos y sientan de nuevo el sol de las tres de la tarde, recordando que hubo un tiempo en que no necesitábamos más que dos piedras, un balón y un amigo para ser dueños del mundo.
® 2026. Dr. Luis Mariano Toraya Lara. Todos los derechos reservados.

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